16 #2
—Ajám.
—El informe dice muchas cosas que ya sabíamos y alguna cosa que no sabíamos.
Trent se detiene para observar mi reacción. Ojeo el informe por encima. Casi todo son fotografías, tanto de antes como de después de la autopsia. No me paro en ninguna o vomitaré. Finalmente asiento y deposito el taco en la mesa. Dejo que continúe.
—Una cosa que no sabíamos es que, debido al livor mortis del cadáver, el asesinato tuvo que cometerse el sábado pasado, hoy hace ocho días.
Ahora cobra sentido la pregunta respecto a esa noche en la puerta de mi casa. Experimento un escalofrío al darme cuenta de que con mi respuesta de antes he admitido carecer de coartada.
—¿Sabe adónde queremos ir a parar, Galán? —me pregunta Jerome Aguacate Booker.
—No muy bien —respondo, aunque me hago una idea.
—El segundo capítulo se emitió el domingo, el día después de que mataran a Barbara Cole —prosigue Trent, pasando rápidamente las hojas del informe forense—.
De modo que podemos descartar que el asesino sea un fan de la serie.
Le recuerdo que hemos empezado este interrogatorio diciendo que tenemos razones para pensar que el asesino es alguien relacionado con la serie.
—Lo admite, así que es oficial: me están interrogando—.
Bien, esta es la razón. De modo que no es que pensemos que el asesino esté relacionado con El asesino de novias .
—Se inclina para perforarme con la mirada—. De hecho, estamos seguros.
Mi sospecha es cierta. Tengo la súbita esperanza de que estoy aquí en calidad de colaborador, y no de sospechoso.
Estoy a punto de hablarles de Chase Donovan, el actor secundario que fue misteriosamente despedido por la productora y que ayer escapó de mí sin motivo aparente, cuando la conversación vira el rumbo.
Las frases intercambiadas a continuación me harán cambiar de parecer:
—Antes de ir a su casa, hemos indagado un poco sobre usted —dice Trent.
Ladeo la cabeza. Algo no me gusta.
—OK.
Booker me lanza un papel, que se desliza por la mesa hasta llegar a mí. Me fijo en que es una fotografía. Concretamente, un primer plano de una mujer. Una mujer preciosa.
Siento que me hundo en la silla.
—Hemos sabido que estuvo casado con… —Se detiene para leer de su bloc de notas—, Patricia Llanos. Madrileña, como usted. Se divorciaron antes de que usted viajara a Los Ángeles. ¿Es correcto?
Patricia me sonríe. La foto no me suena.
Tal vez la hayan obtenido de su perfil de Facebook, no lo puedo saber porque ella me tiene bloqueado.
No obstante, parece actual. Está tan bella y venenosa como la recordaba.
Mis ojos se pierden en su melena de fuego, más ondulada que como la llevaba cuando estábamos juntos, a lo Julia Roberts en Pretty Woman .
Me encantaba entonces y lo sigue haciendo ahora.
Es como si, quien escogió la fotografía, estuviera pensando: «que se fije en el pelo». Acabo de tener una idea. Me estremezco.
Siento las miradas de los agentes clavadas en mí.
—Sí, todo eso es verdad. Patricia Llanos es mi exmujer —confirmo—. ¿Qué tiene que ver con nada de esto?
—¿Por qué lo dejaron?
Cierro los ojos. Pienso en las broncas, las peleas, los reproches. Mis cambios de humor. Su egoísmo. Y mi egoísmo. A frontaremos esto juntos. Pienso en lo difícil que es todo cuando cargas con una losa pesada las veinticuatro horas del día.
Trato de no llorar.
—A veces las cosas no salen bien, eso es todo. ¿Podemos volver al tema de los asesinatos, por favor?
—Volveremos cuando lo digamos nosotros. ¿Por qué acabaron la relación usted y la señora Llanos? —vuelve a la carga.
Les hablo de mi enfermedad. De los tratamientos. Y de los cambios que todo ello trajo a nuestra vida en pareja.
—Debe de ser difícil convivir con una enfermedad así. Háblenos de ella —me pide Trent.
Me sorprende su interés. Casi nunca hablo de mi situación con nadie, a excepción de Peter y de mi médico, por motivos obvios.
La gente tampoco pregunta. He reflexionado mucho sobre esto.
Mi conclusión es la siguiente: ellos creen que, hablando de la enfermedad, le darán a esta poder sobre mí.
Y que, si no la mencionan, desaparecerá de mi cabeza.
Como si eso fuera posible. Eso, al menos, es lo que se dicen a ellos mismos.
La realidad es que temen que me derrumbe delante de ellos, les incomoda la posibilidad de verse expuestos a un momento embarazoso.
Ocurre lo mismo con la gente viuda. Nadie quiere preguntar a un viudo por su estado de ánimo.
Pero Marcus Trent ha preguntado. Y Jerome Booker espera mi respuesta recostado en su respaldo, con los brazos cruzados y sin pestañear.
Así que me lanzo a hablar. Qué narices, podría ser reparador.
¿Por dónde empezar? Supongo que por el diagnóstico oficial.
El resultado de la punción lumbar fue definitivo: esclerosis múltiple.
Trent se interesa por las características de la enfermedad.
Lo he explicado tantas veces que ya me lo sé de memoria. Mi sistema inmunitario está averiado y ataca la mielina por error.
—Antes de que lo pregunte, la mielina es el material que rodea y protege nuestras fibras nerviosas —aclaro—.
Al verse dañada, se producen interferencias en la transmisión de señales eléctricas entre mi cerebro y otras partes del cuerpo, lo que puede resultar en una amplia gama de síntomas neurológicos.
En mi caso: visión túnel (veo la vida como si llevara puesto un casco de moto de manera permanente), hormigueos en las extremidades, calambres en el cuello y cojera transitoria.
Mi mente viaja de vuelta a aquel día, en la consulta de la médica.
Es inevitable. Recuerdo que, con el diagnóstico en la mano, me estaba costando horrores contener las lágrimas.
Así que, para evitar el ridículo, me disculpé para ir al servicio, me encerré en uno de los baños y lloré.
Lloré mucho. Recuerdo los techos. Siempre que me han jodido he mirado al techo, supongo que buscando explicación o consuelo.
El techo de ese triste baño de hospital tenía una lámpara fluorescente.
Pero ¿a quién le importa eso? ¿A quién le importaba mi terrible enfermedad?
No podía parar de llorar. Se me acumulaba la saliva en la boca y los mocos en el surco nasolabial. El hipo era incontrolable.
Quería recuperar mi vida.
Desde niño, me había peleado todos los días para tener un futuro digno.
No era un chaval listo ni delicado; no sabía hablar en público, ni practicar ningún deporte, y balbuceaba cada vez que me armaba de valor para dirigirme a una chica.
No sabía hacer nada que no fuera inventar historias, y eso lo descubrí años más tarde.
Pero lo que siempre tuve fue muchísima fuerza de voluntad y fe en mí mismo.
Tenía cojones. Me había rendido a la vida.
Y me había ganado mi futuro digno. Me mantenía en forma, nunca probé un cigarro, seguía una dieta equilibrada y pasaba revisiones periódicas.
Había hecho todo lo que se supone que hay que hacer, joder.
Y ahora, esa médica de universidad privada me lo arrebataba todo.
Cuando te dan una noticia así… Dios, sabes que nunca volverás a ser el mismo.
—Lo siento mucho —dice Trent cuando termino de hablar.
—Sí —añade Booker. La corteza del aguacate ya no parece tan rugosa.
Como si pudieran hacerse una idea.
—¿Puedo irme ya, agentes? —pregunto.
Veo que Trent y Booker intercambian una mirada. Trent se encoge de hombros y Booker, retomando su papel de poli malo, recoge el testigo.
—Lo que sabemos hasta ahora sobre el asesino de novias es lo siguiente —Booker alza una mano abierta y empieza a bajar dedos a medida que habla—: Conocía el contenido de la serie antes de que los episodios se emitieran, y casualmente, usted es el guionista; los asesinatos se cometieron a tres y cinco manzanas de su apartamento, respectivamente, lo que podríamos decir a tiro de piedra , teniendo en cuenta que estamos en una de las ciudades más pobladas del planeta; las dos víctimas son pelirrojas, y su exmujer, con la que terminó peor que mal, también lo es.
Por cómo ha reaccionado cuando ha visto la fotografía, es evidente que la herida sigue abierta.
Todo esto carecería de importancia si contara con una coartada sólida para el sábado por la noche, pero, en fin —chasquea la lengua—, resulta que no la tiene.
La temperatura de la sala baja diez grados. Me digo que, al fin y al cabo, estamos en un sótano. Intento mantener la calma.
Booker se vuelve hacia la puerta. Allí hay un guarda cuya presencia ni siquiera he advertido. Aguacate le hace una seña con las cejas e inmediatamente, como si obedeciera a un comando informático programado en su procesador interno, el guarda se acerca a mí.
—Debido a todo lo anterior —habla ahora Trent. Su tono se ha endurecido y parece un juez severo—, es usted el principal sospechoso de los asesinatos de Lucy O’Brien y Barbara Cole. —El guarda me pone las esposas. No soy capaz de reaccionar.
—Estoy… ¿detenido?
—Retenido, si lo prefiere.
—No pueden hacer esto —protesto. Ya estoy de pie y con los hombros firmemente agarrados por las manos del guarda.
Trent también se ha puesto de pie. Acerca su cara a la mía. De estar fumando, me echaría el humo a la cara.
—Tranquilícese, es una mera comprobación.
—¿Comprobación para qué?
Oigo que Booker se ríe, pero no puedo verlo porque está detrás del guarda y de mí.
—Esta noche se emite el tercer episodio —explica Trent, a quien se le ve molesto con la situación—. Si aparece una tercera víctima, Dios no lo quiera, significará que usted es inocente y lo dejaremos ir.
—¿Y si no hay un nuevo cadáver? —Me estremezco solo con preguntarlo.
—Si no hay nuevo cadáver, señor Galán, tendrá que rendir cuentas ante un juez.