30
Abro los ojos lentamente. El frío del suelo del desguace se cuela a través de mi chaqueta y un dolor sordo late en mi cabeza.
Apenas siento las puntas de los dedos, solo un tímido hormigueo.
Todo es confuso por un momento, pero pronto me doy cuenta de que tengo un cañón apuntando directamente a mi cabeza.
«Los momentos de estrés facilitan la irrupción de los brotes, Toni», me dijo la doctora una vez. Está claro que estos días no estoy siendo el paciente del año.
A mi lado está Chase. Su expresión es tensa, y algo me dice que lleva despierto más tiempo que yo. No abre la boca para hablar. Tiene su propio cañón apuntándole la nuca por detrás.
Algo exagerado.
O tal vez no. Jeremy Haskins ha estado acudiendo a este sitio de manera recurrente para entregar el material de la productora a cambio de silencio. Un material que era recibido y utilizado, casi con toda seguridad, por aquel que ha ejecutado a Lucy O’Brien, Barbara Cole y Elena Fring.
Y nosotros nos hemos inmiscuido.
Es sencillo llegar a la conclusión: no van a dejarnos salir de aquí con vida.
El miedo puede con mi curiosidad de volverme y ver los rostros de nuestros captores.
—Mira quién ha decidido despertarse —dice mi matón con voz burlona. Tiene un acento que no soy capaz de ubicar, como de la calle. El típico acento que evoca peligro y problemas.
Sin dejar de apuntar a nuestras cabezas, nos rodean y se colocan frente a nosotros, de manera que podemos verlos.
Son dos latinos de piel tatuada y párpados caídos, como si forzaran una chulería mal disimulada.
Uno, de pelo corto y labios gruesos, lleva un abrigo negro con capucha.
El otro, un tipo delgado con unas rastas tiesas a lo Bob Marley, lleva el cuello cubierto por un tatuaje de un bebé que no llega a quedarle del todo bien.
Es este, el Bob Marley pistolero, el que me está apuntando a mí.
—¿Qué queréis de nosotros? —pregunto, intentando ganar tiempo para pensar.
—Buena pregunta, gafotas —se mofa Bob Marley. ¿Gafotas? No me llamaban eso desde quinto—. Pero aquí las preguntas las hacemos nosotros. ¿Quiénes sois?
Antes de contestar, miro a Chase de reojo. Con un movimiento inequívoco de cabeza, me indica que mantenga silencio.
—¿Dónde está Haskins? ¿Qué habéis hecho con él? —pregunta el del abrigo.
Frunzo la frente y clavo la vista en el polvo que gravita sobre el hormigón, hasta que el que acaba de hablar da un paso vehemente hacia mí y me coge por debajo de la barbilla. Los dedos gruesos me obligan a girar la cabeza.
—¡Mírame cuando te hablo! —exclama a pocos centímetros de mi cara.
Lo miro. El pecho de ese hombre es como un contenedor de basura: ancho, duro y maloliente.
Tiene la nariz ancha y plana, y presenta calvas en varios puntos de la cabeza, como si alguien le hubiera quemado con un cigarrillo.
Ahora que lo veo más de cerca, es alto y musculoso, con una cicatriz en la mejilla derecha. Una joya.
—He preguntado quiénes sois —repite, esta vez con un tono más lento y calmado, aunque más aterrador si cabe. Su aliento desprende un intenso olor a marihuana. Tengo que hacer un esfuerzo por no volver la cabeza.
He escrito mucho sobre tipos como estos dos.
Los típicos matones sin cerebro al servicio de un líder.
Es este último quien pone el cerebro. Así que no deberían ser un problema, salvo por dos detalles importantes: van armados y tienen más experiencia que nosotros en la lucha de cuerpo a cuerpo.
Me preparo para lo que tenga que pasar, barajando opciones, todas nefastas, cuando oigo, no muy lejos, el ladrido de un perro.
De un perro adulto. Rebotando en las paredes y encogiéndome los testículos.
Lo veo aparecer entre dos elevadores industriales, olfateando el asfalto a su paso con desesperación animal.
Lo sigue la luz de una linterna que me permite distinguir el tipo de fiera que es: un pitbull.
Cuando su olfato lo hace reparar en nosotros, nos muestra los dientes, señal inequívoca del descontento que le produce nuestra presencia aquí.
La parte positiva es que va encadenado. El hombre al otro lado de la cadena, Chaqueta Blanca, porta la linterna, cuya luz parpadea en las carrocerías oxidadas de alrededor, proyectando sombras danzantes que parecen burlarse de nosotros.
En un depósito de metal, alguien pintó mucho tiempo atrás la palabra NEUMÁTICOS en rojo y azul.
Las letras ya están medio borradas tras los años.
Chaqueta Blanca se detiene a unos metros de nosotros y obliga al pitbull a pararse de un seco tirón. Este profiere un gruñido por lo bajo y espera a la nueva orden de su amo.
—¡Eh! —le grita a Chase—. Bonito reloj.
—Gracias —contesta él por primera vez. Mis ojos caen hasta su muñeca. Es verdad que lleva un reloj espectacular, un Patek Philippe de correa dorada y esfera de color zafiro.
—Pues que yo lo vea. Eso quiere decir que mantengan las manos visibles en todo momento. Los dos.
—No vamos armados —replica Chase, levantando las manos. Yo lo imito, está claro que se desenvuelve mejor que yo en esta clase de enfrentamientos.
—¿Dónde está Haskins?
—Hoy hay nuevos mensajeros.
La respuesta de Chase no parece agradar a Chaqueta Blanca, que frunce ligeramente los labios. Desde aquí, su ridículo bigote se asemeja a una carrera de hormigas, y el resplandor de la linterna hace que su pelo engominado parezca el de una figura de porcelana.
—Haskins sabe perfectamente que solo puede venir él. De hecho, es el único que conoce este sitio. Ahora ustedes se presentan sin previo aviso y por separado, lo cual me hace pensar —abre los brazos—: ¿qué quieren estos caballeros?
—Queremos todos los capítulos de la serie de vuelta —exige Chase. Por el rabillo del ojo observo que ni siquiera pestañea. Y sin embargo, mantiene un aura de tranquilidad que me hace preguntarme si de verdad sabe lo que hace o solo es un chiflado más en una ciudad de locos.
La petición hace elevar una ceja en el rostro de Chaqueta Blanca. Está sorprendido. Tal vez porque no esperaba que estuviéramos tan bien informados.
—Me temo que eso va a ser del todo imposible —dice, y balancea la cadena con suavidad. El pitbull bufa como si fuera un toro bravo, haciendo volar miles de partículas de polvo, y yo no puedo más que tragar saliva.
—Pues tenemos un problema —repone Chase.
Chaqueta Blanca esboza lo que quizá sea una sonrisa.
—Voy a pedírselo una vez más. Entréguenme el material…
—Le repito que eso no va a pasar —insiste Chase, firme en su postura.
A los matones no les gusta su actitud. Fruncen sus enormes entrecejos. Bob Marley se vuelve hacia Chaqueta Blanca, esperando que le dé permiso para llevar el asunto al siguiente nivel.
Este sonríe y se lleva los dedos al puente nasal.
Los dos matones dan un paso más hacia nosotros, inclinando la cabeza, como si hubieran entendido la señal.
Vuelvo a tener el frío cañón de la pistola presionando la parte alta de mi cabeza.
Me obligo a mover los dedos de las manos, como estimulando la circulación de la sangre.
Parece que está volviendo la sensibilidad.
Chase, por su parte, no desvía la mirada del chantajista.
—Basta con que chasquee los dedos —dice Chaqueta Blanca— y serán el juguete de mi amigo. —Vuelve a menear la cadena—. Lleva algunos días sin comer —asegura. El hambre brilla en los ojos de la fiera.
Así que aquí estamos, al borde del mismo abismo por el que han caído tantos hombres a lo largo de la historia: el precipicio de la violencia. Lo malo de los precipicios es que son resbaladizos. Un paso mal dado, y no hay margen para la rectificación.
Pero en un instante, todo cambia.
Chase no se lo piensa. O tal vez lleva todo este tiempo pensando en ello.
En el momento en que Chaqueta Blanca agita la cadena por tercera vez, puede que coincidiendo con una leve relajación por parte del matón del abrigo negro, Chase Donovan reacciona de una manera totalmente inesperada.
Cuando alguien tiene una pistola, eso no se lo espera.
Al menos, al principio. El matón ha cometido el error de situarse demasiado cerca, y está claro que lo ha pillado desprevenido.
Chase se inclina rápidamente hacia delante y con una mano le agarra la pistola.
Con la otra, se impulsa para incorporarse y le asesta un golpe no demasiado fuerte en la garganta a su hombre.
Un golpe así, dado con fuerza excesiva, puede ocasionar daños permanentes.
Chase solo quiere, al menos eso creo, dejarle sin respiración, provocarle arcadas, que afloje los músculos.
Y funciona.
El matón del abrigo retrocede trastabillando, con una mano en el cuello y agitando la otra en señal de rendición. Ahora es Chase quien tiene el arma en la mano, y la maneja como si pesase poco, o como si fuese una prolongación de su extremidad.
Aprovechando la confusión, giro la cabeza hacia un lado y mis dientes encuentran carne.
Los clavo con fuerza en la palma de la mano de mi captor, que brama de dolor.
Invadido por un instinto de supervivencia asombroso, hinco más los dientes y doy un tirón desgarrador, y de pronto siento que me ha soltado.
Su revólver ha caído al suelo. Me incorporo y lo recojo. Abro la cámara y echo un vistazo. Sin balas. Mierda.
—La mía también está vacía —confirma Chase, y escupe una maldición.
«Idiotas», pienso. Pero no digo nada.
Una carcajada contenida nos hace volvernos hacia Chaqueta Blanca, que parece disfrutar con el espectáculo.
—Solo quería asustarlos —dice, sin dejar de sonreír. Sus hombres, mientras tanto, se lamentan más allá del círculo de luz que crea la linterna.
Desde el suelo, Marley suelta un gruñido sin dejar de lamerse el dorso de la mano, que no para de sangrar.
—¡Mátalos! —pide con los labios sanguinolentos.
Chaqueta Blanca trata de mantener la sonrisa, pero la mueca se deshace en una expresión de duda cuando ve a Chase correr hacia Marley y darle una patada en la cabeza. El matón pierde la consciencia en el acto. El otro, al verlo, sale corriendo despavorido.
Me paralizo, expectante por ver lo que pasará a continuación. Chase hace lo mismo.
—Han cometido un error —dice Chaqueta Blanca. Con su perro, es el único que queda allí con nosotros.
Empiezo a sentirme mareado —problemas de equilibrio, latigazos en el cuello—, pero aun así me enfrento a él:
—Acabemos con esto —exclamo—. Entréguese y confiese los asesinatos de esas tres mujeres.
Ríe más alto.
—Pero ¿qué dice, hombre?
—Sé que Haskins le entregaba los capítulos de El asesino de novias por adelantado a cambio de mantener su silencio. He visto cómo esta noche, en el Four Seasons, le entregaba el sobre citándolo aquí. Lo sé todo. ¡Entréguese!
—¿Cree que yo soy ese tipo? —Una nueva carcajada reverbera en las paredes de la gran nave.
Esta vez, hasta la fiera que espera a sus pies ladra, y el sonido recuerda al rugido de un león—.
Sale mucho más rentable vender la vida privada de las estrellas a la prensa que ir matando a chicas por ahí, se lo aseguro.
Es una respuesta que no espero, y no sé si sentirme aliviado o abatido por lo que supone. De reojo observo a Chase, que sigue jadeando por el esfuerzo. Por su expresión, parece igual de sorprendido que yo.
—¿Haskins no le entregaba capítulos inéditos? —pregunto, confuso.
—En ocasiones, sí; hay productoras que pagan auténticas fortunas por conocer por adelantado los movimientos de su competencia.
Pero donde está la verdadera pasta es en los trapos sucios de los actores, las actrices y los directores.
Cuánto cobran las estrellas, con quién se encierran en los camerinos, qué clases de sustancias se llevan al cuarto de baño, ese tipo de cosas.
Con Haskins tenía un trato que nos iba muy bien a ambos —continúa el chantajista—.
Él me proporcionaba esa información, y yo a cambio mantenía oculto el secreto de su crimen.
Pero a ustedes no los conozco, no tengo cartas con las que negociar.
Por otra parte, algo me dice que no han traído nada que pueda servirme, y no puedo fiarme.
Por lo tanto… —Algo en sus palabras hace que se me tense el cuerpo entero.
Chase da un paso hacia mí—, no puedo dejarlos con vida. Lo siento.
Entonces, como quien deja escapar el hilo de una cometa, suelta la correa, liberando al animal.
«Dios mío».
El pitbull avanza lentamente al principio, como si disfrutara de la anticipación.
—Corre hacia la verja —me susurra Chase—. Han dejado el portón de la nave abierto. Me he fijado.
—Pero…
La fiera no aparta la mirada de nosotros. Muestra más sus dientes, cabeza gacha, pelo del lomo encrespado y postura lista para salir disparado.
—¡Hazlo! —grita Chase—. ¡Ahora! ¡Corre!
Reacciono y salgo corriendo hacia el exterior.
Chase también retrocede, caminando hacia atrás con las manos levantadas. Enseguida lo pierdo de vista.
Lo siguiente que oigo es el gruñido fiero del perro y el resonar metálico de su cadena al rebotar contra el duro suelo. A medida que corro a trompicones, miro hacia los lados esperando ver a mi amigo junto a mí, pero no sucede.
Me obligo a no mirar y seguir avanzando. Cierro los párpados con fuerza. Cinco segundos más tarde estaré atravesando el portón, con las lágrimas agolpadas en los ojos y una deuda de vida pendiente.