18
La noche transcurre lenta y pesadamente en el interior de la celda.
El silencio se quiebra ocasionalmente por el crujir de las puertas y el murmullo de los guardias.
Consigo dormir a ratos, pero la espera es insoportable.
Con cada ruido de una puerta, abro los ojos y me inclino con la esperanza de que esta vez sí vengan a sacarme de aquí.
Lo peor es la incertidumbre. El no saber si será dentro de cinco minutos o en unas horas. Cuarenta y ocho como máximo. Es lo que dijo Norman Fisk sobre el número de horas que, según la ley, pueden retenerme sin una prueba legal en mi contra.
Cuarenta y ocho horas pueden hacerse eternas en un calabozo.
Pienso en los rostros de aquellos que me han ayudado y de los que me han traicionado.
Las palabras de apoyo y las miradas de sospecha parecen fundirse en un murmullo indistinguible.
¿Quién me cree inocente? Hada, tal vez Peter.
¿Quién ve en mí al creador intelectual de esos crímenes atroces?
Posiblemente, el resto del país. La espera me consume, alimentando la amarga ironía de que, mientras en un tiempo intentaba entender las motivaciones de un asesino para mis historias, ahora debo desentrañar las intenciones detrás de cada mirada y cada palabra dirigida hacia mí.
—¡Acúsenlo o suéltelo! —oigo que alguien grita desde el fondo del pasillo. Es Fisk. Me levanto del colchón y me acerco a los barrotes. Nunca pensé que me alegraría tanto ver a ese picapleitos panzón.
Entonces caigo de repente, y siento que mis rodillas flaquean hasta el punto que tengo que agarrarme a los barrotes. Si Fisk ha dicho eso, significa que…
—¿Cómo está? —me pregunta al situarse frente a mi celda. Marcus Trent llega detrás de él. Su rostro está desfigurado.
—¿Qué ha pasado? —les pregunto a los dos.
—Ha vuelto a matar —explica Fisk, frío como el mármol. Sus palabras hacen detonar otro explosivo en mi interior—. Así que no tienen motivos para retenerlo más tiempo. Es usted libre.
—Espere un momento, letrado —interviene Trent, llevándose dos dedos a las sienes. Es evidente que no atraviesa su mejor día.
Fisk se vuelve hacia él como movido por un muelle. No va a dejarlo hablar, es un perro viejo.
—El asesinato de esta noche exime a mi cliente de cualquier culpa o posible sospecha —dice—. Ya no tiene motivos para retenerlo más aquí, de modo que insisto: o lo acusa, o lo libera.
Observo perplejo cómo los dos hombres discuten sobre mi destino como si fuese una pieza de ganado. Sé que está mal, pero mi alma se enciende radiante cuando Norman Fisk gana la batalla legal.
La puerta de la celda suelta un chirrido agudo al abrirse.
Son las nueve y cuarto cuando me devuelven el teléfono móvil y miro la hora.
Menos de treinta minutos después, estoy saliendo por la puerta de la comisaría acompañado de mi abogado.
El rostro de Trent es la viva imagen del abatimiento cuando, desde las escaleras que bajan a la calle, vuelvo la cara y lo veo perderse en las sombras del edificio.
Me complace la sensación de aire fresco de la mañana en el rostro.
Entonces trato de asimilar los últimos acontecimientos.
Entre las acusaciones de la policía y mi liberación antes de lo previsto, casi me he olvidado de lo ocurrido esta noche.
El asesino ha vuelto a matar, y ya son tres las víctimas mortales.
Tengo que esforzarme para contener un nuevo vómito. No quiero montar el numerito aquí, a las puertas de la comisaría y delante del abogado. Pero es que el crimen del tercer episodio era tan…
«Respira, Toni».
Maldigo a todos aquellos que alguna vez, a lo largo de mi vida, me aconsejaron, de una manera u otra, escribir de la manera más morbosa y sádica posible. Ojalá nunca hubiera escrito ese guion. ¡Ojalá nunca hubiera escrito nada!
«Respira…»
—Señor —digo mientras Fisk y yo cruzamos el aparcamiento. Él se detiene—. Este nuevo crimen… —me cuesta encontrar las palabras apropiadas—, ¿ha replicado…?
—¿El asesinato del tercer episodio? —termina Fisk la pregunta por mí.
Yo asiento en silencio, porque su expresión no deja margen para la duda. Aun así, es cauto con los detalles:
—Elena Fring fue encontrada sin vida con la cabeza metida en la chimenea.
Estaba atada de pies y manos y le habían cercenado el dedo de la alianza.
Un velo de novia coronaba su cabeza calcinada.
—Carraspea—. Según los primeros indicios del forense, le suturaron el velo a la frente antes de ser quemada viva.
«Respira».
Fisk ofrece acercarme a algún sitio. Le agradezco el gesto y también su apoyo en estas últimas horas extrañas, pero rechazo su ofrecimiento. Me apetece pasear. Necesito respirar. Y pensar.
Una vez se ha marchado en su coche, me enderezo frente a la entrada de la comisaría, cojo aire y me permito disfrutar un momento del sabor de la libertad.
Durará poco.
Muy poco.