20 #3
Levanto la vista para mirarla. Lo fácil sería decir que tiene el pasado escrito en la cara, que aquella situación la cambió no solo por dentro, sino también por fuera.
Pero nunca me ha convencido esa forma de pensar.
No creo que los ojos sean el espejo del alma, como se dice.
He visto auténticos cabrones con los ojos amables y hermosos.
He visto personas íntegras que tienen una expresión totalmente vacía.
He oído a otros escritores asegurar: «Supe que mi agente era un tipo honesto en cuanto me estrechó la mano y me miró a los ojos, esas cosas se notan» días antes de que los estafaran, porque todo eso solo son memeces.
Seguramente lo que ellos vieron en sus ojos no era honestidad, sino el brillo del dinero fácil.
—Debió de ser un infierno —es lo único que acierto a decir.
—Las semanas que siguieron fueron un calvario de operaciones y terapias, sí.
Se hace el silencio.
—Vamos, no sientas lástima por mí. Eres tú el que acaba de salir del calabozo, ¿recuerdas? —bromea, aunque su expresión me dice que solo quiere romper a llorar.
—¿Qué pasó con él?
—Al ver aparecer a nuestro vecino, el muy cobarde escapó. La policía lo pilló unas horas más tarde y fue condenado a siete años de cárcel.
Parece irradiar infelicidad, como si se tratara de una fiebre extrema.
Ella levanta la vista y sonríe. Una sonrisa que me embriaga y que incluso podría llegar a partirme el corazón.
Me sorprendo deseando inclinarme y abrazarla.
Me domina un impulso casi incontrolable de estrecharla contra mi cuerpo y sentir la caricia de su cabello de fuego en la cara.
Trato de recordar la última vez que experimenté semejante sensación por una mujer que no fuese Patricia. No se me ocurre ninguna respuesta.
—Háblame de ti —me pide de súbito—. De tu vida.
El cambio de tema me pilla desprevenido.
—Mi vida es muy aburrida —respondo, sacudiendo la cabeza.
—Lo dudo mucho —replica ella en tono jocoso—. Vamos, me distraerá.
Vuelvo a menear la cabeza.
—Sé que te convertiste en un escritor reconocido en España —añade—.
Sé que sufres de una complicada enfermedad crónica.
Sé que estuviste casado y que no salió bien.
Y que, tras un exitoso intento de triunfar como guionista lejos de casa, has acabado siendo acusado de ser cómplice de un triple asesinato.
—Hace una breve pausa que en cualquier otra mujer parecería ensayada—.
¿Quieres llenar tú los espacios en blanco?
—Lo has resumido bastante bien.
—¡Venga, hombre! Te acabo de contar el episodio más terrible de mi vida. ¡Dame tú algo, no seas egoísta!
—Está bien, pregunta lo que quieras —digo complaciente con una sonrisa contenida. Me doy cuenta de que estoy a gusto en su compañía.
—¿Hay actualmente una señora Galán?
—La hubo durante un tiempo. Creo que ha sido uno de los puntos de tu lista. Pero eso se acabó hace años.
—¿Estabas enamorado?
—Mucho. Te habría caído bien.
—¿Por qué?
—Porque las dos hacéis preguntas incómodas. —Sonrío más.
—¿Qué buscas ahora?
—¿Que qué busco?
—En la vida. ¿Cuál es tu sueño?
—Lo preguntas en broma, ¿verdad?
—Solo voy al grano —repone Mia mirándome a los ojos—. Sé sincero conmigo, Toni; ¿qué es lo que más deseas en el mundo?
De nuevo, noto que me sonrojo.
—Quiero volver a casarme —le contesto, sin saber muy bien cómo han llegado esas palabras a mi boca—. Y quiero mudarme a las afueras y vivir tranquilo, escribiendo. Formar una familia, supongo.
Observo que ella no me estudia solo los ojos, sino también la boca. Y a veces también las manos. Cuando termino de hablar, se echa hacia atrás en la silla, como dándose por satisfecha. Sonríe.
—Eso está muy bien.
—Es humilde —digo.
—No todos estamos hechos para llevar una vida humilde —señala ella—, aunque la tranquilidad y la sencillez sean lo que en el fondo todos deseemos.
Asiento.
—¿Cómo te dio por escribir? —me pregunta.
Es algo que ya me preguntó una mujer en cierta ocasión, hace no mucho.
Siempre son ellas quienes se interesan por esa clase de cosas.
«Por qué lo haces —dijo—. Por qué es tan importante para ti contar historias que no existen para que otros las lean.
Y no me digas que es por dinero, porque sé que no es por eso».
En efecto, cualquiera que sepa caminar y respirar al mismo tiempo sabe que escribir por dinero es una estupidez.
La pregunta había surgido en una habitación del hotel Rhea Silvia de Roma, desayunando frente a la ventana abierta sobre la Piazza Navona, tras una noche en la que yo buscaba llenar el vacío que había dejado Patricia tras el divorcio, y ella, bueno, supongo que ella solo quería divertirse.
Ninguno de los dos habíamos dormido. «¿Por qué?
», insistió ella mientras me desnudaba con la mirada por encima de su humeante taza de café.
La brisa primaveral jugaba con las cortinas de lino blanco; las sábanas, que permanecían deshechas, se retorcían sobre el colchón como la piel de un sharpei .
Contemplé sus ojos, aún con rastros del maquillaje del día anterior, de una oscuridad abismal —aquella mujer era una estudiante italiana, intelectual y sensual como eran las chicas de mis mejores sueños—; recorrí con la mirada sus largas y aceitunadas piernas que asomaban bajo el albornoz blanco entreabierto; me perdí en el nacimiento de unos senos pequeños pero firmes.
Tras un silencio, resumí la respuesta en pocas palabras: «No quiero vivir solo una vida —dije—.
La fiesta es corta y terminará pronto. Así que no estoy dispuesto a conformarme con el madrileño miope y aficionado a los libros que sufre lesiones cerebrales.
Escribo para convertirme en esos personajes que van por ahí pisando el mundo, en lugar de que el mundo me pise a mí.
Quiero al poli retirado. A la adolescente rebelde y también a la madre de familia.
Quiero a la inspectora de policía con poco don de gentes, al asesino despiadado que no sabe que lo es, al abuelo gruñón y al niño perspicaz que tiene como mejor amigo a un pastor alemán.
Los quiero a todos. Y no pienso renunciar a ellos».
—Es lo que mejor sé hacer —respondo a Mia finalmente.
—Venga ya. —No le complace mi respuesta.
«A ver si así», pienso, y me lanzo a hablar:
—Tengo el cerebro lesionado, Mia, y a veces me cuesta enfocar la mirada e incluso caminar.
Necesito un entrenador personal y tres sesiones de deporte intenso a la semana porque no puedo correr el riesgo de tener una musculatura débil.
Poseo fuerza en los brazos, pero a veces también en ellos sufro hormigueos, lo cual es un fastidio.
Por no hablar de las migrañas que me visitan de vez en cuando, de repente y sin avisar.
Nunca podré confiar en mi cuerpo y nadie me garantiza que no siga perdiendo capacidades cognitivas en el futuro.
Además, es probable que muera antes de lo que debería.
Si hubiera nacido en un país pobre o un entorno desfavorable, seguramente ahora estaría en silla de ruedas.
Si no lo estoy, es únicamente porque una vez al mes me inyectan un fármaco en las venas que cuesta una pasta que no muchos se pueden permitir.
Pero soy un escritor reconocido internacionalmente, y eso se lo debo a la literatura.
—Veo que ella quiere intervenir, pero no se lo permito—.
Tengo una idea bastante precisa de cuáles son mis puntos fuertes y mis puntos débiles.
Mi mejor arma y mi punto más débil están ambos en el cerebro.
Evelyn Crowe tiene el don para los negocios; tú, la capacidad de convertirte en la mujer que quieras; y yo tengo mi imaginación…
Pero la imaginación hay que trabajarla, igual que un atleta ha de entrenarse a diario.
—Me doy un golpecito en la sien con el dedo—. Esa es la razón por la que escribo.
—Tengo que leer alguno de tus libros —concluye ella.
—No están publicados en inglés.
—Me defiendo bastante bien con el español —responde en un castellano más que aceptable.
Ladeo la cabeza. Esta mujer es una caja de sorpresas.
—Yo también escribí un libro una vez —confiesa. Capto un rubor en sus mejillas—. Hasta lo publicaron.
—¿De verdad? —Me hago el sorprendido, porque ya lo sabía.
—No te preguntaré si lo has leído. Te daría vergüenza no haberlo hecho y yo me avergonzaría de que lo hubieras hecho.
—A medida que habla, su semblante marmóreo se va animando, y un fulgor de claridad envuelve sus ojos verdes—.
Así que, por favor, no lo leas. Es una porquería.
Fue una artimaña editorial para aprovechar mi tirón como actriz y celebridad.
Dice la verdad, el libro es terrible. Es un batiburrillo de tramas inconexas que explora las relaciones sociales en el París de los años 40. Un bodrio.
—Eres demasiado guapa para ser escritora.
Una vez más, mis labios actuando por libre.
Ella me dedica una mirada cargada de escepticismo.
—Y tú demasiado listo para creer que voy a caer en tus halagos. —Vuelve a sonreír; el gesto acentúa las arrugas de las comisuras de los labios y los ojos. «Es humana», me digo.
—Volviendo al tema, ¿te resultó duro regresar después del parón? —pregunto, evitando caminos tentadores pero peligrosos.
—¿Lo dices por lo que representaba volver a actuar o por tener que superar el miedo al qué dirán?
—Por las dos cosas.
Mia respira hondo, parece meditar la respuesta.
—He estado mucho tiempo en terapia —contesta al cabo de un rato—.
Me sentía terriblemente débil y frágil en aquella época.
Pero echaba de menos la actuación. No tienes idea de cuánto.
Recuperé el caché en un par de años. En cuanto a mi ex, no quise saber de él desde que se celebró el juicio.
Para mí no existe. Fue una recomendación de mi psiquiatra.
Sé que salió hace no mucho con una orden de alejamiento, por buena conducta y esas chorradas, según dijeron.
Pero no he vuelto a verlo. Todavía tengo pesadillas.