33 #2
—Dígannos, agentes, ¿en qué podemos ayudar? —pregunto. No quiero problemas. Solo quiero que se vayan, a ser posible a atrapar al asesino.
—Hay novedades —dice Trent.
—¿Novedades? ¿Tan pronto?
Es casi un alivio sentir que mi teléfono móvil vibra en el interior de mi bolsillo. Me disculpo y me hago a un lado para tener un poco de intimidad.
—¿Estás solo?
Es Hada.
—No.
—He recibido tu mensaje. ¿Qué has descubierto?
—¿Cómo que no pueden entregarlo hasta el mediodía?
—Vale, yo tampoco puedo hablar ahora, Evelyn me reclama. El caso es que tengo tu lista. ¿Te la mando por correo? Di solo sí o no.
—Sí.
—OK.
Hada cuelga el auricular.
—Muy bien, pero entonces prefiero que pongan alfajores gratis. ¿Entendido? —le digo al auricular antes de colgar.
No puedo esperar. Me puede la curiosidad, así que abro la aplicación de email.
Repaso en silencio la lista de nombres que constan en el correo electrónico que acaba de llegar de parte de Hada.
Es extensa. Muchos nombres me suenan, otros no.
Localizo a Chase a la mitad, como es de esperar.
Ninguno me dice nada en especial, pero me guardo el teléfono en el bolsillo prometiéndome analizar la lista cuando tenga un momento a solas.
Al volverme, veo que Booker sostiene en su mano una bolsa de plástico con un puñal en su interior. Instintivamente, doy un paso atrás.
—Así que esas son las novedades que traen —dice Chase, impertérrito—. Un cuchillo.
—Es una daga peculiar. Tal vez sepan decirnos si la han visto alguna vez.
Con delicadeza desmedida, Trent coge la bolsa con el arma de las manos de Booker. Se la tiende a Chase.
—Cuidado —añade—. No lo saque de la bolsa. Es una posible prueba de un crimen.
Chase coge la bolsa por encima de la empuñadura de cuero de la daga y la mueve frente a sus ojos, como examinándola al detalle. El filo es largo y de fino acabado. Se me ocurre que es el arma que llevaría un príncipe en un cuento de hadas.
—¿Puedo saber de dónde han sacado ese puñal? —pregunto, tenso.
Booker pone los ojos en blanco. Parece que va a responder algo muy de poli, del tipo: «aquí las preguntas las hacemos nosotros», pero Trent se le adelanta:
—Lo encontró un funcionario anoche mientras limpiaba las calles. Estaba tras una pila de contenedores, en el callejón que sale de la calle South Spring.
—Así que el motivo de su visita es la búsqueda de su propietario —dice Chase.
—¿Encontraron huellas? —La pregunta me sale sola. Es lo primero que hay que tener en cuenta en una historia policíaca. Las malditas huellas.
—Las están examinando —replica Trent sin dejar de mirarme. Apenas pestañea. ¿Me está examinando? ¿Tal vez buscando alguna grieta en mi expresión?
—Pues yo no he visto ese cuchillo en mi vida —me defiendo.
—Claro que no —interviene Chase, y, dirigiéndose de nuevo a los policías—: Debieron acudir a mí primero, agentes.
Lo miro confundido.
—¿Y qué nos habrías dicho, listillo? —pregunta Booker.
—Que conozco bien esta daga, y que es un modelo único, pues fue enarbolada por Elijah Wood en la adaptación de la trilogía de El señor de los anillos , y posteriormente por Martin Freeman en la precuela. Hasta tiene su propio nombre: ¡Dardo! Un arma élfica maravillosa, sin lugar a dudas.
—¿Y sabe a quién pertenece? —indaga Trent.
—Claro. —Aún con el plástico protegiendo la daga, Chase se la cambia de mano y finge clavársela en el abdomen a alguien invisible con un movimiento rápido y ágil—. Es mía.
—¿Suya? —exclaman los dos policías al unísono.
Yo miro a Chase con asombro. Su confesión carece de toda lógica.
—Al menos, lo era. Lo gané en una subasta a cambio de veinte de los grandes.
Una excentricidad, lo sé, pero Tolkien es mi debilidad, y un niño soñador siempre será un niño soñador —dice con una tímida sonrisa al mismo tiempo que observa su reflejo en el filo—.
Lamentablemente, más tarde lo perdí en una apuesta.
—¿Qué apuesta?
—Me desafiaron: la daga a que no sería capaz de aguantar en El asesino de novias hasta el final del rodaje de, al menos, la primera temporada. Qué le vamos a hacer, mi libido descontrolada hizo que dejara de ganar un Cadillac nuevecito. Y quien ganó la apuesta se quedó con Dardo.
Un tintineo me saca de la historia de Chase. Es mi teléfono móvil. Lo tengo configurado para que solo me avise en caso de que me escriban Hada o Peter.
Es un mensaje de Hada. Lo leo. Trato de que no se me note ningún cambio en la expresión. Con el temblor repentino en las manos poco puedo hacer.
De pronto, pienso en las dudas razonables.
¿A quién beneficia más que la serie se convierta en un fenómeno viral?
¿Quién sufrió un episodio traumático en su vida que hace que aún tenga que llevar somníferos y antidepresivos en su bolso?
¿Quién tiene motivos, tal vez movidos por una envidia irrefrenable, para matar a mujeres pelirrojas y hermosas?
¿Quién, a diferencia de las tres víctimas, tiene que esconder su piel con pañuelos y jerséis?
¿Y quién, a diferencia de las tres víctimas, no llegó a casarse nunca, aunque sí estuvo prometida?
Y por último: ¿quién conocía el manuscrito original del guion?
La respuesta a todas esas preguntas está en la pantalla de mi teléfono móvil:
Ah, por cierto, falta un nombre en la lista que te acabo de enviar. A las reuniones iniciales también acudió Clarke, por supuesto. ¡Se me olvidaba la actriz protagonista!
—¿Quién fue el ganador? —exige saber Trent. Booker escudriña el rostro de Chase. En cuanto a mí, la boca seca me impide proferir sonido alguno.
—Ganadora —corrige Chase. De pronto, siento como si me pasaran una mano helada por la espalda—. Fue Mia Clarke.
Tras el bombazo inesperado, alza la daga.
—¿Puedo quedármela?