Pack Toni Galán (libros 1-3) 35
26%

35

Pongo una excusa rápida. Ni siquiera sé cuál, pues mi cerebro no está procesando la información con normalidad desde que he visto su tatuaje y he atado cabos. Es como si se hubiese paralizado de repente y solo pensara en escapar.

Dejo la copa de champán sobre la encimera y echo a andar.

No quiero que me vea la cara, mi expresión me delataría.

Peter dice algo que no proceso. Solo camino torpemente hasta llegar al baño y me encierro.

Una vez dentro, echo el pestillo y me tapo la boca con las manos para sofocar el grito gutural que presiona mi garganta, clamando por salir. Es la rabia más pura.

No puedo creer que Peter, mi entrenador personal y uno de los pocos amigos que creía tener aquí, sea la expareja de Mia.

Intento imaginarlo arrojando la olla de aceite hirviendo sobre su cuerpo, ingresando en prisión, y, por último…

(ejerzo más presión contra mi boca, tengo que sentarme), por último, matando a esas mujeres.

¿Sería él capaz de todas esas atrocidades, o todo se debe a un malentendido por mi parte?

Quiero, no, suplico que sea así. Sin embargo, ¿qué posibilidades hay?

Su edad y físico encajan perfectamente con la descripción que Mia hizo sobre él: U n hombre ejemplar, maravilloso…

Era guapísimo… Y un caballero, de los que quedan pocos…

Él iba teniendo trabajo como entrenador entre las mujeres de clase alta…

En cuanto al tatuaje, deja pocas dudas, me digo, descorazonado.

No sé si habrá otro estadounidense de mediana edad con esa precisa fecha tatuada en el interior de su muñeca derecha.

—¿Toni? —grita desde el salón. Yo abro los ojos; ni siquiera sabía que los tenía cerrados—. ¿Va todo bien?

Se me agota el tiempo.

Consigo recuperar el control de mis piernas y me incorporo.

No sé cuánto tiempo llevo aquí dentro. Peter no está aporreando la puerta, así que supongo que no demasiado. Me recompongo. Me miro al espejo —mi imagen es una sombra borrosa ahora— y me refresco con un poco de agua.

Nada mejora.

Siempre me he considerado una persona optimista, pero la cosa no pinta bien.

Ahora lo entiendo todo. El asesino no tenía por qué trabajar en la serie, le bastaba con tener acceso al manuscrito del guion original, como deduje.

Peter ha estado aquí todo este tiempo, desde el principio.

Entrando y saliendo de mi apartamento tres veces a la semana.

Y con plena confianza por mi parte. Con acceso total a mi ordenador, a mis textos, manuscritos y guiones…

y a mis confidencias. Me doy cuenta de que he sido un idiota por haberle contado toda mi vida a un desconocido.

Por haberle dado acceso pleno a mi vida.

Supongo que es lo que sucede cuando te encuentras solo y alguien te abre su corazón, que le das el tuyo sin sopesar las posibles consecuencias.

De alguna manera, las muertes de O’Brien, Cole y Fring sí han sido culpa mía, después de todo.

Noto cómo mi mandíbula se tensa y las manos se me convierten en puños.

Me seco el rostro con la toalla y miro a mi alrededor en busca de un medio de escape desesperado.

No lo encuentro, el cuarto de baño carece de ventana.

Lo siguiente que hago es buscar el teléfono móvil para llamar a la policía.

«¡Mierda, me lo he dejado fuera!» Me digo que no puedo encerrarme aquí eternamente. Tengo que salir y enfrentarme a él.

Giro el pomo intentando mantener la compostura, pero mis piernas tiemblan y mi corazón late con fuerza desbocada.

Cuando por fin salgo, Peter está ahí, esperándome, con una expresión en su rostro que no acierto a descifrar.

Ya no es el mismo. O tal vez sí lo sea, y es mi percepción la que ha cambiado de manera radical.

Mis ojos se dejan caer a su muñeca, donde la manga de la camiseta vuelve a cubrir el tatuaje.

En la mano sigue teniendo el cuchillo que antes ha sacado del cajón.

El filo brilla ahora con más fuerza bajo la luz que entra por la ventana.

—¿Estás bien? —Ladea la cabeza como si me examinara—. No tienes buena cara. Tal vez no debiste probar el champán…

—Estoy bien. —No lo pretendo porque no me conviene, pero hasta yo percibo mis palabras demasiado cortantes.

Vuelve a ladear la cabeza, esta vez para el otro lado, y da un paso hacia mí.

—¿Toni?

—Me gustaría que te fueras. No me encuentro bien.

—Oh, ¿quieres que llame a un…?

—Por favor, vete ahora mismo de mi casa. Quiero estar solo.

De pronto, presencio una asombrosa transformación.

Como el jugador imperturbable de póquer que muestra sus cartas ganadoras sobre el tapete, se le dibuja una sonrisa siniestra en el rostro a la vez que este parece iluminarse.

Es como si, de repente, fuera otra persona, solo que con los mismos rasgos.

—Ay, Toni, ¿por qué tenías que descubrirlo? —dice, avanzando otro paso.

Mi cuerpo se tensa. No respondo. Quizá no sea capaz.

Oficialmente, las cartas están sobre la mesa.

Mia Clarke fue detenida injustamente y yo ahora me enfrento al verdadero asesino.

Retrocedo instintivamente, mi mente trabajando a toda velocidad en busca de una salida.

El baño está a mis espaldas y Peter bloquea la única salida. No hay escapatoria.

—Sabes demasiado, Toni —dice, en un tono grave y contenido que estremece más que el más aterrador de los gritos—.

Todo iba bien hasta hace un rato. La ciudad de Los Ángeles por fin tenía a su culpable entre rejas, la poli se había colgado una nueva medalla, y tú y yo seguíamos siendo buenos amigos.

—Siento que la bilis me sube hasta la garganta cuando pronuncia las dos últimas palabras.

Trago saliva para contenerla—. Pero tuviste que estropearlo todo.

Compréndelo. Ahora que lo sabes, no puedo permitir que vivas para contarlo.

Vuelvo a mirar el cuchillo. Me pregunto si será suficiente para cercenar mi dedo anular.

Me pregunto qué objeto de boda dejará esta vez.

Y acto seguido me doy cuenta de que no necesita nada de eso, porque yo no soy una mujer casada y pelirroja.

Solo soy un obstáculo incómodo. Le basta con matarme, y ese cuchillo de cocina será más que suficiente para rajarme el cuello hasta que me desangre.

—¿Por qué, Peter? —pregunto, intentando ganar tiempo—. ¿Por qué mataste a esas pobres chicas? ¿Solo porque te recordaban a Mia Clarke?

Un brillo parece cruzar por sus pupilas, las facciones angulosas de su cara se contraen casi imperceptiblemente, y entonces caigo.

Era como si conmemorara el día que casi terminó con mi vida , dijo Mia tras hablarme del tatuaje.

—Fue por venganza —concluyo en voz alta—.

Esas tres mujeres no eran un fin, sino un medio macabro hasta tu objetivo final, que no era otro que arruinar la vida de Mia Clarke.

Escogiste a las víctimas con unas características concretas que Mia podría envidiar.

Conocías el rumor del complejo que orbitaba en torno a ella y sabías que la investigación llevaría a la policía hasta ella.

Pero no era suficiente, por supuesto. Tenías que poner el foco en el casting, así que accediste al guion de la serie a través de mi ordenador y se te ocurrió la idea: si matabas a tus víctimas replicando al villano de la serie, inmediatamente todos sospecharían de alguien de dentro de la productora.

Por último, solo tuviste que dejar la daga de Mia, que lógicamente contenía sus huellas porque le pertenecía, cerca del lugar donde perpetraste uno de los crímenes, y ya tenías la alfombra roja puesta para la policía.

—Siempre has sido muy listo. —Hace una reverencia bajando sutilmente el mentón—. Es una pena que no vayas a poder utilizarlo en una futura novela.

—¿Cómo conseguiste hacerte con la daga de Mia?

Se encoge de hombros, y por un momento parece que va a estallar en carcajadas.

—Sé dónde vive. Y siempre fue una descuidada de mierda. Resultó sencillo encontrar a un ladronzuelo que estuviera dispuesto a pasarse por un revisor del aire acondicionado a cambio de una pequeña recompensa.

Mientras habla, recorro el salón con la mirada. La visión túnel se ha acrecentado, así que tengo que mirar muy bien cada punto de la estancia. Parpadeo tres veces y lo veo. Mi móvil, encima del sofá.

—¿Quieres esto? —Peter coge el teléfono y lo alza frente a mí. Solo un segundo. Después, lo arroja contra el suelo. Diminutas esquirlas de cristal líquido salen despedidas—. Ya no lo necesitarás más.

El estrés me golpea de nuevo como una ola implacable. Mis manos comienzan a temblar y mi visión se nubla finalmente. Las formas y los colores se desvanecen en un remolino confuso. Estoy perdiendo la vista de nuevo.

«¡Ahora no, por favor!»

—Peter… —intento razonar, pero él no me está escuchando.

Su rostro está distorsionado. Lo siento ya muy cerca de mí. De pronto, soy consciente de que no solo quiere matarme, sino que pretende hacerme daño. Mucho daño.

—Eras mi amigo. —Es mi pena la que habla. También he perdido el control de mis palabras.

Oigo una risa siniestra. Nunca lo había oído reír así.

—Durante los últimos meses de mi vida, he estado conviviendo con todo tipo de especímenes del mundo del espectáculo, mi querido Toni.

Actores, actrices, directores… y guionistas, como tú.

Me han enseñado que cada uno desempeña un papel.

Lo mismo pasa en la vida. Mi papel es ser vuestro amigo.

Dispuesto y amable, pero firme cuando hay que serlo y poco entrometido.

Esto último es fundamental en un mundo de atrezo como este.

—Te has convertido en un actor de primera —le espeto.

—Solo porque tengo el mejor guion. —Ríe.

—Dices que has convivido entre actores. Aprendiste el arte del engaño muy bien.

—Contengo un gemido irónico entre los dientes—.

Yo conviví entre máquinas de resonancia, agujas y camillas, con el segundero del reloj haciendo tic tac en mi cabeza en una cuenta atrás imparable.

Aprendí a morir muy joven. Así que… ¡que te den por el culo!

Escupo a la sombra borrosa que tengo delante y me preparo para el final. En cierto modo, llevo cuatro años preparándome para él.

La sombra de su brazo se alza frente a mis ojos.

Lucho por no encogerme ni salir corriendo.

Simplemente, esperar el final. En ese momento, un relámpago pardo pasa a toda velocidad junto a mí, y de pronto ahí está Alfred.

Da un salto y cierra las mandíbulas en torno al antebrazo con el que Peter sostiene el cuchillo.

El arma se le cae de las manos y se desliza fuera de su alcance cuando el perro lo derriba entre fieros gruñidos.

Nunca lo he visto así. Ruedan por la tarima entre gritos de dolor de Peter, que bracea y patalea para quitarse a la bestia de encima.

—¡Suéltame, maldito perro! —gimotea, lleno de odio y temor—. ¡Socorro! ¡Socor…!

El primer mordisco es rápido: una fiera dentellada le arranca la carne de la pierna.

Peter grita, una mezcla de dolor y horror que reverbera en las paredes del salón.

Está tendido en el suelo, y pugna por mantener a Alfred a raya mientras reprime más gritos de pánico.

Resulta patético. Siempre ha sido patético, pienso, preguntándome por qué no me he dado cuenta antes.

Me sorprendo al sentir una profunda sensación de vacío.

Aprovecho el caos para apartarme y busco desesperadamente algo con lo que defenderme.

Peter lucha por zafarse de Alfred, que sigue mordiendo y arañando con todas sus fuerzas.

Finalmente logra empujarlo y se pone en pie entre tambaleos, furioso.

En una parte del salón se oye el lamento agudo de Alfred y se me encoge el corazón.

No alcanzo a verlo. Espero que esté bien.

Mi visión es apenas una mancha borrosa, pero puedo percibir la determinación en su rostro. No me queda otra opción. Y tengo que actuar con rapidez.

Tropiezo con una lámpara de pie y la sujeto con ambas manos. La levanto justo cuando Peter se está abalanzando de nuevo sobre mí. Con un último esfuerzo, lleno de adrenalina y miedo, dejo caer la lámpara sobre su cabeza.

Pero no acierto de lleno porque él me derriba un segundo antes del impacto.

Los dos caemos al suelo. Siento un dolor agudo cuando mi cabeza aterriza sobre una esquina dura.

Instintivamente, me llevo la mano a la zona.

No veo nada —el sentido de la vista me ha abandonado prácticamente por completo cuando mis gafas han saltado de la nariz con la caída—, pero siento los dedos pringosos.

Y el dolor persiste. Voy a desmayarme de un momento a otro.

Pero no puedo permitírmelo, los gemidos de Peter suenan muy próximos de nuevo.

Me ayudo de una mesa para levantarme y me dejo caer contra la encimera de la cocina.

Ante mí, percibo que la sombra vuelve a la carga.

No me queda margen. Entonces, mis dedos rozan una superficie fría y dura sobre la encimera.

No me lo pienso, es mi instinto el que actúa.

Aferro el cuello de la botella de champán y la hago estallar en la cabeza de mi atacante.

El líquido burbujeante sale despedido en todas las direcciones, así como cientos de diminutas esquirlas, y Peter se desploma, inconsciente.

Lo sé porque no se escuchan más gemidos ni gruñidos.

Las piernas dejan de responderme y caigo junto a él, jadeando, temblando.

Alfred se aproxima. «Menos mal, viejo amigo».

Lame mis manos con su lengua caliente y reconfortante.

Con esfuerzo, me arrastro y alcanzo el teléfono móvil con la esperanza de que el impacto contra el suelo no lo haya inutilizado del todo.

Percibo luz en la pantalla, a pesar de que está agrietada al tacto.

Hago un esfuerzo por enfocar y marco el número de emergencias con dedos temblorosos.

Espero, escuchando el frenético latido de mi corazón y el suave murmullo de la respiración de Alfred.

—Emergencias, ¿en qué puedo ayudarle?

—Ayuda… —digo. Apenas puedo formar palabras—. Han intentado matarme en mi propia casa.

La operadora me tranquiliza, asegurándome que la ayuda está en camino.

Me dejo caer al suelo y siento que la adrenalina empieza a desvanecerse.

Las sirenas se acercan a lo lejos, pero es Hada quien llega primero.

Más tarde sabré que ha venido para conocer cómo acabó el tema con Haskins en el Four Seasons.

Se tiende conmigo y me abraza. Con Alfred y Hada acostados a mi lado, dos presencias calmantes, cierro los ojos, agradecido de tenerlos en mi vida en este mundo de locos, y, por primera vez en mucho tiempo, me siento en paz.