Pack Toni Galán (libros 1-3) 34
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Cuatro días después de la emisión del tercer episodio. Apartamento de Toni. Día.

Mia Clarke fue detenida ayer. Los agentes Marcus Trent y Jerome Booker se presentaron en los estudios de la productora en mitad de la grabación y le pidieron que los acompañara a la comisaría.

Ella, consciente de que, en realidad, no era una petición sino una detención, no se resistió.

Solo pidió dos deseos: uno, hacerlo por la puerta de atrás, de manera que los reporteros y los fanáticos (a veces estos son la misma persona) aglutinados a las puertas de los estudios no la vieran subirse a un coche patrulla; y dos, que le permitieran telefonear a un familiar que se ocupara de su hijo Duke.

Él no debía enterarse de nada, o, al menos, de lo menos posible.

La policía satisfizo los dos deseos, los cuales de poco van a servir a la actriz de cara al proceso que hay abierto contra ella.

Chase dijo la verdad: la daga encontrada cerca del escenario del primer crimen, un objeto de coleccionista, pertenecía a Mia.

Otros actores testificaron a favor de este hecho.

Además, el estudio dactilar, cuyos resultados han salido esta mañana, ha resultado inequívoco: el arma estaba llena de huellas de Mia.

Ahora está a disposición de un juez. No pinta bien para ella.

— Wow …

Peter Montgomery escucha en silencio mientras le cuento las últimas novedades del caso.

Tiene los ojos muy abiertos y solo me interrumpe para llevarse la mano al mentón y exhalar ocasionales ¡Wow!

y ¡Vaya! Esta mañana muestra una expresión relajada y no se parece en nada al hombre que viene tres veces por semana y me tortura con sus manos fuertes y sus instrumentos deportivos.

Es como si hoy se hubiera quitado la máscara de fisioterapeuta y entrenador personal y se hubiera puesto la de Peter, mi mejor amigo.

Aun así, ha desplegado la esterilla en el salón y tiene preparadas las cintas elásticas y las mancuernas de cinco, pero ya hace media hora que ha entrado por la puerta y todavía no hemos empezado la sesión de estiramientos siquiera.

—Así que la protagonista de la serie mató a esas tres pobres chicas —resume, visiblemente perplejo. La voz sale rugosa de su garganta, así que abre su botellín y da un buen trago. Luego señala la esterilla y me hace un ademán—: Venga, Toni, túmbate.

Lo hago. Conozco la postura de memoria: boca arriba y con las piernas extendidas. El calor es agobiante. Siento la camiseta de poliéster pegada a mi espalda. El aire espeso y húmedo de la mañana envuelve la ciudad como una manta mojada.

—Sí —respondo mientras dejo que Peter flexione mis piernas hasta que mis rodillas casi tocan mi pecho. En esta postura resulta difícil hablar—. Y solo Dios sabe a cuántas más habría matado si no la hubieran detenido.

Me entra un escalofrío al pensar en las ideas macabras que yo tenía preparadas para la segunda temporada.

—¿Quién lo iba a decir? Una mujer joven, talentosa, hermosa y con éxito, tirándolo todo por la borda. Qué manera de arruinar su vida.

Asiento. La cabeza se me va inmediatamente a Duke.

El pobre chaval no tiene la culpa de las atrocidades de su madre, seguramente ni siquiera sepa lo que está pasando.

Sin embargo, estará sufriendo, preguntándose qué ha sido de ella, por qué de repente ha dejado de estar presente en su vida.

Y a quién acudirá a partir de ahora cuando los chicos de la cancha, o tal vez otros, se enfaden con él. Todo eso debe de estar preguntándose.

Peter libera mis piernas, permitiendo que mi caja torácica vuelva a expandirse. Siento los cuádriceps más relajados.

—¿Por qué lo haría? —continúa él, hoy más charlatán que de costumbre, a la vez que juega con mis articulaciones—.

Es desconcertante que una celebridad como ella, alguien tan aparentemente admirable, que es un ejemplo para tantas chicas, pueda cometer unos actos tan terribles.

—Habla con la mirada perdida en la pared—.

Quiero decir, no la conozco en persona como tú, pero Mia Clarke siempre me ha dado la impresión de ser una mujer con los pies en la tierra, a pesar de las pocas excentricidades que pudieran conocerse de ella.

—Lamentablemente, es lo que suele pasar con los psicópatas. Cualquiera de nosotros puede ser uno de ellos, en realidad.

Arruga la frente y me mira, como reclamando un desarrollo de mi afirmación. Se levanta y lo sigo con la mirada mientras se acerca a la cocina. Apoyado en la encimera, cruza un tobillo sobre el otro y da un nuevo sorbo de agua.

—Piénsalo, Peter —continúo—. Nos movemos por la ciudad cada día, nos cruzamos con miles de rostros, intercambiamos palabras con algunos de ellos, sin sospechar que, tal vez, quien menos te lo esperas acaba de cometer un terrible crimen o está pensando en cometerlo.

Es una premisa recurrente en las novelas negras, el género que yo escribía: todos, sin excepción, tenemos un lado oscuro.

En la mayoría de nosotros está oculto, dormido, sepultado por toneladas de esperanza, ilusiones y buenas intenciones.

Pero, a veces, esa capa es frágil, y basta con que la vida, en su libre albedrío, se exceda en uno de nosotros en su afán por ponernos a prueba.

Entonces puede emerger ese punto oscuro.

—Hablas de libros, Toni.

—Muchas veces los libros son un reflejo de la realidad. ¿Quién te dice que yo no puedo coger un cuchillo de ese cajón y ensartarlo en tu pecho ahora mismo?

Es él quien lo abre. Sonriendo, deja la botella de agua, coge uno de mis cuchillos y lo alza frente a los ojos. Me fijo en que es el más afilado.

—¿Serías capaz? —me pregunta.

Resoplo con fuerza.

—Sabes que no. Era solo un ejemplo. Pero hubo un tiempo en el que tenía la pegajosa sensación de que alguien, llámalo Dios, Vida o Universo, me estaba castigando. Durante esa época nunca pensé en hacerle daño a nadie. En cuanto a mí mismo, en fin, sí llegué a sopesar…

—Tú tenías motivos —me interrumpe. Seguramente no quiere ni escuchar lo que estaba a punto de decir—.

Te diagnosticaron esclerosis múltiple, una enfermedad que te acompañará de por vida, y poco después tu mujer te pidió el divorcio.

Cualquiera se habría hundido en una situación así.

Pero ¿Mia Clarke? ¿Qué motivos tenía ella?

Podría decirse que la vida la adoraba, como si fuese su niña bonita.

—La gente no sabe ni la mitad sobre ella —se me escapa. No sé por qué le estoy contando esto a Peter, pero el caso es que me muero por hacerlo.

—¿A qué te refieres?

Me siento en la esterilla con las piernas a lo indio y agito mi camiseta para sofocar el calor. Estoy rompiendo a sudar, y el tema de conversación no ayuda.

—Mia estuvo a punto de casarse por segunda vez —explico—. Canceló la boda cuando su prometido casi la mata al arrojarle aceite hirviendo. Estuvo mucho tiempo ingresada en un hospital, luchando por su vida.

Se lleva una mano a la boca. La que no sujeta el cuchillo.

—¡Joder…! —Su voz es ahora un susurro—. ¿Y tú la creíste?

Ladeo la cabeza.

—¿Por qué no iba a hacerlo?

Se encoge de hombros.

—No sé, es una buena actriz, ¿no? Experta en hacer que los demás crean historias fascinantes pero falsas.

—No me dio la impresión de que me estuviera mintiendo —digo, recordando los ojos llorosos de ella, su voz quebrada y el cigarrillo tembloroso entre sus delicados dedos.

—¿Por eso va siempre tan tapada y maquillada? —pregunta entonces.

Asiento.

—Todos soportamos peso sobre nuestros hombros —digo—. Algunos simplemente soportan un peso mayor.

—O tienen los hombros menos anchos —dice Peter.

Como si su propia frase le hubiera recordado para qué ha venido, lleva sus ojos hacia las mancuernas.

Espero que me ordene levantarlas y empezar con los ejercicios de fuerza, pero en su lugar dice—: Fue muy inteligente por tu parte descubrir lo del ramo de flores. Estás hecho todo un Sherlock Holmes.

Hago un gesto con la mano para restarle importancia.

—En realidad, ese dato resultó anecdótico. No fue relevante para desenmascarar a Mia. Si ese hombre no hubiera encontrado el cuchillo, Mia todavía estaría campando a sus anchas.

Peter ladea la cabeza en un ademán que afirma y niega al mismo tiempo.

—Fue una torpeza por parte de Clarke dejarse el cuchillo allí, de eso no cabe duda.

Pienso en silencio. A decir verdad, llevo las últimas horas dándole vueltas.

¿Mia deja el arma homicida cerca de la escena después de perpetrar uno de sus tres crímenes, sabiendo que podían vincular el machete con ella?

Es raro, pero la vida está llena de situaciones raras.

Decisiones equivocadas. Errores inexcusables.

Por otro lado, ¿cómo es que nadie reparó en el arma hasta el otro día?

No es aquella una calle principal muy transitable, de acuerdo, pero han pasado varios días desde que se cometió el crimen hasta que encontraron el cuchillo. Demasiados, a mi parecer.

El rostro de Mia se dibuja en mis retinas. Llevándose la copa de champán a los labios, pegando un tímido mordisco al macaron. La actriz puede ser muchas cosas, pero no me dio la impresión de que fuera una mujer que descuida los detalles.

Envidia. ¿Fue ese sentimiento lo que la movió a matar?

Envidia y rabia, poderosa combinación. Recuerdo el momento en el que se despojó de su pañuelo y se desabotonó la blusa, y vuelvo a tener el mismo estremecimiento que me sorprendió esa mañana, cuando vi la piel que cubría toda la zona.

Era la piel de un monstruo. Hace tiempo que dejó de importarme lo que opinen los demás de mí , dijo sin pestañear, pero con un nudo en la garganta.

Tal vez era un nudo que ocultaba un trauma mayor de lo que pretendía admitir.

Tal vez se estaba mintiendo a ella misma.

Lucy O’Brien, Barbara Cole y Amanda Fring eran las tres hermosas mujeres pelirrojas como Mia.

Las tres lucían una piel sana y suave en todo su cuerpo.

Como Mia, antes de que un loco quisiera quemarla viva.

Y las tres estaban recién casadas. Mia estaba a punto de pasar por el altar cuando ocurrió la tragedia.

¿Eran O’Brien, Cole y Fring aquello que Mia estuvo a punto de ser y le fue arrebatado, y por eso apagó su luz?

Pienso ahora en los botes de antidepresivos y somníferos que asomaban en el interior de su bolso.

Tal vez Mia Clarke estaba pidiendo ayuda desesperadamente, movida por un trauma que nunca logró sanar.

O puede que, simplemente, sea una psicópata más.

¿Cómo era lo de Hannibal Lecter y Annie Wilkes? ¿Qué motivo tenían para perpetrar los crímenes que cometieron?

Basta con hacer hincapié en su perfil psicopático y ya tienes vía libre para desatar el terror.

Qué duda cabe de que Mia Clarke posee un perfil psicopático de lo más llamativo, dado su oscuro pasado. Por otro lado…

«¿Y tú la creíste?», ha preguntado Peter hace un momento.

Me detengo a pensarlo un instante. Tal vez era todo mentira.

La historia de su prometido, el ataque con el aceite hirviendo y todo lo demás.

Quizás se trate solo de una chiflada. Una actriz a quien absorbió alguno de sus personajes.

Quién sabe, puede que ni siquiera Duke, si ese es el verdadero nombre del chico de la cancha, sea su hijo en realidad.

Pienso en su roce calculado con mi brazo, en cómo me sonrojé, y me avergüenzo.

Me siento como un idiota al pensar que llegué a ruborizarme en su presencia.

Porque, sí, admito que me gustó pasar esa mañana con ella, bebiendo café mientras compartíamos nuestras miserias.

Rozándonos inocentemente y retándonos con la mirada como dos adolescentes que solo juegan a explorar sus verdaderos sentimientos.

Ahora sé que estaba jugando conmigo, tanteando mis movimientos.

Ten cuidado, Toni —me dijo al oído justo antes de que nos separásemos, con el fresco perfume embriagando mis sentidos—.

Cada paso en esta ciudad forma parte de un guion, así que acepta este consejo: si vas a seguir con esto, será mejor que aprendas a leer entre líneas.

Leer entre líneas. Ella me lo estaba diciendo a la cara, y yo, embobado por su imponente carisma e indudable belleza, no supe verlo. Pero lo veo ahora. Y no siento más que rabia y lástima por esa mujer sobre la cual está a punto de caer todo el peso de la ley.

Me doy cuenta de que Peter está balanceando la mano para que le haga caso.

—¡Eh, Toni! —Por fin tiene mi atención de nuevo—. ¿Entrenamos de una vez? Cuanto antes empecemos, antes acabaremos.

—No —digo en un arrebato.

—¿No?

—Enseguida entrenaremos. —Me incorporo y me coloco junto a él. Saco dos copas del armario alto—. Antes, brindemos.

—¿Brindar?

—Por la justicia. Por la derrota de Mia Clarke. Y porque las mujeres casadas de Los Ángeles pueden volver a salir a la calle sin miedo.

A Peter se le escapa una sonrisa de estupefacción. Me mira como si hubiera perdido el juicio.

—Pero ¿a estas horas? Creo que no deberías…

—Vamos, Peter, no irás a hacerle un feo a tu cliente. Desinhíbete por una vez, solo hoy. Será solo un trago. —Descorcho la botella de Moët & Chandon que he sacado del frigorífico.

—Un buen brebaje —comenta, observando la etiqueta.

—Lo tenía reservado para los próximos premios Emmy, pero algo me dice que no me invitarán a la gala.

De pronto siento una desbordante sensación de alivio. Es como si flotara.

Vierto un par de dedos del chispeante líquido en las copas. Le tiendo una a Peter.

—¡Por nosotros! —Levanto mi copa.

—Por nosotros. —Peter hace tintinear los vidrios, completando el brindis.

Con el movimiento, la manga de la camiseta se le ha corrido unos centímetros. Puedo ver algo escrito en la cara interior de su muñeca.

No es una inscripción. Fijándome más, veo que se trata de un tatuaje. Nunca me había fijado en él, Peter no es de los que llenan su piel de tatuajes.

Pero no es un tatuaje convencional, sino una serie de números, como una contraseña.

No, tampoco es exactamente una contraseña, sino una fecha.

Siento que se me eriza el vello de la nuca.

Lucho por no gritar. No quiero que él note nada raro en mí, aunque el corazón me va tan rápido que parece que va a estallar.

Tan solo me quedo inmóvil, mirando la fecha en el tatuaje de Peter:

21-03-2018

El día en que casi mató a su prometida: Mia Clarke.