Pack Toni Galán (libros 1-3) 17
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Día de emisión del tercer episodio. Comisaría de policía. Noche.

Un miedo repentino me invade un instante antes de abrir los ojos y ahogar un grito.

Es todo cuanto me concedo desde que percibo (o quizá sería más exacto decir que no percibo ) mi brazo izquierdo, hasta que comprendo que es simplemente el resultado natural de haberme quedado dormido sobre él.

Entonces cierro los ojos, me repito que todo está bien y me concentro en mi respiración mientras experimento el incómodo hormigueo que anuncia que la sangre comienza a fluir de nuevo por la extremidad.

Es fácil convivir con el miedo. Aprendes a controlarlo.

Pero no siempre ha sido así.

Cuando mi ritmo cardíaco vuelve a sus niveles normales y me aseguro de que no estoy sufriendo un nuevo brote, abro los ojos y miro a mi alrededor.

La celda parecía más grande y cálida antes, por la tarde.

A pesar de que carece de ventanas, sé que aún es de noche por la disminución del número de guardias.

El cansancio me cae encima de repente. Me siento en el único banco de la celda y espero.

«Hace tanto frío aquí…», pienso, recordando mi cálido salón donde el agua caliente fluye bajo la tarima, gracias a la instalación de suelo radiante.

En el calabozo de comisaría, sin embargo, hay poco calor.

Aquí los muros son fríos, y el suelo, más aún.

Las rodillas me arden y, una vez pasado el momento de incertidumbre desde que la pareja de policías me encerró aquí, empiezo a acusar el estrés; apenas siento las manos y mi vista ha perdido facultades.

Según los expertos, el estrés es uno de los detonantes principales para la aparición de nuevos brotes o la agudización de los ya existentes.

También la falta de sueño. No sé cuánto tiempo habré dormido.

Puede que horas, puede que diez minutos. Es imposible calcularlo.

«Trata de descansar», me digo, recordando mi conversación con Norman Fisk.

Fisk es el abogado que me ha facilitado la productora para mi complicada situación, lo cual tiene distintos puntos de vista: lo bueno es que cuento con la ayuda de un profesional experimentado sin la necesidad de solicitar a un funcionario; lo malo es que Evelyn Crowe está muy al tanto de mi problema, lo cual, intuyo, acabará por generarme aún más.

No es la primera vez que Evelyn intenta ayudarme.

—En la productora tenemos grandísimos profesionales que podrían ayudarte: psicólogos, fisioterapeutas, nutricionistas… —me dijo Crowe una vez, cuando se enteró de mi dolencia. Kip Dolan, cómo no, estaba con ella—. Solo tienes que decirlo y moveré algunos hilos.

—Ya tengo un fisio magnífico —repliqué en el acto, refiriéndome a Peter; solo el pensar en estar en deuda con esa mujer me provocaba temblores.

Por otro lado, no quería hablar de mi problema allí, con aquella gente.

Confiaba poco en Evelyn y nada en Kip. Bajo ningún concepto iba a permitir que vieran mi dolor.

No volvieron a ofrecerme ayuda en ese sentido, aunque desde entonces, siento que mantienen mi enfermedad como un bien preciado, un arma secreta que sacar en el momento oportuno para mantenerme callado, o quieto, o invisible.

Antes, nada más ver a Norman Fisk aparecer por el pasillo del calabozo, me ha venido a la mente un huevo.

Era un hombre regordete, perfumado en exceso y completamente calvo.

Solo un bigote gris y anticuado cubría su piel.

No llevaba corbata pero sí americana, y su camisa parecía soportar demasiada presión, especialmente a la altura de la tripa.

Su rostro estaba sonrojado y brillante a la luz del halógeno, como si viviera con estrés crónico.

Daba la impresión de estar permanentemente enfadado.

Se ha mantenido a un metro de distancia de los barrotes, mientras que yo me aferraba a ellos con desesperación.

—¿Cómo está? —me ha preguntado.

—Mal, como podrá imaginar.

—¿Su primera vez entre rejas?

—Sí.

—Trate de relajarse.

—Estoy agotado.

—Es normal. Cualquiera lo estaría en su situación.

He hecho una mueca, aunque tratando de que no se me notara el cabreo. Era por esa palabra. «Cualquiera». Es así, con esa palabra de mierda, como reaccionan todos.

¿Estás cansado? Yo también, todos llevamos una vida de locos.

¿Te duele la cabeza? Es normal, a mí también me pasa con los cambios de clima.

¿Preocupado? Cualquiera lo está con cómo va el mundo.

Perdón pero no, no es lo mismo. No tienen derecho a situarse a mi nivel, y punto.

No tienen ni idea de lo que se siente al vivir en un cuerpo como el mío.

Es lo que no entienden. Cuando digo que estoy cansado, no lo digo por decir, o por quejarme, o porque busque compasión.

Lo digo porque hay días que literalmente no puedo levantarme de la cama.

A veces, el simple movimiento de los labios para dibujar una sonrisa se me antoja como una maratón.

—¡Pues vete a la fundación, con los que te entienden! —se enfadaba Patricia cada vez que le reprochaba su poca comprensión. Entonces yo salía de casa dando un portazo, pero no iba a la fundación, sino a perderme por la ciudad, a solas.

Así es como empecé a disfrutar de la soledad. Estando solo no hay enfados, ni incomprensiones. Nadie te dice Yo también ni Cualquiera .

Pero hoy no he podido irme dando un portazo y desaparecer de la vista de ese abogado. Es lo que tienen los calabozos.

Fisk pronto ha empezado a darme largas explicaciones sobre mis derechos.

Me ha tranquilizado al mencionar que, por ley, solo podían retenerme durante cuarenta y ocho horas.

Pero ha vuelto a dejarme hecho un flan cuando me ha advertido de que todo puede cambiar en función de lo que pase tras la emisión del episodio de esta noche.

—Esto no debe trascender bajo ningún concepto —ha insistido—. Imagínese el escándalo si la prensa se hace eco de que el guionista principal de El asesino de novias está detenido.

Aún me pregunto si esa frase era suya o la ha copiado de Evelyn Crowe.

Cuando por fin ha terminado de hablar y me ha llegado el turno, le he preguntado sobre la reacción de la gente respecto al tercer episodio:

—La gente no para de hablar del tema. Se han organizado quedadas para verlo, y muchas mujeres casadas han decidido quedarse en casa toda la semana. Ya sabe, por si acaso.

—¿Cuál es su estrategia?

Me ha mirado desde las profundidades de su bigote.

—¿Estrategia?

—¿Cree que podrá sacarme?

Ha dudado un segundo antes de responder.

—Está en un calabozo, Galán, no en la cárcel. No pueden retenerlo por más de cuarenta y ocho horas, como le he explicado.

—¿Y hasta entonces?

—Deberá permanecer aquí. Procure entretenerse.

—¿Y si el asesino no vuelve a matar?

—Entonces me temo que dará comienzo un largo proceso judicial.

—Pero ¡yo no he hecho nada malo!

—Está el tema de la proximidad de su vivienda con el lugar donde se cometieron los asesinatos.

—Vivir cerca del lugar de un crimen no convierte a nadie en asesino.

—Usted escribió ese guion, señor Galán. Hay quien diría que es usted el autor intelectual de los dos crímenes.

—Escribir no es matar, y usted lo sabe.

—Yo lo sé, pero ¿lo sabrá el juez?

—¡Gilipolleces! —he exclamado, desatado—. Esto es absurdo.

Fisk se ha encogido de hombros, pero sin fingir que mi caso le preocupaba menos que una sesión en el Senado:

—No sé qué más decirle.

—¿Puede hacerme un favor?

—Depende de lo que sea. Pruebe a ver.

Le he dado los números de Hada y de Peter.

—Por favor, llámeles e infórmeles de mi situación.

Ha prometido hacerlo mientras cogía su maletín. Estaba preparándose para irse, cuando se ha detenido y se ha vuelto desde el hueco del pasillo:

—Señor Galán, ¿hay algún detalle que no me haya confiado? Es importante que lo sepa todo.

Ha habido un silencio. Lo he mirado fijamente y después le he dicho:

—Pues sí, hay algo.

Fisk ha vuelto a acercarse a la reja. Instintivamente, yo he soltado los barrotes.

—Es sobre la noche del sábado pasado, cuando se supone que mataron a la segunda chica —he dicho.

—Barbara Cole.

—Sí.

—¿Qué pasó?

—La policía me ha preguntado dónde estaba esa noche. Les he dicho que estuve en casa.

—¿Puede probarlo alguien?

—Es lo que me preguntaron. No, nadie puede atestiguar a mi favor en eso.

—Entonces no es una coartada fiable.

—Sobre todo porque no es verdad.

—¿Cómo dice?

—Mentí. Esa noche no podía dormir, así que salí a dar una vuelta.

—¿De madrugada?

—Sí, era tarde.

Vuelve a juzgarme con esa mirada de morsa.

—Señor Galán, debe decirme la verdad. ¿Mató usted a esas chicas?

—¡No!

Parecía conforme, pero ¿quién sabe, tratándose de un abogado en nómina de Evelyn Crowe? Las últimas palabras que me ha dedicado hablaban sobre que nadie debía conocer esa información, y que, de ser así, estaría completamente acabado.

Desde que se ha ido, he estado completamente solo. Ahora la oscuridad de la celda parece tragarse no solo la luz, sino también el tiempo, haciendo cada segundo interminable.

No me da miedo la soledad, eso lo aprendí tras el diagnóstico. Cuando la vida te golpea tan de repente y sin piedad, te vuelves una persona resiliente, no queda otra. Si había de estar solo, me prometí, convertiría la soledad en mi armadura. Y así lo he hecho desde entonces.

Antes de aquello, la sola idea de estar encerrado en un calabozo me habría vuelto loco, pero ahora no es así.

Tampoco me da miedo la muerte, ya no. Y si lo hace, he aprendido a vivir con él.

Como decía, es muy fácil convivir con el miedo.

Te acostumbras. Y si tienes un sentido trágico de la vida y sabes que tarde o temprano vas a morir, hasta llegas a disfrutarlo.

Pero esto es diferente. Digamos que esta situación tiene un punto adicional de horripilancia.

Y es que nunca he tenido que cargar con muertes ajenas.

Dos muertes hasta la fecha. Tal vez a estas horas ya se haya producido la tercera.