Pack Toni Galán (libros 1-3) 2 #3
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Antes, cuando llegaron al edificio, procuré que accedieran a la sala de reuniones sin que Hada se percatara.

No quería que se produjera un momento incómodo como el que está ocurriendo ahora.

Gran parte de mi decisión de no continuar trabajando para Evelyn Crowe se debió al trato que dio a Hada.

Ella me ayudó a resolver el caso del asesino de novias, utilizando su posición como secretaria de la Madre de Dragones para acceder a información interna de la productora.

Esa información fue clave para destapar al ladrón que robaba y distribuía material inédito a escondidas.

En resumen, Hada fue fundamental para mi éxito como investigador improvisado.

Yo gané, Evelyn ganó. Todos ganamos. ¿Cuál era el problema entonces?

Que Hada había actuado a espaldas de la compañía.

Y nadie desacredita a Evelyn Crowe. Así que la despidió.

No fue solo un castigo, sino también un aviso a navegantes.

Una forma de recordar quién mandaba. Por eso —y porque Evelyn utilizó el macabro caso del asesino de novias para ganar audiencia— decidí renunciar y marcharme.

Y por eso Hada trabaja ahora para mí. Porque no tiene otra opción.

Soy su bote salvavidas, su última alternativa.

Ella insiste en que es porque me debe una.

Así que caridad, ¿eh? No sé qué me hace sentir peor.

—¿Puedes atenderla tú y coger el mensaje? —respondo, manteniendo la mirada fija en los ojos de Kip, y aún no me he convertido en piedra.

—Ya lo he hecho. Quieren hablar contigo personalmente.

La respuesta me hace volver a mirar. Hada me observa desde la puerta. Sus grandes ojos negros indican que se trata de algo importante. También sugieren que Evelyn y Kip no existen más para ella.

—¿Te han dicho al menos de qué se trata?

Últimamente hemos recibido pocas llamadas.

La mayoría son de la prensa sensacionalista, que sigue empeñada en entrevistarme por lo sucedido en Los Ángeles.

El héroe de la pluma y el bastón , me llaman.

Supongo que saben que los escritores y guionistas del siglo XXI trabajan con ordenador y que la pluma hace tiempo que quedó para las películas históricas y para el pedante de Kip, pero ese eslogan les queda mejor así.

En cuanto a lo del bastón, ¿qué puedo decir?

Me hace sentir como si fuera mi abuelo, aunque no puedo culparles por eso.

No me agrada que me vean en público con mi muleta de fibra de carbono, pero a veces es más cómodo así.

El resto de las llamadas —las menos— han sido de mi madre, a pesar de que siempre le recuerdo que no telefonee a la oficina.

—Creo que es una oferta de trabajo —responde Hada.

Algo aletea en mi interior.

—Ahora mismo voy —digo, fingiendo calma.

Hada desaparece tras la puerta. No se despide de los otros dos, ni siquiera les lanza una mirada de odio. La ignorancia es el arma que más daño provoca. Bien hecho, Hada.

Kip Dolan emite un sonido que podría ser una risa y dice:

—¿Te la estás tirando, Toni? Dicen que las sudamericanas son un volcán en la cama, y esta nunca ha estado nada mal.

—No, Kip, no me la estoy tirando. Pero te recomiendo probar eso que llaman sexo. Ayuda a dormir bien por las noches, no te vendría mal. Y a veces hasta provoca subidones de felicidad. Ten cuidado las primeras veces, podrías marearte por el impacto.

Kip se retuerce en la silla. Yo me incorporo, apoyándome en los apoyabrazos, y recupero la muleta que había dejado en una esquina de la sala.

—Quiero que dejemos esto resuelto antes de que atiendas esa llamada —me advierte.

—Bueno, no siempre conseguimos lo que queremos, Kip. Vuelvo enseguida.

Evelyn frunce el ceño, como si le molestara la interrupción.

—Oye, que no hemos terminado.

—Soy perfectamente consciente. Será solo un minuto.

No dejes que Kip se trague el maletín. Aunque con ese hambre de poder, lo mismo se lo ventila entero.

—Por cómo me mira él, sospecho que en su mente debe estar extrayéndome las uñas de las manos con unos alicates—.

Vamos… ¿no has oído? Es una oferta de trabajo.

Parece que las cosas empiezan a mejorar por aquí.

—Termino la frase sacándole la lengua a Evelyn, lo cual, tratándose de ella, es como chocarle los cinco al papa, pero me siento eufórico por la perspectiva de la llamada.

Lo que aún no sé es que la oferta de trabajo vendrá envenenada.

Hada me espera de pie junto a su mesa, con esa sonrisa pícara de medio lado que suele venir acompañada de sorpresas.

Esa sonrisa me pone en alerta. Siempre.

Hada es mi mejor amiga y, desde que nos mudamos a Nueva York, también mi asistente —ella insiste en llamarse «secretaria», porque suena más profesional—. Ambos sabemos que mezclar lo personal y lo laboral es como jugar con fuego. Pero, eh, no estamos en posición de elegir. Hacemos lo que podemos.

Sobre su mesa hay una taza de té con marcas de labios rojos, un cactus pequeño con gafas de sol y una montaña de papeles a punto de reventar, entre los que asoman unas entradas arrugadas de un concierto de Juan Luis Guerra en el Madison Square Garden.

La luz que entra por la ventana parece más brillante aquí, como si este rincón desafiara la monotonía del resto de la oficina.

—Bueno, ¿quién es? —pregunto.

—Antes de nada, esta noche tenemos social de bachata en el Soho —anuncia como si se tratara de una reunión del Consejo de Seguridad de la ONU—. Que no se te olvide como la última vez.

Sí, Hada también baila. Y no como los mortales.

Cuando se suelta el moño y pisa la pista, se relaja y es poseída por algún espíritu muy divertido que parece pensar que la vida debe ser un carnaval.

A los cinco segundos, ya hay un tipo con camisa transparente y sonrisa carnívora sacándola a bailar.

Hada brilla. Se deja llevar. La pista es suya.

Y cuando me toca salir a mí… bueno, digamos que aporto el toque cómico.

Una diversión sin límites, vamos.