Pack Toni Galán (libros 1-3) 22 #2
18%

22 #2

—No, qué va. Cuando tu cara apareció ayer en la tele, confirmé lo que ya sospechaba: que no eras director de cine, ni te llamabas Blake Harrison.

Esta mañana me puse en contacto con las oficinas de la productora.

Hada respondió la llamada, fue agradable volver a escuchar esa preciosa voz latina.

Al principio, ella también pensaba que llamaba en busca de guerra después de nuestro encuentro en el bar, pero al final conseguí convencerla de que mis intenciones eran legítimas.

Si tú no te hubieras plantado en mi casa esta mañana, yo lo habría hecho en la tuya un poco más tarde.

—¿Y cuáles son?

—¿El qué?

—Tus legítimas intenciones.

—Tengo información que podría ayudar a atrapar al asesino.

—¿Y por qué no lo has atrapado ya?

—No estoy dispuesto a mancharme las manos de sangre. Pero veo que tú sí. Te entiendo, este asunto te está jodiendo la vida.

—Vaya, gracias.

—De nada.

—Vale, ¿y qué es lo que sabes?

Chase Donovan se sume en sus pensamientos con un silencio tan inexpresivo y tan prolongado que empiezo a impacientarme. Me estoy preguntando si no se estará quedando conmigo cuando, finalmente, vuelve la vista.

—Apunta otro nombre: Jeremy Haskins.

—Haskins… Me suena.

—Es el director de montaje de la serie, uno de esos frikis que se pasan la vida encerrados en salas oscuras rodeados de ordenadores y equipos. Hace años lo nominaron a un Oscar, pero está de capa caída.

—¿Qué pasa con él? ¿Crees que puede ser sospechoso?

—De matar a las chicas, no. Dicen que el pobre hombre no es capaz de levantarle la mano ni a su perro.

Saca un paquete arrugado de tabaco de sus shorts deportivos y hurga en él hasta extraer un cigarrillo.

—¿Quieres uno?

Lo rechazo con la cabeza.

—Me sorprende que fumes —digo—. Tienes aspecto de cuidarte hasta el extremo.

—El malo siempre fuma. —Al parecer, Chase no sabe hablar sin sarcasmo.

—Bueno, sigue hablando sobre Haskins —digo.

—Haskins anda metido en un juego bastante sucio. Sé de buena tinta que está compartiendo información confidencial sobre varias series de la productora.

—¿Compartiéndola con el autor de los asesinatos?

Expulsa el humo.

—Tal vez.

—¿Quieres decir que el verdadero asesino podría no ser de dentro de la productora, sino alguien que está manipulando todo desde fuera?

Chase asiente con expresión severa.

Yo lo observo con recelo. Algo no me encaja.

—¿Y tú cómo sabes eso?

—Porque los oí. A Haskins y al chantajista. Hablaban de copias y de material confidencial. También de grabaciones inéditas de capítulos. Haskins juró que eran las que se emitirían semanas después.

—Entonces, ¿viste al chantajista? ¡Podría ser el asesino!

—He dicho que los oí, no que los vi.

Siento cómo se me baja el subidón de golpe.

—¿Qué dijeron exactamente?

—Era tarde, a última hora. Yo era el único que seguía allí. Se pensaban que me había ido, que estaban solos. —Chase mira hacia los lados y baja la voz—. ¿Puedo confesarte la verdad, Toni?

—Eso estaría bien, Chase.

—Me había quedado dormido en el baño.

—¿Cómo?

—Sí, en un cubículo de esos, sentado en…

—Me hago una idea —lo detengo.

—El caso es que la noche anterior había salido y ese día tenía una resaca de tres pares de narices.

No sé qué me pasó, nunca me había quedado dormido en el trabajo, pero sucedió.

Cuando me desperté, el baño estaba completamente a oscuras.

Eran las doce de la noche. Me subí los pantalones y salí.

Como te he dicho, estaba todo a oscuras, así que busqué la salida a tientas.

Me preocupaba que los de seguridad hubieran cerrado las puertas, quedarme encerrado. ¿Me sigues?

—Te sigo. Sigue tú.

—Pues llego al aparcamiento. Y entonces oigo voces. Dos hombres.

—Haskins y el chantajista.

Me chasquea dos dedos en la cara.

—Muy avispado.

—Gracias.

—Percibo que están discutiendo. Me acerco un poco para oírlos mejor.

Oigo a Haskins que dice: «Esto tiene que terminar, el trato está más que cumplido».

Está borracho. Se lo noto en la voz. Haskins nunca bebe, es soso como él solo, pero ahora va arrastrando la lengua.

Y no para de decir: «¿Te das cuenta del daño que podría hacernos?

No te imaginas lo que pasaría si se entera alguien».

—¿Y qué dijo el chantajista?

—Que no se preocupara, que tenían un acuerdo. Pero Haskins no dejaba de insistir.

—¿De verdad dijo «hacernos»?

—Completamente.

—¿A quién crees que se refería?

—A Haskins y al chantajista.

—Puede. Y también cabe la posibilidad de que se refiriera a él y a un tercer implicado.

—Hum… podría ser.

—¿Por qué haría Haskins algo así? —pregunto.

—Solo se me ocurren dos motivos: por dinero o por miedo.

Al ver que Chase no sigue, digo:

—Vale, picaré el anzuelo. ¿Miedo a qué?

—Esto que estoy a punto de contarte es muy fuerte.

—Vamos, suéltalo, no puedes parar ahora.

Vuelve a mirar a su alrededor. Se acerca un poco a mí y baja aún más la voz:

—Haskins dijo entonces: «Yo no quería matarlo, fue un accidente».

—No me jodas. ¿En serio dijo eso?

—Repetidas veces, como que me llamo Chase.

—¿Jeremy Haskins es un asesino?

—No lo sé, no lo conozco lo suficiente. Pero está claro que alguien murió por su culpa.

—Joder.

—Lo que sí sé es que, mañana, la fundación Make It Right da una fiesta en el Four Seasons por el aniversario de su inauguración. Haskins estará allí, lo he comprobado. Rodeado de la flor y nata del mundo del espectáculo. Es la ocasión perfecta para tantearlo.

—No estoy invitado.

—Puedo conseguir dos invitaciones, no te preocupes por eso. Alguna ventaja tiene que tener ser actor, además de poder seducir a las mujeres de los directores.

Me cruzo de brazos y finjo que me lo pienso un milisegundo.

—¿Por qué lo haces, Chase?

—¿El qué?

—Ayudarme.

—Soy un justiciero sin remedio —dice con una sonrisa—. Pero no se lo digas a nadie. He tardado años en convencer a la academia de que soy un cínico, pasota y egoísta, no quiero que tanto esfuerzo se quede en nada.

—Y ahora, ¿me dices la verdad?

Vuelve a sonreír.

—La verdad es que llevo un tiempo sin rumbo, y la perspectiva de atrapar a ese tipo me resulta excitante.

Además, no me gusta la idea de vivir en una ciudad en la que las mujeres se quedan en casa por miedo a ser asesinadas.

Un tiburón no puede comer si los bancos de peces no salen a nadar, no sé si me entiendes.

—Eres todo un caballero.

—Sí que lo soy —replica—. Y hablando de nadar, me están entrando ganas de darme un baño.

Nada más decirlo, se ha puesto de pie y se ha quitado la camiseta, las zapatillas y los calcetines, quedándose solo con los pantalones deportivos.

—¿Te apuntas? —Arroja la colilla a medio consumir al interior de una papelera que hay a un par de metros—. ¡Canastón!

Miro al mar y después a él. No está bromeando.

—¿Qué? ¿Bañarme ahora? ¡No!

—Como quieras —dice, encogiéndose de hombros, y sale corriendo hacia el agua, chapoteando al llegar a la orilla como haría un niño o un perro.

Me quedo observándolo, la sabrosa reminiscencia de las especias en mi boca, con dos pensamientos revoloteando en mi mente:

Uno, si de verdad puedo fiarme de ese tipo.

Y dos, que necesito un traje para la fiesta de mañana.