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Esta mañana le he dado un ultimátum a Dios. Si no arreglaba mi vida antes del anochecer, recogería mis cosas y me volvería a España. Para siempre.
Así que, si tienes algo bueno preparado para mí aquí, más te vale que me lo enseñes ahora.
Cuando Evelyn Crowe ha entrado en las oficinas dejando tras de sí los ecos de su firme taconeo, he pensado que Dios se estaba cachondeando de mí.
—Siéntete afortunado, Toni. No todos los días le pagan a un hombre por escribir crímenes.
Evelyn Crowe, la «Madre de Dragones», termina de plantearme su oferta con una sonrisa de negocios. Echa un nuevo vistazo medido al maletín de piel que hay sobre la mesa. Dentro hay dinero, mucho dinero.
Espero a que deje de hablar para juntar las yemas de los dedos, intentando parecer reflexivo. En realidad, me siento como un crío disfrazado de adulto. Ridículo. Pero no puedo permitirme mostrarlo delante de ellos.
—Escribir crímenes —repito con calma, pensando cómo devolverle la pelota por enésima vez—.
Escribir crímenes es fácil, en realidad.
Solo necesitas un buen personaje antagonista, un móvil creíble y luego, lo típico: cortinas que se mueven, suelos que crujen, luces que se apagan…
Explotarlos y venderlos por millones sin pagarle al tipo que los creó, sin embargo…
—Lanzo mi sonrisa más teatral, a lo George Clooney—. Eso sí que es un crimen.
Evelyn asiente lentamente. Parece uno de esos muñecos para el salpicadero del coche.
Elegante, bronceada y con una sonrisa tan falsa como el atrezo en los escenarios de los estudios de grabación que tiene en alquiler.
Va vestida de azul eléctrico y alegre, como si estuviera aquí para un bautizo y no para una ejecución pública.
—Vamos, Toni —me ruega con un tono que suena más a advertencia—, estoy segura de que podemos llegar a un acuerdo. Tú cedes un poquito y nosotros cederemos otro poquito. No hace tanto tiempo que éramos un equipo. Volvamos a serlo.
Es la mezcla perfecta entre sarcasmo y veneno refinado.
El Toni de hace algunos meses tal vez habría caído en la trampa, y el de años atrás, que vivía en España con su mujer y escribía novelas de misterio, seguro que lo habría hecho.
Pero ya se sabe lo que dicen sobre el diablo, que sabe más por viejo que por diablo.
Y yo ya empiezo a acumular algunas experiencias.
La observo desde el otro lado de la mesa.
Nuestra sala de reuniones es aún más pequeña que mi apartamento en Brooklyn.
Solo hay una vieja mesa de caoba que ocupa demasiado espacio, y tras ella, en la pared, una ventana que ofrece una vista perfecta a…
otra pared. La luz que entra está filtrada por persianas cerradas a propósito.
El aire huele a café recalentado y a ego inflado.
Si esto fuera un ring de boxeo, yo estaría en el rincón con los guantes puestos.
—Evelyn, te juro que si me pagaran un dólar cada vez que dices una estupidez con esa expresión tan seria, no necesitaría esta limosna que me estáis ofreciendo.
No es ninguna limosna. Es mucho dinero, y lo necesito, pero a veces es preciso atacar primero. Se disfruta del factor sorpresa.
A su lado, Kip levanta una ceja, lo que interpreto como que me está insultando para sus adentros.
Evelyn también lo ha notado, porque le hace un gesto con la mano para que se calme, como si estuviera domando a una bestia de circo.
Kip Dolan es el perfecto perro de presa disfrazado de abogado.
En lugar de ladrar, escupe leyes, reglamentos y alguna que otra amenaza sutil; y no lleva un collar de pinchos, sino una insulsa corbata de colores oscuros.
Algún día perderé de vista a este picapleitos, pero por el momento ahí sigue, mirándome como si yo fuera un mosquito al que se muere por aplastar.
Le aguanto la mirada con fingido desdén.
Tiene las cejas fruncidas por defecto, algo habitual en él, como si el simple hecho de existir le supusiera un esfuerzo, y los hombros tensos como si contuviera las ganas de saltar por encima de la mesa para partirme en dos.
Da la sensación de llevar un palo tan grande metido por el culo que deberían estar colgándole las piernas.
—Oh, Toni… —se adelanta Evelyn, con esa sonrisa que parece haber sacado de un quirófano—. Sigues siendo el mismo arrogante de siempre. Solo que más pobre. ¿Acaso crees que te van a dar el premio al Hombre con Principios del año?
Me quito las gafas. Las limpio con la camisa como quien afila un arma antes del duelo. Me las vuelvo a poner. Spoiler: el panorama sigue igual de jodido.
—No tengo tantos principios, de verdad. Solo que, a vuestro lado, el contraste es mayor.
Kip emite un débil bufido cargado de arrogancia y superioridad, representando a la perfección su papel de abogado sin escrúpulos. El tipo es tan predecible como una puerta oxidada.
—Vale, un bufido —constato a la vez que frunzo los labios y asiento con la cabeza—. Entendido, Kip.
Se inclina hacia delante.
—Conmigo no te hagas el listo, Toni. No funcionará. He jodido la carrera de hombres mucho más importantes e ingeniosos que tú.
Lejos de amedrentarme, voy directo a su punto débil.
—Tienes un cachito de lechuga entre los dientes, tío. Me alegro de que hayas empezado a cuidarte, por cierto.
A pesar de que estamos en un piso dieciséis, el ruido del tráfico de la Sexta Avenida se escucha como un zumbido constante al que todavía no he logrado acostumbrarme del todo. Por un segundo, es lo único que se oye en la sala.
—Que te jodan —murmura Kip. Saca el teléfono y orienta la cámara hacia su boca. Cuando comprueba que su dentadura está impoluta, me fulmina con la mirada y repite—: ¡Que te jodan!
Esta vez cae algo de saliva en la mesa.
—Haz el favor de no manchar mi mesa, ¿quieres? Ah, y te pones muy interesante cuando te enfadas. Se te ilumina la cara y casi se diría que eres un ser humano.
Kip Dolan enarca ahora las cejas y traga saliva. Evelyn vuelve a posar una mano en su brazo. Ese gesto tiene el mismo efecto que si colocaras la olla debajo de un chorro de agua helada.
Yo me mantengo imperturbable, pero por dentro estoy doblado de la risa. Y más profundo aún, cagado de miedo.
—Estás acabado, Toni —me dice Kip apuntándome con un alargado y deforme dedo índice—. Acabado.
No respondo. Lo cierto es que, en parte, Kip tiene razón.
Todo esto me sobrepasa, es demasiado para mí.
Solo llevo dos meses trabajando como detective privado y todavía no ha salido un solo caso decente.
Lo de la semana pasada no cuenta: Eleanor Feldman, una mujer del Upper East Side, adinerada y adicta al Aperol, vino a la oficina completamente alterada.
Sir Fluffington había sido secuestrado. Sir Fluffington era su perro de raza pomerania, y sí, puede que me esté inventando el nombre porque no lo recuerdo bien.
A Chase le faltó tiempo para romper a reír cuando se lo conté.
—Esto es lo que nos espera aquí —dijo, con ese exceso de cinismo que lo caracteriza—. Ricachones excéntricos con problemas del primer mundo y más dinero del que pueden gastar.
La cosa prometía ser un completo desastre, pero un caso es un caso, así que me dije: ¡qué demonios! y me puse manos a la obra.
Ella opinaba que su exmarido, un abogado al que describió como Ryan Gosling pero más torpe, peor dotado y con menos cuero cabelludo, estaba detrás del secuestro. «Siempre odió a Sir Fluffington y lo usó como arma en el divorcio», dijo.
Otro dato a resaltar era que Sir Fluffington contaba con su propia cuenta en Instagram.
Sí, el pomerania. Yo mismo constaté que tenía más de veinte mil seguidores.
La imagen de perfil era el propio perrito con gafas oscuras y tumbado tranquilamente al sol sobre una colchoneta hinchable. Los nuevos tiempos.
Empecé preguntando al portero del edificio.
Recordaba haber visto a alguien salir del apartamento con el perro, pero no pudo identificar a la persona porque llevaba gafas de sol y una gorra.
No me llevó más de un par de horas descubrir que el perro nunca fue secuestrado.
La supuesta encapuchada que se lo llevó era en realidad la asistente de la señora Feldman, quien había sacado al perro a pasear por la mañana.
Sir Fluffington estaba perfectamente bien, disfrutando del día en un spa para mascotas de lujo al que la asistente lo había llevado sin avisar.
Lejos de avergonzarse, Eleanor Feldman culpó a la asistente. «Lo que pasa es que no me avisó —se defendió—. ¿Cómo se le ocurre llevarse a Sir Fluffington sin decirme nada?».
Yo di carpetazo al caso con una sonrisa irónica y una factura por resolver un secuestro en tiempo récord. Chase opina que debería escribir un libro sobre ello.
—Podrías titularlo: El misterioso caso del perro instagramer —me dijo. No sé si estaba hablando en serio o se estaba quedando conmigo. A veces cuesta descifrarlo. En cualquier caso, espero por el bien de todos que tenga más talento como detective ayudante que como creador de títulos.
Sin contar aquello, no ha salido nada en todo el mes.
Se supone que esta mala racha es normal.
Según me prometieron, mi prototipo de cliente será el típico actor de renombre con problemas.
Aquel que opta por seguir un camino alternativo a la policía para que su nombre no acabe en los periódicos y, por añadidura, en la boca de todos.
Casos límite, estrellas venidas a menos con problemas serios de mantenimiento de estatus social.
«Con un trabajo de esos al año, tu presencia en la agencia ya saldrá rentable», me dijeron.
El problema es que gran parte de mis honorarios son por objetivos. Y mi nevera necesita que la alimenten.