Pack Toni Galán (libros 1-3) 3 #2
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—¿Era de Marco Aurelio? No lo sabía —miento con fingida indiferencia. Mis ojos bajan a sus manos. No hay alianza ni en la derecha ni en la izquierda.

—¿Al final no te casaste con… el tipo ese?

—¿Tim?

—Eso. El pequeño Timmy.

—¿Te estás burlando del nombre de alguien?

No ha encajado bien la broma.

Me encojo de hombros. Tiene razón, estoy siendo patético.

—¿Qué pasó? —pregunto.

—Citaba demasiado a Marco Aurelio.

Touché.

Abro la boca para seguir con el tonteo, pero me detengo. Sus mejillas han empezado a enrojecer. Zona roja. Y la zona roja con Molly… es peligrosa. Terreno minado.

Como si despertara de los efectos de un hechizo, agita la cabeza y carraspea. De repente, vuelve a ser Molly Dickinson, la columnista implacable.

—Supongo que sabes lo que se comenta —vuelve a la carga—. Dicen que tu agencia ya se arrepiente de haberte fichado. Que Evelyn Crowe ha estado haciendo llamadas. ¿Qué tienes que decir a eso?

Ahí está la estocada: rápida, directa y capaz de perforar mi tranquilidad como un alfiler a un globo.

—Rumores. Habladurías —respondo—. Deberías buscarte fuentes más fiables, Molly.

Da un paso más. Ahora está tan cerca que puedo oler su perfume: ligero, elegante, con un punto cítrico que evoca un pasado doloroso.

—¿Fuentes más fiables? ¿Como tú?

Y entonces lo hace.

De manera inesperada —así es Molly en todo lo que hace—, me agarra del cuello de la camisa y tira con fuerza. Nuestros rostros quedan a centímetros; mi aliento se queda atrapado en la garganta.

—No vuelvas a jugar conmigo, ¿entendido? No me conoces, y no te conviene tenerme de enemiga.

Es la segunda mujer que me amenaza en menos de media hora. Estoy en racha.

Me suelta de golpe. Retrocede, pero su mirada sigue fija, intensa. Tiene el rostro enrojecido y sus pupilas son dos alfileres que transforman sus ojos en un hermoso prado verde, donde se esconden serpientes venenosas y otros tipos de animales salvajes.

Las palabras quedan suspendidas en el aire.

No vuelvas a jugar conmigo.

Y me revientan por dentro como un eco conocido, arrastrándome de nuevo a nuestro primer encuentro.

Sucedió a los pocos días de llegar a Nueva York.

El bar era oscuro e íntimo. Las lámparas verdes sobre la barra dibujaban una línea de luz tenue, como faros en una noche densa.

Una banda de jazz antiguo envolvía el aire con esa melancolía sofisticada de una película de Woody Allen.

A veces, la vida real se disfraza de ficción para sentirse más importante.

Molly estaba sentada en el extremo más sombrío de la barra, con las piernas cruzadas y un cóctel rojo entre los dedos.

Llevaba un jersey oscuro de cuello alto que la descartaba como mujer de compañía.

Era terriblemente guapa y me alegré de haberme esforzado algo más de lo habitual en arreglarme antes de salir de casa.

A duras penas tragué saliva y obligué a mis piernas a avanzar.

Aquella mujer tenía toda mi atención. El resto del bar, incluida la melosa música de la banda, se fundió con el entorno como si solo fueran elementos a su alrededor.

—¿Te importa que me siente? —le pregunté.

Su gesto fue ambiguo. Apenas alzó una ceja, como diciendo: «haz lo que quieras, la barra es libre». Pedí una kombucha y tomé asiento, intentando parecer relajado.

—Sé quién eres —dijo sin apenas levantar la vista del cóctel—. Escribí una columna sobre ti el pasado verano.

Entonces alzó los ojos y me evaluó de arriba abajo.

—Creía que serías más… no sé, alto.

Esbocé una media sonrisa.

—Así que eres periodista. Debí haberlo supuesto. Llevas el sarcasmo tatuado en la frente.

Ella sonrió. Y ahí fue cuando me descolocó por primera vez. Tenía una sonrisa que invitaba a querer saber más. Descruzó las piernas y las volvió a cruzar. Por un segundo, perdí el hilo. Cuando lo retomé, ella ya había tomado el control.

—No soy tan mala como parezco —dijo—. ¿Qué busca Toni Galán viniendo solo a un sitio como este?

—Iba a preguntarte lo mismo.

—El jazz me vuelve loca. ¿Cuál es tu excusa?

—Mi oficina está aquí arriba. Técnicamente, trabajo en el edificio.

—No sabía que había una productora de cine por aquí.

—Y no la hay. Ya no soy guionista.

—¿No trabajas para Evelyn Crowe?

—Muy perspicaz. —Como no sé guiñar el ojo, me limité a sonreír patéticamente—. No, corté lazos con ella después de lo que pasó. Puedes usarlo en tu próxima columna, si quieres.

Ella ladeó la cabeza. Su melena oscura cayó en cascada.

—¿Y a qué te dedicas ahora? ¿Qué se te ha perdido en la Gran Manzana?

—Detective privado. Espectáculos. Famosos. Ese rollo.

Esperé la carcajada. No llegó. Dejó la pajita en la copa y soltó un leve gemido.

—Um… qué sexy suena.

—Por favor, no te burles.

—No lo hago. De hecho, tiene sentido. Conoces bien ese ecosistema de bichos raros que son los actores.

—Los directores son peores, créeme. Y no me hagas hablar de las productoras.

Volvió a sonreír. Me desarmaba a cada segundo.

—¿Alguna anécdota jugosa?

—Buen intento, pero no caeré en la trampa.

—¿Qué?

—Eres periodista. ¿De verdad crees que voy a desvelar los trapos sucios de terceros a una periodista que acabo de conocer?

Ella se me quedó mirando a los ojos fijamente. No le aguanté la mirada.

—Hagamos algo —dijo—. Te lo pondré fácil. Tú me cuentas un buen cotilleo, algo que pueda usar, y yo te conecto con alguien que podría contratarte. Un cliente real. ¿Qué me dices? Es un trato justo. Quid pro quo.

Mi corazón se aceleró. Había bajado allí solo para desconectar, y ahora tenía delante a una mujer increíble ofreciéndome una posible salvación profesional.

Miré su cóctel. El rojo me pareció una bandera de aviso.

Pero acepté.

—A ver qué te parece esto —dije, bebiendo un trago largo de kombucha.

Ella giró el cuerpo hacia mí. Estaba completamente entregada.

Le brillaban los ojos. Solo le faltaba relamerse.

Entonces le hablé de una historia que, supuestamente, corría esos días por Rodeo Drive.

—Se dice que Will Drake está a punto de abandonar su próxima peli.

—¿Drake? ¿Por qué?

—Su mujer lo pilló en la cama con la maquilladora. No está muy contenta. Le ha dado un ultimátum.

Molly levantó una ceja, evaluándome como un león observa a su presa.

Yo estaba eufórico y me lancé a la piscina. Miré su cóctel.

—¿Puedo invitarte a otra guarrada de esas?

Ella pestañeó y me mostró los dientes, halagada. Me enseñó el dedo anular. Un rubí brilló bajo las luces tenues.

—Estoy prometida.

Pregunté el nombre del afortunado, sintiéndome como uno de esos personajes patéticos que tantas veces he escrito. Ella me lo dijo. Pensé en soltar una broma. Me contuve.

Unas veces se gana y otras se pierde. Lo sé. Es una certeza de la vida que he aprendido a asumir.

Molly se quedó mirando la marca de un vaso en la barra, pensativa. Luego rebajó la incomodidad volviendo al tema de Will Drake, que era lo que, sin duda, la estaba removiendo por dentro.

—¿Tu fuente es de fiar? —preguntó, apurando la copa.

—Por supuesto.

Crucé los dedos por debajo de la barra. Era mentira. Todo. La historia y el rumor. Pero ella no lo sabía. Y yo necesitaba ese contacto como el aire.

Confié en que Molly contrastaría la historia antes de publicarla. Me equivoqué y me avergüenzo por ello.

Dos días después, salió el artículo. Al día siguiente, la esposa de Will Drake lo desmintió en público. Amenazó con demandar. Molly quedó como una novata sin escrúpulos.

Y yo… bueno, yo me gané el puesto de enemigo número uno.

Ahora sus ojos siguen fijos en mí, como si pudieran traspasar el ruido de la Sexta Avenida.

—Siento lo de Tim. De verdad —digo.

—Buen intento, Toni.

—Aunque algo me decía que pasaría.

Me mira como si fuera un viejo sorbiendo ramen. Mitad repugnancia, mitad estupefacción. Al menos vuelvo a tener su atención.

—¿Qué demonios quieres decir?

—¿Qué mujer a punto de casarse va sola a un bar como aquel y se pide un cóctel? Y no me digas lo del jazz. No sé qué buscabas, Molly, pero sospecho que algo muy parecido a un escape de tu realidad.

Sus labios se tensan.

—Aunque no te incumbe, lo mío con Tim iba bien… hasta que me la jugaste.

—¿También tengo la culpa de eso? Vaya, creo que hoy veré las noticias, no vayan a culparme también de la extinción de los dinosaurios.

Resopla.

—Publicar aquella mierda me dejó marcada. Quedé en evidencia ante el gremio. Me despidieron. Perdí credibilidad. Tuve que empezar de cero, por mi cuenta. Y sí, estaba jodida. Muy jodida. Lo pagué con Tim. Así que cierra la puta boca y no te hagas el listillo.

—Lo siento.

—Cállate, Toni. De verdad. Cállate.

Un silencio incómodo. La ciudad sigue rugiendo detrás.

—Podríamos comer algún día. —Las palabras salen de mi boca sin que yo pueda detenerlas, tal vez nostálgicas del sueño de aquella noche.

Ella se ríe. Seca. Cruel.

—¡Já! Tú sueñas.

—Por trabajo. Para intercambiar ideas y limar asperezas, nada más. Profesional, nada íntimo, palabra. Te llevaré a beber ese brebaje rojo que conjuntaba con tu carmín.

No pondría la mano en el fuego, pero me parece ver a Molly sonrojarse.

—Hasta la vista, Toni.

Se da la vuelta y se aleja sin mirar atrás. Me quedo allí, en ese callejón, respirando hondo. No sé si es culpa (lo que le hice no estuvo bien), miedo (prefiero enfrentarme mano a mano a un cocodrilo que tener a Molly Dickinson en contra) u… otra cosa.

En el aire queda flotando su perfume. Todavía lo sentiré cuando, una hora después, esté conduciendo hacia Old Westbury, donde viven los Miller.