Pack Toni Galán (libros 1-3) 25
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La puerta del baño se balancea suavemente tras de mí, aislándome del bullicio de la fiesta.

El silencio aquí es pesado, roto solo por el eco lejano de la música que se filtra a través de las paredes.

El lugar está impecablemente limpio, con mármol blanco y cromo brillante que refleja la luz artificial.

Haskins estaba sentado en la tapa del váter, luchando con manos temblorosas por abrir el sobre que le ha entregado Chaqueta Blanca, cuando yo he irrumpido y ha alzado la vista de golpe.

Cuando se encuentran con los míos, sus ojos son los de un ciervo deslumbrado por los faros de un coche en plena noche.

—Haskins, necesitamos hablar —digo con voz firme, mis palabras resonando con eco en las frías paredes—. Ahora.

Haskins mira a su alrededor como si buscara una salida, pero sabe que no tiene escapatoria. Por un instante, el pánico parece paralizarlo, pero luego intenta recomponerse. Sus manos, sin embargo, siguen temblando.

—No tenemos tiempo para juegos —insisto—. La gente está muriendo ahí afuera.

—¿Qué es lo que dice? —Por su mirada, no tiene la más remota idea de qué estoy hablando—. ¿Quién es usted?

Me presento dando mi nombre y mi trabajo dentro de la serie.

—Sí… Ahora que lo dice, me suena su cara de verlo por las oficinas —admite cuando termino, mientras me observa en conjunto—. ¿Y qué tengo yo que ver con esas muertes? —me increpa. Parece animarse con cada palabra, hasta que al final grita—: ¡Fuera de aquí!

No puedo evitar mostrar las palmas de mis manos para apaciguarlo. Está muy nervioso y a ninguno nos conviene que nos escuchen.

—Sé lo del material inédito que estás filtrando en secreto —confieso.

En un segundo, su expresión cambia. Veo cómo traga saliva, y casi puedo oír el glup . La piel rugosa de su cuello se mueve verticalmente como un pistón neumático.

—Haré lo que pueda para ayudarte —digo, colocando una mano en su hombro en un gesto de apoyo.

Él se aparta bruscamente. Tiembla ahora como un perro pulgoso.

—¿Qué hay en ese sobre, Haskins? —pregunto.

—No te incumbe.

—Es cierto, no me incumbe. Pero verás, a lo mejor me entran ganas de ir al despacho de Evelyn Crowe y contarle que su director de montaje lleva meses traicionándola. Puedo ir mañana a primera hora, ella es muy madrugadora. ¿Qué te parece? A lo mejor a ella sí que le incumbe.

—¡No puedes hacer eso! —me provoca con ira—. ¿Crees que no sé que acaban de despedirte? No se habla de otra cosa últimamente.

No sé cómo tomarme el comentario.

—Precisamente, tal vez Evelyn vuelva a contratarme, agradecida de mi fidelidad. Ya sabes cuánto le ponen a la jefa los pelotas y los chivatos. Entonces, igual empieza a hablarse de cierto material que el director de montaje ha estado filtrando.

Es un buen órdago, y tiene aún más efecto cuando amago con volverme y salir de aquí.

—¡Espera! —grita.

Me detengo en el acto y lo miro. De pronto, siento lástima por ese hombre, que ahora contiene el llanto como si hubiera tocado fondo.

Tiene el pelo más gris de lo que recordaba, la piel endurecida y los huesos de los pómulos marcados.

El hombre que tengo ante mí no hace mucho que atraviesa la cuarentena, y sin embargo, cualquiera podría confundirlo con un pensionista.

Sería un cliché decir que la culpa y el mal remordimiento hacen envejecer más rápidamente, pero hay clichés que dan en el clavo.

—Mira, no tiene sentido que lo ocultes aquí, conmigo. Sé lo que haces —digo, procurando adoptar un tono calmado y fraternal para apaciguarlo—. Y es evidente que te está superando.

Asiente.

—¿En qué lío te has metido para haber llegado a este límite, Haskins?

Él me mira, sus ojos desorbitados y su respiración entrecortada.

—No puedo… ellos… saben cosas sobre mí —admite finalmente, con lágrimas agolpadas en los ojos—. Si salen a la luz lo perderé todo. ¿Es que no lo comprendes?

Recuerdo las palabras de Chase respecto a la conversación privada que Haskins mantuvo con su chantajista cuando estos creían encontrarse a solas: «Yo no quería matarlo, fue un accidente».

Me acerco más, reduciendo la distancia entre nosotros hasta estar a solo unos centímetros. Quiero invadir su espacio vital, acorralarlo.

—Seré claro: necesito saber quién te está chantajeando. —Noto que mis palabras se van cargando de urgencia a medida que las pronuncio—. Tengo motivos para pensar que el material de la serie que le has estado filtrando está siendo utilizado para perpetrar los asesinatos.

Haskins vuelve a tragar saliva, su mirada clavada en el suelo.

—Hoy ese hombre ha estado aquí, me ha dado esto.

Enseña el sobre.

«Chaqueta Blanca».

—Lo sé. Os he visto. ¿Quién es? ¿Para quién trabaja?

—No conozco su nombre. Solo sé que es un periodista freelance y que tiene pruebas de cosas que, de hacerse públicas, arruinarían mi vida. —La frase se apaga en su boca como una cerilla.

¿Periodista freelance ? ¿Se trata del verdugo de las tres mujeres? ¿O tal vez un intermediario que solo está vendiéndole la información al asesino? Me digo que podría tener sentido. O podría no tenerlo en absoluto.

—Eso ya lo has dicho. ¿Qué tipo de pruebas? —insisto, tratando de mantener la calma mientras mi mente corre a mil por hora.

Haskins vacila. Cuento los segundos. Jeremy Haskins no es conocido por ser de los listos en la productora, a pesar de su puesto de gran responsabilidad.

Pese a su buen olfato para mezclar escenas, no es de los que tiene ideas brillantes ni sensacionales.

Por eso, el sentido común me dice que cuanto más largos son sus silencios, mayor es el atolladero en que se encuentra.

Tarda un buen rato en contestar. Sus manos estrujan el sobre como si fuera su única ancla en un mar enrabietado.

—Estoy teniendo una aventura con alguien de la productora —dice finalmente.

Mi corazón da un vuelco. No es lo que esperaba, aunque esta revelación añade una capa completamente nueva a la situación.

—Mientes —respondo, seguro de mis cartas, aunque mi lado curioso se muere por preguntar: «¿Con quién?».

Haskins se levanta, y por un instante, creo que va a propinarme un puñetazo.

—¿Estás llamándome mentiroso?

—¿Qué parte de la palabra mientes te ha planteado dudas, Haskins?

He decidido pasar a la ofensiva.

—Tengo mujer y dos hijas. ¿Por qué iba a admitir una infidelidad de no ser verdad?

Nos quedamos de pie, en silencio, un rato. Lo único que se oye es la música de fondo, muy baja. Un piano de cola.

—Conozco tu verdadero secreto —digo al fin—. Y es más grave que una infidelidad.

Espero un segundo. Dejo que se asiente el silencio. En muchos casos, el silencio hace que la gente caiga en las cosas evidentes. No es el caso de Jeremy Haskins.

—No sé de qué hablas.

Me digo que es hora de mostrar la jugada y revelar quién gana la partida. Trato de encontrar una manera delicada de decirlo, pero no se me ocurre ninguna.

—Sé que mataste a alguien.

Espero que palidezca, pero no lo hace.

—¿Cómo puedes… saberlo? —balbucea.

En lugar de palidecer, abre mucho los ojos y aprieta la mandíbula. Sus manos son dos puños que cuelgan.

Todo parece indicar un ataque físico. Me preparo para ello.

Estoy pensando en que sería mi segunda pelea en una semana, cuando sucede algo inesperado.

Afuera, el volumen del piano sube de repente, para, un segundo después, volver a bajar.

Alguien ha abierto la puerta del baño y está desahogándose en uno de los urinarios.

Haskins relaja sus músculos: ojos, mandíbula, puños.

Ya no estamos solos. Aprovechando la distracción, arranca de un salto, se desliza junto a la pared y abandona el baño rápidamente.

Yo maldigo por lo bajo y salgo tras él, con la mente vacía de todo cuanto no sea no perderlo de vista, pero también analizando lo que ha dicho.

Llego a una sencilla conclusión: está mintiendo.