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Día después de la emisión del tercer episodio. Terraza del Silk Road Café. Día.
Mia Clarke es de esas personas que conducen rápido aunque no tengan prisa. Parece decidida a hacerme vomitar la triste cena del calabozo, a base de arroz y pollo, que ahora tiembla en la boca de mi estómago.
—Esta es Rita —me dice cuando me fijo en que lleva a un bulldog francés sobre su regazo, saltándose a la torera, de paso, una norma básica de la seguridad vial. La perra me mira con ojos saltones y suspira como si se sintiera decepcionada.
Yo me aferro al cinturón de seguridad mientras veo pasar frente a mis ojos las boutiques de lujo de Rodeo Drive, como joyas en un escaparate deslumbrante, donde las últimas colecciones de alta costura prometen exclusividad y elegancia. Estamos en el corazón del lujo y el glamour.
El deportivo se desliza hasta detenerse suavemente en la esquina de una calle lateral, a pocos pasos de nuestro destino.
La luz del sol se filtra a través de las palmeras que adornan la acera, añadiendo un brillo natural a la atmósfera de opulencia que solo Beverly Hills puede ofrecer.
Frente a nosotros, el Silk Road Café nos espera con sus mesas elegantes dispuestas en la terraza al aire libre, ofreciendo una vista privilegiada del desfile constante de compradores adinerados y turistas con sus cámaras preparadas.
Un camarero vestido impecablemente nos recibe con una sonrisa discreta que revela que no es la primera vez de Mia allí.
Nos guía hacia una mesa libre en la esquina de la terraza.
Es un oasis de calma en pleno centro urbano, el lugar perfecto para conversar sin ser molestados, rodeados de exuberantes plantas y sombrillas que brindan un refugio acogedor del vibrante bullicio urbano.
Cuando Mia toma asiento, lo hace como si estuviera haciéndole un favor a alguien. Es la sensación que transmite en todo lo que hace. Pedimos dos cafés y charlamos un rato de cosas insustanciales. Ninguno de los dos mencionamos la serie ni los asesinatos.
Mia me habla entre sorbo y sorbo de café, pero yo estoy demasiado ocupado observándola como para escucharla.
A pesar del pañuelo de la cabeza, el viaje en descapotable ha hecho que la melena caoba le caiga despeinada hasta más allá del cuello, el cual protege con un segundo pañuelo, este de seda azul claro.
El suyo es un rostro habitual en carteles publicitarios y portadas de revistas pero, observándola de cerca, es inevitable que uno se fije en su gran frente despejada; lejos de resultar un defecto, impresión que seguramente daría en cualquier otra mujer, en ella suma un simpático toque femenino de distinción.
Las gafas de sol son grandes, pero no impiden que entrevea una sospechosa sombra rojiza alrededor de sus ojos.
La nariz también presenta el aspecto de haber sido frotada por un exceso de pañuelos de papel.
Es una actriz nata, me digo al contemplarla hablar.
Una mujer que, por más llena de vida que pueda estar sentada a la mesa de esa terraza, se muestra sin duda el doble de viva sobre el escenario.
Depende del público, la clásica mujer que solo alcanza su máxima cota bajo la complaciente luz de la admiración.
«Lo que necesita esa niña es un buen correctivo», dijo Quincy Jones sobre la actriz. Ahora, teniéndola cerca, no me imagino a nadie menos corregible.
—¿A ti qué te parece? —pregunta Mia, trayéndome de vuelta a la conversación. Sobre su cabeza flota el humo de su cigarrillo.
Yo no tengo la más remota idea de qué está hablando, así que contesto:
—Estoy contigo.
—Me parece horrible que te hayan despedido.
—«Así que está con eso, cómo no», pienso.
Los dedos con los que Mia sujeta el cigarrillo muestran uñas largas y cuidadosamente pintadas.
Durante un segundo, una luz de placer desbordante cruza por sus ojos de personaje de cómic—.
Como si tú tuvieses alguna responsabilidad en los asesinatos de esas pobres mujeres.
—Me han ofrecido un descanso, no me han despedido —repongo.
—Eso cuéntaselo a los periodistas. Olvidas que a mí también me paga la bruja de Evelyn Crowe.
—Una pasta, según tengo entendido.
Ambos sonreímos. La sonrisa de ella es la primera en apagarse.
—No puedo quejarme. —Echa el humo a un lado y aplasta la colilla en el cenicero.
Luego alza la vista y me mira fijamente.
Es una de esas mujeres que convierten el acto de escuchar atentamente en una forma de arte.
El otro día, en el set de rodaje, Mia era todo energía y movimiento.
Ahora esa energía es como un láser concentrado que me apunta directamente.
Atiende a cada palabra que sale de mi boca con un nivel de complicidad e intensidad que parece palpable—.
Das la impresión de ser un hombre sensible, Toni.
Y no estoy segura de que eso te beneficie en absoluto.
—Sensible es mi segundo nombre.
Se agacha y el bulldog corre a sus brazos.
—Estás engordando, cielo.
La perra resopla.
—Perdona si soy algo brusco —digo—, pero no he tenido un día demasiado bueno, como sabes, y apenas he pegado ojo. Así que, ¿vamos a ser claros de una vez?
Mia sacude la cabeza, fingiendo sorpresa. Sus pendientes de aro tintinean suavemente.
—No sé de qué hablas.
—Me recoges en tu coche, me traes a este sitio, charlamos como dos amigos cuando nunca antes te habías dirigido a mí, finges complicidad… ¿Qué pasa aquí?
—¿Por qué tiene que pasar algo? ¿No puedo invitar a desayunar a mi guionista que lo está pasando mal?
—Dime la verdad.
—Está bien. —Me muestra su perfecta dentadura, y yo me siento como flotando en una de sus películas—. El otro día salvaste a mi hijo.
Eso es demasiada información de repente. ¿Mia Clarke tiene un hijo? ¿Y yo lo salvé? Rebobino mentalmente, buscando entre mis recuerdos algún momento en el que yo haya ayudado a algún chico en apuros. No tardo en caer: aquel con quien se metía el Kobe blanco.
—¿El chaval de la cancha de baloncesto era tu hijo?
—Se llama Duke. El otro día llegó a casa llorando, desesperado.
Me costó varias horas conseguir que me lo contara todo, él es así, como un libro cerrado.
Cuando consigues abrirlo, en sus hojas te espera todo el color y la música del mundo, pero no es fácil.
Y menos en el estado de nervios en que se encontraba.
—¿Qué te contó?
—Que unos chicos mayores se habían enfadado con él en la cancha de baloncesto. Y que un hombre guapo, con gafas y pelo bonito había aparecido como un superhéroe de Marvel para salvarlo. —Se detiene en mis ojos y sonríe—. Veo que mi hijo dio en el clavo con la descripción.
Carraspeo, tratando de digerir el piropo inesperado sin que se me note en las mejillas. Por otra parte, ¿superhéroe? Eso sí que me suena bien. Francamente bien.
—¿Cómo supiste que era yo?
Menea la cabeza.
—No lo supe hasta ayer —dice—. Tu rostro salió en las noticias después de que te detuviera la policía.
Duke estaba montando un Lego en el salón.
Inmediatamente se levantó y empezó a saltar y a gritar como cuando los Lakers ganan un partido en el último minuto.
No paraba de gritar: «¡Es el superhéroe! ¡Es el superhéroe!»
No puedo evitar sonreír con orgullo. Como prueba de que su hijo estaba en lo cierto, le muestro las magulladuras en mis nudillos, ya casi cicatrizadas.
—Me alegro de haberlo ayudado —digo—. Esos chulos merecían un correctivo.
Mia se acerca para acariciar mis heridas, y de inmediato me estremezco. Aparto la mano siguiendo un mecanismo de defensa.
—¿Qué le ocurre a tu hijo? —pregunto, recostándome contra la silla para recuperar el espacio entre nosotros.
—Sufre trisomía del par 21. —Debe de percibir por mi expresión que no tengo ni idea de qué enfermedad se trata, porque rápidamente aclara—: Síndrome de Down.
Recuerdo los ojos brillantes del chico, ligeramente inclinados hacia arriba, y su sonrisa contagiosa un segundo antes de meterse en la boca del lobo.
—Lo siento —digo.
—No lo sientas. Duke es maravilloso tal como es. Mejor que todas las personas que conozco. Mucho mejor que yo.
—Ha debido de ser duro, aun así.
—No resulta sencillo criar a un niño con necesidades especiales siendo una veinteañera que trata de triunfar en la ciudad de las estrellas, si es eso a lo que te refieres. Pero nunca eché de menos a su padre. Decidió abandonarnos y hoy me alegro de que fuera así.
Impasible, le doy un sorbo al café. Es arábica de Colombia, de calidad. Conforta. Y tiene un aroma excelente. Me digo que es bueno estar vivo, sentado ante una mujer hermosa y magnética y bebiendo café orgánico de Colombia, y no tumbado sobre el fino colchón usado del calabozo.
—No hablaba solo de tu hijo —digo.
Advierto en ella un gesto distinto, inquieto.
—Ahora sí que no te sigo —dice.
—Sé lo que te pasó hace seis años. —Bajo la voz—. Lo de tu retirada de los escenarios.
Su expresión se endurece al instante.
—¿Me has investigado?
—¡No! En fin, Mia, tampoco es que sea como tratar de encontrar el Santo Grial. Eres una actriz de renombre, un personaje público. Cualquiera puede dar con tu historia a nada que se interese un poco.
—Así que eres uno de esos morbosos.
Casi hago una mueca. Se refiere a los fanáticos de la crónica rosa y negra, paranoicos que se creen detectives privados, normalmente aburridos de sus vidas vacías y obsesionados con los dramas y misterios que ocurren a su alrededor.
Esta semana nos ha tocado a nosotros, pero ningún acontecimiento está a salvo de ellos.
Inventan y propagan rumores, debaten sobre absurdas teorías y cotillean sobre los implicados, juzgándolos sin rubor alguno.
Yo mismo he llamado a las puertas de salas de chat, hilos en las cloacas de las redes sociales y foros de internet en el pasado —al fin y al cabo es un pasatiempo como otro cualquiera—, pero solo para observar y divertirme.
—Me ofendes solo con pensarlo —me defiendo.
—Permanecí quince meses sin pisar un set de rodaje.
Asiento.
—¿Qué ocurrió?