2 #4
¿Que si yo bailo? No iría tan lejos. Digamos que la acompaño.
Vigilo. Me aseguro de que ningún papichulo se pase de la raya con mi amiga.
Es inevitable. Hada es atractiva: cuerpo pequeño pero con curvas, ojos grandes, sonrisa cautivadora y unas caderas que no hablan, seducen.
Demasiado para los neoyorquinos. Ella me llama su guardaespaldas bailongo —eso sí lo dice en español—, pero lo cierto es que, debido a mis circunstancias, no me atrevo a salir a la pista. Al menos, de momento.
—Vale, pero… ¿quién es? —insisto—. Me tienes en ascuas.
Ella no contesta. Solo pulsa un botón del teléfono y dice con voz de operadora elegante:
—Cuando quiera, señora.
—¿Hola?
La voz que sale por el altavoz es clara y nítida. Imposible saber si tiene veinte o sesenta. Suena bien. Muy bien. Mi mente, optimista por defecto, ya ha dibujado a alguien atractivo. Y sin embargo… algo en su timbre me resulta familiar.
—Hola, señora. ¿En qué puedo ayudarla?
—¿Hablo con el señor Galán?
Señor Galán. Casi me dan ganas de llevarme a los labios mi copa invisible de coñac.
Carraspeo.
—Sí, pero, por favor, llámeme Toni. ¿Con quién hablo?
—Siento mucho molestarle. Estará muy ocupado.
Sí, tanto como un político a las ocho de la mañana.
—No se preocupe —respondo, acomodando la voz.
—Le llamo porque tengo un interés personal en contar con sus servicios.
Interés personal. Eso descarta a la veinteañera. De inmediato me vienen a la mente las palabras de Chase: Ricachones excéntricos con problemas del primer mundo y más dinero del que pueden gastar.
Miro a Hada. Tiene los brazos cruzados. Mordisquea el meñique con gracia, ese tic que solo aparece cuando algo importante se cuece.
Cuando me devuelve la mirada, sus ojos brillan.
El color de sus mejillas también indica que está emocionada.
Que me cuelguen si ella no sabe algo. Y por su expresión, no se trata de un caso estúpido más.
—Por supuesto, señora —digo—. Mi secretaria concertará una cita con usted en nuestra oficina.
—No sé cómo decirle esto… En realidad, preferiría que viniera usted a mi casa. A solas. Es un asunto de vital importancia. De lo contrario, no le habría contactado.
No sé si tomármelo como un halago o todo lo contrario, estoy demasiado nervioso para decidirlo. Apoyo las manos. El borde de la mesa está frío. Como si supiera lo que viene. Acerco mi boca al auricular. Si llevara corbata, esta colgaría de mi cuello como un péndulo.
—Em… claro, no hay ningún problema. ¿Qué día le va bien?
—¿Podría ser hoy?
Vuelvo a buscar a Hada. Su mirada se ha nublado un poco y le han salido dos arrugas en el entrecejo.
Dos arrugas significan desconcierto. Tres, enfado.
Más de tres… En fin, daré un consejo no solicitado: cuando veas más de tres arrugas en la frente de Hada, busca la salida de emergencia más cercana.
—Sí, supongo que puedo acercarme ahora mismo. —Compruebo la hora en mi Casio digital. Como si tuviera el día muy ocupado—. ¿Me da la dirección?
Ella lo hace. Su tono se mantiene constante. No duda, pero tampoco se acelera. Sí percibo cierta inquietud en su voz. Y no me extraña. Nadie llama a un detective privado si todo va bien.
Tomo nota en el cuaderno que Hada me ha acercado con la rapidez de un ninja.
Al terminar, mi mirada se cruza con la placa que me enviaron mis padres y que ella colgó con cariño en la puerta:
Toni Galán
Investigador Privado
Sonrío en silencio. Toni. No Antonio. Me ha costado, pero finalmente he logrado que se me conozca por la versión anglosajona de mi nombre.
Cuando Evelyn me ofreció ser guionista y me trasladé a Los Ángeles, me esforcé por que me llamaran así.
Lo que jamás imaginé era que hasta mis padres aceptarían y se acostumbrarían al cambio.
Supongo que eso es lo que provoca que tu nombre salga en la televisión.
«Hoy, además, puede que esa placa signifique algo», pienso, entre orgulloso y nervioso, mientras escucho la voz de esa mujer por el auricular.
Observo la dirección que he escrito en el cuaderno: Old Westbury. Si no me equivoco, eso está en las afueras. En mi mente, el nombre del lugar evoca lujo, propiedades, brillo y casas que no necesitan cerrojos.
Respiro hondo y prometo estar allí lo antes posible.
—Gracias, señor Galán. Le estaré esperando.
—¿Y esos dos de ahí dentro? —pregunta Hada, solo moviendo los labios.
Presiono el botón de mute del teléfono para responderle:
—Les diré a Evelyn y a Kip que aplazamos la reunión. Me vendrá bien para la negociación. ¿Puedes decírselo tú?
Se le congela la cara.
—Estás de coña, ¿no? Con esos, ni los buenos días.
—Era broma —me río—. Ahora los despacho yo.
—¿Señor? ¿Sigue ahí?
La voz atractiva por el auricular. Sigo aquí, claro que sí.
Vuelvo a activar el sonido del aparato.
—Sí, disculpe. La veré en menos de una hora. Por cierto, no me ha dicho su nombre…
Cuando lo dice, los ojos de Hada no solo brillan.
Refulgen.
Y yo tengo que buscar una silla libre para sentarme.
Al parecer, Dios me ha escuchado. Y ha cumplido su parte del trato.