28
Dos días después de la emisión del tercer episodio. Desguace. Noche.
El trayecto hasta el lugar del encuentro apenas me lleva diez minutos.
La noche es bochornosa y oscura cuando aparco a la sombra de un muro lleno de grafitis, a una distancia prudente de la entrada.
Me apeo del vehículo y, con los brazos en jarra, echo un vistazo general.
El antiguo dueño del terreno tras el muro debía de estar obsesionado por la seguridad de la propiedad privada, porque en su día colocó varias hileras de alambre de espino en lo alto del muro.
Durante el trayecto, he preguntado a Siri por el lugar.
El asistente virtual me ha devuelto una imagen satelital que me ha permitido conocer la naturaleza de aquello que se esconde al otro lado de tanta protección.
Sin embargo, incluso sin esa información sería evidente que estoy ante un desguace abandonado; las montañas de coches sobresalen por encima del muro.
Esta noche, la luna brilla como una moneda de plata nueva.
Sigo el camino del muro en paralelo hasta detenerme ante un portón de hierro cuyas dos hojas permanecen unidas por una pesada cadena y un robusto candado de hierro. Me dispongo a escalar cuando, para mi sorpresa, el portón cede a mi peso.
Candado falso disuasorio. Muy listos.
Retiro la cadena, empujo más una de las hojas y me cuelo dentro. Por si acaso, vuelvo a colocar la cadena en su sitio. El lugar parece abandonado, pero nunca se sabe.
Tras haber estudiado el terreno en base a las tomas aéreas de la aplicación de mapas, no me resulta difícil orientarme.
A mi derecha, en el lado interior del muro, se apilan estructuras metálicas de chatarra que un día fueron los coches de alguien.
Por su aspecto, hace mucho tiempo de su último viaje.
La prensa industrial, que duerme ahora un poco más allá, les ha dado a todos ellos una curiosa forma de paralelepípedo.
Me recorre un escalofrío al pensar en la clase de encuentro que podría tener cabida en un sitio así.
Me vuelvo hacia el portón para asegurarme de que nadie me sigue. Luego, adentrándome en el terreno, camino por un callejón angosto que hay entre las montañas de vehículos aún por aplastar. Según internet, al fondo tiene que haber un edificio.
Lo encuentro pocos pasos más adelante. Parece un edificio industrial abandonado.
«¿Qué clase de chanchullos te traes entre manos aquí, Haskins?»
Mientras me aproximo a la entrada con cautela, la historia del director de montaje se cuela por la puerta trasera de mi cerebro. Mis pensamientos vuelven a la conversación que hace un rato he mantenido con él.
—Tom y yo éramos amigos desde la facultad.
—Así ha abierto Jeremy Haskins la caja de los gusanos de su pasado—.
Uña y carne, como suele decirse. Nos abonamos a los Dodgers juntos, acudíamos a todos los partidos.
Los domingos organizábamos barbacoas con nuestras mujeres, llevábamos a los niños al mismo colegio… ese tipo de cosas.
—Sí, los mejores amigos. Como Chandler y Joey. Me ha quedado claro.
La sonrisa que me ha dedicado estaba llena de miedo, pero al menos había pillado la referencia a Friends . Algo era algo.
—Hace unos años, conseguí que Evelyn Crowe contratara a Tom para aquel western . Y también fui yo quien hizo que lo despidieran.
Aquello prometía.
—Explica eso.
—El matrimonio puede ser complicado, ¿sabes?
«A mí me lo vas a decir», he dicho para mis adentros. He dejado que hablara.
—Mi mujer, Brenda… joder, no tengo nada malo que decir de ella. En todos los años que estuvimos juntos siempre fue cariñosa y entregada a nuestro matrimonio. Fue un apoyo constante. Me dio dos hijas maravillosas. En fin, está claro que es mejor persona que yo. Se lo debo todo.
Volví a mirar la fotografía, centrándome en la novia.
Así que no solo era una belleza, sino que además tenía buen corazón.
Los unicornios existen, y ese hombre había despreciado a uno por otra persona.
Levanté la vista hacia Haskins. Hay decisiones erróneas, y luego están de las que te arrepientes de por vida.
Sospechaba que Haskins había cometido algunas de este segundo tipo.
—Y, aun así, le fuiste infiel —le he dicho, con un tono más acusador de lo que pretendía.
Él ha asentido. Era obvio que la mala decisión le había torturado durante infinidad de noches. Ante mí tenía los ojos de un hombre arrepentido.
—¿Qué tiene que ver tu mujer con el hecho de que participaras en el despido de Sanders? —he preguntado.
—Él estaba encaprichado de mí —ha asegurado.
«Espera, ¿qué?» Yo he vuelto mi vista a la fotografía de inmediato.
Y a los ojos de Sanders, mirando fijamente a Haskins desde las filas traseras.
Y a la línea dura que era su boca. Ahora lo veía claro.
Sanders no la estaba mirando a ella, sino al hombre a quien amaba.
¿Cómo no había podido verlo hasta entonces?
Era una prueba más de que siempre vemos lo que queremos ver.
—¿Te lo dijo él? —pregunté.
—Más que eso.
Ladeé la cabeza y le dejé explicarse.
—Ocurrió el año pasado, en una fiesta casera que organizó uno de montaje con motivo de la ceremonia de los Oscar.
Los dos habíamos bebido. Sin saber cómo, terminamos a solas en el ático.
Hacía una noche preciosa, aunque el frío era palpable.
Él me dejó su chaqueta y yo le sonreí. Supongo que me interpretó mal, o puede que no, yo qué sé.
El caso es que eso le dio pie a confesarlo todo.
Bueno, eso y el alcohol. Me dijo que estaba perdidamente enamorado de mí.
Yo le dije que esas bromas no tenían gracia y que estaba borracho.
Entonces Tom, mirándome con firmeza, me aseguró que sus sentimientos se remontaban a la época de la facultad. Luego… yo… lo besé.
—¿Lo besaste?
—Desconozco qué me empujó a hacerlo. Nunca había besado a un hombre, pero supongo que Tom me inspiraba confianza, y el hecho de que me dijera todas esas cosas bonitas, no sé… creo que despertó algo en mí. El caso es que me gustó.
—El alcohol puede confundirnos a veces —señalé.
—No fue por el alcohol —me contradijo—. Después de esa noche, volvimos a vernos muchas otras veces. Procurábamos hacerlo cuando nuestras mujeres no estuvieran en casa y los niños aún no hubieran salido del colegio, y entonces dábamos rienda suelta al deseo mutuo.
—Pero, Jeremy, ¿tú eres gay? Estás casado con Brenda.
—Sí, claro que lo soy. Siempre lo he sabido. —Se detuvo en mis ojos, que debían de parecer un poema—. No te atrevas a juzgarme, no sabes lo que es crecer en el seno de una familia conservadora de Indiana.
Alguna idea podía hacerme, el interior del país era famoso por su estricta tradición católica. Me llevé la mano al mentón. Aquello era muy fuerte.
—¿Vuestras respectivas mujeres llegaron a enterarse? —pregunté, más intrigado de lo que esperaba.
—No, nunca.
—Vale. Y, sin embargo, hiciste que lo despidieran más tarde.
Asintió con la cabeza.
—¿Por qué?
—Él se obsesionó conmigo, hasta le pidió el divorcio a su mujer.
—No me jodas.
—Creo que se confundió. O lo confundí. Me obligó a elegir: mi mujer o él.
Yo no quería dejar a Brenda. Tenía miedo de perder a los chicos, y además, joder, amo a mi mujer.
—Se detuvo en mis ojos. Los suyos estaban llorosos y temblorosos—.
Sé que suena raro, pero es así. Sentía deseos carnales con Tom, pero al mismo tiempo detestaba la idea de abandonar a mi familia. ¿Tan raro es?
—No lo sé, Jeremy.
—Así que elegí a Brenda. Le dije a Tom que no volveríamos a quedar a solas.
—Y no se lo tomó bien.
—Se lo tomó fatal. Desde ese día me esperaba en la puerta de casa, corriendo el riesgo de que Brenda lo viera y nos descubriera, y me abordaba por sorpresa cuando salía a correr por el vecindario.
Lo peor fueron los mensajes. Como no le respondía las llamadas, empezó a escribirme al móvil.
Lo hacía sin parar. La cosa fue cada vez a más, así que tomé una medida drástica: acudí al despacho de Evelyn Crowe y le enseñé todos los mensajes que Tom me había estado enviando.
Por supuesto, no le hablé de nuestra relación, simplemente informé del acoso que estaba recibiendo por parte de uno de los actores de la serie.
—Y Evelyn lo despidió.
Haskins asintió.
—Lo echó de inmediato.
En ese punto de la historia, ya empezaba a hacerme una idea de la fotografía completa. Con ánimo de ir al grano, expuse mi teoría:
—Entonces Sanders supo que lo habían echado por tu culpa y, a modo de venganza, amenazó con contarlo todo, así que tú te lo quitaste de en medio. ¿He acertado?
—No exactamente.
Exhalé un suspiro.
—Haskins, colega, no tenemos toda la noche. ¿Podrías no darme la información por fascículos? Esto no es una maldita serie de suspense.
—Ya estamos llegando al final —aseguró, su voz apenas un susurro—. Ocurrió hace unos meses. Tom ya no trabajaba en la serie. Esa noche, todos se habían marchado a casa. Nosotros cometimos el error de quedarnos en los camerinos.
Fui a interrumpirlo, pero siguió hablando.
—No contaba con que Tom aparecería por allí, aunque, dada su enfermiza obsesión, debí de haberlo imaginado. Así que nos pilló. Era la primera vez que lo hacíamos en el trabajo, pero así es la vida.
—¿Te refieres a Brenda y a ti?
—No, Brenda y yo llevábamos meses sin mantener relaciones sexuales. Yo había empezado una aventura con otro hombre.
Creo que tosí. ¿Otro hombre? Mi rostro debía de hablar por sí solo, porque ni siquiera tuve que verbalizar la pregunta. Haskins levantó la mirada, y en sus ojos encontré una mezcla de miedo y resignación.
—Ethan Pierce. —Sus palabras cayeron como un martillo en el silencio de la noche—. Estoy teniendo una aventura con el actor Ethan Pierce.
Abrí mucho los ojos. Ahí estaba la confesión. Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar, pero con cada respuesta surgían nuevas preguntas.