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Interior del Gilmore. Tarde.
Dos horas más tarde, estoy aparcando el coche frente a la puerta del Gilmore. A diferencia de la otra vez, hoy es de día, y el efecto del aire acondicionado en el interior del local me causa una sensación agradable en contraste con el bochorno de la calle.
Es viernes al mediodía, así que no hay prácticamente nadie en la zona de las mesas.
Localizo a Chase sobre un taburete junto a la barra.
Parece relajado, viendo un partido de baloncesto repetido en una de las pantallas.
Me pregunto si habrá habido algún momento en la vida de Chase en que no estuviese relajado.
Tiene una pinta de cerveza a medio beber.
Lo acompaño en la barra, y entonces noto que algo se mueve a mis pies, entre las sombras. Doy un respingo y retrocedo un paso cuando reconozco las fauces de la bestia. Es el pitbull que el otro día, en el desguace, nos confundió con su merienda.
Chase profiere una sonora carcajada.
—¿Qué haces con esto? —pregunto, sin desviar la mirada del can.
—La otra mañana, cuando volví a por mi coche, lo oí ladrar desde el interior del desguace. Al pobre lo habían dejado abandonado, y seguía sin comer. Se llama Logan.
—¿Como el protagonista de Succession ?
—No, como Lobezno. Pero Logan Roy es el amo, estoy de acuerdo.
Asiento con la cabeza.
—Así que lo has adoptado.
—Digamos que somos compañeros de piso.
Miro a Logan. Tiene la respiración agitada y la boca semiabierta, lo que le genera una expresión divertida, como si estuviese sonriendo. Visto así, no parece tan fiero. Me devuelve la mirada y se relame. Su lengua es aún más grande que la de Alfred.
—¿Y ya ha comido?
—Sí, tranquilo, no le interesas como almuerzo. —Chase se agacha para rascarle el cuello y a cambio recibe un húmedo lametazo—. Pero cuidado, es tremendamente cariñoso. —Ríe Chase tras el ataque a traición—. Si te descuidas, te deja la cara empapada de baba asquerosa.
—¿Y puedes traerlo aquí?
—Este sitio es pet friendly — asiente.
Claro, ¿cómo no se me había ocurrido?
Tomo asiento en un taburete libre y pido una kombucha.
El camarero, más que servírmela, me lanza el vaso sobre la barra.
«Será pet friendly , porque human friendly , está claro que no».
Por un momento, Chase y yo nos quedamos ahí, en silencio, simplemente mirando a la pantalla, hasta que él vuelve la vista y habla:
—Cuéntame las novedades.
Se lo cuento todo.
—Qué casualidad —dice, dando un nuevo trago al vaso. Se pasa la lengua por el labio superior para limpiarse los restos de espuma.
—¿El qué?
—Que tu fisio resultara ser la expareja de Mia Clarke.
Llevo dos días pensando en ello. No es una casualidad.
—Supongo que me eligió como su cliente por mi rol dentro de la serie. Entrando a mi apartamento tres veces a la semana se garantizaba acceso a mi ordenador e información de primera mano para ejecutar los crímenes a la vez que orientaba todos los focos sobre Mia.
Asiente.
—Y la obtuvo sin problemas. —Eso ha sonado a acusación.
Lo atravieso con la mirada.
—¿Se supone que debía desconfiar también de mi fisioterapeuta?
—Solo digo que conmigo fuiste más prudente. Hasta inventaste una identidad falsa —sonríe.
—Y aun así, aquí estamos.
—Sí. Aquí estamos. ¿Qué va a ser de él?
—Hada fue la primera que lo encontró cuando llegó a mi apartamento.
Había perdido el conocimiento y tenía un brazo y una pierna malheridos.
Alfred hizo un buen trabajo. La policía llegó pocos minutos después.
Después de pasar por el hospital, fue detenido.
Se espera que le caiga la perpetua, teniendo en cuenta sus antecedentes.
—Y todo por despecho. Qué pena.
—Ese hombre se la tenía jurada a Mia desde que ella lo dejó. —Pienso en el tatuaje—. No fue capaz de olvidarlo.
—¿Has hablado con ella? —pregunta Chase.
—No —respondo escuetamente. No me apetece hablarle de mi visita al parking de caravanas.
Veo que se queda mirando algo sobre la barra. Es la revista sensacionalista que me he llevado del despacho de Evelyn.
—Ayer estaba trasteando con el móvil y me saltó un anuncio con la noticia de la homosexualidad de Pierce. Está en todas las malditas partes.
—Es la noticia de la semana.
—¿Qué será de su amante?
—Al igual que nuestro amigo de chaqueta blanca, Jeremy Haskins pasará una buena temporada en prisión por tráfico de material confidencial y, sobre todo, por haber empujado a Sanders a la muerte.
—Ingenioso juego de palabras —bromea—. Pero aquello fue un desafortunado accidente.
Lo miro sorprendido.
—¿Lo defiendes?
Hace un ademán de indiferencia y se encoge de hombros.
—No creo que Haskins fuera un mal hombre. Simplemente cometió algunos errores que le pasaron factura.
—Me alegro por la señora Haskins —digo. Sigo teniendo en mi teléfono móvil la fotografía del día de su boda—. Esa mujer al fin conoce la verdad sobre su marido. Con suerte, podrá rehacer su vida.
Chase alza su vaso.
—Creo que hicimos un buen trabajo, ¿no te parece?
Hago chocar mi kombucha contra su cerveza. Llegó el momento de mencionar aquello por lo que realmente he venido.
—¿Qué vas a hacer ahora? —le tanteo.
Chase vuelve a encogerse de hombros.
—Mis planes no han cambiado. Ya encontraré algo.
—Admite que esta semana te lo has pasado bien.
Me muestra su sonrisa infantil. Por un instante, hasta se diría que se ha ruborizado.
—Han sido unos días excitantes.
Le hablo de la oferta de trabajo de Johnson y Reed, y lo hago de sopetón, a bocajarro.
—Necesitaré un acompañante —digo al terminar.
Mi proposición le pilla desprevenido. Por primera vez en la conversación, deja el vaso sobre la barra y se gira en el taburete hasta tenerme de frente.
—No me imagino viviendo en Nueva York, llevo mal el frío. Y además soy actor, no detective privado.
—Eres un buscavidas con habilidades en artes marciales y manejo de armas de fuego. No se me ocurre a nadie más preparado que tú, y no quiero a otro a mi lado. Si no vienes conmigo, rechazaré la oferta.
No contesta de inmediato. Creo que es la primera vez que dejo a Chase sin palabras.
—¿Te doy un tiempo para que lo pienses? —digo.
—Sí. —Apura el fondo del vaso de un trago y se incorpora—. Voy a dar una vuelta.
—¿Puedo hacer algo por ti? —pregunto cuando Chase está encarando la salida.
Se detiene.
—A decir verdad, sí.
Sonrío.
—Lo que quieras.
Acabamos jugando tres partidas en el billar del Gilmore. Y otras tres la tarde siguiente. Me gana las seis, y yo me prometo a mí mismo practicar hasta ganarle.
Volvemos a vernos al cabo de cuatro días, en la puerta de embarque del aeropuerto.
—Quien no se mueve, no siente las cadenas —es toda la explicación que me da. Me parece que la frase no es suya, pero creo entender lo que quiere decir.
Pasarán cuatro meses hasta que consiga ganarle una partida. Ocurrirá en un bar de Tribeca, Manhattan, y Chase pondrá como excusa el hecho de no haber dormido en toda la noche anterior.
Una joven estudiante del Upper East Side tendría la culpa.
Para entonces, yo ya le habré encontrado el gusto al billar.