Pack Toni Galán (libros 1-3) 33
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Chase Donovan me sonríe desde el rellano.

Lleva puesta una ajustada camiseta gris por encima de los pantalones vaqueros.

Nunca he visto a nadie a quien le quede tan bien una simple camiseta de algodón, especialmente horas después de estar a punto de ser ejecutado.

Aún tiene el pelo húmedo. De una mano le cuelga una bolsa de papel.

—¿Qué demonios te ha pasado? —pregunta.

—¿Qué?

—Tienes el aspecto de un gatito olvidado en la secadora.

—Estoy bien.

—¿Todavía con la ropa de ayer? —señala mi pecho, casi obligándome a bajar la mirada.

Es verdad, se me ha olvidado por completo quitarme el traje.

Suele pasarme cuando me sumerjo en un estado de concentración profundo, como cuando escribía una escena importante, o como esta mañana, tras el importante hallazgo de las flores.

—Caí dormido nada más llegar —me justifico. Me aparto para dejarlo entrar.

Con una cariñosa carantoña saluda a Alfred, que se ha acercado a olisquear al nuevo intruso.

Es su manera de decidir si lo acepta. Mueve la cola, y más aún cuando Chase pasa sus dedos por detrás de su oreja.

Este apoya luego la bolsa de papel en la barra americana y saca un bollo de chocolate de su interior.

—¿Un pepito? —me ofrece.

Lo rechazo. Ahora mismo no me entra nada. Como tampoco me entra en la cabeza que Chase cultive ese físico con una dieta a base de alimentos procesados.

Él se encoge de hombros y pega un generoso bocado.

La crema que rellena el bollo se extiende hacia las comisuras de los labios.

Chase la recupera con la punta del dedo y se lo lleva a la boca, produciendo un exagerado sonido de succión que en cualquier otra persona quedaría maleducado, pero que en él resulta un gesto interesante, diría que sensual.

—¿Querías algo? —la pregunta suena más antipática de lo que pretendo, pero no es fácil socializar después de una migraña y una noche casi en vela luchando con tus propios demonios.

Si la pregunta le ha ofendido, no lo demuestra.

—Me he levantado temprano para ir a por mi coche, y de regreso he pensado en pasar por aquí y ofrecerte algo para desayunar. —Alza el pepito como si fuese una copa de champán y le da un nuevo mordisco—. No es bueno estar solo después de una experiencia intensa como la de anoche.

—¿Tú vives con alguien?

—No, pero estoy algo acostumbrado a noches tumultuosas.

Me pregunto qué ha querido decir. Estoy a punto de preguntarle al respecto, pero él se adelanta.

—¿De verdad estás bien? —Desliza una fugaz mirada a mi portátil, que permanece con el salvapantallas activado: una serpiente de colores recorre el fondo negro del monitor, al más puro estilo Windows 95—. Te noto tenso.

Tal vez no debería, al fin y al cabo, apenas sé nada de él, pero algo me empuja a contarle lo que he descubierto en compañía del amanecer.

Cuando termino, me quedo observando atentamente su reacción.

Después de todo, él es uno de esos miembros del elenco que asistió a las primeras reuniones donde se repasaba el guion.

En cierto modo, mi descubrimiento lo sitúa en una larga pero muy concreta lista de sospechosos.

Chase me mira en silencio y sin interrumpirme ni una sola vez, seguramente evocando aquellos días.

—No recuerdo lo de las flores —dice, al cabo de un rato—. Aunque es lógico, la mayoría de los días llegaba de resaca. —Se lleva las manos a la cara—. ¡Por Dios! Esas sesiones de lecturas del guion con el elenco eran mortalmente soporíferas.

—Pues el ramo de flores cambió respecto al guion original. Puedo mostrártelo en mi ordenador, si quieres.

—No, descuida. Te creo —dice. Es como si tuviera algún tipo de alergia o trauma con los guiones.

Al menos, con este en particular—. ¿Así que el asesino empleó un ramo de flores exactamente igual al que tú describiste para el guion original, pero que finalmente no apareció en la edición que finalmente se emitió?

—Exacto.

Comparto con él mi teoría sobre Tom Sanders.

Él se detiene en el hueco del pasillo, frente a un espejo alto que tengo en la pared del fondo.

Examina su pelo. Se peina hasta que el último mechón está perfecto.

Después flexiona un poco las piernas y hace como si tuviera una pelota entre las manos.

Levanta lentamente los brazos imitando un lanzamiento, sin dejar de observar su imagen en el espejo, procurando que el brazo derecho quede recto y su muñeca flexionada.

Pongo los ojos en blanco.

—Triple sobre la bocina —celebra. En su cabeza ha debido de ser una jugada memorable, pero en el mundo real ha quedado patético.

—No tienes remedio.

—Lo sé —sonríe—. No, Sanders no me encaja. Esa teoría tiene demasiadas lagunas. Para empezar, aun suponiendo que sobreviviera a una caída desde un acantilado, cosa altamente improbable, y llevara escondido todo este tiempo, ¿por qué mataría a mujeres inocentes? No tiene sentido.

Es verdad, no lo tiene.

—Oye, y ese guion —añade—, ¿lo vio alguien más?

—¿Te refieres a alguien de la productora?

—Me refiero a alguien en general.

Me quedo pensando. Es una buena pregunta.

¿Enseñé el guion a alguien de mi entorno ajeno al trabajo?

¿Algún familiar o amigo? En tiempos, lo hacía.

Quiero decir, cuando escribía novelas. Le mostraba los primeros capítulos a Patricia para que opinara.

En contra de la creencia que existe entre los escritores de que no se debe confiar en la palabra de los seres queridos, precisamente porque te quieren y no te dirán que algo de tu texto está mal para no hacerte daño, con Patricia no era así.

Patricia era implacable. Además de una excelente correctora, por cierto.

Y, claro, dolía. Dolía un huevo cuando criticaba algún extracto del manuscrito y había que volverlo a escribir.

Así que, cuando me dejó, decidí que no volvería a compartir mi trabajo hasta que estuviera listo para el público.

Ni siquiera con Hada, a pesar de su insistencia por conocer «lo que pasará en el siguiente capítulo».

—No, mis guiones solo salen de mi disco duro para ir a parar al de Evelyn Crowe y el resto del equipo —digo.

Chase vuelve a mirar mi portátil como si una idea estuviera llamando a la puerta de su cerebro. Parece que va a decir algo, incluso abre la boca un poco, cuando llaman a la puerta.

Ambos fruncimos el ceño a la vez.

—¿Esperas a alguien? —pregunta.

—No te esperaba ni a ti —digo—. Discúlpame, voy a ver quién es.

Al abrir la puerta me doy cuenta de que tengo manchado de sangre el puño derecho de la camisa. Rápidamente, con toda naturalidad, me lo remango hasta el codo. Cuando levanto la vista tengo que reprimir un gemido.

Los agentes Marcus Trent y Jerome Booker me observan desde el umbral.

Mismos trajes, misma postura. Hasta tienen las manos entrelazadas a la altura del regazo de igual manera que el otro día.

Si no fuera porque hoy no llevan puestas las gafas de sol, diría que acabo de abrir un portal espaciotemporal.

—Agentes, qué sorpresa.

—No finja que no se muere por darnos con la puerta en las narices, Galán —dice Booker. Los ojos sanguinolentos con los que me fulmina y la vena en la frente, más dilatada que la última vez, me indican que no están siendo unos días fáciles en el seno de la policía.

—¿Quieren pasar? —les ofrezco, expectante por qué fiesta podrá montarse en mi apartamento con Chase y los dos agentes.

Antes de moverse, Trent me mira la camisa, perplejo.

—¿Disfrazado a estas horas?

Al igual que con Chase, vuelvo a bajar la vista. Por un momento había olvidado que estoy ridículo. Y de una manera sospechosa, teniendo en cuenta la hora temprana que es.

—He estado en una fiesta —respondo para salir del paso—. Ya saben, el mundo del espectáculo y el de la noche están unidos. He llegado hace nada.

Realizo una cuenta rápida. Han pasado cuatro días desde que la pareja de agentes viniera a casa por primera vez para detenerme, pero tengo la sensación de que en esos cuatro días han sucedido más cosas que en todo el resto del año.

Me miro las manos, los antebrazos, el puño remangado de la camisa, en busca de restos de sangre.

Ya no se ve, pero la siento. Incluso la huelo.

—Sí, ya sabemos —repite Booker, haciéndome saber que no se tragan mis palabras—. ¿Y el mundo del espectáculo y de la noche también incluye una visita a comisaría para jugar a ser detective?

Carraspeo y me hago a un lado, como insistiendo mi ofrecimiento para que pasen.

—Tranquilo, Galán, no venimos a detenerlo —gruñe Booker con sorna, que sin embargo no deja de mirar a su alrededor como si acabara de entrar en un lugar maldito. Su cabeza en movimiento me recuerda a la bola ocho del billar rondando sobre el tapete.

—Hizo usted bien en presentar las denuncias en comisaría —comenta Trent—.

Jeremy Haskins ya ha sido detenido, y en cuanto al otro hombre, no tardaremos en dar con él gracias a la información que usted aportó.

—Mirando a Chase con una sonrisa y sin disimular cierta ascendencia, pregunta—: ¿Quién es este muchacho?

—Caramba —dice Chase—, no me llamaban muchacho desde que salí en un capítulo de la telecomedia aquella.

Trent vuelve a reír.

—¿Actor?

—Suena bien eso de actor —replica Chase, a quien no parece intimidar la presencia de los dos agentes—. Mejor que muchacho.

Trent lo observa en silencio, probablemente preguntándose por qué no reacciona como lo haría la mayoría de la gente ante las preguntas a bocajarro de un policía: tartamudeando y sudorando. No conoce a Chase Donovan; no entiende que sus mecanismos internos son distintos.

—Trabajó para El asesino de novias por un tiempo —aclaro—. Es… —dudo, intuyendo que mis próximas palabras acabarán pasándome factura— amigo mío.

A Chase se le suaviza la cara al oír la palabra «amigo» saliendo de mis labios.

—Bien. Tal vez su amigo pueda servir de ayuda también.

Cruzo una mirada con Chase, que, al igual que yo, parece no comprender.