28 #2
—Tom y yo tuvimos una acalorada discusión —continuó Haskins—.
Estaba cabreado, nunca lo había visto así.
«¡Dejé a mi mujer por ti!», me gritó. Volvió a recordarme que, cuando él me había hecho elegir entre Brenda y él, yo había optado por mi mujer.
Me dijo que podía entender que no quisiera dejar a Brenda, pero el hecho de que lo hubiera sustituido por otro hombre, y para colmo, por otro actor, hacía que se sintiese engañado y humillado. Creo que eso terminó por destrozarlo.
«Es comprensible», pensé.
—Traté de tranquilizarlo, hacerle entrar en razón, explicárselo todo.
Pero fue inútil. Se alejó de mí y salió corriendo hacia su coche.
Antes de arrancar, suplicando yo con las manos agarradas a su puerta, me juró que iría a mi casa esa misma tarde y revelaría mi mentira. Pensaba contárselo todo a Brenda.
Haskins hablaba a toda prisa para que yo no pudiera interrumpirlo y para que la bola que le estaba subiendo a la boca desde el centro del pecho no le privase de voz. Y continuó diciendo, con los ojos arrasados en lágrimas:
—Yo lo seguí, por supuesto. Estaba tan centrado en alcanzarlo que no vi que un tercer vehículo iba tras nosotros.
No pensaba en nada, solo en que bajo ningún concepto Brenda podía enterarse.
Habría sido el fin de mi familia, la pérdida de mis hijos…
Estaba desesperado. —Se detuvo para secarse las mejillas y pasarse la lengua por los labios—.
Brenda y yo vivimos en las afueras. La carretera que une la ciudad con nuestra casa es, digamos, sinuosa.
Hay que ir con cuidado aunque la conozcas bien.
—Y vosotros ibais como aviones —adiviné, intuyendo cómo terminaría la historia.
—Tom le pisaba a fondo, pero mi coche era más rápido que el suyo, así que lo alcancé.
Traté de que desacelerase y que se detuviera en el arcén, solo quería que lo habláramos con tranquilidad.
Como amigos que éramos, nos lo debíamos.
Pero él estaba decidido. Nunca lo había visto así.
—Carraspeó—. Y entonces, en una curva cerrada, le corté el paso y atravesé mi coche en su carril, obligándolo a detenerse.
Aún puedo oír el chirrido de los neumáticos contra el asfalto.
Él fue el primero en salir del coche. Allí, en un tramo de la curva donde el terreno se abría hacia el acantilado, continuamos la discusión que habíamos empezado en los estudios de grabación.
La cosa fue a más y acabamos llegando a las manos.
Él me golpeó primero, un impacto certero en el pómulo.
—Haskins se llevó la mano al rostro como por inercia—.
Entonces yo arremetí contra él. Solo quería tirarlo al suelo, hacer que parase.
Pero calculé mal y lo empujé hacia atrás.
Perdió el equilibrio y… —Hace una pausa para tragar saliva con dificultad—.
Dios, estaba ahí, y al instante siguiente… ya no estaba. Fue terrible.
Di una amplia bocanada para tragar el testimonio.
—Así que Sanders no se suicidó, sino que lo empujaste para que no te delatara —concluí, airado.
—¡Fue un accidente! —Su mirada se detuvo en mi rostro, como si hubiera malinterpretado su historia—. ¡Yo no quería matarlo!
—Vale, lo que tú digas. ¿Qué pasó después?
Él, dubitativo:
—Me quedé allí un buen rato, sin saber qué hacer.
Enseguida me di cuenta de que, si alguien pasaba por allí, no le habría resultado difícil hacerse una idea de lo que había ocurrido, especialmente cuando saltara la noticia de la desaparición de Tom.
Así que me puse manos a la obra e hice lo único que podía hacer.
—Empujaste su deportivo por el risco, de modo que pareciera un accidente —me adelanté—. Muy listo. Sanders estaba en pleno proceso de divorcio y acababa de perder el empleo, así que todos se tragarían la historia de la depresión que acabó en suicidio. Sin embargo, alguien os vio.
«De lo contrario, no te estarían chantajeando», añadí mentalmente.
—Antes he comentado que un tercer vehículo nos acompañó en la persecución sin que nos diéramos cuenta.
El conductor era el hombre de pequeño bigote con quien me has visto antes, quien me ha dado el sobre.
Esa tarde, estaba siguiendo a Tom en busca de alguna exclusiva cuando debió de vernos salir de los estudios hacia nuestros respectivos coches. Así que decidió seguirnos.
—Y vio lo que hiciste —apunté. «Eso sí que es una exclusiva de primera».
—Estaba tan conmocionado por la muerte de Tom, tan concentrado ocultando los indicios, que ni siquiera me percaté de su presencia.
Sin embargo, a los pocos días, ese hombre me envió un mensaje anónimo.
Lo siguieron varios más. Al principio pensé que era una broma de mal gusto, pero luego comenzaron a llegar pruebas.
Fotos, correos electrónicos, incluso grabaciones de mis hijas saliendo de casa.
Lo que terminó por convencerme fue recibir una memoria USB con un archivo de vídeo dentro.
—¿Qué se veía en el vídeo?
—A mí empujando el coche de Tom acantilado abajo.
Asentí. Ese hombre tenía a Haskins bien cogido por los huevos.
—¿Y qué quería de ti? —pregunté, aunque la respuesta es evidente.
—Un encuentro clandestino.
—El cual aceptaste.
—Sí. Fue ahí cuando me pidió el material de la productora. Debía seguir sus instrucciones al pie de la letra. Me haría llegar la fecha y el lugar de las entregas mediante sobres como el que he recibido esta noche.
—¿Y si te negabas?
—Le diría a la policía que yo maté a Tom.
Asentí. La historia era buena, pero, como guionista profesional y escritor de suspense, quedaba un misterio por desvelar: ¿Era el chantajista de dudoso gusto estético el asesino de novias, o solo alguien que vendía el material al verdadero asesino?
Y, en este segundo caso, ¿a quién se lo vendía?
«Así que Jeremy Haskins mató a Sanders y por eso le están haciendo chantaje» —me repito mientras me aproximo a la entrada del edificio abandonado.
También me vuelve a la cabeza una y otra vez el hecho de que a Ethan Pierce le vayan los hombres.
Me pregunto si Evelyn Crowe estará al tanto de ese dato, y, de estarlo, ¿le vendría bien o mal que saliera a la luz?
Ahora entiendo por qué Pierce estaba tan tenso en la fiesta.
Que se descubriera la verdad suponía el fin del matrimonio para Haskins y su detención, sí, pero a Pierce también le afectaba.
Cualquiera que haya vivido un mínimo dentro del mundo del cine sabe que una noticia así puede ponerte en el punto de mira de todos los periódicos, revistas y programas de televisión.
Pero lo que de verdad copa mis pensamientos es la reacción de Tom Sanders, el gran perjudicado de la historia, cuando se enteró.
Es comprensible, al fin y al cabo. El pobre hombre podía vivir con la agonía de que el amor de su vida lo rechazase.
Lo que Sanders no pudo dejar pasar fue el hecho de que Haskins lo sustituyera por otro hombre. Eso no pudo soportarlo.
Una compleja historia amorosa con dramático final, que habría quedado en el olvido si cierto periodista de bigote no hubiera estado siguiendo a Sanders la tarde de la persecución que concluyó con su muerte.
Pero lo estuvo.
Consciente de las habladurías y los últimos rumores que situaban a Tom Sanders en el centro de las críticas, el periodista que hoy le ha entregado el sobre decidió marcarlo en corto.
Y se encontró con una exclusiva mucho más suculenta: la muerte de Sanders a manos del director de montaje Jeremy Haskins.
Utilizó lo que vio para exprimir a Haskins y sacar provecho de la tragedia.
Y aquí me encuentro yo, meses después, recogiendo los restos de todo ello.
Porque aún flota en el aire la gran pregunta: ¿es Chaqueta Blanca el autor de los asesinatos de las tres mujeres, o tan solo un intermediario que está traficando con el material inédito de la serie?
En este segundo caso, aquel a quien está vendiendo el material tiene que ser el auténtico asesino de novias.
Sea como sea, solo hay una manera de saberlo: preguntándoselo directamente.
Al edificio del desguace se accede por un portón vertical abatible como el de los garajes o talleres. Está cerrado hasta el suelo, con lo que la entrada queda descartada por este camino.
Bordeo el edificio con el sentido del oído alerta; según el mensaje del sobre de Haskins, en unos minutos, Chaqueta Blanca acudirá a este lugar. Y no quiero que me pille por sorpresa.
Pronto encuentro una ventana con el cristal roto.
Me deshago de la chaqueta del traje y me ayudo de una torre de palés para tomar altura y colarme, con cuidado de que la tela de mi pantalón no se atrape en ninguna punta afilada.
Me suelto y caigo al suelo por el otro lado.
Mis zapatos levantan el polvo y producen un eco siniestro cuando aterrizo.
Ya estoy dentro.