20 #4
—Mira la parte buena.
—¿Qué es?
—No llegaste a casarte con ese chalado.
—Chalado, estupendo eufemismo —bufa, y después anuncia—: Y hay algo más.
Me revuelvo en mi silla y espero.
Ella apoya los codos sobre la mesa, traga saliva y se humedece los labios con la lengua antes de hablar.
—Te he dicho que no he sabido nada de él desde que entró en la cárcel, pero no tuve más remedio que cruzármelo por el pasillo durante los juicios previos a su ingreso.
Solía llevar una cazadora o americana, pero un día hacía demasiado calor.
Cierta mañana llevaba puesta una camisa de manga corta, y lo recuerdo bien porque pude ver algo que me heló la sangre.
—¿Qué viste?
—En el interior de la muñeca se había hecho un tatuaje. Él nunca llevaba tatuajes, por eso me llamó la atención. ¿Sabes qué tatuaje era?
—Sorpréndeme.
—Una fecha.
Al ver que no continúa, pregunto:
—¿Qué fecha, Mia?
—El veintiuno de marzo de 2018. La fecha en que sucedió todo. Era como si conmemorara el día que casi terminó con mi vida.
Una ráfaga de viento empuja el pequeño florero que decora la mesa. El impacto de este sobre el cristal me rescata del hechizo que el relato de Mia ha provocado en mí.
Nos quedamos conversando un rato más. Una sensación de intimidad empieza a embargarme; me cuesta trabajo respirar cuando la miro.
Cierro los ojos un instante. Me doy cuenta de que, en realidad, no está sucediendo nada.
Si existe alguna clase de atracción, se trata simplemente del clásico caso de «síndrome de compasión hacia la damisela afligida», y no hay sentimiento menos políticamente correcto, por no decir primitivo, que ése.
Tal vez ella está teniendo la misma extraña sensación, porque de repente se endereza, como si saliera de un sueño profundo, y se excusa para ausentarse.
—Tengo que ir al servicio. ¿Te ocupas de Rita un minuto?
La bulldog me mira altiva y con la lengua fuera. «Ni se te ocurra tocarme, humano», parece decir.
—No te preocupes.
Una vez a solas, me quedo pensando en que Mia no ha indagado en mi enfermedad, a pesar de que le he dado pie a ello. No me ha hecho una sola pregunta al respecto, ni siquiera para compartir similitudes con la situación de su hijo. Aún no tengo claro si me gusta o me decepciona que no lo haya hecho.
También pienso en la historia de Mia. Resulta sorprendente cómo puede cambiar tu impresión sobre alguien cuando conoces una mínima parte de su pasado. Claro que, cuando esa mínima parte es tan catártica como la tragedia de Mia con su expareja, el cambio de parecer se antoja inevitable.
Sobre la mesa, junto al florero, Mia se ha dejado el bolso.
Es uno de esos pequeños, como los que se usan en las bodas más como elemento estético que otra cosa.
No es mi intención curiosear, pero observo que se ha dejado la cremallera abierta.
Me inclino hacia delante, algo muy sutil, esperando ver lo típico que suele encontrarse en los bolsos de las mujeres coquetas que se dejan ver por Beverly Hills: pintalabios, rímel, un pequeño frasco de perfume para emergencias…
ese tipo de cosas. Pero no veo nada de eso.
El bote de plástico con reflejos naranjas no parece de perfume, precisamente.
Solo tengo que alargar el brazo un segundo para confirmar mis sospechas.
Me siento sucio, como si estuviera revolviendo en el cajón de su ropa interior, pero la curiosidad me puede.
Finalmente veo que son dos, y no uno, los frascos dentro del bolso.
Somníferos y antidepresivos, más en concreto.
Vuelvo a dejarlos en su sitio justo cuando Mia aparece por la puerta del local con un plato de macarons y esbozando una sonrisa radiante. Tras ella viene el camarero de antes. En la bandeja lleva dos copas de champán y una botella como la de los dos ancianos de la mesa de al lado.
—Envidiosa caprichosa —le digo cuando vuelve a sentarse.
—Brindemos por nuestro encuentro, Toni. —El camarero ha terminado de llenar las copas y ella le da las gracias—. Me ha encantado conversar contigo.
—No bebo —digo, y me pregunto si mi negativa la conducirá a preguntar esta vez. Entonces yo me vería obligado a explicarle los detalles del tratamiento y a contarle cómo fueron los primeros síntomas y brotes, y la conversación se alargaría, como mínimo, media hora más.
Pero no lo hace. Simplemente me coloca una copa en la mano y hace que brindemos.
—Un sorbito, aunque sea.
Brindo con ella. La miro a los ojos mientras bebo.
Seguramente no debo hacerlo, pero por un sorbo no va a llegar la sangre al río.
El líquido frío brota en mi boca como una sinfonía de burbujas efervescentes, cada una danzando sobre mi paladar, dejando tras de sí un rastro de elegancia que se extiende por todos mis sentidos.
Está delicioso, un brebaje como nunca había probado antes.
Pasa el tiempo sin que ninguno de los dos nos percatemos. La terraza comienza a vaciarse, pero nos quedamos conversando un rato más.
—¿Volverás a trabajar en la serie? —me pregunta de pronto.
—Quién sabe, depende de cómo acabe todo esto.
—Aún está pendiente la segunda temporada.
—La cual, teniendo en cuenta los abrumadores niveles de audiencia de los primeros capítulos, parece obvio que va a confirmarse.
—Es increíble que unos terribles asesinatos estén provocando un interés tan inmenso en los espectadores —dice con un deje de lástima, a pesar del cual, me parece oír el eco de Evelyn Crowe en sus palabras—. ¿Quién crees que está detrás de todo esto?
—No lo sé. —Me llevo a la boca un macaron, su sabor no me apasiona—. ¿Te suena el nombre de Chase Donovan?
Una luz intermitente se enciende detrás de sus ojos mientras coge un macaron y muerde una pizca. Parece un pajarito.
—Sí, por supuesto que me suena. Es un bruto. Lo echaron al poco de que empezáramos a grabar. No sé muy bien por qué motivo.
—¿Tenía enemigos en la productora?
—Todos éramos sus enemigos y al mismo tiempo su familia. Era ese tipo de persona, no sé si me explico.
—Más o menos.
—¿Por qué lo preguntas? ¿La policía sospecha de él?
—La policía no, pero yo sí.
Detiene la masticación, puede que hasta esté conteniendo el aliento.
—No me digas que estás investigando por tu cuenta —dice—. ¿Es que eres una especie de Sherlock Holmes?
—Pienso dar con el asesino de novias, Mia.
—Escritores… —La palabra, en los labios de ella, tiene el tono de una blasfemia—. Eso de escribir os afecta la cabeza. Estáis todos locos. Jamás conocí a un escritor cuerdo.
—¿Alguna información sobre Donovan que debería conocer?
—No. ¿Por qué me lo preguntas?
—El otro día coincidí con él en el Gilmore. Estuvimos hablando mientras él jugaba al billar. Te vi en la barra —digo, y me quedo mirando atento su reacción.
No percibo ninguna alteración inusual. Pero ella es una gran actriz, claro, así que no puedo sacar conclusiones al respecto.
—Me gusta ese sitio y el dueño es mi primo —dice—. Espero que no estés interrogándome, Toni.
—Diría que todo este rato hemos estado interrogándonos —contesto, seco.
Ignorando la provocación, Mia mira la hora en su fino reloj de pulsera.
—Debo irme —dice.
—Yo también. —Me pongo en pie.
—Quizá podríamos volver a vernos. —Vuelve a ponerse las gafas, haciendo su expresión más firme.
—Seguro que sí —respondo.
Me tiende su tarjeta y yo la acepto con la duda, pero también el deseo, del chico que prueba el alcohol por primera vez.
Más tarde, mi amiga Hada me dedicará una mueca ambigua al verme.
Yo le preguntaré a qué se debe esa cara, y ella me dirá, no sin cierto resentimiento, que llevo puesta esa sonrisa de melancolía que ponía al principio, cuando le hablaba de Patricia.
Mujeres.
El apretón de manos de Mia es firme y enérgico, algo poco usual en las mujeres de su estatus. Me acerca hacia ella. Desprende un olor casi imperceptible a jabón. Respiro hondo y ella inclina la cabeza hacia la mía, tanto que pienso que va a darme un beso en la mejilla. Mi corazón late con fuerza.
Y entonces, en un tono tan bajo que me hace dudar de que de verdad haya hablado, Mia Clarke susurra:
—Ten cuidado, Toni. Cada paso en esta ciudad forma parte de un guion, así que acepta este consejo: si vas a seguir con esto, será mejor que aprendas a leer entre líneas.