Pack Toni Galán (libros 1-3) 36 #3
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Veo que Reed, el blanquito atractivo, sonríe como si fuese un tema de conversación que ha mantenido con su compañero varias veces en el pasado. Es una sonrisa arrebatadora. Caramba, se las tiene que llevar de calle.

—Vale, pero sigo sin entender lo que quieren de mí —digo, confuso—. ¿Necesitan que escriba algún tipo de artículo sobre el tema? Verán, yo escribo ficción, no…

Rhino Johnson me interrumpe con su carcajada. Es grave y limpia.

—Hemos seguido su trabajo en el caso del asesino de novias y en la trama de Tom Sanders —dice.

—Estamos muy impresionados, hacía mucho tiempo que no veíamos una resolución tan rápida en dos casos tan complejos.

Sin poder intervenir, me encuentro mirando a uno y a otro a medida que se intercambian el testigo de la conversación.

—¿Le interesaría trabajar como investigador privado? —concluye Johnson.

La propuesta me toma por sorpresa. No es algo que hubiera esperado, y mi mente se llena de dudas. Sin embargo, algo en la forma en que hablan, en la seriedad de sus rostros, me dice que es una oportunidad real.

—¿Por qué yo? —pregunto.

—Su habilidad para resolver los casos y su determinación son cualidades que valoramos mucho.

—Las cejas arqueadas de Rhino le otorgan un aire de perpetua vigilancia—.

Pero no le vamos a mentir. Si estamos aquí, es porque ninguno de nuestros agentes tiene experiencia en el ámbito del espectáculo, y mucho menos contactos.

Además, uno ya empieza a sentirse cansado y a pensar en la retirada.

Voy necesitando un relevo. Verá, usted es hoy un personaje reconocido entre los círculos de actores y directores, en Nueva York todo el mundo habla del guionista que salvó a la estrella, Mia Clarke, de entrar en prisión.

—Se equivoca, yo no salvé a Mia. De hecho, contribuí a su detención, me temo.

—No se quite méritos, Toni —interviene Reed—. Gracias a usted, la expareja de Clarke ya no presentará una amenaza para ella nunca más. Es algo que ha impresionado a muchas celebridades, se lo aseguro.

—Los productores también lo adoran por su trabajo desenmascarando a Haskins y a ese periodista rosa —Johnson toma el relevo—.

Como es lógico, ellos dan suma importancia a la confidencialidad de sus obras, y más aún de sus vidas privadas.

En conclusión, creemos que podría ser un gran activo para nuestro equipo.

—Mira el edificio de soslayo y añade—: Y sabemos que acaba de quedarse sin empleo.

Pienso que hacen muy bien su trabajo, pues hace escasos cinco minutos que he rechazado la oferta de Evelyn.

Cojo aire y lo expulso con fuerza. La oferta me pilla completamente desprevenido.

No obstante, no puedo negar que me atrae.

¿Nueva York? Siempre he querido visitarla, y a pesar de que nunca he soportado el tráfico del centro de Madrid, tal vez allí no sea para tanto.

Por otra parte, ¿detective privado? El solo hecho de pronunciar las palabras dentro de mi cabeza me estremece. Y además, está lo otro.

—Verán, me siento halagado, pero deben saber algo sobre mí. Es un tema de salud.

—¿Su enfermedad? —dice Johnson.

Me quedo a cuadros.

—Su contrato en la agencia incluiría un seguro privado con todos los tratamientos incluidos —apostilla Reed.

Siento acelerarse mi corazón. Esto último lo cambia todo.

Con mi dimisión de la productora esta misma mañana no solo he renunciado a un trabajo bien remunerado, sino a un seguro médico de calidad.

Sé que siempre puedo retomar el oficio de novelista, eso es algo que no me preocupa, pero los tratamientos mensuales son carísimos, aquí en Estados Unidos.

Y lo último que quiero es regresar a España, donde me esperan los fantasmas de Patricia.

Además, por qué no decirlo, la trama detectivesca en la que se ha convertido mi vida estos últimos días, la sensación de caminar sobre el alambre, ha despertado en mí un interés por la acción y el riesgo que desconocía.

—Puede tomarse su tiempo, no tiene que darnos una respuesta ahora —dice Johnson—. En cuanto a la visita a nuestras oficinas, cuadremos una fecha.

Mientras el detective habla, capto algo de reojo.

Ese algo me obliga a girar la cabeza hacia el edificio principal de la productora.

Hada acaba de salir por la cristalera batiente por última vez y la veo descendiendo las escaleras hacia el aparcamiento.

La caja de cartón parece pesarle en los brazos y su rostro es el de alguien que está esperando a quedarse solo para romper a llorar.

Aun después de dejar de verla, una vez ha desaparecido ella entre los coches estacionados, me quedo mirando, pensativo.

—Voy a necesitar a mi propia secretaria —exijo a Johnson, que se queda sorprendido.

Los detectives se miran entre sí y asienten.

—Sin problema. Contábamos con ello —contesta Reed.

—Me refiero a una de mi confianza. Escogida por mí.

Esta vez se toman un tiempo para contestar. Noto que lo están valorando.

—De acuerdo.

De pronto, tengo una idea loca, y sin pensar, hago otra petición:

—Y tal vez también necesite un ayudante.