Pack Toni Galán (libros 1-3) 5 #2
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—Beth no habla con nosotros desde hace años. No viene al caso.

—Está bien. Pero en el futuro, si decido aceptar este trabajo, necesitaré conocer toda la información. Es necesario.

Le pido ver el dormitorio. Sarah me guía escaleras arriba. Tom se queda en el salón.

La habitación sigue el estilo minimalista del resto de la casa, con una cama descomunal en el centro, un espejo de cuerpo entero y una butaca.

De un lado sale una puerta que da a un vestidor completo y, más allá, un cuarto de baño.

Un fuerte olor a lavanda impregna el aire.

Reprimo un silbido. Si tuviese quince años, llamaría a mi mejor amigo y le gritaría al auricular: «¡Estoy en el dormitorio de Sarah Campbell, tronco! ».

A excepción de lo caro que parece todo, no hay nada que llame la atención.

—¿Falta algo?

Sarah abre el armario.

—Algunas camisas —dice en voz baja—. Y una maleta.

—Eso tiene su lado bueno. Significa que se fue por su cuenta. Planeado. Es menos probable que lo hayan asaltado por sorpresa.

Ella asiente, pero su rostro está tenso.

—Es tan siniestro.

—¿Por qué?

—La historia se repite. Es lo mismo que con Anne. Todavía recuerdo a Joshua mirando la ropa de nuestra pequeña, sin poder creer que ya no estaba con nosotros. Y ahora es él quien se ha volatilizado. Y yo, mirando su ropa. Es como una especie de maldición.

Volvemos abajo. El silencio pesa.

—Toni… —Sarah se frota las manos nerviosamente—. Me siento como una estúpida preguntándote esto, pero… ¿crees que mi marido me ha abandonado?

La pregunta me toma desprevenido. La observo detenidamente, intentando descifrar su estado emocional.

Ahora ya sé por qué ha acudido a mí. Ni siquiera ella cree que se trate de un secuestro o una desaparición; de ser así, apuesto a que habría ido primero a la policía, a pesar de todo ese rollo de la confidencialidad.

Pero en lo más profundo de su ser cree que detrás de la desaparición de su marido hay un asunto sentimental. Y quiere que yo lo descubra.

—¿Por qué lo haría?

—A veces discutíamos. Pero siempre decía que no podía vivir sin mí. —Aparta la vista, como si la idea fuera demasiado dolorosa para procesar—. ¿Sabes eso que se dice de que, en toda relación, hay uno que ama más?

Asiento en silencio.

—Creo que sí.

Joshua era ese uno. Y temo que… se haya cansado de mí.

—No nos adelantemos a los acontecimientos. —Trato de tranquilizarla, acompañando el comentario con una mano en su espalda. La noto huesuda—. ¿Has recibido alguna señal que te haga pensar que no está aquí por decisión propia?

Duda un momento. Luego niega con la cabeza.

—Necesitaré los datos de sus tarjetas de crédito y su móvil.

Sarah mira a Tom. Él asiente.

—Se lo haré llegar todo al señor Galán —responde él, en tercera persona. Como si yo no estuviera. Cosas de la clase alta, supongo.

Les doy las gracias.

—¿Significa eso que acepta el trabajo? —Los ojos de Sarah me acorralan.

Titubeo demasiado.

—De momento solo estoy recopilando datos. Respecto a su oferta, tengo que consultarlo con la almohada.

—Las almohadas dan pésimos consejos —responde. Luego añade una cifra.

Una cifra generosa. Que podría salvar mi agencia. Y llenar mi nevera durante meses.

No me atrevo a sonreír, pero estoy satisfecho. Solo pienso en darle la noticia a Hada y Chase.

—¿Y tú, Sarah? —pregunto, relegando el asunto contractual—. ¿Tienes enemigos?

Me mira como si tal cosa no fuera posible, casi con orgullosa indignación.

—¿Yo? No. La gente me adora.

Levanto las cejas. «Suena extraño cuando alguien habla así de sí mismo», pienso.

—Te digo lo mismo que con Joshua —añade—. Soy actriz de Hollywood. Claro que hay envidias. Pero enemigos… no que yo sepa. Y estoy bastante orgullosa de eso.

—Seguro. —Miro a Tom y sonrío—. Aunque su forma de interceptar visitas es mejorable.

Casi logro que Sarah me devuelva la sonrisa.

—Era para protegernos. Cualquier precaución es poca con los paparazzi . Hoy en día usan hasta drones. —Extiende un brazo hacia Tom—. Tom es un amigo de confianza. Y un excelente abogado.

Así que abogado, claro.

Ahora los tres sonreímos. Si Tom se ha sonrojado, no lo he notado.

—Lo comprendo —me limito a decir.

Noto que la entrevista ha llegado a su fin. Me dirijo a la salida con un «lo pensaré» en los labios. En la puerta, Sarah me ofrece la mano. La tomo entre las mías, como si fuera un objeto precioso. Gélida, frágil.

—No te preocupes. Seguro que tu marido aparece pronto —digo, más por cortesía que por convicción.

Ella libera sus manos de las mías.

—Cuento contigo.

La detengo antes de que dé eso por hecho.

—Mañana tendrás mi respuesta.

—Espero que sea la que todos esperamos —responde, con un tono que no sé si suena a promesa o advertencia—. Tom, acompaña a Toni hasta su coche —ordena.

Estamos bajando del porche cuando Sarah me llama desde la puerta.

—Una cosa más.

Me doy la vuelta.

—¿Sí?

—Si descubres algo que no me guste… dímelo a mí primero.

La observo en silencio por un momento. Finalmente, asiento.

—De acuerdo.

Ella cierra la puerta. Tom y yo seguimos hacia el Chevrolet.

Avanza con zancadas rápidas, como si tuviera prisa.

Por un momento parece que va a decirme algo, pero se lo guarda.

Tengo un nudo en el estómago. Hay algunas cosas que no me encajan.

Y algo me dice que Sarah no me ha contado toda la verdad.

Mis sospechas no tardan ni un minuto en confirmarse. Cuando cruzamos el portón, Tom detiene el vehículo en seco en mitad de la carretera. Mira por el retrovisor, como si comprobara que nadie nos sigue. Luego me clava la mirada.

—Escuche.

Me pongo en tensión. Algo viene.

—Sarah no le ha contado todo.

—¿A qué se refiere?

—Si supiera que le digo esto… me mata. Pero creo que necesita saberlo.

Vuelve a comprobar que no hay moros en la costa. Luego se inclina y abre la guantera. Saca un folio doblado.

—Esto es una copia. El original era de papel grueso y tenía el tamaño de un sobre. Llegó el viernes, dos días después de la desaparición. Lo encontró ella en el buzón.

Me lo pasa. La nota está escrita a ordenador. Papel blanco, limpio. Sin remitente.

Leo.

Me tiemblan las manos.

Lo leo otra vez.

Emito un gruñido evasivo y miro de manera inquisitiva a Tom, que ha estado observándome mientras leía.

—¿Sabe quién pudo enviarlo?

Se encoge de hombros. Parece superado.

—Ni idea.

—¿Y Sarah?

—Obviamente, tampoco.

—¿Sabe de qué trato habla? —digo, levantando el papel.

—No.

—Escuche. Cualquier detalle sería de vital importancia para encontrar a Joshua. Si usted sabe algo…

—Le repito que no sé nada.

Le pido hacer una foto con el móvil. Tom asiente. Clic. Le devuelvo la hoja. Él la guarda en el bolsillo interior de su americana. Vuelve a poner el coche en marcha y conduce en silencio hasta mi Volkswagen.

Ambos perdidos en los seis renglones que podrían dinamitar toda la historia:

Tu secreto no está a salvo.

Sabes lo que está en juego.

Encuentra a tu marido y asegúrate de que cumpla su parte del trato.

Tú y yo sabemos que las promesas rotas tienen consecuencias.

No habrá advertencias después de esta.

Haz lo que debes o acabarás como tu hija pequeña.