Pack Toni Galán (libros 1-3) 19
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Día después de la emisión del tercer episodio. Exterior de la comisaría de policía. Día.

Una nueva sorpresa está esperándome a la salida de la comisaría.

La sensación de libertad se desvanece tan pronto como mis ojos enfocan la verja que separa el patio de la calle.

Allí, una masa de periodistas y curiosos con cámaras y micrófonos en alto, me espera ansiosa.

Sin embargo, no son ellos los que perturban mi estado de ánimo.

Antes de que pueda enfrentarme al tumulto, una voz conocida retumba a mis espaldas.

—¡Toni!

Doy un respingo y pienso que va a ser verdad que las malas noticias nunca llegan solas.

—Evelyn, qué sorpresa —saludo al volverme. La sonrisa de la jefa es tan amplia que casi podría catalogarse como excesiva. Kip Dolan, su sombra permanente, va con ella. ¿Se separarán en algún momento del día, o también compartirán colchón por la noche? Ni siquiera me digno a mirarlo a los ojos.

—Oh, vamos, Toni. No pongas esa cara. Sabes que estamos aquí para apoyarte. Siempre supimos que tú no tenías nada que ver con los terribles asesinatos, ¿no es así, Kip? —dice Evelyn, mientras Kip asiente con un entusiasmo que raya en lo teatral.

—Como siempre, a su lado, Galán —apostilla Kip con un tono que intenta ser reconfortante, pero suena vacío.

—Claro, claro. —Frunzo el ceño midiendo mis palabras.

—Supongo que estás al tanto de lo de la tercera mujer. —Evelyn es la imagen de la devastación… mal disimulada—. Pobre chica.

—Algo me ha llegado —contesto, parco, mientras veo de lejos a todos esos periodistas encaramados contra la verja, esperándome, ávidos de un titular jugoso—. ¿Ha dejado el velo? —pregunto.

En la serie, el psicópata Derek Cross quemaba viva a la tercera de sus víctimas y dejaba un velo de novia junto al cadáver calcinado. No tengo ganas de conocer los detalles de la muerte, pero por el velo sí albergo curiosidad.

—Sí, un velo de novia —contesta Kip—. Y el correspondiente dedo cercenado y sin alianza.

—Genial. ¿Y ahora qué? ¿Una rueda de prensa conjunta diciendo que todo ha sido un malentendido?

Evelyn intercambia una mirada rápida con Kip antes de continuar. Percibo que aquí hay alguna trampa; puedo notar cómo se cierra en torno a mí.

—Desde luego, hay que convocar una conferencia de prensa —confirma ella.

—Oigo un pero —digo.

—Lamentablemente, la situación es complicada, Toni. Este tercer asesinato… es un desastre, y tú, siendo el rostro detrás del guion…

—Déjame adivinar: ¿soy el chivo expiatorio perfecto?

—Vamos, Toni, ¡no seas así! Es solo que… bueno, tu arresto no ha hecho maravillas por la reputación de la serie. —Evelyn se ajusta la blusa, como si el aire de repente la afectara.

—Vaya, y yo que pensaba que los índices de audiencia eran lo único que importaba. —Suelto un murmullo quejumbroso algo infantil.

—Escucha, hemos decidido que lo mejor para todos es que te tomes un descanso. Temporalmente, claro. —Evelyn posa su mano en mi hombro. Tengo que contenerme para no apartarla de un manotazo.

—¿Un descanso? ¿Es un eufemismo de suspendido? ¿Despedido, tal vez?

—Solo hasta que todo esto se calme —interviene Kip, con un tono preocupado que no acompaña a su sonrisa burlona.

—Increíble. Seguro que en la ceremonia de los Emmy de este año os dedican un premio especial a la humanidad y el buen ambiente de equipo. —La ironía muerde cada una de mis palabras.

—Toni, sé razonable. —Evelyn suspira, como si llevara la carga del mundo en sus hombros. —No es personal, son solo negocios.

Damas y caballeros, Evelyn Crowe, autora del cliché del día.

—Y una mierda, Evelyn. Todo es personal. Y todo son negocios.

Antes de que pueda añadir algo más y diga cosas que ellos no puedan pasar por alto, Evelyn y Kip se despiden con un breve asentimiento y se dirigen a un deportivo que los espera al final de la calle. El rugido del motor se traga las últimas frases no dichas, dejándome con la palabra en la boca.

Me quedo parado, observando cómo se alejan, con una mezcla de furia y resignación burbujeando en mi interior.

Antes de que se hayan perdido al final de la calle, giro sobre mis talones y camino hacia la salida, donde me espera un nuevo problema.

Armándome de una sonrisa sarcástica, me enfrento al enjambre de periodistas.

—Bien, damas y caballeros, ¿quién quiere hablar del hombre que escribió demasiado bien? —anuncio, mezclándome entre ellos con una determinación renovada.

No seré la marioneta de nadie, ni siquiera frente a las cámaras que buscan mi caída.

Una periodista levanta su micrófono y lanza la primera pregunta con un tono casi acusador:

—Antonio Galán, por favor, para la Fox. —«¡Toni! ¡Me llamo Toni!»—. ¿Cree que su guion ha podido inspirar los crímenes del asesino de novias ?

Forzando una sonrisa cínica, respondo sin detener el paso:

—Todos somos adultos como para saber distinguir entre la ficción y la realidad. Pero ¿saben qué? Estoy pensando que, visto que os llaman la atención mis guiones, quizá deberían empezar a pagarme más por ellos.

Un murmullo recorre la multitud, algunos con risas nerviosas, otros simplemente sorprendidos.

El de la NBC, con su chaleco de cuadros que no se atreverían a llevar ni los de Milli Vanilli , retoma el tema:

—¿Qué tiene que decir sobre los rumores que lo sitúan fuera de la serie?

Conozco a ese tipo y sé que la pregunta está tirada con bala, así que no me molesto en rectificarlo y ponerle al día.

—Ah, eso. —Hago una pausa dramática—. Digamos que, en televisión, a veces escriben su propio guion antes de que puedas escribir el tuyo.

Pero no se preocupen, ahora están de moda los giros inesperados constantes.

Apuesto a que en el próximo episodio tendréis un nuevo cliffhanger . Podéis buscar su significado en Google.

Les dedico una última mirada desafiante y una sonrisa que no promete sumisión alguna, y me abro paso a través de una pequeña brecha entre los reporteros.

Antes de que alguien más pueda lanzar otra pregunta, me deslizo entre la multitud y accedo a la acera, dejando atrás los flashes y las preguntas sin respuesta.

Como buenos carroñeros, siguen mis pasos con perseverancia. Estoy pensando resignado que los llevaré tras de mí durante todo el camino a casa, cuando un Porsche descapotable de color azul eléctrico se detiene a mi lado.

—¿Te llevo?

Vuelvo los ojos al oír la voz femenina.

Tengo que parpadear varias veces al reconocer a la mujer que va al volante: es Mia Clarke. Lleva un pañuelo a la cabeza y gafas de sol. Parece Greta Garbo hacia 1948.

Sin pensármelo dos veces, rodeo el deportivo y me siento al lado de Mia, que pisa a fondo hasta que dejamos atrás a la horda de periodistas.