Pack Toni Galán (libros 1-3) 23
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Día después de la emisión del tercer episodio. Interior de la iglesia. Tarde.

Antes del diagnóstico era creyente. No un devoto acérrimo, pero sí lo justo para temer la muerte, el perdón de los pecados y el juicio final.

Hasta me casé por la iglesia. Fue Patricia la que se empeñó, pero no tuve ningún problema con eso.

Cuando era niño y pensaba en el día de mi boda, siempre me veía recorriendo el pasillo central de una gran iglesia con mi madre colgada de mi brazo.

Fue al recibir los resultados de la primera resonancia cuando mi fe se quebró.

—Siéntate, Antonio.

La doctora abandonó el monitor, donde había estado repasando a conciencia las imágenes de mi cerebro, para mirarme a los ojos.

Se tomó unos segundos, durante los cuales entrelazó las manos encima de la mesa y se pasó la lengua por el interior de los dientes.

Podía notarse que estaba buscando las palabras adecuadas, aunque por experiencia sabía que estas no existían para un momento así.

—Tenemos que hacerte más pruebas para confirmar el diagnóstico, pero la resonancia es bastante reveladora.

Mencionó el nombre de la enfermedad. Dos palabras. Sonaban terroríficas. Sombras de tullidos empezaron a desfilar por delante de mis ojos. Sentí que palidecía. Cuando puedes notar que la sangre abandona tu piel, es que estás a punto de desmayarte.

—Es lo que te causó la ceguera transitoria, la parálisis en una pierna y los hormigueos —siguió hablando la doctora—. Lo siento mucho. Pero no te preocupes. Con la adecuada administración de medicamentos, podrás tener buena calidad de vida.

Eso fue lo que me dijo. Pocas veces en mi vida tan pocas palabras me hicieron tanto daño: «Lo siento mucho.

Pero no te preocupes. Con la adecuada administración de medicamentos, podrás tener buena calidad de vida».

No, hija de puta. Claro que me preocupo.

Cucaracha insensible, insecto lobotomizado, me preocupo.

¿Cómo no va a preocuparme? Solo deja de importarte cuando no tienes corazón.

Las palabras aterrizaron sobre mí como puñetazos. Ella hizo una pausa, quizás dándome tiempo a coger aire y recuperarme, pero yo no dije nada, así que siguió con la paliza.

Creo que habló de pronósticos. Dijo algo sobre lo mucho que habían evolucionado los tratamientos.

Mencionó la palabra desmielinización (me volvería a explicar lo que significaba en posteriores consultas) y habló de una punción lumbar para confirmar el diagnóstico.

Más tarde, en casa, Patricia, que me había acompañado a la consulta, me explicaría las recomendaciones médicas que me acompañarían desde entonces.

Yo, aturdido, vaticinando una versión de mí mismo sentado en una silla de ruedas, me aferré al clavo ardiendo. Otras dos palabras, estas más amables:

Vida normal.

En ese momento sonaba bien. Sonaba de cojones.

Así que, volviendo a Dios, nada más ver en la resonancia los puntos blancos esparcidos como azúcar glas en la imagen de un corte de mi cerebro, mi fe en él reventó como una pompa de jabón. Casi pude sentirlo físicamente.

Y sin embargo aquí estoy, en la iglesia. Acudo ocasionalmente, impulsado quizá por la necesidad de introspección. Me siento siempre en el mismo banco de la parte posterior, miro las espaldas y las nucas de los asistentes y hablo conmigo mismo.

He probado con las cafeterías, pero me recuerdan demasiado a mis tiempos de escritor, cuando me acomodaba a mi mesa de siempre, en la cafetería de siempre, en la calle Velázquez, y me sumergía en vidas paralelas, surgidas de mi alma, con el eco de los platos, conversaciones ajenas y el tintineo de la caja registradora como música ambiental.

Así que, por simple nostalgia, evito las cafeterías en soledad.

Prefiero sentarme en la iglesia, donde nadie me conoce, y practico mi ateísmo religioso.

No blasfemo, no llego tan lejos. Solo observo las esculturas, las imágenes en las vidrieras, la figura del niño Jesús, y pienso: no.

A veces, incluso agito la cabeza en señal de rechazo.

Si coincido con una misa, me dedico a negar con la cabeza cuando afirma el sacerdote.

Oremos . No.

El cuerpo de Cristo. Ni de coña.

En ocasiones, vencido por la modorra que provoca el rito, echo una cabezadita con discreción. Pero lo normal es que aproveche para meditar. Allí, rodeado de imágenes de apóstoles y seres de otra época, me brotan las ideas como cuando salía a correr, o como cuando Alfred y yo paseamos por la playa.

En parte, estoy aquí para aislarme del ruido. Hoy me basta con encender el televisor, más concretamente los programas de sucesos o los informativos, para sentirme furioso de nuevo.

Todo se reduce a la audiencia.

Hablemos de ello.

Con el paso de los días, los espectadores se han ido poniendo al corriente del drama que se está desarrollando de forma alarmante.

La experiencia es parecida a presenciar cómo se estrella un coche a cámara lenta.

Existe algo terrorífico y a la vez excitante en la desgracia de un semejante.

Uno se queda boquiabierto, se pregunta cómo terminará todo, casi deseando que la colisión tenga consecuencias fatales.

Las mujeres casadas siguen muriendo a nuestro alrededor.

El corazón de Los Ángeles se deshace como un puñado de hojas secas estrujadas.

Todos presencian lo que está ocurriendo a través de la prensa, ávidos de detalles escabrosos.

Y, digan lo que digan, quieren que el drama continúe.

Hay de todo entre los curiosos. Hoy, los noticieros nos bendecían con las imágenes de una horda de manifestantes que protestaban frente a las oficinas de la productora.

Portaban carteles que decían ¡ASESINOS! y otros más ingeniosos como ¡FICCIÓN SANGRIENTA, VIDAS REALES!

, y coreaban consignas. También había otros tantos policías, que los mantenían alejados de la puerta.

Mientras veía las imágenes, mi mente estaba en la ventana del tercer piso del edificio principal.

Apostaba a que Evelyn Crowe se encontraba tras el cristal, observando todo lo que había provocado.

Sin embargo, me costaba discernir si en sus ojos había miedo o avaricia desmedida.

A veces me imagino sus pupilas con la forma del signo del dólar.

Mi mente no logra alcanzar la calma. Desde que el asesino de novias ha entrado en mi vida, manifestándose en el mundo real, apenas he pegado ojo.

Siento el cerebro reseco y los nervios hechos trizas.

No dejo de pensar en los asesinatos. Los rostros de las víctimas se superponen a las caras inmutables de los santos.

Un dedo anular cercenado… un ramo de novia…

mi guion cobrando vida de la manera más macabra posible.

¿Quién podrá estar detrás? ¿Quién tendría acceso a mi trabajo antes de su emisión?

Las posibilidades giran en mi mente como un carrusel enloquecido.

Antes de que tenga ocasión de preguntar por qué, unas manos me tapan los ojos.

—¿Quién soy? —susurra una voz conocida junto a mi oreja—. Te daré un par de pistas: soy lista, guapa y lo mejor que te ha pasado en la vida.

—¡Caray! —exclamo, puede que a un volumen demasiado alto, pues varios rostros se vuelven hacia mí con mirada reprobatoria—. Antes de la última pista habría pensado que eras Hada García —añado, bajando la voz.

—¿Y con la pista?

—Si hubieses hablado en masculino y añadido «con desbordante talento y adorado por las mujeres», habría pensado que era yo.

Hada García exhala una carcajada muda y me propina un cariñoso puñetazo en el brazo.

—Eres idiota —dice, y me abraza con todas sus fuerzas—. He estado muy preocupada por ti.

—¿Cómo sabías que estaba aquí?

—He ido a tu casa. Dado que Alfred estaba solo, su cuenco vacío y es la primera vez que pasas la noche en un calabozo, he supuesto que la iglesia sería tu segunda opción, de modo que lo he sacado a dar un paseo y después he venido a buscarte.

Me conoce mejor que yo mismo. Y me asusta.

Nos sentamos juntos en el banco y, por un momento, ninguno de los dos hablamos; solo escuchamos el eco de nuestras respiraciones en el amplio espacio de la iglesia.

—Esto es bonito —dice.

—Ajá.

—Y aburrido —añade.

—Sí, condenadamente.

De inmediato, se gira hacia mí.

—¿Has hablado con Mia Clarke? —me pregunta, seguramente porque mi sonrisa melancólica me delata.

—Sí, esta mañana.

Hace una mueca.

—Y parecías paradito. Yo he hablado con Evelyn —dice, pasando inmediatamente a modo «trabajo»—. Le he sonsacado lo de esta mañana. Ya estoy enterada de tu descanso. —Abre comillas—. Lo siento mucho, Toni.

Apoya una mano en mi hombro. De alguna manera, me anima.

—Gracias —digo—. Yo he hablado con Chase Donovan.

Se endereza para mirarme con un frenético pestañeo que dice «¡Cuéntamelo todo!».

Yo le pongo al corriente.

—Así que Jeremy Haskins mató a alguien —dice Hada cuando termino.

—Eso es lo que Donovan asegura que oyó.

—Supongo que no habrás sido la primera persona a la que se lo cuenta.

—Lo dudo mucho. Pero ¿importa eso?

—No. —Se queda pensando, y al cabo de un momento, añade—: Deberíamos tirar de ese hilo. Si están coaccionando a Haskins para que extraiga los capítulos de la serie antes de su emisión, es muy posible que el asesino esté detrás de ello.

—No sé, Hada…

Me escudriña con gesto airado, como si estuviera pensando que no le gusta mi tono de voz.

—¿Qué pasa?

—Esto podría ser peligroso, estamos hablando de un asesino —digo, preocupado—. ¿Estás segura de que quieres seguir con esto?

—¡Anda ya! No me vengas con esas, que no eres mi madre.

—Como quieras —acepto, poco convencido; sé que es inútil tratar de disuadirla—. Pero no puedes decir nada, ni a Evelyn ni a nadie —la advierto con severidad en la mirada—. Haskins es nuestro único hilo, siguiendo con tu metáfora. Si lo perdemos, perderemos al chantajista.

—No te preocupes —promete, levantando una mano—. Estoy en tu equipo, no en el de Evelyn, ¿recuerdas?

—Estar en mi equipo podría hacer que pierdas el trabajo.

—Eso no va a pasar. Oye, puedo tratar de conseguirte una entrada para esa fiesta de mañana.

—No es necesario. Donovan tiene dos entradas. Iremos juntos y abordaremos a Haskins. Lo zarandearemos hasta que lo suelte todo.

—Dime, ¿estás orgulloso de mí por no haber insistido en preguntar de qué conoces a Mia? —sonríe.

—Eres la discreción personificada.

—Bueno, ¿y qué te ha dicho?

—¿Mia?

—No, su baboso bulldog francés.

Me sorprende que Hada conozca a Rita. Aunque no debería. ¿Hay algo de lo que ocurra entre las paredes de la productora que Hada desconozca?

—No hemos hablado de nada especial. Solo de nuestras cosas —digo, evitando profundizar.

Esquivo la mirada de Hada con rapidez. Ella tiene el don de percibir demasiados matices, y no quiero que me vea el rubor en los ojos.

Entonces empiezo a contarle el terrible suceso que tuvo Mia con su ex, no sin antes hacerle prometer que no difundirá la historia.

Mia me mataría si llegara a enterarse de que voy pregonando su drama personal por ahí.

Pero confío en Hada. Como he dicho antes, es de las pocas personas en quien lo hago. Y está en mi barco.

Ella se limita a menear la cabeza, abrir mucho los ojos y llevarse la mano a la boca.

—No me lo puedo creer. ¿En qué mundo vivimos?

—En uno en el que matan a mujeres casadas solamente por el placer de replicar la trama de una serie de ficción.

Hada suspira.

—¿Puedo decirte algo?

—Claro.

—No sé cómo decirlo con delicadeza.

—La delicadeza no es lo tuyo, Hada.

—Cierto, así que allá va: creo que Mia Clarke no te conviene.

La miro y se me escapa. Otra vez esa mirada. Me arden las mejillas. ¿Desde cuándo tengo ocho años y he vuelto al colegio?

No sé cómo tomarme el comentario.

—¿A qué viene eso?

—Sabes muy bien a qué viene. Tienes problemas para conectar y establecer relaciones íntimas, Toni, eso no es ningún secreto.

No hace falta ser terapeuta para ver que aún sigue abierta la herida que te dejó Patricia.

Así que ándate con cuidado. Mia es una diosa en un mundo de estrellas y supernovas.

—No puedo evitar que mi sonrisa se agrande—.

Espero que no vaya a explotar delante de tu cara.

—Descuida, ha sido un desayuno, nada más.

—Te conozco, Toni. Solo he visto ese brillo en tus ojos cuando hablas de Patricia, aunque asegures que la has olvidado.

Patricia. Ese nombre, dicho en voz alta, y por Hada, sigue haciendo que el mundo quede petrificado como los bustos de esos apóstoles.

—Gracias, Hada. —La miro, pero ella no me está mirando—. Te agradezco que te preocupes por mí. Pero soy mayorcito, puedo cuidar de mí mismo.

—Bien. ¿Qué más tienes?

Por cambiar de tema, le hablo de la autopsia de Barbara Cole, y de que, en base a los resultados de esta, Cole tuvo que ser asesinada un día antes de la emisión del capítulo en el que se basó dicho crimen.

—Lo que demuestra que el asesino no es un simple espectador de la serie, sino que conocía el argumento antes de la emisión del capítulo —observa.

No digo nada y asiento.

—Partiendo de esa base, parece evidente que el asesino de novias es alguien relacionado con la serie. —Se frota los brazos enérgicamente—. Brrrr, me ha dado un escalofrío.

—¿Tienes alguna apuesta personal?

—Podría ser Haskins. O su chantajista. —Se humedece los labios—. Podría ser Chase Donovan.

—Donovan no es —señalo.

—Todavía no puedo creerme que se tirara a la mujer de Quincy Jones.

—Y yo no puedo creer que sucediera sin que tú te dieras cuenta —bromeo.

Hada se lleva una mano a la frente.

—¡Estoy perdiendo facultades!

— ¡Pst!

Una señora encorvada, con gafas y de pelo muy gris y rizado, como si llevara puestos unos rulos transparentes, nos abronca con la mirada desde dos filas más adelante. Es la segunda vez que lo hace. Estamos hablando demasiado alto.

Miro hacia el portón de la iglesia, a nuestras espaldas.

—¿Nos vamos? Empiezo a cansarme de este sitio. Y no es lugar para hablar de crímenes y actos de adulterio.

—¿Qué vas a hacer ahora? —me pregunta Hada, poniéndose de pie.

—Buscar un traje de alquiler, esperar a que llegue la fiesta de mañana y lamerme las heridas, supongo.

—Venga, te invito a un smoothie .

—Qué atrevida.

—Y una pizza. ¡Tiremos la casa por la ventana!

Aún tengo el pollo de esta tarde danzando dentro de mi estómago, pero acepto la oferta. La compañía de Hada es mucho más seductora que mi plan original.

Abandonamos la iglesia. Dejo que Hada salga primero. Yo me tomo un segundo para volverme tembloroso hacia el niño Jesús, con la responsabilidad recorriéndome como una oleada.

Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.