Pack Toni Galán (libros 1-3) 31 #2
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¿Realmente es así? Me digo que tal vez me está pudiendo el pesimismo.

En estos momentos, la policía está buscando a Chaqueta Blanca para detenerlo, y entonces comenzará un largo proceso de interrogatorios.

Si Chaqueta Blanca suministró los episodios inéditos al asesino de novias, pronto se sabrá, y entonces la policía estará más cerca de atrapar al verdadero asesino.

«No puedes hacer más de lo que has hecho», me animo.

Detrás de mí, un susurro bajo y amenazante me hace detenerme y girar. Me quedo inmóvil, escuchando. Nadie. Lo único que se oye es la ya familiar cacofonía del tráfico cercano.

Entonces lo veo. Una sombra apoyada contra el muro, a pocos metros de mí. Diría que me está mirando fijamente.

—Me rompiste la nariz, maricón.

Trago saliva al oír la voz hosca que me habla desde mi retaguardia.

Me giro rápidamente y ahí está, frente a mí: ese chico con el rostro hinchado y amoratado, las venas del cuello dilatadas y los orificios nasales muy abiertos, bloqueando la salida de la calle.

Es el Kobe Bryant blanco al que agredí el otro día en la cancha de baloncesto.

Hoy lleva una camiseta amplia de color negro con una calavera blanca.

Oigo pasos y risitas detrás de mí. Más sombras.

Las luces revelan a tres muchachos descarriados, bajitos pero con ganas de pelea. Es fácil leer los ojos de un adolescente rebelde cuando busca camorra. En cualquier caso, estos rostros son nuevos, no los reconozco de la cancha.

Me estremezco al saber que estoy rodeado.

—Si me lo pides por favor —digo, enfrentándome al Kobe Calavera—, hoy te rompo los dientes.

Sus venas se dilatan aún más. Su amplia frente —se quedará calvo antes de que puedan meterlo en la cárcel, calculo— ha adquirido un intenso color rosáceo.

—A lo mejor te los rompo yo a ti, escritor —contesta, rabioso.

—Vamos, inténtalo.

Voy a correr hacia él, pero uno de los que están a mi espalda me agarra del brazo y me lo retuerce.

Exhalo un grito entre dientes. De un fuerte tirón, me deshago de su agarre, solo para descubrir que estoy rodeado.

Busco ayuda desesperadamente por encima de los hombros de los chicos, que me sonríen ávidos de la promesa de una buena paliza al hombre más odiado de la semana —el segundo, si se tiene en cuenta al asesino de novias—, y solo veo una calle desierta.

No hay testigos, algo de lo que Kobe Calavera seguro que se ha asegurado antes de enfrentarse a mí.

Nadie paseando en las calles de alrededor, volviendo a casa tras una noche de excesos o con el brazo del amante entrelazado con el propio.

Tan solo una ciudad dormida. Pienso que ahora me vendrían bien las habilidades de defensa personal de Chase, y me prometo que, si salgo de esta, iniciaré mi entrenamiento de manera inmediata.

—Mira qué elegante viene —dice Kobe Calavera al resto del grupo—. Cómo se nota que es el hombre de moda.

—¡Seguro que su reloj vale una pasta! —se oye entre el grupo.

Llevo un Casio de saldo, pero ni siquiera puedo pensar en eso. Retrocedo un paso.

—¿Qué pasa, escritor? —habla uno de los chavales, avanzando un paso más hacia mí. Bajito, fibroso, cadenas en torno al cuello—. Pensaba que te gustaban las encerronas nocturnas —añade con guasa, mostrándome unos dientes torcidos—. Te vendrá bien un poco de acción para tus próximos textos.

Sus palabras provocan una risa generalizada entre el grupo.

—Dicen que, supositoriamente, los escritores sacan sus ideas de las vivencias personales.

—¡Se dice supuestamente, anormal! —le corrige otro.

Más risas que se funden con el sonido metálico que produce mi espalda al chocar contra una verja.

Menuda noche llevo. Intento mantener la compostura, pero el sudor empieza a gotearme por la frente. Sé que no tengo salida. Aun así, levanto los puños, dispuesto a pelear.

—Vamos, chicos, no tenemos que hacer esto —digo, tratando de sonar calmado—. Podemos hablarlo.

Ni siendo generosos podríamos decir que mi comentario pasaría por válido ni siquiera en una película de serie B. Pero estoy agotado, mi cabeza es un tambor y las extremidades no me responden como deberían.

—Oh, lo vamos a hablar, claro que sí —responde Kobe Calavera, sacando una navaja del bolsillo trasero de su pantalón—. Vamos a hablarlo muy bien.

—¡Rájalo, Darryl! —exclama el analfabeto.

Así que Kobe Calavera ya tiene nombre: Darryl.

La hoja de la navaja brilla bajo la luz de la farola, y siento un escalofrío recorrerme la espalda. Sé que estoy en una situación crítica. Tengo que pensar con rapidez.

—Mira, lo que pasó en la cancha fue un malentendido —digo, retrocediendo lentamente—. No hay necesidad de que esto se convierta en algo peor.

—Demasiado tarde para eso —dice otro de los chicos, cerrándome el paso—. Aquí, todos queremos divertirnos un rato. Por tu culpa han cancelado mi serie favorita, ¿sabes? Merecemos algún tipo de compensación, algo que nos entretenga ahora.

«¿En serio? No me jodas».

Siento la adrenalina bombear en mis venas. No tengo elección. En un movimiento rápido, lanzo un puñetazo al chico que me cerraba el paso, aprovechando el momento de sorpresa para abrirme camino. Pero no llego lejos. Una patada me alcanza en el costado y caigo al suelo, jadeando de dolor.

—¡Basta! —grito, intentando levantarme. Pero antes de que pueda reaccionar, siento un golpe en la nuca que me deja aturdido.

«El estrés no te conviene, Toni». La visión se me nubla mientras los chicos ríen y gritan a mi alrededor, y no sé si es a causa del golpe o si estaré sufriendo un nuevo brote.

El suelo se me antoja como una caricia plácida.

Todo se desvanece en una oscuridad cada vez más profunda.

El mundo se reduce a dolor y confusión. Mi mente viaja a Chase, a cómo habría manejado él esta situación.

Intento reunir fuerzas, pero mi cuerpo no responde.

La última imagen que veo antes de perder la conciencia es la hoja de la navaja acercándose a mi rostro, y el sonido distante de una sirena que se aproxima.

Es una dulce nana en mis oídos. Me dejo llevar.

Cuando vuelvo en mí, la luz de las farolas me parece extrañamente cálida.

Mi respiración es irregular, y cada movimiento me provoca un dolor agudo.

Los chicos ya no están, pero sus risas aún resuenan en mi mente.

Con esfuerzo, me incorporo y miro a mi alrededor.

El sonido de la sirena se acerca y pasa de largo.

«Persiguen a los chicos», me digo aliviado, y por primera vez en mucho tiempo, me siento agradecido de que los patrulleros hayan decidido pasar por la zona.

Apoyándome en la verja, trato de ponerme en pie.

Cada músculo de mi cuerpo protesta, pero sé que tengo que salir de aquí por si deciden volver.

Cojeando, me dirijo hacia mi apartamento.

La calma de su interior me reconforta casi tanto como el lomo de Alfred al tacto con mis mejillas.

Debería darme una ducha, pero ni siquiera para eso me quedan fuerzas.

Mis terminaciones nerviosas, mis músculos, todo mi cuerpo lo siento como una alarma deslumbrante y estridente que me avisa. Ya está bien, Toni. O paras de una vez, o esto acabará mal , es el mensaje que me da la vida. Lo siento en cada poro de mi piel.

Ni siquiera sé cómo acabo tumbado en mi cama, con el traje aún puesto y Alfred tendido a mi lado. Es como si sintiera mi dolor.

Finalmente me quedo dormido con su lomo dilatándose y contrayéndose contra mi costado al ritmo de su respiración.

Tanto estrés no me va bien.