Pack Toni Galán (libros 1-3) 24
19%

24

Dos días después de la emisión del tercer episodio. Hotel Four Seasons. Noche.

La noche, tan espléndida que parece una burla macabra, cae sobre el Four Seasons de Los Ángeles. Las luces de la ciudad brillan como estrellas atrapadas en el asfalto. Chase y yo llegamos juntos, con nuestras miradas entrelazadas en un entendimiento silencioso.

Entramos en el salón principal, un espacio vasto y opulento decorado con cintas doradas y flores blancas, mientras la banda de jazz toca una suave melodía.

La luz de los candelabros se refleja en el mármol pulido del suelo, y el murmullo constante de conversaciones animadas llena el aire.

Atravesamos el salón con paso firme, aunque por dentro me siento como un pez fuera del agua.

Mi esmoquin alquilado parece aún más incómodo en comparación con la seguridad que emana Chase, quien parece haber nacido para estos eventos de lujo.

—Relájate, Toni —me susurra, lanzándome una sonrisa cómplice—. Esta es solo una de esas noches en las que finges que eres uno de ellos, incluso si no lo sientes. Como decimos los americanos, Fake it until you make it (fíngelo hasta que no tengas que fingirlo).

Asiento, tratando de disimular mi nerviosismo mientras ajusto la pajarita.

Adiestrados camareros portadores de bandejas de champán y canapés se deslizan entre los invitados, y me esfuerzo por no parecer demasiado ansioso al aceptar una copa de cerveza sin alcohol de una de las bandejas.

El burbujeo del líquido ámbar me ofrece un mínimo consuelo.

El bullicio de la multitud nos envuelve, pero nuestros ojos están fijos en un objetivo: Jeremy Haskins.

Me doy cuenta de que la sala está repleta de figuras conocidas, celebridades y magnates de la industria.

Mi mirada se detiene brevemente en el actor, director y productor John Krasinski, quien conversa animadamente con un grupo de aduladores.

A pesar de la tensión de la noche, no puedo evitar sentir una punzada de admiración.

Es increíble que esté en la misma sala que John Krasinski, aunque supongo que es lógico.

Después de todo, él es el promotor de la fundación Make It Right , el motivo por el que estamos aquí.

—Mira, ahí está Krasinski —comenta Chase, señalando discretamente hacia una esquina de la sala—. Siempre recordaré con cariño su papel en The Office . Aunque es una pena que no lo acompañe Emily. Tengo entendido que esa mujer es la bomba.

Se refiere a su esposa, la actriz Emily Blunt. Asiento por dentro. Todos en Hollywood estamos enamorados de ella de alguna manera.

—Sí, ya veo —respondo, aunque mi atención está ya en otra parte.

Chase y yo seguimos moviéndonos con cuidado, manteniendo una conversación superficial con otros asistentes mientras buscamos a Haskins con la mirada.

Accedemos a la terraza descubierta del ático cuando nos cruzamos con una camarera atractiva, de grandes gafas de pasta, blusa abotonada hasta el cuello y falda ajustada, que lleva una bandeja con canapés de steak tartar .

Chase caza un canapé al pasar, se lo come de un solo bocado y le guiña un ojo a la chica.

Si yo hubiese hecho eso, habría logrado una mirada airada y me habría quedado sin canapés durante el resto de la noche, pero Chase consigue una carcajada espontánea y una enorme sonrisa que se prolonga tanto como tardamos en perderla de vista.

—Separémonos. Así lo encontraremos antes —propone Chase, y se mezcla entre la multitud como un mago.

Ahora que estoy a solas, deposito mi copa, casi sin probar, sobre una bandeja vacía que lleva uno de los camareros.

Me acerco al balcón y contemplo la ciudad desde las alturas.

A mis pies, Los Ángeles se extiende como un vasto tapiz de luces titilantes, un laberinto de avenidas que serpentean entre rascacielos relucientes y barrios sumidos en penumbra.

Las calles desde esta altura parecen venas luminosas, pulsando con la vida incesante de una ciudad que nunca duerme.

El aire nocturno, fresco y cargado de una energía palpable, lleva consigo el murmullo lejano del tráfico y el eco de risas y música.

En la distancia, las luces rojas y blancas de los coches se desplazan como enjambres de luciérnagas, y el resplandor dorado de las farolas ilumina las palmeras que bordean las avenidas, dando a la ciudad una apariencia casi etérea.

Frente a mis ojos, aferrándose a la ladera de la colina como si luchara por no caer, veo las famosas letras blancas de HOLLYWOOD.

Es curioso lo que ocurre con la mayoría de las cosas que idealizamos en nuestra mente.

Lo pensé cuando vi este cartel en persona por primera vez.

Es pequeño y se ve descuidado. Desde luego, mucho menos impresionante que la imagen que tenía en mi cabeza desde que lo veía en las películas cuando era niño.

Me vuelvo para seguir buscando a Haskins, pero es a Chase a quien encuentro. Está en un rincón, hablando con la camarera de antes. Sus labios se mueven sonrientes. Dice algo que parece sorprender a la mujer. Acto seguido ella suelta una sonora carcajada.

Mi nuevo socio está encantado de haberse conocido. Es uno de esos ejemplares con el don de atraer a las mujeres con poco esfuerzo. Yo, sin embargo, nunca he tenido esa cualidad. Ni por asomo. Odio decirlo, pero envidio a la gente así.

Finalmente encuentro a Jeremy Haskins entre la multitud.

Está en una esquina del salón, de pie junto a una de las paredes, mirando su copa de vino con una mezcla de inquietud y resignación.

Reconozco al director de montaje por su rostro huesudo, los ojos perspicaces y una boca de labios finos que parecen hechos para fruncirse.

El esmoquin le queda grande, a pesar de que seguramente sea de la talla inferior, pero es una sensación que ha transmitido siempre, ya sea con un traje caro o con las camisas de seda que suele lucir habitualmente en los estudios.

Da la impresión de que la primera corriente de aire se lo llevará volando.

Por su aspecto, es obvio que le gustaría estar en cualquier lugar menos allí.

Conversa con un hombre de semblante sombrío que va vestido con una chaqueta blanca sobre una camisa negra.

Un hortera de tomo y lomo. Tiene el pelo tan negro y engominado que casi parece azul, como el de Superman en los cómics.

Luce un bigotito como si hubiera sido dibujado a lápiz.

El aura de amenaza que exuda es imposible de ignorar.

—Ahí está Haskins —me susurra Chase, que de pronto vuelve a estar a mi lado, apenas moviendo los labios—. Parece que no le gustan mucho las multitudes.

—¿Y quién es el tipo que está con él? —respondo sin mirarlo, fingiendo interés en un cuadro cercano mientras aguzo el oído para captar fragmentos de la conversación entre los dos hombres.

—¿El bigotitos? Ese es el que nos interesa. Acerquémonos, a ver qué trama —murmura Chase, tomando un sorbo de su champán.

Nos movemos con sigilo y nos colocamos estratégicamente cerca de ellos, fingiendo examinar la obra de arte mientras escuchamos con los sentidos en máxima alerta.

Haskins no parece haberse dado cuenta de nuestra presencia, demasiado concentrado en la figura que tiene frente a él. Parece nervioso. Su mirada salta de un lado a otro, como un ratón atrapado en un laberinto.

Ya estamos lo bastante próximos para escuchar fragmentos de su conversación. Chaqueta Blanca le entrega un sobre. Puedo ver el temblor en las manos de Haskins mientras lo toma.

—Con esto bastará, ¿no? —dice el director de montaje.

No hay nadie más con él, así que concluyo que está hablando con Chaqueta Blanca.

—¿Bastará?

—Para satisfacerlos. Y dar por cerrado el acuerdo.

No tengo claro de qué habla Haskins, pero es evidente que en la voz de ese hombre hay miedo.

—Lo está usted haciendo bien, Haskins —responde Chaqueta Blanca con una sonrisa siniestra que hace que se me erice la piel.

—Eso no responde a mi pregunta. —La voz de Haskins es apenas un susurro tembloroso.

—Es todo cuanto puedo decirle.

La desesperación de Haskins es palpable, y el otro parece disfrutar con su sufrimiento.

En ese momento, Ethan Pierce, el actor principal de la serie, aparece entre la multitud.

«El que faltaba», pienso. Su presencia magnética captura la atención de todos a su alrededor.

Al ver a Haskins desde lejos con Chaqueta Blanca, su expresión cambia, y una tensión palpable llena el aire.

Ethan lanza una mirada fulminante al hombre de bigote antes de retirarse rápidamente, dejando a Haskins visiblemente perturbado.

—¿Has visto eso? —murmura Chase.

—Sí —respondo, mis ojos fijos en Jeremy Haskins. Algo en esa interacción ha encendido una chispa en mi mente, una conexión que aún no logro comprender del todo.

Tras el breve encuentro, Haskins y Chaqueta Blanca se separan. Haskins cruza el salón con paso apresurado. Veo que se dirige hacia el cuarto de baño. Aprieta el sobre contra su pecho como si fuera su salvavidas.

Chase y yo intercambiamos una mirada significativa. Él me toma discretamente por el brazo y me aleja a un sitio apartado antes de que seamos descubiertos.

—Esto es peor de lo que imaginábamos —digo.

—Voy a seguir a ese hombre tan misterioso —dice Chase—. Está claro que es el chantajista. Tú ve tras Haskins y trata de sacarle hasta las tripas. Y asegúrate de que no cometa ninguna estupidez.

—¿Lo seguirás en coche?

—Si es necesario, sí. ¿Por qué?

—Acuérdate de mantener cierta distancia y de apagar las luces de los faros.

—¿De verdad, Toni? No me había dado cuenta. Gracias por decírmelo. ¿Me permites que me lo apunte un momento? —Chase imita el movimiento de un bolígrafo con la mano y hace como que se escribe en la palma de la otra—. No-dar-las-luces-en-una-persecución-nocturna.

Suspiro, cansado de sus bromas sin gracia.

Él guarda el bolígrafo inexistente.

—Vale. Listos. Estaremos en contacto.

Me dedica un guiño de complicidad. Yo asiento mientras mantengo la vista fija en Haskins. Chase se aleja tras los pasos de Chaqueta Blanca, que ya ha tomado el ascensor hacia el vestíbulo.

Esperando que mi amigo consiga no perderlo, me dirijo al cuarto de baño, donde se ha encerrado mi objetivo. Entro con cautela. Está vacío. Uno de los cubículos individuales exhala una respiración acelerada.

—¿Haskins? —llamo en voz alta. Me lo imagino dando un respingo y girando bruscamente, su rostro pálido como la cera.

No contesta. Sin embargo, sé que está ahí, su fuerte respiración lo delata.

Empujo la puerta que nos separa, pero el pestillo está echado.

No hay tiempo que perder, me digo. Tomo una pequeña carrerilla para coger impulso, y arremeto con el hombro contra la madera. Esta cede.

Lo encuentro sentado sobre el váter inclinado sobre sus rodillas. Está tratando de abrir el sobre. Sus manos tiemblan descontroladas.

—Haskins. —Lo miro a los ojos, firme, mientras me recoloco la chaqueta del esmoquin.

—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —pregunta, su voz llena de pánico.

—Tenemos que hablar —es mi escueta respuesta.