22
Día después de la emisión del tercer episodio. Calles de Los Ángeles. Día.
—¿No vas a ducharte? —le grito a Chase Donovan mientras le doy alcance, esperando que mi tono casual disimule el temblor en mi voz.
Chase se gira de nuevo. Una media sonrisa juega en sus labios mientras observa mi vacilación.
—¿Tanto apesto? —se ríe.
Señalo su ropa deportiva, con manchas de sudor en torno a las axilas.
—No te dejarán entrar así en ningún restaurante.
—¿Quién ha dicho que vayamos a uno?
—¿Entonces? ¿Adónde?
—¿Sonaría demasiado melodramático si respondiera «en busca de la verdad»?
—Desde luego.
—Pues entonces la respuesta es que te llevo a un callejón sin salida, una trampa mortal. Una vez allí te rebanaré el cuello y te cortaré el dedo anular, no sin antes dejar la melodía de un vals nupcial flotando en el ambiente —replica con sarcasmo.
Me detengo, cansado de su ácido sentido del humor.
—¿A qué juegas, Donovan? No tiene gracia.
—Discrepo en eso.
Bajamos unas escaleras por un pasillo tan estrecho que no alcanza la luz. Agotado, le sigo. Empiezo a preguntarme si el día de hoy tendrá fin, y eso que acaba de empezar.
—Por aquí —ordena, sin dejar de avanzar.
—Siempre me ha gustado seguir órdenes de desconocidos —ironizo en voz baja.
Su mirada tiene ese brillo travieso de quien conoce todos los trucos de un juego, pero decide jugar una carta más. Me lanza una nueva provocación:
—Ese es el espíritu, Harrison. Hoy el curry, mañana el mundo —se ríe, una carcajada franca.
—No me llames así.
—Claro, Toni, solo bromeaba.
Zigzagueamos por calles secundarias y estrechos callejones que se retuercen bajo la sombra de edificios altos y antiguos.
La travesía se torna aún más exigente cuando el asfalto da paso a tramos de rampas desgastadas, descendiendo hacia niveles más bajos de la ciudad, donde los sonidos del tráfico se atenúan y el aire lleva un tinte ligeramente salado.
Sin previo aviso, la urbanidad se abre hacia un panorama amplio, sorprendentemente hermoso… y familiar.
—Estamos en la playa —digo, asombrado.
—¿No hay quien te engañe, eh, Galán? —se burla Chase—.
¿Qué te ha dado la pista? ¿La arena o el mar?
—La vista del vasto océano frente a nosotros llega como un golpe.
La playa de Santa Mónica bulle de actividad.
Veo varios deportivos aparcados junto al paseo, a la sombra de las palmeras.
Hombres y mujeres en bañador van y vienen en mitad de su sesión de running o sobre bicicletas de alquiler; cuerpos perfectos y bronceados que parecen salidos de una teleserie de los años noventa.
También hay canchas de baloncesto delimitadas por vallas, con suelos de hormigón y redes de cadena en las canastas.
Los jugadores, la mayoría, de nuevo, sin camiseta, llevan consigo su propio hilo musical, a ritmo de rap, escupido por estéreos portátiles.
Más allá, una joven pasea a siete perros al mismo tiempo que mira su teléfono móvil y contonea las caderas.
Si vuelvo la cabeza, un ejército de jubilados juega al ajedrez bajo una lona que los protege del sol.
Definitivamente, hay gente en Los Ángeles que ha aprendido a vivir muy bien.
—Venga, sígueme. Tengo hambre —me apremia Chase.
—¿Hambre?
Chase me conduce a una caravana decorada con todos los colores del arcoíris, ante la cual hay una pequeña multitud haciendo cola. El sentido del olfato me lo revela antes incluso que la vista: es un food truck de comida india.
—La fila no es casual —me explica Chase cuando nos situamos al final de la línea—. En este cacharro con ruedas sirven el mejor pollo de la ciudad, te lo digo yo.
Y así es como acabaré comiendo pollo tandoori al aire libre con el que aún es mi principal sospechoso. Una nueva dosis de surrealismo para el día de hoy.
Completamos el pedido con una ración de arroz basmati para compartir y dos botellas de agua fría, y nos sentamos sobre el muro de piedra que da a la playa.
—Bueno, Toni, espero que el pollo no esté demasiado picante para ti —dice al cabo de un rato, buscándome.
—Los he probado más fuertes, descuida.
—Mejor, porque lo que me dispongo a contarte es pura dinamita —sonríe sin dejar de masticar.
—¿Por fin vas a contarme por qué te despidieron?
—Es justo lo que tengo pensado hacer.
—¿Sin trucos?
—Sin trucos, hombre. Jamás habría dicho que los españoles erais tan desconfiados.
—Lo somos cuando escapan de nosotros en plena noche y nos acusan de asesinato.
—A mí que me registren —levanta ambas manos—, al menos de lo segundo. No soy yo quien utilizó una identidad falsa.
De pronto, se echa a reír.
—¿De qué te ríes?
—¿Has visto la serie Castle ? —me pregunta.
—Por supuesto.
—Tú eres como Richard Castle. —Se cruza de brazos—.
Un escritor de éxito moviéndote en un mundo que no conoces.
Además eres alto, guapo, bastante ingenioso…
—Se detiene un segundo para observarme con detenimiento—, aunque no tan guapo como Nathan Fillion.
Ese cabrón me ha birlado a más de una chica.
—Si yo soy Richard Castle, supongo que eso te convierte a ti en Kate Beckett.
—Prefiero verme como Mike Lowrey —me sigue la broma.
—¿Lowrey?
Chase se mete un gran pedazo de pollo en la boca y trincha otro con el tenedor de plástico. Pone cara de que está delicioso, y debo admitir que ciertamente lo está.
—El agente de narcóticos que interpretó Will Smith en Bad Boys — responde.
Pongo los ojos en blanco. Me acuerdo de esa peli.
—Sí, ya, y yo soy Rihanna.
—Te sigues pareciendo más a Fillion. —Sonríe.
El aroma a especias pronto se extiende a nuestro alrededor. Inspiro profundamente y vuelvo a hablar.
—¿Vas a contarme tu historia o esperas al postre?
—Me acosté con la Gran Mujer —suelta de súbito.
Me cuesta pillarlo.
—La Gran Mujer… El Gran Homb… ¿Te acostaste con la esposa de Quincy Jones?
—Resulta que no solo tengo un gusto excepcional para la comida. —La sonrisa tímida de Chase hace que parezca casi un niño—. El director no se puso muy contento cuando se enteró.
—¿Os pilló con las manos en la masa, o ella confesó?
—Nos pilló.
—¿Dónde?
—En el set de rodaje. El decorado del colegio que montaron para el capítulo piloto. En el aula de quinto. Siempre he querido tirarme a una maestra.
Le sostengo la mirada un momento y me gusta lo que veo. Compruebo que asoma un amago de sonrisa en su boca. Un punto de desdeñosa chulería.
—Sabes que la mujer de Jones no es maestra, ¿verdad?
Se acentúa su sonrisa.
—En mi cabeza lo era. Además, también soñaba con tirarme a la mujer de un director. Fue un dos por uno. Y Quincy Jones me cayó mal desde el primer minuto. Ella no lo merece, es una buena mujer.
Le reprocho lo que hizo, no por Jones, por quien no guardo ningún afecto especial, sino por la estupidez de jugarse un buen papel como el que tenía en la serie, arriesgar su carrera de actor, por un revolcón.
—Hay revolcones por los que merece la pena morir. —Levanta el tenedor, y por un momento pienso que quiere que lo choque con el mío—. Y la señora Jones ocupa un lugar privilegiado en ese ranking.
—Insisto en que fue una estupidez.
—La vida no se acaba en el mundo del cine, Toni. Además, hay crímenes peores —se justifica Chase con una carcajada—. Por ejemplo, tu gusto a la hora de elegir la ropa.
Me miro con ceño. Llevo puestos unos vaqueros por encima de unas deportivas Adidas, y una camiseta que dice: SIN SPOILERS, POR FAVOR.
—¿Qué le pasa a mi ropa?
Agita la cabeza y añade:
—Guionistas…
Bajo la mirada para ver que, mientras yo le daba un sermón, Chase ha dejado el plato vacío.
—¿Te has comido todo el arroz?
—Creía que ya estabas saciado. —Se encoge de hombros—. Puedo pedir más, si quieres.
—Déjalo. ¿Por qué no me contaste lo de tu aventura con la señora Jones la otra noche, en el bar?
Parpadea varias veces seguidas, como si se hubiera tragado una mosca que ahora empieza a rebelarse dentro de su boca.
—¿Estás loco? El Gilmore está atestado de actores y gente del mundillo.
—¿Nadie más lo sabe?
Menea la cabeza.
—Solo Evelyn Crowe, cuando Jones acudió a su despacho a pedir mi despido.
Y el propio Jones, evidentemente. La hombría del director se había puesto en entredicho, pero su reputación aún podía ser salvada.
Así que me despacharon, no sin antes amenazarme con hacerme desaparecer si se corría la voz de lo sucedido.
La zorra de Evelyn puede ser muy concienzuda cuando se trata de ocultar un trapo sucio.
«Y que lo digas —pienso—. Si Hada no sabe nada de esto, es que no lo sabe nadie».
—Puedes estar tranquilo conmigo, soy una tumba —prometo.
—Gracias. ¿Decepcionado?
—¿Por qué lo dices?
—Porque yo era tu gran sospechoso. ¿De verdad creías que me había puesto a matar a mujeres casadas solo porque me habían despedido? Con las veces que me han echado de un sitio en mi vida, ahora Los Ángeles estaría llena de viudos.
—Eres el único que podía tener motivos para joder a Evelyn —digo—. Tú, y ese tal Tom Sanders, a quien también despidieron sin motivo aparente.
—Ah, Tom. Se tiró por un acantilado.
—Lo sé.
Chase Dandy Donovan —de repente me viene a la mente el apodo, pero reprimo el impulso de pronunciarlo— endurece su rostro de pronto.
Sus ojos reflejan cansancio; no por hacer deporte o dormir mal, sino de otro tipo.
La seguridad de la que ha hecho gala desde que me ha visto en su puerta ha desaparecido, y rápidamente entiendo que las bromas se han terminado.
Por primera vez, tengo la impresión de que me está examinando a fondo.
No soy capaz de adivinar lo que pasa por su cabeza, pero siento que una sombra se cierne a nuestro alrededor.
—¿Puedo confiar en ti, Toni?
—¿Por qué?
—Hada García dice que eres de fiar. Pero quiero oírtelo decir a ti. ¿Puedo confiar en que lo que hablemos no saldrá de aquí?
—Un momento. ¿Has hablado con Hada? ¿Te ha llamado ella?
«Joder, Hada, te mato».