Pack Toni Galán (libros 1-3) 5
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—Es por eso que te he llamado —dice Sarah Campbell, con la voz quebrada. Su frente se frunce como un acordeón, y por un momento creo que va a desplomarse sobre mí—. No sé nada de él. Necesito que lo encuentres.

—¿Cómo dices?

—Joshua… —Sus manos tiemblan sobre su regazo. Sus ojos no paran quietos—. No contesta llamadas ni mensajes. Estoy aterrorizada, no sé qué hacer.

—Tranquila. —Voy a posar mi mano en la suya, pero la retraigo en el último instante—. ¿Cuándo lo viste por última vez?

—El miércoles.

—Eso fue hace cuatro días.

—Pensé que volvería. Siempre vuelve.

—¿Ha desaparecido antes?

—Sí, a veces, cuando teníamos una discusión. Pero jamás había estado fuera tanto tiempo sin dar señales de vida.

Asiento, tomando nota mental.

—¿Y últimamente? ¿Actitudes extrañas, paranoicas?

Hace un gesto de evidenciarlo con la mano.

—Mi marido ha pasado por una mala racha.

—¿Podrías ser más específica?

—Para que te hagas una idea, lo que te pasó a ti no es nada comparado con lo que le ocurrió a Joshua.

—¿Por qué lo dices?

Me mira, directa.

—Tú tienes una enfermedad. Lo perdiste todo por culpa de un asesino psicópata y una jefa sin moral.

Vale, no digo que no te resultase duro, pero al menos nada de eso fue culpa tuya.

Joshua… Joshua lo tenía todo. Los mejores contratos, magnífico trato por parte de la crítica y la audiencia, dos niñas preciosas en casa…

¿Sabes a lo que me refiero? Se había pasado el juego de la vida y solo estaba en la treintena.

Pero entonces pasó lo que pasó. Joshua no volvió a ser el mismo a partir de aquello.

Los contratos empeoraron, las malas críticas empezaron a surgir…

Es asombroso. Un día eres el rey del mundo, y al día siguiente solo eres alguien que se parece a aquel artista.

Por un instante, dudo de si está hablando de su marido o de ella misma.

—Desde entonces se ha pasado la vida buscando el gran papel con el que redimirse. No llegó. Y no supo rehacerse.

—¿Por algo en concreto?

—Creo que ya sabes a qué me refiero.

Sé a qué se refiere. Pero prefiero no nombrarlo aún.

—¿Y el coche? ¿Se lo llevó?

Ella asiente.

—Sí. El BMW. El Range y el Bentley siguen en el garaje.

¡Ah, los ricos!

—¿Qué modelo?

—Un Serie 7, creo. —Se frota la frente—. No soy experta en coches.

Me digo que, si finalmente acepto este trabajo, le pediré a Hada que lo confirme. Otra nota mental.

—¿También se llevó el móvil?

Es una pregunta estúpida, pero no tengo experiencia y deseo que ella siga hablando.

—Claro.

—¿Has hablado con amigos o familia? —continúo siguiendo el manual de preguntas típicas de detective .

—Con todos. Nadie sabe nada.

Me acuerdo de la cámara de afuera.

—¿Cámaras de seguridad?

—Sí. En el jardín y el muro exterior. He revisado todas las grabaciones de ese día y de los días previos. Solo se le ve saliendo en el BMW. Nada más.

—¿Y dentro de la casa?

—Solo se activan cuando no hay nadie en casa —explica.

—¿Has ido a la policía?

Sospecho que no, porque, de haberlo hecho, no estaría aquí. Pero quiero oír sus motivos.

Sarah se endereza.

—No. No quiero que esto se haga público. Si ha sido un secuestro, un asesinato… o algo peor… no quiero que lo conviertan en un circo. Joshua tiene una reputación. Y yo también.

—¿Algo peor?

—Ya sabes… —Se lleva dos dedos a la coronilla y añade, bajando mucho la voz—: Una aventura.

—Entiendo. —Carraspeo—. Cuéntame sobre él.

—¿Qué quiere saber?

—Todo. Lo que recuerde antes y después de su desaparición.

Ella baja la mirada. Se mira las manos. Las estruja.

Son pálidas y delicadas, dos rasgos que, en los años noventa, ayudaron a conformar el mito: ese personaje gélido y al mismo tiempo tierno que tanto gustaba a la cámara.

Ahora las tiene sonrosadas, con pequeñas imperfecciones como lunares o arrugas.

Pronto dejarán traslucir un mapa de venas azules, y solo la llamarán para ocasionales papeles secundarios como madre o abuela del protagonista.

Qué asco es hacerse mayor; el paso del tiempo no perdona, sin importar quién seas ni cuán abultada esté tu cuenta bancaria.

Como si me estuviese leyendo el pensamiento, murmura:

—Muchas cosas han cambiado. Joshua y yo ya no estamos tan unidos.

Asiento.

—Comprendo, pero cualquier cosa que se salga de lo habitual puede ayudar.

Sarah se levanta. Camina por la sala con las manos en el cabello, nerviosa.

—Eso es lo extraño. No hubo nada raro. Se levantó, desayunó, se dio una ducha y se preparó para salir.

—¿No notaste nada diferente?

—Joshua dejó de ser él hace años. Siempre estaba… tenso. Atormentado. Enfadado con el mundo. Si ese día se hubiera comportado como antes, eso habría sido raro. Pero me temo que tampoco fue así.

—¿Te dijo adónde iba?

—A jugar al golf. Como cada miércoles. Le gustaba mucho. —De inmediato se da cuenta del tiempo verbal empleado y rectifica—. Le gusta mucho.

—¿Nombre del club?

Ella asiente y se pierde en la cocina. Tom y yo cruzamos miradas. Tiene una expresión bondadosa. Es como si me dijese telepáticamente: «Siento lo de antes».

Sarah regresa y me entrega un papel con la dirección del club. Lo guardo en la americana.

—¿Tienes alguna idea de por qué desapareció?

Sarah niega con la cabeza. Se sienta al borde del sofá, como si el gesto le costara un gran esfuerzo.

—No…

—¿Tenía enemigos?

—Era un actor de Hollywood —dice, encogiéndose de hombros, como si eso fuera suficiente.

—No hablo de la prensa ni de fans obsesivos. Me refiero a chantajistas, gente peligrosa…

—¿Me estás preguntando si mi marido tenía asuntos con la mafia, Galán?

—Solo planteo diferentes escenarios por los que podría haber desaparecido de la noche a la mañana.

—No tenía deudas, si es a lo que te refieres.

Hago una pausa. Luego suelto la pregunta incómoda:

—¿Y amantes?

Cierra los ojos con fuerza.

—Dios, espero que no…

Se produce un silencio. Dejo que se prolongue unos segundos más. Decido que es el momento de abordar el tema más delicado de todos. Trato de encontrar una manera suave de preguntarlo, pero no se me ocurre ninguna. Así que voy directo al grano.

—¿Habéis tenido noticias de Anne últimamente?

He formulado la pregunta como la enfermera que pincha sin avisar. Es lo mejor, no das tiempo a que el otro se prepare. Aun así, mis palabras han quedado suspendidas en el aire. Todo se congela. Solo la rodilla de Sarah tiembla bajo la falda. En la esquina, Tom traga saliva.

Conozco el suceso gracias a Hada. Antes, de camino, en el coche, me ha puesto al día a través del manos libres:

—Te decía que a lo mejor todo esto tiene que ver con su hija.

—¿Qué hija?

—La de los Miller. Anne. Desapareció a los cinco años. Nunca se supo nada. ¿De verdad no te suena?

Ahora que lo mencionaba, sí que me sonaba.

—Vagamente… La niña perdida de Hollywood , ¿no? ¿A eso te refieres?

Aquello me había pillado muy joven y aún en Madrid, pero recuerdo que la noticia causó mucho revuelo, especialmente en el mundillo rosa y las tertulias del corazón.

—Exacto. Se dijo que la secuestraron. Hay quien sostiene que aún podría estar viva en alguna parte. Pero, a mi modo de ver, es una hipótesis con lagunas.

—¿Por ejemplo?

—Lo primero que piensas cuando secuestran a la hija de alguien de ese estatus es que el móvil es el dinero, ¿no?

—Claro.

—Sin embargo, nunca llegaron a pedir rescate.

—Muy raro.

—Raro de narices. Y hay teorías más oscuras: ajuste de cuentas, asesinato…

—Tengo que dejarte, Hada, acaba de pararme un coche en mitad de la carretera. Hablamos luego.

Y colgué.

Sentada en su sofá de diseño, Sarah Campbell respira profundamente varias veces, como un niño en lo alto de un trampolín. Espero. Le lleva unos segundos, pero al fin da el paso.

—Han pasado casi quince años, Toni. ¿Qué podría tener que ver?

—No lo sé. Entonces, ¿no ha habido noticias?

—Ninguna. Y dejemos ya ese tema, por favor. Estoy harta de que me den falsas esperanzas para nada. Es doloroso.

—¿Estás segura de que Joshua tampoco sabía nada?

—No hablaba de Anne. Nunca. Para él era como… un fantasma.

—Al menos no contigo.

Esa mirada. Fría. Dura. Vacía. Por un segundo, me siento el villano de su biografía.

—¿Y si Joshua descubrió algo? ¿Y si decidió investigarlo por su cuenta?

—No lo creo. No ha habido novedades en quince años y dudo que las haya ahora.

Me inclino hacia ella con los codos en las rodillas y los dedos entrelazados en la postura del rezo.

—Sarah, puedo seguir sus últimos pasos. Pero…

—¿Pero qué?

—No puedo prometerte resultados. Que quede claro.

Todo este tiempo, desde que llegué a Nueva York, he dejado de lado la inseguridad y el miedo ante la perspectiva de un trabajo difícil que no estaba seguro de poder llevar a cabo, como si fueran prendas que no me ponía.

Ahora que ha llegado esta extraña oferta, me doy cuenta de que siempre las he llevado encima.

Sarah coge su copa. Bebe. Luego asiente.

—Tienes buenas referencias, Toni. Joshua leyó sobre ti en el caso del asesino de novias y lo siguió de cerca porque había trabajado con el director años atrás.

—Quincy Jones —digo. Recuerdo a ese director. Lo apodaban «El gran hombre». Un hueso duro.

—Exacto. Le llamó por teléfono y hablaron.

Jones solo tenía buenas palabras para ti, si es que ese viejo ha tenido alguna vez buenas palabras para alguien.

—Sonríe, y esta vez soy yo quien tiene que esforzarse por devolverle la sonrisa—.

Joshua me lo contó. Por eso creo que eres la persona indicada para esto. Ellos creían en ti… y yo también.

En su voz, lo que escucho no es convicción. Es desesperación. Soy su última opción. Su Obi-Wan Kenobi , pero sin sable láser.

Hablando claro, me he metido en un lío de proporciones bíblicas.

—Te pagaré, encuentre o no a mi marido —insiste—. Pero, por favor, te pido discreción total. Esto no es solo un tema privado. Es nuestra vida.

—Lo entiendo —zanjo—. Ahora hablemos de tu familia. Antes mencionaste dos niñas. Háblame de la otra.

Un chispazo de incomodidad cruza su rostro.

—Beth. La hermana mayor.

—¿Puedo hablar con ella?

Sarah niega con la cabeza.

—¿Por qué?