31
Corro con todas mis fuerzas, notando el latido de mi corazón en los oídos y sintiendo el hormigueo que sube desde mis pies hasta la cintura. Hace un rato que he dejado de oír a la fiera tras de mí, y también a Chase, a quien he perdido de vista.
Noto un nudo en el estómago imaginando lo que ha podido pasar a mi espalda.
Los zapatos de cuero resbalan en el pavimento, pero no me detengo hasta que llego al portón de hierro y me topo con un nuevo problema.
¡Esos cabrones lo han cerrado desde dentro!
No hay tiempo que perder. Los barrotes de las hojas del portón tienen una separación de unos diez centímetros. No es lo ideal, pero servirá. Tomo carrerilla. Doy dos zancadas en dirección a la verja cuando oigo el ladrido del pitbull. El animal ya está aquí.
No me vuelvo para comprobar si tiene restos de sangre en el hocico y salto, dando con el pie entre dos barrotes.
El dolor es agudo ahora, como una descarga que me atraviesa una pierna.
No oigo más ladridos. Con un esfuerzo sobrehumano, escalo la valla, agarrando los barrotes con ambas manos y flexionando las rodillas.
Al llegar a la cima, giro el cuerpo, suelto una mano, paso la pierna izquierda al otro lado, rasgándome el pantalón del traje de alquiler en el proceso, y logro ponerme fuera del alcance del animal.
Con las suelas de los zapatos, impacto en los barrotes por la otra cara del portón, frenándome.
Finalmente, me suelto y caigo al suelo. Noto un pinchazo en la rodilla que acusaré más tarde, pero logro mantener el equilibrio.
Me vuelvo hacia la nave del desguace, buscando a Chase con la mirada en el camino que va desde la puerta batiente de este hasta la valla.
Me sorprende no verlo.
Tampoco veo al perro, ni a Chaqueta Blanca.
Justo en ese momento, aparece Chase, emergiendo de una de las ventanas rotas de la parte alta del lateral del edificio.
En lugar de correr como yo, ha debido de subirse a una pila de coches, pensando que el chucho no se atrevería a seguirlo hasta allí.
Una vez arriba, habrá buscado un hueco por el que salir, y ha dado con una de las ventanas de la altura superior.
Me alegra verlo de nuevo, y no puedo evitar que se me caiga la baba cuando lo veo descender de la ventana, de ahí saltar hasta el muro exterior ayudándose de una cañería, y pasar al otro lado con una facilidad asombrosa.
Finalmente se descuelga y aterriza como un gimnasta olímpico, creando una nube de polvo a su alrededor.
Desde la distancia, me dedica una sonrisa cansada. Solo le falta hacer una reverencia.
A lo lejos, oigo un coche que arranca. Refuerzos.
—¡Chase, sígueme al coche! —grito.
Él reacciona y sale corriendo hacia mí. Nos encontramos junto al muro. Cuando vuelvo la mirada, veo que un imponente BMW negro ha rodeado el edificio del desguace y está a punto de derribar el portón de entrada.
El estruendo que hace este es atronador.
Diez segundos más tarde, piso el acelerador de mi escarabajo y salimos de allí a toda velocidad.
El BMW de Chaqueta Blanca es una máquina imponente, capaz de aplastar una verja de hierro sin sufrir apenas un rasguño.
En contraste, mi VW es ligero y ágil, especialmente con los faros apagados, convirtiéndose en un fantasma escurridizo en las sombras.
Ya les llevábamos varias manzanas de ventaja, y Los Ángeles, con su entramado nocturno, se presta a perderse en sus entrañas.
En menos de dos minutos, los despistamos.
—¿Estás bien? —me pregunta Chase en cuanto los hemos perdido. Aun así, no deja de mirar por el retrovisor, alerta.
—Tengo la cabeza abollada y los calzoncillos incomprensiblemente húmedos, pero no tengo nada herido de gravedad salvo la dignidad.
Se ríe.
—¿Adónde vamos?
—A dar parte en comisaría. Luego, te llevaré a casa.
Durante el camino, la calma de tener la carretera casi por completo para nosotros nos envuelve. Aprovecho esa serenidad para poner a Chase al día sobre el gran secreto de Haskins.
—Así que Sanders, que estaba perdidamente enamorado de Haskins, pilló a este engañando a su mujer con Ethan Pierce —resume. Parece sorprendido, y no es para menos.
—Ajá.
—Y cuando Sanders se echó a la carretera con la intención de revelarle la mentira a la mujer de Haskins, este fue tras él. Se produjo una persecución y posteriormente una pelea. Y Sanders cayó por el acantilado sin que su cuerpo llegara a encontrarse.
—Ajá.
—Y nuestro amigo, el bigotitos de chaqueta blanca, que se dedica a hacer negocio con la mierda de los demás, tuvo la suerte de verlo todo, y desde entonces ha estado coaccionando a Haskins para que le proporcionase material de la productora que más tarde pudiera vender a la prensa rosa, entre otros.
Asiento.
—En resumen, acabamos de desentrañar un gran misterio, solo que no era el misterio que queríamos desentrañar. ¿He entendido bien?
Hago una mueca silenciosa.
—Por cómo ha reaccionado Chaqueta Blanca cuando hemos mencionado al asesino de novias, no creo que sea él. Por otro lado, si es quien suministra los episodios de la serie al auténtico asesino, lo descubrirá la policía. Hoy hemos hecho grandes avances, Chase.
—Supongo que sí —dice, aunque no suena convencido.
Circulamos un momento sin hablar.
—¿Qué vas a hacer con tu coche? —le pregunto, acordándome que lo tiene aparcado junto al desguace.
—Mañana a primera hora pillaré un Uber y volveré a por él.
Son las tres y media de la mañana cuando salimos de la comisaría después de denunciar el asesinato fortuito de Tom Sanders por parte de Jeremy Haskins.
También presentamos una denuncia contra el chantajista por amenazas de muerte y tráfico de contenido privado.
No tenemos su nombre, pero sí todo lo demás: se trata de un reconocido periodista freelance con invitación a la fiesta del Four Seasons.
También conocemos su modelo de coche. Con todo esto, el funcionario que nos ha tomado declaración ha asegurado tener suficiente información para ir a por él.
No he podido evitar pensar en Trent y Booker.
Mañana a primera hora, cuando acudan al trabajo, van a llevarse una alegría.
Antes de dejar a Chase frente a la puerta de su casa, no puedo contenerme más y saco a relucir un tema que me consume desde que lo vi desarmar al hombre del abrigo negro en un abrir y cerrar de ojos, y escapar del desguace con la agilidad de una lagartija.
—Una vez, cuando estaba empezando, trabajé en una película japonesa —explica—.
No era muy buena. En realidad era mala de narices; dos bandas callejeras que se enfrentaban, emulando a los antiguos samuráis, para ver quién dominaba el vecindario.
Una especie de West Side Story oriental, imagina la bazofia.
Yo interpretaba a un irlandés que había viajado a la tierra del sol naciente, enamorado de su cultura.
Me lo tomé muy en serio, convencido de que aquello me catapultaría a películas de mayor presupuesto.
Al final, la película ni siquiera llegó a estrenarse. La cancelaron a mitad de rodaje.
—Lo siento.
—No lo hagas. Todo lo que hacemos forma parte de nuestro camino.
En mi caso, participar en esa película me sirvió para especializarme en artes marciales, en el manejo de la katana y en habilidades ninja.
¿Entiendes lo que te digo? La película fue un desastre, y alguien con visión limitada diría que fue un error aceptar ese trabajo, pero si no lo hubiera hecho, tal vez hoy los dos habríamos muerto en ese desguace.
Me quedo un rato pensando, con las manos en el volante y el motor al ralentí. Me alegra que Chase Donovan participara en el rodaje de esa película oriental, supongo.
—¿Y la pistola? —pregunto.
—Eso fue cosa mía. A mi vuelta de Tokio, me di cuenta de que había disfrutado tanto del entrenamiento que ya no podía parar.
Así que me apunté a clases de tiro y también de artes marciales.
Pensé que no estaría de más si algún día me contrataban en una película que requiriera de esas habilidades.
Además, Los Ángeles se ha vuelto peligrosa, como se ha demostrado hoy. Ya soy cuarto dan.
—¿Y eso qué es?
—Nivel superior de cinturón negro.
De repente, siento un renovado respeto por Chase Donovan. Sale del coche y se despide.
—Eh, Chase —le grito a través de la ventanilla bajada.
Se vuelve.
—¿Qué tal si un día voy contigo a esas clases de karate?
—No quería decírtelo, pero falta te hace —contesta, burlón—. Y lo mío es taekwondo, no karate.
Inclino la cabeza.
—Pues te tomo la palabra.
—Gracias. Aunque mi palabra no vale nada, como la de casi nadie en esta ciudad —dice, y, tras subir los peldaños que acceden a la puerta de su casa, la abre y se pierde en su interior.
El eco de mis pasos resuena en la calle desierta mientras yo, aún con el traje puesto, la camisa por fuera del pantalón y la pajarita ligeramente desalineada, recorro a pie los pocos metros que separan mi apartamento de mi coche.
La fiesta en el Four Seasons hace rato que habrá terminado, pero mi noche apenas ha comenzado, como pronto comprobaré.
Aprovechando la luz de una farola, me llevo la mano al bolsillo interior de la chaqueta. Despliego la fotografía familiar de boda que me envió Hada. Examino de nuevo los rostros y veo a Jeremy Haskins, luego a su bella mujer, y finalmente a Tom Sanders.
Al diablo con todo.
Después de tanto, me veo de nuevo en el punto de partida.
¿Qué he conseguido? Desenmascarar a un pobre traidor a cambio de que casi me maten unos chantajistas de poca monta.
Todavía tengo la cara de Chaqueta Blanca clavada en mis retinas cuando le he acusado de matar a las tres mujeres.
Me ha hecho falta menos de un segundo para confirmar que ese hombre estaba muy alejado del caso del asesino de novias.
Estoy, pues, igual que ayer. Es como si ese cabrón morboso fuera un fantasma imposible de cazar.