Pack Toni Galán (libros 1-3) 16
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En cuanto abro la puerta y veo a los dos hombres, sé que son policías.

Al menos en eso, la televisión dice la verdad.

El modo de vestir de los policías, por ejemplo, no es el mismo que el de los vecinos de una urbanización de lujo en primera línea de Santa Mónica.

Aquí la gente no se pone traje y corbata un domingo por la mañana; se pone pantalones chinos y un polo por encima, o una camiseta debajo de una americana a juego, si no hace demasiado calor.

Estos dos hombres llevan trajes de pobre confección de color marrón que me recuerdan a los que llevaría un funcionario de ventanilla con pretensiones.

No sonríen. Sus ojos escudriñan el apartamento por encima de mi hombro y tras sendas gafas de sol.

Otra pista es que conozco a casi todos los vecinos de la urbanización, pero a estos dos no los he visto nunca. Eso me preocupa. Algo me huele mal. Sé que yo no he hecho nada, por supuesto, pero aun así siento un hormigueo en el estómago que dice: «soy inocente pero me siento culpable».

Sé que han venido por las dos mujeres muertas.

«Solo quieren hacer algunas preguntas al guionista de la serie —me digo, buscando el lado positivo—. Lo has escrito mil veces: policías que visitan e interrogan a posibles testigos hasta que dan con un cabo suelto del que tirar».

Esbozo una sonrisa de falsa preocupación y me dirijo hacia ellos.

—¿Qué puedo hacer por ustedes?

—¿Es usted Antonio Galán? —pregunta el más alto, sin duda el de rango superior.

—Sí.

Mira a su compañero, que es bajo, robusto y sin cuello ni cabello.

Tiene una cabeza con la forma de corteza de aguacate, y su piel también es áspera y oscura, lo que aumenta la percepción.

Lleva una chaqueta que no le queda del todo bien, y no lo hace, observo, porque tiene una pistolera bajo la axila izquierda.

—Soy el detective Marcus Trent —dice el alto. Saca la placa y después señala a Aguacate—. Él es el detective Jerome Booker.

Booker también saca su identificación. Me las muestran. No sé por qué lo hacen. Me pregunto cuánto puede costar conseguir identificaciones falsas. Me percato de que estoy medio desnudo, aunque a ellos no parece importarle.

El que se ha presentado como Marcus Trent se quita las gafas —tiene los ojos extremadamente claros— y me tiende la mano.

No me atrevo a negársela a alguien tan importante como un agente de la autoridad.

La siento como una viscosidad. En cambio, sí lo miro a la cara para expresarle en silencio, con la luz de mis ojos, que soy inocente.

Siento que me está examinando a fondo; solo le falta inspeccionarme la dentadura y comprobar mis herraduras, como se hace con los caballos.

No tengo ni idea de lo que ocurre y tampoco me atrevo a preguntarlo.

Tengo la inocencia de mi parte, pero la ficción nos enseña que, cuando dos agentes llaman a tu puerta, lo que sigue no es prometedor.

Por un instante se me ocurre, tengo la esperanza, de que hayan venido por el asunto de mi ataque al chico de la camiseta de Kobe Bryant.

Ojalá se trate de eso, me digo. Se resolvería con una multa, con un juicio rápido como mucho.

Pero algo me dice que están aquí por otra cosa, por algo más grave.

Me percato de que, antes de soltarme la mano, se queda mirándola. Yo hago lo propio. Mis nudillos siguen despellejados. Mierda, eso no me ayuda.

—¿Dónde estuvo la noche del sábado pasado, señor Galán? —pregunta Trent.

Ante una pregunta como esa, deberían haber sonado todas las alarmas.

Debería haberles dicho inmediatamente quién soy yo y que no respondería a ninguna pregunta sin la presencia de un abogado de la productora.

Pero eso me convertiría de facto en sospechoso.

Y soy inocente, maldita sea. Además, ¿un abogado de la productora?

Lo más probable es que haya sido precisamente la productora, con Evelyn a la cabeza, tal vez el mismísimo Kip, quien me haya vendido a la policía.

Ojalá Hada estuviera aquí. Ella sabría qué contestar.

Yo me limito a asentir y responder:

—Estuve en casa.

Entonces caigo: ¿por qué esa noche? ¿Qué ocurrió el sábado pasado?

—¿Puede confirmarlo alguien?

Bajo la mirada hacia Alfred, que nos mira hecho un ovillo desde su cama.

—Creo que no —contesto—. ¿Qué está pasando?

—Será mejor que nos acompañe —vuelve a hablar Trent.

Y yo vuelvo a tragar saliva.

Cuando un policía te da una orden, tu instinto inicial es complacerlo. Es inevitable.

—¿Me dan un minuto para que me vista?

Me lo dan.

Esperan pacientemente en la puerta a que termine de vestirme y salimos fuera.

La dirección de Chase Donovan ya se ha esfumado con el vaho del espejo del baño, aunque los agentes tampoco hacen por entrar y registrar el piso.

No parecen interesados en lo que hay aquí dentro, sino en lo que tengo que decir.

El sol cae de lleno. El alto entorna los ojos y se pasa la mano por la frente perlada. Aguacate no parece dispuesto a dar esa satisfacción a nadie.

—¿Puedo preguntar adónde vamos? —insisto.

—No tardaremos.

—Eso no parece un sitio.

Ambos agentes cruzan sus miradas. Intento dar la impresión de que no pienso ponérselo fácil. Aguacate arruga el rostro y emite un gruñido desagradable.

—Vamos a comisaría —dice Trent. Nos disponemos a cruzar la calle, al otro lado de la cual hay un Chevrolet Monte Carlo gris algo desgastado. Me fijo en que tiene una rejilla de separación en su interior, para aislar a los pasajeros que van en los asientos traseros. Dios mío.

—¿Saben quién soy?

—Sí —dice Booker, el Aguacate, hablando por primera vez. Su voz es tan rugosa como su piel. Tose y escupe una flema al suelo—. ¿Quiere que nos arrodillemos y le besemos la mano?

No me gusta su actitud, pero no me conviene empeorar las cosas.

—No quería decir eso.

—Mejor para todos.

Trent abre la puerta trasera del vehículo y me invita a pasar, con cortesía justa y sin una pizca de amabilidad.

No tengo alternativa, así que entro. Trent rodea el coche hasta ocupar el asiento del conductor.

Cuando lo hace, su compañero, adoptando claramente el papel de poli malo, me está observando por el retrovisor.

—Es usted el que escribe los capítulos de la serie El asesino de novias , ¿correcto? —pregunta Trent, arrancando e incorporándose al carril.

—Soy el guionista.

—Lo que sea —interviene Aguacate—. Ya me está tocando los huevos, ¿sabe?

—¿Perdón?

—Escritor, guionista, es lo mismo. ¿Le parece que estamos en una jodida lección de semántica?

Al principio creo que se trata de una pregunta retórica, pero veo que sus ojos me miran esperando una respuesta. Finalmente digo:

—No, claro que no.

—Pues atienda: hay dos cadáveres. Mujeres casadas. Asesinadas exactamente de la misma manera, y dejando las mismas pistas, tal como usted lo escribió.

Asiento con la cabeza para dejar patente que estoy al corriente.

—Bien. Pues ahora en comisaría va a contestar a todas nuestras preguntas sin rechistar, si no quiere acabar mal.

—¿Eso es una amenaza?

—Nadie está amenazando a nadie —interviene Trent sin dejar de mirar a la carretera a través de sus enormes gafas de sol.

Pero el comentario de Aguacate me ha encogido las entrañas. Acabar mal, en los labios de un policía malhumorado, es sinónimo de acabar detenido. El asunto tiene mala pinta.

Ya está toda la prensa lo bastante encima de la productora como para provocar un nuevo escándalo con la detención del guionista principal de la serie, aunque sea un escándalo sin fundamentos. Eso a ellos les da igual. Y a Evelyn Crowe, también. Supondría mi despido inmediato y el fin de mi carrera.

—Ayudaré en todo lo que pueda —digo en son de paz.

Veo que Trent mueve la cabeza como asintiendo.

—Bien, esa es la actitud, señor Galán.

—Por supuesto. Lo último que quiero es tocarle los huevos a nadie.

No estoy seguro, pero creo que mi comentario le ha provocado una sonrisa. Al mirar por el retrovisor, los ojos de Aguacate han desaparecido. Está mirando por la ventanilla en silencio.

No hablamos más en todo el trayecto. Tengo miedo de que enciendan la sirena. No me gustan las sirenas. Pero apenas hay tráfico esta mañana, así que me libro. Tampoco me han puesto las esposas, lo cual me tranquiliza una pizca.

Menos de diez minutos después, estamos bajando del coche en el aparcamiento de comisaría.

Todo pasa muy deprisa. El cambio de temperatura al atravesar la puerta giratoria, las miradas de los agentes a nuestro paso por el vestíbulo, recorrer el largo pasillo en silencio, las escaleras que bajan al sótano, el eco de nuestras pisadas, y finalmente, la pequeña sala de interrogatorios.

En cualquier otro momento de mi vida, estaría tomando notas sin parar, pues todos los escritores sueñan con visitar el corazón de una comisaría real.

Pero hoy no.

Hoy estoy acojonado.

Estoy sentado en una mesa de interrogatorios.

Es metálica, como en El asesino de novias , y por un instante me pregunto si rodarían la serie en esta misma comisaría.

Rápidamente me digo que es una ocurrencia absurda.

La escena me recuerda a la cita en el juzgado, la mañana en que Patricia y yo firmamos los papeles del divorcio.

Otra ocurrencia absurda. Espero que me ofrezcan un café.

Trent lo hace. Está fuerte, amargo y servido en un vaso de cartón, por supuesto.

Trent y Booker, alias el Aguacate, se sientan frente a mí. Ya no llevan puestas las gafas de sol. Cuento los segundos hasta que uno de ellos se afloje el nudo de la corbata. Booker es el primero.

—Señor Galán, tenemos razones para pensar que el asesino de las chicas es alguien relacionado con la serie.

—De acuerdo —digo, porque no se me ocurre una respuesta mejor.

Trent tiene varios papeles sobre la mesa. Toma un taco, sus hojas unidas por finas anillas de plástico, y me lo acerca con suavidad, como si pudiera quebrarse al roce con el metal.

—Este es un informe redactado por el jefe del instituto forense. Corresponde a Barbara Cole, la segunda víctima.

En mi mente se dibuja una liga de novia.