Pack Toni Galán (libros 1-3) 20 #2
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—Estuve viendo a varios terapeutas, algunos de los más prestigiosos del país.

—Mira, no hace falta que hablemos de ello, siento haber preguntado —digo, porque no quiero afectarla más de lo que está, pero ella ya ha tomado la decisión.

—Lo que dicen sobre mí no es cierto.

—¿Qué dicen? —pregunto, aunque creo saber a qué se refiere.

—Que soy una presumida que se pasa el día con los maquilladores porque no soporto ver mi cara al natural.

—En un arranque de rebeldía, se quita las gafas de sol, mostrándose tal y como es, sin pizca de maquillaje, y se limpia los ojos.

A pesar de que los tiene algo hinchados y ribeteados en rojo, podría presentarse a un certamen de belleza y quedar en buen lugar—.

¿Te parece que tengo motivos para esconder mi cara?

—En absoluto.

Deja caer las gafas sobre la mesa y pasa a quitarse el pañuelo del cuello.

Cuando se desata los dos primeros botones de la blusa y puedo ver el tirante negro de su sostén, noto que me sube la temperatura.

Sin embargo, me enfrío nuevamente cuando me fijo en la piel de su pecho…

—mientras la recorro con la mirada y voy ascendiendo, ella se aparta la melena— y de su cuello.

No es una piel hermosa. Es un mapa de cicatrices endurecidas y pálidas, tejido de relieves irregulares que se entrecruzan en un intrincado patrón cuya textura se asemeja a un pergamino grueso y rugoso.

Aquí y allá, pequeños puntos brillantes reflejan un tenue brillo bajo la luz, señales de las intervenciones quirúrgicas que buscaron sanar pero que también dejaron su firma indeleble.

No me permite mirar más de lo necesario y vuelve a ocultar sus complejos.

—Por eso prácticamente vivo en la sala de maquillaje —dice.

—Para ocultar tus quemaduras al público.

—A mí me da igual, hace tiempo que dejó de importarme lo que los demás opinan de mí. Pero ¿Evelyn Crowe? —El brillo de los ojos de Mia se convierte en una llamarada—. Ella jamás permitiría que la protagonista de su gran serie tuviera marcas en la piel, ¡faltaría más!

—Por eso sales en todas tus escenas con jerséis de cuello alto y pañuelos —digo, recordando que yo no escribí nada de eso en el guion.

—Exactamente. Si fuera por Evelyn, la mitad de mis tomas serían de desnudos. —En sus pupilas solo encuentro el más profundo desprecio—. Ya sabes, por la audiencia. Pero, lamentablemente para ella, no soy como esas otras actrices bellas y perfectas.

—Por favor, Mia. Sigues siendo una belleza —digo, y noto que me sonrojo en el acto.

—Ahora ya conoces mi gran secreto. —Oigo el quiebro de su voz y siento el impulso de consolarla—. Procura que esa bruja no se entere de que lo sabes, o nos la cargaremos los dos.

Permanecemos callados un rato. Un hombre y una mujer de avanzada edad que lucen toda una colección de joyas (un Rolex de oro él; anillos, pulseras y un precioso colgante del mismo material ella) se abren paso hacia la mesa de al lado.

Piden al camarero una botella de Dom Pérignon y dos copas de champagne.

Segundos después, el camarero vuelve y llena sus copas hasta la mitad.

El líquido burbujeante combina a la perfección con las joyas de los dos ancianos.

También con sus brillantes miradas antes de brindar, dar un generoso sorbo, y besarse juguetonamente en los labios.

«No sé si es el amor o el dinero lo que da la felicidad —pienso—, pero lo que consigue la combinación de ambas debe de parecerse muchísimo».

—¿Puedo preguntar cómo te lo hiciste? —tanteo, mirando hacia el cuello de Mia. De inmediato deseo poder retirar la pregunta, pero es demasiado tarde.

Ella observa fijamente a algún punto por encima de mi hombro.

—Era una tarde tranquila, aunque en mi mente había una tormenta —se arranca al fin—. Él y yo íbamos a casarnos.

—¿Él?

—Mi prometido. Era un hombre ejemplar, maravilloso.

Yo no podía creerme mi suerte. Todas las mujeres iban locas a por él, pero lo nuestro era de otra liga, fuegos artificiales.

Era guapísimo. Yo no podía dejar de mirarlo.

Y un caballero, de los que quedan pocos.

—Hace una pausa para evaluar mi reacción a su comentario.

Intento no regalarle nada—. Nos dio muy fuerte.

En aquella época yo hacía mis pinitos en sitcoms y ganaba bastante dinero.

Él iba teniendo trabajo como entrenador personal entre las mujeres de clase alta.

—En mi cabeza empieza a desfilar la entradilla de Mujeres desesperadas, aunque entre las protagonistas solo recuerdo a Eva Longoria—.

No digo que fuera perfecto. Los hombres exitosos, tan conscientes del deseo que transmiten, tienen un punto de locura.

Viene con el paquete, supongo. Pero en aquel momento me pareció tan excitante… y él era un volcán en la cama.

Me obligo a apartar la mirada hacia Rita, porque noto que me estoy sonrojando.

—Estábamos enamorados, teníamos dinero, la ciudad era nuestra, no teníamos responsabilidades…

Mia enciende un nuevo cigarrillo y da una calada con cuidado, como si el filtro fuera frágil y valioso. Los labios le tiemblan al expulsar el humo.

—Y daba gusto verlo con Duke, ¿sabes? —prosigue—.

Mi hijo lo adoraba. Realmente llegué a verlo como el sustituto perfecto de su padre, así que, cuando me pidió matrimonio, le dije que sí y mil veces sí.

Gran error. Con lo bien que estábamos antes de oficializarlo.

Su comportamiento conmigo empezó a cambiar.

—¿En qué sentido?

—Bueno, lo que yo interpretaba como cierta excentricidad y algún cambio de humor…

se convirtió más bien en comportamiento agresivo y bipolaridad, o algo así.

Fue a raíz de que yo dejara la tele y me pasara al cine.

Él empezó a tener celos, supongo que porque mi popularidad creció mucho.

Yo venía de rodar y me hacía un millón de preguntas: que si se te ha acercado algún hombre, que si alguno ha flirteado contigo, venga, dímelo, no voy a enfadarme, alguien tiene que haber flirteado contigo, algún actor, tal vez ese director de fotografía, les has sonreído tú primero, les has dado pie, por qué vienes tan tarde…

Los bulos de la prensa tampoco ayudaban, te puedes figurar.

—¿Te pegaba?

—Al principio solo eran gritos y discusiones.

Y alguna que otra amenaza, pero no le di mayor importancia.

Un día me levantó la mano, y yo se la aparté.

Al día siguiente, me provocó para que discutiéramos, y entonces sí que me cruzó la cara.

Estaba deseándolo. Le devolví la bofetada y él me fulminó con la mirada, pero la cosa quedó ahí.

Mia Clarke se detiene.

—¿Qué pasó entonces? —pregunto.

Ella aplasta el cigarrillo recién prendido contra el cenicero y yo me pregunto si estará viendo a su ex reflejado en él.

—Como veía que no iba a poder dominarme, empezó a tomarla con Duke.

—Valiente cabrón.

—Un día llegué a casa y vi que Duke tenía un moratón en el brazo. Se había caído, dijo mi ex. —Cierra los ojos con fuerza y luego los aprieta—. Otro día fue una herida en la pierna. El niño no controla bien su cuerpo, dijo él.

Mia frunce los labios y se lleva una mano a la boca.

—Es muy duro hablar de ello.

—¿Quieres que te pida un vaso de agua?

—No, quiero acabar con esto. Esta historia no la he contado nunca. A nadie. Tendría que haber hecho algo más, supongo. Tendría que haberlo visto antes, o…

Vuelve a pararse, y por un momento me temo que no vaya a seguir.

—Empecé a preocuparme por la salud de Duke.

Así que un día no fui a trabajar. Cogí el coche, pero me quedé en el barrio.

No sé muy bien por qué. Esa mañana tenía la sensación de que algo iba especialmente mal.

O quizá fuera una premonición, no lo sé.

Volví una hora después de irme. No me esperaba.

Oía los llantos desde fuera. Mi hijo estaba llorando.

Corrí al interior. Mi ex estaba en el jardín, haciendo yoga.

Duke estaba arriba, en su habitación. Atravesaba un ataque de nervios y yo no conseguía que me contara lo que había pasado.

Y eso fue la gota que colmó el vaso. Como te he dicho, mi hijo no es fácil.

—Mia parpadea para quitarse una lágrima—.

Pero desde entonces, Duke estuvo… —Busca la palabra adecuada— huidizo, eso es.

Estaba huidizo con mi ex, como si le tuviera miedo.

Mi pequeño requiere de un ambiente lleno de amor y paciencia, no de gritos y amenazas.

Cierra los ojos otra vez.

—Así que un día miré a mi prometido a los ojos y le dije que lo nuestro había acabado.

—Y no se lo tomó bien —deduzco.

—Dicen que el diablo está en los detalles. La culpa fue mía, tenía que haber pensado en los detalles antes de hacerlo enfadar.

Bebo un sorbo de mi café.

—¿Qué quieres decir?

Ella desvía la mirada. Me parece advertir una expresión de dolor agudo en su rostro.

—Estábamos en la cocina cuando reuní el coraje de decírselo. Nos preparábamos para cenar, y las patatas chisporroteaban en la freidora con el aceite hirviendo.

—Dios mío.

—Reaccionó de manera instantánea. Su rostro se transformó por la ira, y antes de que yo pudiera reaccionar, tomó la freidora y me arrojó el aceite.

El dolor era indescriptible, una tortura que consumía mi piel, como si me arañaran por debajo de la piel con un millón de alfileres.

Recuerdo gritar mientras me envolvía en una neblina de agonía.

Afortunadamente, nuestro vecino, que estaba en casa, llamó a los servicios de emergencia.

Desperté en el hospital cubierta de vendajes y con un dolor insoportable.

Más tarde me dijeron que, si Duke, mi pequeño héroe, no hubiera salido corriendo a aporrear la puerta del vecino, ese cabrón miserable me habría matado. Aun así, estuvo a punto de hacerlo.