Pack Toni Galán (libros 1-3) 3
31%

3

—¿Estás nervioso por conocer a los Miller? —me pregunta Hada cuando estoy a punto de salir de la oficina.

—Más intrigado que nervioso —respondo—. ¿Qué crees que quieren?

—A lo mejor tienen un crimen para que lo resuelvas.

Le estudio la expresión. Está más ilusionada que yo.

—¿Piensas que va por ahí?

—A eso nos dedicamos, ¿no? ¿Por qué más nos llamarían?

—Los crímenes son cosa de la policía, Hada.

Nosotros… —Me detengo un segundo, y ella aprovecha para inclinar la cabeza y alzar una ceja con toda la ironía de su repertorio—.

Nosotros investigamos asuntos personales delicados que atormentan a la gente excéntrica de este país. Y, por suerte, es un mercado lucrativo.

—No sé si los Miller son excéntricos, pero famosos, desde luego. —Baja la voz, cómplice—. Podría tocarnos la lotería con esto, Toni.

Asiento. Finjo calma, pero siento un pequeño nudo en la garganta.

Hada no exagera. Hoy en día es difícil encontrar a alguien al norte del Ecuador que no sepa quiénes son los Miller. Son una de esas parejas doradas que el mundo del cine convirtió en mito en los noventa.

Su boda en Santa Bárbara fue portada en medio planeta. La exclusiva se vendió por millones. Desde el primer día, el enlace resultó beneficioso desde todos los puntos de vista posibles. Y sí, también estoy hablando de dinero y fama.

Él, Joshua Miller, heredero de una estirpe actoral, encadenó una lista de éxitos palomiteros que llenaron salas…

aunque jamás tocó una estatuilla ni de lejos.

No le importaba. En su mundo, el sonido de la taquilla valía más que cualquier premio.

Todos los géneros merecen su público. Y en este, Joshua Miller era el rey.

Ella, Sarah Campbell, conocida como la sonrisa de América , alcanzó la fama muy joven al mostrar sus largas piernas y un escote atractivo en películas baratas para adolescentes.

En aquella época, si en un grupo de colegiales surgía el tema del cine, Sarah era uno de los primeros nombres que se mencionaban.

Pronto sorprendió a todos al encadenar una serie de papeles románticos en los que lograba que el personaje masculino de turno —y también toda la sala— se derritiera por su mirada semicaída.

Dos hitos posteriores la hicieron tocar el cielo con los dedos: la obtención de un Oscar a la mejor actriz de reparto —interpretando a una villana, y…

¡Jesús, qué malvada era!— y su romance con Joshua.

Boom. El sueño americano en carne y hueso.

Eran los Beckham del cine, hasta que la tragedia les cayó encima como un meteorito. De golpe, su estrella comenzó a apagarse.

—Cuesta creer que gente así necesite algo de un detective sin experiencia —murmuro, más para mí que para Hada.

—Un detective que salvó la vida de una actriz y resolvió uno de los misterios del año —me corrige ella—. Oye, ¿crees que el asunto de la llamada estará relacionado con lo que les pasó?

Me detengo con el pomo de la puerta en la mano.

—¿A los Miller? ¿Qué les pasó?

—¿No te acuerdas?

—¿A qué te refieres?

Me mira como si viniera de Marte y resopla.

—Siéntate. Por el bien de esta agencia, y por lo tanto de nuestras cuentas corrientes, no puedes ir allí sin conocer su gran drama.

Miro el reloj.

—Te llamo desde el coche y me lo cuentas —respondo, con prisa—. ¡No quiero hacer esperar a los Miller!

Luego, me enfundo la americana y salgo por la puerta.

Le he prometido a mi potencial nueva clienta que estaré en su casa en menos de una hora. Pero, viendo el panorama en la calle, sospecho que voy a llegar tarde.

Salgo del ascensor y atravieso el vestíbulo del edificio que yo llamo Nakatomi Plaza.

En mi mente, sigo siendo ese niño que veía La jungla de cristal con los ojos como platos y un vaso de leche con galletas en la mano.

Las similitudes, claro, se reducen al exceso de vidrio y al amor por la testosterona en los despachos.

El nombre real es Midtown Tower. Soso. Insípido.

Muy poco atractivo para mi relato mental.

Paso junto a la garita de seguridad y saludo con la muleta a Bobby.

—¿Qué tal va todo, Toni? —pregunta sin apartar la vista de los monitores—. ¿Mañana dura?

—Nada que no arregle un buen whisky —respondo.

Bobby ríe con esa voz cavernosa de fumador veterano. Ambos sabemos que no bebo whisky; me sienta peor que una mala reseña literaria. Pero Bobby es de esos tipos agradables con los que uno intercambia bromas cómodas, como si existiera un contrato tácito para no meterse en temas importantes.

—Oye, tu visita acaba de salir —dice, señalando la pantalla con la barbilla—. Iba acompañada de su abogado. No parecían de buen humor.

Evelyn y Kip. Sonrío.

—Gajes del oficio, Bobby. Gracias por el aviso.

Todavía no he llegado a la puerta giratoria cuando los veo: un pequeño grupo que en otra vida pudo haber sido equipo de fútbol amateur.

Pero los detalles no engañan. Micros, cámaras, chalecos con muchos bolsillos y camisas de cuadros que gritan «leñador sin hacha»: son reporteros.

Alimañas que huelen un titular como los tiburones huelen la sangre.

A través de la cristalera, noto sus movimientos nerviosos mientras ajustan cámaras y micrófonos; recuerdan soldados preparando su armamento antes de invadir Normandía.

Cuando salgo, se lanzan a por mí. Hienas hambrientas.

—Tranquilos, muchachos. No soy Bruce Willis.

—¡Toni! Evelyn Crowe acaba de salir del edificio. ¿De qué habéis hablado? —pregunta Fred, que nunca pierde la ocasión de clavarme el micro en la cara. Es un hombre bajito y con gafas, con un asombroso parecido a un mapache.

—Sabes bien que no voy a decírtelo, Fred.

—¿Hay acuerdo para la película sobre el asesino de novias? —interviene un tipo corpulento como un exjugador de baloncesto, calvo, de voz grave y unas graciosas gafas de montura verde.

—¿Volverás a Los Ángeles para el rodaje? —añade otro, versión rechoncha de un actor secundario de Ally McBeal .

Yo ya empiezo a tener tablas en estas lides, así que, en lugar de pelearme con ellos tratando de abrirme paso a codazos, me detengo, levanto una mano y esbozo mi sonrisa más encantadora. Si la de antes estaba inspirada en Clooney, esta es más contenida… a lo Richard Gere.

—Esas son preguntas tipo Esperanza, mi secretaria —respondo al aire—. Hacédselas a ella. Estará encantada. —Si me oye, me mata—. Las preguntas tipo Toni son…

—Yo tengo una pregunta tipo Toni.

La acera enmudece como si hubiera pasado un fantasma.

Me doy la vuelta y ahí está: Molly Dickinson. Sonrisa ladeada, mirada afilada. Me quedo helado al verla. El impacto me deja lento de reflejos para contestar, así que ella formula su pregunta, elevando su voz por encima del ruido del tráfico:

—¿Qué tienes que decir sobre los rumores que dicen que Evelyn Crowe te declarará la guerra si no aceptas su oferta? Ciertas estrellas de Hollywood están considerando vetarte.

Trago saliva. Molly tiene una voz dulce, pero cuando habla, hasta los más ruidosos callan.

Lleva una blusa blanca con el primer botón estratégicamente desabrochado —su escote bordea el abismo entre lo profesional y lo provocador— y una minifalda negra, tan corta que, al lado de los otros reporteros, parece casi desnuda.

Todo perfectamente ajustado, diseñado para atraer y retener la atención sin esfuerzo.

—Sin comentarios —digo. Sueno arrogante, pero esta vez de verdad estoy desarmado. Suele pasarme frente a Molly; es el efecto que ella crea en mí. Ella lo sabe. Lo disfruta. Y se aprovecha de ello.

—¿No te planteas volver a Los Ángeles como guionista? —insiste.

—¡Eso, Toni! —se suma el de las gafas verdes—. ¡Los fans lo piden!

Inspiro hondo.

—A pesar de lo que han dicho algunos sobre mis textos, tengo principios. Jamás volveré a trabajar para Evelyn Crowe.

Boom. Titular servido.

El murmullo crece a mi alrededor. He hablado de más. Otra vez.

Mi tono despectivo es como gasolina en una hoguera. De inmediato esbozo una mueca. No debería revelar mis cartas ni mostrar mi desprecio hacia Evelyn frente a las cámaras, pero la despedida en la oficina no ha sido grata de ninguna manera.

Hace solo un rato, cuando volvía a la sala de reuniones para despacharlos, ya estaba con el sarcasmo en modo automático y el vaso de la paciencia a punto de desbordarse.

—Tendremos que continuar en otra ocasión —he dicho a Evelyn y Kip, señalando el maletín—. A no ser que ese maletín haya engordado como un pavo en acción de gracias.

Incluso me he atrevido a ofrecerles un taxi al aeropuerto. Menudo descaro. El día en que Evelyn Crowe suba a un taxi será el mismo en que Mel Gibson se apunte a la moda del lenguaje inclusivo.

Evelyn me ha mirado como si pudiera matarme con los ojos. Su respuesta, quirúrgica:

—Cuidado con los pasos que das, Toni. En este negocio, las puertas se abren y se cierran más rápido de lo que imaginas.

Y con eso, ella y Kip se han levantado a la vez. Ensayado. Sincronizado. Las sillas chirriaron. Los ojos saltones de Kip casi se salen de sus cuencas cuando, al pasar a mi lado para salir por la puerta, le he lanzado un beso. Muy profesional, lo sé.

—Te guiñaría un ojo, pero no sé cómo se hace —he rematado la provocación.

—Payaso… —ha escupido Kip.

Ha sido divertido.

Bajo la Midtown Tower, la manada periodística se ha dispersado, al ver que no iban a sacarme nada más. Todos, menos Molly, que no se rinde:

—Vale, pero… ¿qué harás si tu nuevo trabajo como detective no sale bien?

Me ha arrastrado hasta un callejón. Me quiere para ella sola. Inquietante.

—Cuando llegue el río, hablaremos del puente —respondo.

Es una de mis frases. Me la repetía a menudo cuando el mundo se me caía encima: resonancias, punciones lumbares, médicos que hablaban sin mirarme a los ojos. Aprendí que preocuparse antes de tiempo es perder dos veces.

Molly baja el móvil.

—Vaya. ¿Ahora citas a Marco Aurelio?

El tono que emplea ahora tiene algo de íntimo. La periodista agresiva desaparece y asoma esa versión de Molly que solía tener en mi cabeza, antes de que lo echara todo a perder.