36 #2
—Evelyn —digo, intentando sonar decidido—.
No te tembló el pulso para suspenderme cuando me señalaron como sospechoso de los asesinatos, y ahora encima has despedido a Hada, cuando todo lo que ha hecho ha sido por el bien de esta empresa.
¿Y pretendes que vuelva a trabajar para vosotros?
Pues te deseo suerte, porque yo antes trabajaría en un Starbucks que venderte mis ideas por un sueldo y un seguro dental.
—Esto es un asunto legal. Hada comprometió la confidencialidad de la productora —interviene Kip, como si eso lo explicara todo.
—No lo veo así —replico—. Hada hizo lo correcto y la estáis castigando por ello. No puedo ser parte de una empresa que no valora la integridad y la justicia. Una que antepone la facturación por encima de vidas humanas.
Cuando termino, la voz me tiembla tanto que apenas se me entiende, pero intuyo que Evelyn ha captado el mensaje, porque se vuelve hacia Kip y lo mira como diciendo: «¿Puede hacer eso?
» El gesto del abogado, encogiéndose de hombros como un inútil, tendrá que valerle como respuesta. Evelyn suspira frustrada.
—Toni, por favor, piénsalo bien. Esta es una oportunidad única.
—Ya lo he pensado. Mi respuesta es definitiva.
Sin decir nada más, la jefa se incorpora y sale del despacho hecha una furia.
Kip Dolan me da una palmada en el hombro.
—Enhorabuena, Galán. Acaba de cavar su propia tumba. Nunca volverá a trabajar en el mundo del cine.
Lo aparto de un manotazo y sale por la puerta.
—¡Lo lamentarás, Toni! —se oye gritar a Evelyn por los pasillos. Kip la sigue.
Me quedo a solas en el daspecho de Evelyn.
No quiero estar aquí ni un segundo más, y esta vez sí, espero que sea la última.
Antes de salir por la puerta, cojo la revista y me la llevo conmigo.
Algo me dice que la persecución de Pierce por parte de la prensa será un bonito pasatiempo en mi próxima visita al hospital durante mi siguiente sesión de tratamiento.
Nada me gustaría más que perder este lugar de mi vista para siempre y no regresar jamás, pero la conciencia y el sentido del deber me empujan a hacer una última visita a los estudios de grabación. Después, volveré a mi apartamento y decidiré qué haré con mi vida a partir de ahora.
Una maraña de periodistas hambrientos se ha reunido en el exterior de la caja de zapatos número dos.
Me tenso al verlos, rompo a sudar por la parte baja de mi espalda y hasta me planteo darme la vuelta e irme por donde he venido, pero finalmente me obligo a seguir.
«No tienes nada que temer, tú atrapaste al asesino de novias.
Para ellos, eres un héroe», me digo. Pero, por algún motivo, no me resulto convincente.
Para mi sorpresa, descubro que no están aquí por mí. Apenas vuelven la cabeza cuando camino por su lado y cruzo la verja de acceso, así que me relajo y paso de largo.
Hoy los estudios están tranquilos, como si los envolviera una atmósfera de resaca incómoda. Apenas hay trabajadores empujando carros de ropa ni equipos de iluminación, y los vociferios habituales han sido sustituidos por un rumor tenue y respetuoso, casi monástico.
—Hoy no graba hasta dentro de dos horas —me informa Quincy Jones, a quien encuentro de pie, junto a la mesa alargada destinada al catering. Sostiene un termo que, sospecho, no contiene agua ni café—. La encontrarás en su caravana, como siempre —añade con cierta sorna.
Le agradezco la información. Antes de que desaparezca de su vista, me dedica unas palabras de reconocimiento.
Al principio creo que se refiere al asesino de novias —al fin y al cabo, la detención de Peter ha permitido que la serie que dirige vuelva a emitirse—, pero, pensándolo bien, es posible que los tiros vayan por Haskins.
No hay nada más irritante para un director que el hecho de que sus creaciones, especialmente los giros argumentales, se difundan antes de tiempo.
Gracias a Chase y a mí, el director de montaje no volverá a traficar con material de la productora.
El sol me ofende cuando atravieso una de las puertas traseras que dan al descampado destinado para las caravanas.
Busco la de Mia Clarke. Hasta hoy no había visitado esta parte de los estudios, así que tengo que preguntar de nuevo, en esta ocasión a uno de peluquería.
Me indica con el brazo la tercera caravana empezando por el final; después de la de Ethan Pierce, es la más grande.
Con un pie apoyado en uno de los peldaños metálicos de acceso, mis nudillos tocan la puerta de Mia. Tímidos al principio, más fuertes una segunda vez, cuando no obtengo respuesta.
No hay nadie dentro. O tal vez Mia sí esté al otro lado de la puerta pero pasa de verme, después de que condujera a la policía contra ella. El director Jones ha dicho que tiene que rodar dentro de dos horas, así que no puede estar muy lejos.
De pronto lo comprendo. Su expareja, aquel con quien iba a casarse y que intentó matarla de forma siniestra, ha estado todo este tiempo conspirando contra ella desde las sombras. ¿Querría hablar del tema si estuviera en su lugar?
Comprendo su dolor. Y lo respeto.
—Buena suerte con ella —me dice un auxiliar de vestuario, que pasa a mi espalda empujando un perchero móvil. Lleva gafas de sol puestas y se parece un poco a Andy García, cuando Andy García se las llevaba a todas de calle—. No saldrá hasta que tenga que rodar.
Me vuelvo hacia la caravana y detengo mi vista en la cortina tras la ventanita.
«¿Estás ahí, Mia?»
Con un extraño vacío en el pecho, me dirijo de nuevo al Andy García de las gafas. Me fijo en que sostiene un cuaderno bajo la axila.
—¿Te puedo robar una hoja de ese cuaderno? —pruebo suerte.
—Claro. —Se encoge de hombros—. ¿Quieres un bolígrafo?
Niego con la cabeza a la vez que saco mi pluma del bolsillo delantero de mi camisa.
—No hace falta, siempre llevo uno encima. Gracias.
Un minuto después, una hoja de cuaderno doblada por la mitad se desliza por la rendija de la puerta de la caravana de Mia. Lleva mi nombre, y dice así:
Lo siento mucho. Espero que puedas perdonarme y que volvamos a brindar con champán.
Dale un abrazo a Duke.
El ejército de periodistas ha aumentado en número cuando salgo de los estudios de grabación.
El revuelo ahora es evidente, difícil de ignorar.
Pero, a pesar de que paso a escasos metros de ellos, ni siquiera me ven.
Nada de esto es por mí, lo cual me alegra.
En el centro del tumulto reconozco a Ethan Pierce.
Está luchando por abrirse paso. Intenta avanzar hasta su vehículo sin contestar a nada, pero no le va a resultar fácil; es el hombre de moda y esa gente va a exprimirlo como a una naranja.
No me gustaría estar en su pellejo, y sin embargo, no puedo evitar que se me dibuje una sonrisa en la cara.
Antes de mi diagnóstico, creía en el karma. Me parece que estoy recuperando algunas creencias olvidadas.
Estoy a punto de cruzar la calle cuando dos sombras alargadas se dibujan en el asfalto delante de mí.
Me detengo y observo que las sombras hacen lo propio.
Trago saliva y me vuelvo rápidamente. Dos hombres apuestos se muestran ante mí.
El primero de ellos es más o menos de mi edad, tal vez algo mayor; es difícil decirlo.
Es un caucásico de aspecto atlético. Su cabello castaño claro está ligeramente despeinado, aunque le queda bien.
Viste pantalones vaqueros y una estilosa americana azul marino que contrasta con su camisa blanca desabotonada en el cuello.
Me digo que podría ser un fantástico personaje protagonista en una de las ficciones que se ruedan a su espalda.
La manera en que me mira —autoritaria y un punto amenazante, pero también sosegada— es desconcertante.
Su compañero, con algunas décadas de ventaja y vencedor en estatura, es Denzel Washington con traje.
Su cabeza está completamente afeitada, lo que resalta la simetría de su rostro y su mandíbula cuadrada, donde se alojan dos labios prominentes y firmes, como si estuviesen permanentemente fruncidos.
Sus ojos proyectan una intensidad y determinación inquebrantables.
A pesar de ser menos corpulento que el otro, algo me dice que debajo de ese conjunto beis de traje y corbata se esconde un cuerpo que se mantiene en forma.
A pesar del calor y de que deben de estar sudando por debajo de las chaquetas, ambos huelen muy bien.
—¿Toni Galán? —pregunta el de piel negra, mostrando una identificación—. Mi nombre es Marcus Johnson y él es mi colega, Alexander Reed. Nos gustaría hablar con usted.
Leo lo que pone en su tarjeta. Marcus Rhino Johnson. Más tarde me preguntaré el por qué de ese apodo, y hasta llegaré a bromear al respecto, pero lo que ahora acapara toda mi atención es la inscripción que hay justo debajo.
—¿Detective privado? —leo, levantando la mirada hasta detenerme en sus ojos oscuros. Son como dos agujeros negros en miniatura.
—Tranquilo, no tiene de qué preocuparse. Relájese.
Pero desconfío, y no puedo evitar que mi vista se vaya al tercer piso del edificio de oficinas que tengo justo delante. Cristalera de la esquina, el despacho de Evelyn Crowe. «¿Qué tramas, vieja bruja?»
—¿De qué se trata? —pregunto, desconfiado.
—Nos gustaría que viajara a Nueva York y visitara nuestras oficinas —añade el otro, Reed.
—¿Ha dicho Nueva York? No entiendo…
—Estamos cortos de personal y la demanda sigue creciendo a medida que Manhattan se vuelve más peligrosa.
¿Ha oído hablar de todos esos actores y actrices que están mudándose a la Gran Manzana en el último año?
Dicen que es por la alta presión fiscal que tenéis aquí, en California, aunque yo personalmente sospecho que hay más motivos.