Pack Toni Galán (libros 1-3) 32
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Tres días después de la emisión del tercer episodio. Apartamento de Toni. Madrugada.

Lo primero que hago al despertar, como todas las mañanas, es comprobar si siento mis extremidades y puedo moverlas.

Y puedo. «Hoy no es el día».

Sin embargo, tardo un minuto o dos en orientarme. Me duele la cabeza, tengo la garganta seca y las luces de la noche angelina que se cuelan por la ventana me hacen daño a los ojos.

Intento encajar las piezas. No tardo demasiado.

Nada más llegar a casa, con la parte frontal de mi cabeza a punto de explotar, he acudido al cajón de las medicinas, me he tomado una pastilla de rizatriptán y me he tumbado a oscuras y en silencio.

Era un comienzo, un buen comienzo. Los fantasmas empezaban a calmarse.

Dejaron de gritar, se sentaron a mi lado y me cogieron de la mano.

Pero no me libraba de ellos, así que he cerrado los ojos y me he dejado llevar.

Casi nunca recurro al rizatriptán, solo cuando tengo una gran necesidad, y, si esa no era la definición literal de gran necesidad, no tengo claro qué puede serlo.

No le pidas a la vida menos problemas; pídele hombros más anchos para poder gestionarlos.

Sigue siendo de noche. El dolor ha remitido pero los fantasmas siguen conmigo.

Lentamente, como si cualquier movimiento brusco pudiera detonar una bomba dentro de mi cabeza, me llevo una mano a la cara y me presiono el puente nasal con la punta de dos dedos.

La presión me alivia un poco, es lo único que lo hace.

Trato de pensar en otras cosas que no sean la migraña aguda que me atormenta.

Asimilo los últimos acontecimientos. Entre las acusaciones de la policía, el encuentro con los chantajistas y la emboscada de los pandilleros, casi se me ha olvidado el asesino de novias.

Ya se ha cobrado tres víctimas, además de mi despido y la cancelación de la serie. Ríete de Hannibal Lecter.

Solo espero que la policía haga ahora su trabajo con Chaqueta Blanca y este los conduzca al asesino.

Pronto me encuentro mejor. No me atrevo a saltar de la cama, pero tampoco podré volver a dormirme, así que me acerco los AirPods que tengo sobre la mesilla y me los llevo a las orejas.

En el teléfono móvil tengo guardados los audios de las transcripciones de los guiones originales de El asesino de novias . Busco el capítulo uno, bajo el volumen hasta un nivel de intensidad amable y le doy al play .

Escucho el capítulo hasta el final, dejando que las voces de los actores me lleven en volandas en esta noche complicada.

Es algo que siempre me ha gustado hacer, incluso antes de trabajar en Hollywood, cuando los guiones no eran míos.

En cierta ocasión, Patricia comentó que mi cuerpo tenía muchas taras, pero que la ceguera permanente todavía no era una de ellas, y que no había motivos para que experimentara el cine como si fuera invidente.

Yo me eché a reír. Patricia podía ser muy cruel cuando quería, pero hacía gala de un humor negro que me encantaba.

El capítulo termina. Ya casi no me duele la cabeza, pero no me encuentro mejor.

Es por una sensación que tengo de que estoy pasando algo por alto.

«Basta, Toni, ya no puedes hacer más». Accedo al menú y retrocedo un tramo en el capítulo.

Vuelvo a reproducirlo. Solo una escena. Una muy concreta.

La del asesinato de Trisha, la primera víctima.

Abro los ojos lentamente. Las primeras luces de la mañana empiezan a filtrarse por las cortinas del dormitorio, y una suave brisa me acaricia los pies.

La sensación se hace mayor. Es una idea absurda, me digo. Llevo días intentando ir más allá de todas las posibles pistas e hilos de los que tirar, pero de pronto, escuchando el audio del primer capítulo, se me ha ocurrido algo en lo que no había pensado hasta este momento.

Algo absurdo y simplón.

Sin embargo… «¿Y si fuera tan sencillo como eso?»

Me quedo un momento inmóvil, saboreando la sensación, dando forma a la idea.

«Imposible».

No me fijé en ello la primera vez que vi el capítulo. Claro que, por aquel entonces, aún no había muerto nadie en la vida real. No había motivos para prestar atención.

Tampoco lo percibí en el despacho de Evelyn Crowe, cuando ella y Kip me obligaron a revisionar la escena del asesinato de Trisha. Y eso que el dato fue mencionado en la conversación.

Ahora, sin embargo, se me antoja evidente como el color del cielo o el hecho de que hoy volverá a brillar el sol.

Me incorporo con cuidado y me doy cuenta de que aún llevo puesto el traje. Un traje de alquiler que me veré obligado a comprar, dado que la posibilidad de devolverlo quedó descartada ayer, cuando perdí la chaqueta y me rasgué el pantalón al sobrepasar la verja en plena huida del desguace.

A mis pies, todavía adormilado, Alfred protesta.

—Lo sé —digo—. Esto es una pesadilla.

Activo la cafetera eléctrica, esperando que un café bien cargado despeje mis ideas.

Mientras se calienta, me siento a la mesa de trabajo.

Enseguida centro mi atención en mi portátil.

El archivo que busco, oculto entre muchos otros ficheros y carpetas de la sección de Descargas, se llama «Resultado de resonancia», un título que difícilmente suscitará interés. Hago clic.

EL ASESINO DE NOVIAS

Un guion de Toni Galán

Leo del tirón las veintiocho páginas del capítulo piloto que escribí para el primer manuscrito, que incluye el primer asesinato, la introducción de los personajes protagonistas y muchos, muchos diálogos rápidos e ingeniosos.

Es violento en todos los sentidos que recordaba, desde luego, pero también en otros que parezco haber inventado yo mismo.

Me alegro de que la productora lo descafeinara un poco finalmente, a pesar de mi resistencia.

No es el tono violento lo único que fue modificado, sin embargo.

Me muevo inquieto en la silla. La cafetera se habrá vuelto a enfriar, pero ¿a quién le importa eso ahora?

Retrocedo con la mente al día que reservé el vuelo.

Destino: Los Ángeles. Sin billete de vuelta.

Estaba a punto de emprender un viaje hacia mi nueva vida, y yo seguía sin creérmelo del todo.

Poco tiempo atrás, demasiado poco para asimilarlo, me habían diagnosticado una enfermedad crónica degenerativa y mi mujer me había pedido el divorcio.

Nadie está preparado para dos golpes como esos, y menos si vienen tan seguidos.

Apenas me estaba recuperando del primer revés, y la vida me propinaba un segundo gancho de izquierdas que me dejaba noqueado.

Estaba literalmente contra las cuerdas. Y yo tal vez estoy abusando de las metáforas boxísticas.

El caso es que, en cuestión de meses, cómo es la vida, me encontraba firmando un contrato con una tal Evelyn Crowe, presidenta de una de las productoras de cine de más presupuesto del mundo.

Como decía, acababa de reservar mi billete de avión cuando llamaron a la puerta. Un repartidor. Portaba un ramo de flores tan grande que apenas se le veía la cara.

Los sueños se cumplen, hijo. Disfruta del tuyo. Te quiero.

La tarjeta la firmaba mi madre.

Se me escapó una lágrima delante del repartidor, qué tontería. Y eso que nunca he sido yo de flores. Y mi madre lo sabía. Pero la clave estaba en lo que decía la tarjeta.

Aquello me removió. Me removió tanto que seguía ahí, impregnado en mi piel, rondando mi mente durante la elaboración del borrador del primer capítulo. Ese enorme y pomposo ramo de flores fue lo primero que acudió a mis pensamientos cuando tuve que tomar la primera gran decisión de la trama:

El patrón es lo que define a un asesino en serie.

Lo vi con mucha claridad: el asesino mataría a mujeres recién casadas, y al lado de cada cadáver dejaría un elemento característico de una novia en el día de su boda.

Empezaría con un ramo de flores.

Como el que me había enviado mi madre. Sería un bonito guiño.

Y exactamente igual al que, meses más tarde, el asesino dejó junto al cuerpo sin vida de Lucy O’Brien.

Parpadeo.

Algo no encaja. O encaja demasiado bien.

«¿Podría ser?»

Regreso al dormitorio, donde he dejado el teléfono móvil cargando, y llamo a Hada. Me salta el buzón de voz (es temprano hasta para ella). No conozco a nadie que escuche los mensajes del buzón de voz, ni siquiera Hada, así que le envío un mensaje de texto:

Hada, necesito que me hagas un nuevo favor.

Si no me equivoco, guardas un historial en el servidor de correo de todas las reuniones a las que ha acudido Evelyn Crowe en los últimos meses.

¿Podrías hacer una búsqueda de las primeras reuniones con el elenco de El asesino de novias?

Especialmente en las que se repasaba el guion.

Necesito que elabores un listado de todos aquellos que acudieron a alguna de esas reuniones.

Es importante. Ya te contaré. Apúntatela a la lista, eres la mejor.

Lo envío, dejo caer el teléfono sobre la mesa y me recuesto contra el respaldo, con esa sensación de abundancia intelectual que solo un brote fugaz de inspiración es capaz de proveer.

La pastilla y la adrenalina bombeada en mi sangre por el descubrimiento me dan una extrema lucidez. Una aguda percepción de las cosas.

Para mi propia sorpresa, a esas horas de la madrugada, pido un par de bocadillos por una de esas aplicaciones.

Llegan en quince minutos, aún tibios. Doy una propina al repartidor y me siento con ellos a la mesa situada frente al ventanal.

Me los como mientras observo el suave mecer de las olas y reflexiono sobre mi hallazgo.

Las flores son la clave. En ellas se esconde el descuido del asesino. Un descuido con el que yo acabo de dar.

El asesino replicó el asesinato de Trisha en el primer capítulo de la serie con una precisión impecable, pero no perfecta. Ya vimos que el color de pelo de la víctima, pelirrojo, no se correspondía con el de Trisha, que había sido interpretada por una actriz morena.

Nadie, salvo los agentes Trent y Booker en comisaría, le ha dado importancia a ese detalle.

Al fin y al cabo, para el asesino era imposible encontrar a una víctima que coincidiera al cien por cien con las características físicas de la actriz, salvo que hablemos de la propia actriz o de una hipotética hermana gemela.

Sin embargo, el color del cabello no era lo único en que el crimen se diferenciaba de la ficción.

También estaba el ramo.

En la serie, Derek Cross deja un ramo de dieciocho rosas rojas junto al cuerpo de Trisha, mientras que el asesino de Lucy O’Brien dejó nueve lirios y nueve rosas blancas.

Un dato que no ha llamado mi atención hasta esta noche, cuando he releído el guion, y que seguramente no lo habría hecho nunca de no haber sido por la tipología específica de las flores.

—Cambiaremos las flores —había dicho Quincy Jones tan solo unos minutos antes de rodar la escena—. Quiero rosas rojas. Lo más rojas posibles. El rojo evoca sangre y pasión, y eso es justo lo que busco. ¡Recorred todas las calles de la zona en busca de una floristería si es necesario!

Así fue como se modificó el guion final el mismo día del rodaje, introduciendo rosas rojas y descartando el tipo de flores que yo había elegido en un principio en homenaje a mi madre:

Lirios y rosas blancas. Dieciocho en total. Mitad de un tipo y mitad del otro.

Así que todo se resume a lo siguiente: el asesino eligió el tipo de flores que yo había escrito en el primer borrador, y no el que figuró en el capítulo que finalmente se emitió.

¿Qué probabilidad hay de que ese hombre escogiera, de entre todas las combinaciones de ramos de flores posibles, aquella que me había enviado mi madre a casa y que luego incorporé al guion?

Ínfima.

De modo que solo queda una opción:

No es que el asesino tuviera acceso al material de la serie antes de ser emitido, sino que también conocía el manuscrito original.

El asesino de O’Brien, Cole y Fring, por lo tanto, debió de haber estado presente, al menos, en una de las reuniones dedicadas a la lectura del guion. Y esa es precisamente la información que le acabo de pedir a Hada.

El cerco se estrecha.

Mis divagaciones vuelven una y otra vez a Tom Sanders.

Su coche cayó por el acantilado, y ahora ya sé que no se trató de un suicidio, sino que fue un accidente surgido de una disputa con Jeremy Haskins.

Sin embargo, el cuerpo de Sanders nunca fue encontrado.

¿Y si sobrevivió y se está vengando de alguna manera?

Aunque no tiene sentido que mate a mujeres anónimas.

De querer vengarse, sería de Haskins, el causante de su accidente.

No obstante, Tom Sanders estaba presente durante las primeras semanas de la serie, y por lo tanto conocía el guion original, el primer borrador.

Terminados los bocadillos, estoy desgastando la pantalla del móvil con la mirada, esperando que Hada me dé señales de vida. Pero es el timbre de la puerta lo que suena.

No espero a nadie, y menos a quien me sonríe en el descansillo cuando abro.