Pack Toni Galán (libros 1-3) 26
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Jeremy Haskins avanza rápidamente a través del salón, esquivando a los invitados que aún disfrutan de la fiesta sin ser conscientes del drama que se desarrolla a sus espaldas.

Lo sigo de cerca, mis ojos fijos en su figura mientras se abre paso entre los invitados y se dirige hacia la zona de los ascensores.

Estoy concentrado en no perderlo de vista cuando mi móvil vibra en el bolsillo interior de la chaqueta.

De inmediato, saco los auriculares inalámbricos para poder hablar con las manos desocupadas.

Uno de ellos se me resbala de la mano y rebota contra el suelo.

Cuando voy a recuperarlo, la punta de un zapato caro lo envía lejos.

Mi mirada lo sigue hasta que se pierde bajo una mesa de catering .

«Adiós a ese chisme», me digo, a la vez que introduzco su gemelo en mi oreja izquierda.

—Hada, te aseguro que no es buen momento —digo nada más responder la llamada.

—Te he enviado una foto —dice. Parece alterada. O excitada. En su caso, a veces, es difícil distinguir la diferencia—. Es importante.

Lo compruebo en la pantalla del móvil: en efecto, acaba de llegar un archivo. Lo abro. Es una fotografía de baja resolución, probablemente antigua. En el centro de la imagen se ve a un joven con una deslumbrante sonrisa y gran flequillo ondulado. Lleva un esmoquin negro y una corbata gris.

Sigo avanzando. Haskins está tomando el ascensor. Tengo que darme prisa.

—¿Qué es ese jaleo? —grita Hada.

—Sigo en la fiesta del Four Seasons.

—Vale. El de la foto es Jeremy Haskins en el día de su boda —explica.

—Sí, lo he reconocido. ¿Has encontrado algo en internet?

—Un poco —responde, restándose mérito.

Alzo las cejas. Cuando Hada admite haber investigado un poco sobre algo, es que se ha pasado el día con ello. No digo nada.

—Nació en un pueblo a setenta kilómetros de Indianápolis.

Tenía veintiséis años cuando se casó —explica—.

Era un joven muy apuesto y con un gran futuro por delante, todo un triunfador: capitán del equipo de baloncesto en el instituto, miembro del grupo de teatro, autor de varios documentales premiados, media de notable.

Ya te haces una idea. Por supuesto, se llevó a la reina de las animadoras.

Es la historia mil veces contada en las películas americanas, pero no por ello deja de ser cierto.

La mujer con vestido de novia que posa junto al joven Haskins podría pasar por una modelo de una campaña de novias felices.

Ni siquiera la baja resolución de la imagen esconde el brillo de sus ojos en el mejor día de su vida.

Aunque no llevara puesto el pomposo vestido blanco, pienso, daría esa sensación.

—¿Toni?

Me encuentro en la zona de los ascensores.

No hay ninguno disponible y Haskins ya ha volado.

Aparto un momento la vista de la fotografía para observar la pantalla que hay sobre el ascensor que ha tomado Haskins.

Los dígitos me revelan que está descendiendo.

«Quiere abandonar el hotel», vaticino, y decido bajar por las escaleras con la esperanza de darle alcance en el vestíbulo.

—¡Toni! —insiste Hada por el auricular.

—Lo siento. Vuelvo a estar contigo.

—¿Qué haces?

—Ahora mismo, bajar las escaleras mientras escucho la historia del día de la boda del tipo al que estoy siguiendo.

—¿Tú? ¿Teniendo las piernas como las tienes?

Mi amiga siempre haciendo gala de su gran tacto.

—Hago lo que puedo, Hada.

—Bien, atiende y no te tuerzas un tobillo, por favor.

—Soy todo oídos —digo entre jadeos.

—Ahora que ya conoces el contexto, mira esa segunda foto.

No tengo un segundo que perder, pero le hago caso y me detengo a regañadientes. Algo me dice que lo que Hada tiene es importante. Suele serlo.

El nuevo archivo que me acaba de llegar es una fotografía familiar, todos bien vestidos y llenos de alegría; la típica toma grupal que se hace en todas las bodas al terminar la ceremonia.

La instantánea fue tomada frente a una escalinata de cemento, al aire libre.

Algunos de los presentes llevan gafas de sol.

Las personas mayores y los niños posan en primera fila, mientras que los hombres se agrupan en las filas de detrás.

El primer rostro que he reconocido es el de Jeremy Haskins, de pie, junto a su recién nombrada esposa, en el medio de la imagen.

Enseguida me doy cuenta de que el retrato que Hada me ha enviado en primer lugar es un fragmento de esta misma foto, cortado y ampliado.

En la parte de atrás, por encima de esos rostros sonrientes, veo la fachada pedregosa de una iglesia.

—¿Ves al hombre de la pajarita de la última fila? El tercero empezando por la izquierda —me guía Hada.

Recorro la fotografía con la vista y encuentro al hombre de la pajarita. Al hacerlo, empiezo a entenderlo, a verlo todo. No digo nada y espero a que Hada me lo explique.

A medida que ella habla, siento un escalofrío subiéndome por el cuello. Hada desvela la identidad del hombre de la pajarita en el preciso instante en que termino de bajar las escaleras y accedo al vestíbulo.

Todavía conmocionado por la nueva información, veo a mi presa a lo lejos. Camina apresurado por la zona de recepción y se dirige hacia la salida del hotel.

Agradezco a Hada la información, me despido y voy tras él.

—¡Haskins! —grito, pero él no se detiene. Acelero el paso, forzando a mi cuerpo a moverse más rápido mientras mis pensamientos se arremolinan. No puedo dejar que se escape, no ahora que estamos tan cerca de la verdad.

Finalmente lo alcanzo en el aparcamiento, tras la puerta giratoria que da acceso al edificio. Lo agarro del brazo y lo giro para enfrentarlo.

—No puedes seguir huyendo eternamente —le advierto con la respiración agitada—. Tú lo sabes mejor que nadie. No finjas que no ves la problemática. O colaboras conmigo, o te las ves con la policía. Tú eliges.

Haskins me mira, su rostro pálido y sudoroso.

—No lo entiendes —dice con voz temblorosa—. Si se supiera, no solo perdería mi trabajo. ¡Lo perdería todo!

No se atreve a verbalizarlo siquiera, pero se está refiriendo a un ingreso en prisión.

—Escucha, Haskins —digo con un tono más suave pero no menos firme—. El chantajista no va a parar, y sabes que no puedes seguir viviendo así de manera constante. —Bajo la mirada hacia el sobre, que sigue arrugado entre sus manos—. Dime de una vez qué contiene.

Con un rápido movimiento, guarda el sobre dentro del bolsillo de su pantalón.

—No pienso decirte nada, es inútil. Y deja de seguirme o llamaré a seguridad.

—¡Adelante, hazlo! —exclamo—. Seguro que estarán encantados de escuchar la historia del hombre que mataste.

—¡Yo no maté a nadie!

—¿Ah, no? ¿Por qué iban a chantajearte entonces?

—Ya te lo he dicho. Le soy infiel a mi mujer.

Emito un bufido.

—Por favor…

—Quien te aseguró que me había oído decir que yo había matado a un hombre, te mintió. Yo jamás pronuncié esas palabras porque nunca he matado a nadie.

—Es verdad, no lo hiciste. —Se detiene en mis pupilas, está claro que no esperaba convencerme tan rápido. Como no quiero darle falsas esperanzas, le muestro la pantalla de mi móvil—. Supongo que reconoces esta foto. Pertenece al día de tu boda.

Quiero ver si la instantánea provoca alguna reacción en él. Y lo hace: Haskins se encoge como si fuera un vampiro en presencia de una cruz. Finalmente asiente. Por su expresión deduzco que, si no lo tuviera bien agarrado de la manga de su chaqueta, saldría corriendo.

—Este eres tú —lo señalo con el dedo en la fotografía—. Menudo pelazo, por cierto.

Traga saliva pero no dice nada.

Mi dedo se mueve un poco hacia la derecha.

—Tu mujer. Una belleza.

Sigue sin mediar palabra.

Ahora subo el dedo un poco, situándolo sobre el joven de la pajarita de la última fila. Pelo largo y oscuro, frondosas patillas. Es el único personaje de la foto que no sonríe. Su mirada forma una línea recta directamente hacia la coronilla de la recién casada, la señora Haskins.

—Y este que no le quita ojo a tu mujer, amigo mío, es el antiguo actor y víctima de supuesto suicidio, Tom Sanders.

Haskins levanta la mirada de la foto. Tiene el rostro contraído.

—Deberías perfeccionar tus dotes de investigador, Toni —dice.

—Sé que es Sanders —hago una mueca—, me he informado bien.

Él asiente. Sus pupilas titilan cuando finalmente me mira a los ojos.

—Es Tom, sí. Pero no la está mirando a ella. Me está mirando a mí.