29
En el interior de la nave el ambiente es más fresco y oscuro que en el exterior. Las sombras envuelven el edificio, dándole un aire siniestro que me hace estremecer. Me adentro con cautela, sintiendo cada crujido de mis pisadas en el pavimento agrietado.
Pronto me acostumbro al entorno crepuscular.
El polvo se arremolina en el aire con cada paso que doy, creando una niebla espesa bajo la luz de la luna que se filtra por los ventanales rotos en la parte alta de las paredes.
Veo vehículos viejos y despiezados a mi alrededor, y me doy cuenta de que estoy en un cementerio de coches.
También hay montones de cajas apiladas a lo largo de las paredes que proyectan sombras alargadas, dándome la cobertura que necesito para esconderme.
Me agacho detrás de una pila próxima a la entrada, con la vista fija en el centro del almacén, donde se supone que se llevará a cabo el encuentro.
Sin embargo, ese encuentro nunca llegará a producirse.
Los minutos pasan lentamente. El frío del almacén se cuela por mis ropas, pero la adrenalina me mantiene alerta. De repente, escucho un ruido, el sonido de una puerta oxidada abriéndose. Me pego aún más a las cajas, conteniendo la respiración, al tiempo que escucho las pisadas acercarse.
Un hombre accede al centro de la nave. Puedo verlo bien, su silueta recortada contra la tenue luz.
Va vestido de manera extravagante, y su pelo, obsesivamente engominado, brilla casi tanto como a la luz del salón del Four Seasons.
El tipo de apariencia que jamás esperarías encontrar dentro de un desguace abandonado.
A no ser, claro, que el hombre en cuestión acuda movido por un asunto que nada tiene que ver con los coches.
Como un chantajista que espera recibir su pago, por ejemplo.
Los rasgos que puedo percibir, empezando por la radiante chaqueta blanca, coinciden con el hombre que antes le ha entregado el sobre a Haskins.
Constato el hecho de que Chaqueta Blanca es tanto el mensajero como el chantajista.
Se mueve con la seguridad de alguien que tiene el control, como si todo cuanto le rodea le perteneciera, hasta que se detiene. Comprueba la hora en su reloj de oro y se mete las manos en los bolsillos mientras aguarda.
Está esperando a Haskins, pero Haskins no va a aparecer.
«Es tu hora, Toni —me digo—. Sal ahí y obliga a ese memo a cantarlo todo».
Pienso en Chase. No hay rastro de él por aquí, lo cual me inquieta.
La última vez que lo vi, salía tras el chantajista, pero, si este ya está aquí, ¿dónde se ha metido Chase?
Estaremos en contacto , es lo último que me ha dicho antes de separarnos, en el hotel.
Sin embargo, no he tenido noticias suyas desde entonces.
¿Me habrá tendido una trampa? La duda me carcome, pero no puedo permitirme distracciones ahora.
Mantengo los ojos fijos en el chantajista mientras este sigue deambulando.
Por lo mucho que mira su reloj, está impaciente.
De repente, el chantajista vuelve la mirada hacia mí.
«Me está viendo. —Trago saliva—. ¡Me ha pillado!»
Me digo que no habrá mejor momento para salir e interceptarlo por sorpresa, pero justo oigo una voz a mi espalda.
Casi al mismo tiempo, una punta fría se apoya contra mi sien.
—Adiós, Toni —susurra alguien, y de nuevo siento el frío metálico, ejerciendo aún más presión.
Antes de que pueda reaccionar, un golpe seco lo vuelve todo aún más oscuro.