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El vehículo pasa como una sombra rápida e inesperada que lo abarca todo.
Estoy a menos de quinientos metros de la casa de los Miller, según el navegador de mi Beetle. En España, este coche sería un imán para mujeres. Aquí… solo es un cartel que dice: «Intento fallido de ser interesante».
El sol ha disipado ya la niebla matinal. La voz melosa y rasgada de Bryan Adams suena en la radio: On a day like today . ¿Una señal?
Lo noto antes de verlo: una mole negra me adelanta por la izquierda como un proyectil.
Apenas lo he intuido en el retrovisor. Es un Chevrolet Tahoe, un tanque con ruedas del tamaño de Arizona que tanto gustan a los estadounidenses.
La carrocería refleja el sol como un espejo oscuro.
Me cubro los ojos. Un descerebrado presionaría el claxon y lo mantendría sostenido durante unos segundos para dejar claro su malestar por la exagerada maniobra, pero yo aprecio un poco mi vida y lo dejo estar.
El SUV frena. Casi se detiene.
Saca el brazo por la ventanilla. Mano abierta.
Detente.
Y yo me detengo.
La orden del desconocido me hace tragar saliva y apretar el volante con fuerza.
«Tranquilo».
El tipo se echa a un lado, activa las luces de emergencia y baja del coche.
Se acerca con paso firme. Unos cincuenta años, flequillo dorado aferrado a la juventud, mentón poderoso, camisa azul metida en unos pantalones de traje a los que nunca llegará a acostumbrarse del todo.
Tripita cervecera. Afeitado reciente. Huele a Aqua Velva.
La mirada prejuiciosa de un pesimista pensaría automáticamente en un político de rango bajo, como un alcalde de pueblo o un concejal.
Alguien menos cenizo se iría al extremo opuesto: un ingeniero o arquitecto, tal vez un profesor elegante de escuela.
Aunque ese coche… resulta difícil imaginar a un profesor conduciendo una máquina de esas.
Se asoma a mi ventana.
—Por favor, salga del coche y acompáñeme.
—¿Perdón? ¿Acompañarlo adónde?
—Haga lo que le digo. Los Miller lo están esperando.
Habla como alguien que está acostumbrado a no dar explicaciones.
—¿Y el coche?
—Puede dejarlo aquí. —Debe de ver mi expresión de incredulidad, porque enseguida añade—: Este barrio es seguro. Venga, no perdamos más tiempo.
Definitivamente, no es profesor.
Podría escapar. Arrancar por sorpresa, esquivarlo y salir pitando de allí. Pero mi coche no es precisamente un bólido, y este tipo parece de los que parten nueces con las manos. No tengo alternativa. Respiro hondo, aparco y lo sigo.
El interior del Chevrolet está como si lo acabaran de sacar del concesionario. Tiene ese olor característico a coche nuevo. Siempre he pensado que, si alguien consiguiera enfrascar y vender este aroma, se haría millonario.
—¿Adónde vamos? —insisto.
No contesta. Ni una palabra. Tampoco suena la radio. Nos movemos en una cápsula silenciosa. Coches eléctricos.
Lo miro por el retrovisor. Ojos azules, párpados caídos, manos relajadas sobre el volante.
Su mirada, fija en la carretera, es la de un hombre de familia.
Padre de dos, perro incluido, barbacoa los domingos, jubilación en cinco años.
Y en el punto de mira, una coqueta casa de playa donde al fin relajarse; nada de recoger a tipos en la carretera.
Pero ¿qué sé yo? A veces las apariencias son engañosas.
Y mi mente imaginativa de escritor optimista tiende a divagar.
Nos detenemos ante un portón metálico cubierto de hiedra, instalado en un muro de piedra que parece sacado de un castillo inglés.
Detrás, solo árboles altos. Una villa se adivina entre el follaje.
El hombre pulsa un botón en un pequeño mando.
El portón se abre con ese zumbido grave que da escalofríos.
Entramos.
Un camino serpentea por un jardín que podría estar en la portada de Architectural Digest . En un extremo, un huerto algo descuidado rompe la perfección.
Delante, la casa de los Miller. Estilo victoriano impecable, blanca, solariega. Mi visita es secreta y confidencial. La prueba definitiva son las lunas tintadas del vehículo.
Nos detenemos en la rampa del garaje. El tipo aparca con una precisión casi militar, apaga el motor, toma su chaqueta, se baja y me abre la puerta.
Nada más pisar el suelo, me inunda un perfume floral que me hace olvidar por un segundo el nerviosismo.
Lo sigo por unas escaleras de piedra. Llama al timbre. Ding-dong . Suena grave y solemne, tan fuerte que, incluso desde el interior, consigue arrancarme un estremecimiento.
Un ojo electrónico nos observa.
La preocupación deja paso al asombro cuando se abre la puerta.
Y allí está. Sarah Campbell. La mujer que, en mis años de VHS, hacía que se me olvidara respirar.
De golpe, los años noventa me revientan en la cara.
Cintas regrabables y televisores de tubo.
En ocasiones, la imagen se distorsionaba y había que rezar para que no sucediera cuando la chica estaba a punto de quitarse la camiseta.
Éramos felices y no lo sabíamos. Ah, los tiempos pasados.
Sarah Campbell no solo reinó en la taquilla y alfombras rojas. También fue la musa de los anuncios de lencería más comentados en los patios de colegio. Hubo una época en la que todos hablábamos del encaje de ese spot.
De acuerdo con las finas arrugas en torno a las comisuras de sus labios y el ribeteado sonrosado de sus ojos claros, debe de rondar los cincuenta.
Tal vez más. Pero sigue teniendo ese algo .
Un carisma raro. Un magnetismo que mezcla ternura con una fortaleza inesperada.
Comprendo de inmediato por qué se la rifaban las productoras y empresas de publicidad.
Nos mira. Primero al hombre que me ha traído aquí. Luego a mí, no más que una ojeada.
—Pasa, Tom —dice, y se aparta. No estoy seguro de si sujeta la puerta o se apoya en ella. No me mira directamente.
Tom me hace un gesto. Lo sigo. Al pasar, noto la mirada de Sarah clavada en mi nuca.
Cojeo hasta el vestíbulo. Es enorme, luminoso, absurdamente espacioso. Me preparo para lo de siempre. Y la mujer no me decepciona.
—¿Usted es Galán? —pregunta, cerrando tras de mí.
Estoy acostumbrado a este escepticismo que raya la estupefacción. Oyen un nombre hispano y esperan ver a Antonio Banderas, no a un tipo con gafas que les recuerda a su profesor de latín.
Le tiendo la mano.
—Es un placer, señora.
—Llámame Sarah. Lo de señora me hace sentir como mi madre. Y ya no cuela lo de señorita.
Su apretón es suave. Pero sus ojos… son dos pozos profundos de ansiedad.
Me conduce al salón. Espacioso, blanco, alfombrado. Todo blanco, excepto el piano negro y el cuenco de fresas sobre la mesa. Ni un color más. Pero las vistas al jardín compensan.
Hay demasiado silencio. Casi se siente como una casa vacía.
No veo al señor Miller. Solo un pomerania que se lame las patas con aire de nobleza sobre el sofá. Lo entiendo. Vivimos en un mundo en el que algunos perros viven mejor que ciertas personas. ¿Y quién soy yo para juzgarlo? Alfred se mete bajo mis sábanas en las noches de frío y yo se lo permito.
—¿Está su marido? —pregunto para romper el hielo.
Ella duda un segundo.
—Por favor, hablemos.
Nos sentamos. Tom permanece de pie, en una esquina.
La minifalda roja de Sarah deja ver unas rodillas pálidas, casi infantiles.
Su melena rubia, antaño ondulada y brillante, cuelga sin volumen por detrás de las orejas hasta unos hombros demasiado delgados, descubiertos bajo la camiseta blanca sin mangas.
Tiene la piel tan fina que casi se le puede ver el alma.
Lleva maquillaje puesto, pero algo muy sutil, lo suficiente para reconocer los rasgos gélidos y sin embargo salvajes de la diosa que un día fue, y que al mismo tiempo manifiestan con severa crueldad que todos somos humanos.
Desde un punto de vista objetivo, sigue siendo una mujer muy hermosa, y sin embargo apenas consigo reprimir un «¡qué lástima!» en voz alta.
—¿Quiere tomar algo? —pregunta.
—No, gracias. Y, por favor, Toni.
—Como quieras. Yo me tomaré una copa. Pruébalas —señala las fresas—. Están deliciosas.
Tom se mueve rápido. Le sirve champán caro. Me parece raro que lo haga él, no una empleada. Dos opciones: o no pueden permitírsela, lo cual dudo, o Sarah quiere mantener esta conversación lejos de orejas ajenas. Esa idea me da picor.
—Supongo que sabes quién soy —dice tras mojar los labios.
—Por supuesto. Habría que venir de otro planeta para no saberlo.
—O haber nacido después del dos mil.
Nos reímos, aunque el brillo tenue de sus ojos me dice que hay algo de dolor en ello.
—Toni Galán —dice, observándome con cierta curiosidad. Cruza las piernas—. Leí sobre ti después del escándalo de Los Ángeles. ¿Padeces esclerosis múltiple, verdad?
Lo ha preguntado sin más, como quien se interesase por mi comida favorita. Sin piedad. Me sorprende. Me agrada. Y me sorprende que me agrade.
—Así es.
—¿Por eso la muleta?
—Es solo un apoyo. Puedo caminar sin ella. Y sirve como arma, por si acaso.
Vuelve a esbozar una mueca que pretende ser una sonrisa.
—También leí que fuiste novelista en España. Luego te diagnosticaron, tu vida personal se desmoronó y entonces Evelyn Crowe apareció. ¿Te sedujo?
—Muy bien informada —asiento, procurando que no se me note el nudo que se me ha formado en la garganta—. ¿Conoces a Evelyn Crowe?
—Solo por terceras personas. Nunca me interesó trabajar en el tipo de entretenimiento que ella propone —dice, fría como una daga.
Ha sido una pulla elegante. Mi respeto por Sarah Campbell sube un punto.
Continúa hurgando en mi pasado.
—Lo del asesino de novias acabó con tu carrera de guionista, ¿no?
Asiento.
—Un golpe duro. Pero al menos aprendiste algo: nunca fiarse de alimañas como Crowe.
Decido mantener la profesionalidad intacta y no contesto a eso. Me lanzo a por una fresa. Está deliciosa, jugosa; dulce como una golosina.
—¿Te gusta? —pregunta.
Asiento de nuevo.
—Hacía tiempo que no probaba una fresa así.
—Las cultivaba mi marido —dice, mirando a otra parte.
Cultivaba . Pasado.
—¿Dónde está el señor Miller? —insisto.
Cuando vuelve a mirarme, sus ojos están aún más brillantes, y su boca es una línea fina, dura y temblorosa. Noto que la emoción la está desbordando.
—¿Qué sucede, Sarah?
Respira hondo. Traga saliva. Y entonces lo dice, con voz de quien camina con frágil determinación hacia una ola de agua helada.
—Mi marido ha desaparecido.