14 #2
Me preguntó mi nombre. Se lo dije. Resultó que no tenía ninguna reserva a ese nombre. Ni tampoco a nombre de Patricia. En cuanto a realizar una reserva para esa noche… En fin, basta decir que al hombre al otro lado del teléfono se le escapó una risita algo soberbia.
—Hoy ceno con el jefe de mi mujer y es de vital importancia. Sé que tenía que haber llamado antes, pero solo seremos tres. Nos valdría con una mesa alta…
Habían colgado.
¿Toni? — Era Rosa, en la pantalla—. Estamos esperando por ti.
Envié el maldito manuscrito. Volví a llamar al restaurante, donde aceptaron un soborno de cincuenta euros. Finalmente, con el corazón a mil, me vestí para acudir a la consulta con el médico.
Algo dentro de mí debía albergar esperanzas en que Patricia estuviera esperándome a las puertas del hospital, porque sentí una punzada de tristeza cuando vi que no había nadie preguntándome qué tal en mi enésima cita con el neurólogo.
Afortunadamente, no todo iba a ser malo, y un taxi me recogió al instante y me llevó a casa en menos de un cuarto de hora.
Me apeé apresuradamente, dejé propina al taxista y subí al piso a toda prisa.
Patricia aún no estaba en casa. Nada más entrar por la puerta, comencé a desvestirme y me metí en la ducha.
Estaban llamándome al móvil cuando salí chorreando.
—Cariño, soy Patricia. Espero que estés listo.
—Claro —mentí otra vez—. ¿Dónde estás tú? Habíamos quedado en casa.
—Esperándote en el portal, como siempre.
—OK, bajo enseguida.
Me peiné por encima con la mano, me puse una camisa, un golpe de colonia y salí corriendo, dando un portazo. Ella me estaba esperando dentro del portal, para no pasar frío, según dijo.
—Cariño. ¿Qué haces? —Me preguntó de camino al restaurante.
—¿Yo? Nada, ¿por?
—No te habrás dejado las llaves otra vez, ¿no?
—No, Patricia. —Dejé de palparme y metí las manos en los bolsillos del pantalón, un Calvin Klein hecho a medida que me había comprado para la ocasión y que me había costado casi tanto como el anillo de compromiso.
Sonrío ahora, tanto tiempo después, recordando la escena ante el espejo.
—Vale, cuando te presente a Del Val —dijo ella—, dirígete a él siempre de usted y no lo mires fijamente a los ojos, porque le incomoda. Ah, y no le lleves la contraria. Y ni se te ocurra contar uno de tus chistes; no hacen gracia.
Del Val era su jefe, y en nuestra casa se le mostraba más respeto que al mismísimo Dios.
—Estoy impaciente —resoplé.
—¿Cómo dices, Toni?
—Que tengo muchas ganas de conocerlo por fin —repetí con un entusiasmo mejor fingido.
—Mejor, pero aumenta el ritmo —dijo Patricia, nerviosa—. No me gustaría hacerle esperar.
—Claro que no, Patri.
—Que no me llames así, Toni. Y menos delante de mi jefe, me haría parecer débil. ¿Me has entendido?
—Alto y claro.
Patricia miró su reloj y aceleró el paso.
Estábamos llegando al restaurante cuando ella me cogió del brazo. Al parecer, era importante que su ilustrísimo jefe, el señor Del Val, nos percibiera como una pareja sólida. Nuestras pisadas resonaban entre las fachadas. Yo intentaba seguir su ritmo, pero algo no iba bien.
—¿De verdad me estás diciendo que has tenido que prometer una propina al restaurante para que nos reservaran una mesa?
—Conocía esa voz. Era la que ponía mi mujer cuando estaba a punto de iniciar una discusión que tenía ganada de antemano.
Pero yo tenía la cabeza en otras cosas; en las luces borrosas de las farolas, por ejemplo, que se quedaban pintadas como trazos en mis retinas como en un lienzo horripilante—.
Y encima una mesa alta. Son las que están junto a la puerta de la cocina, o peor, al lado de los servicios.
—Suspiró—. Ahí es donde meten a los turistas extranjeros, lo sabe todo el mundo.
Eres idiota, cariño. Qué vergüenza voy a pasar.
Seguía tirando de mí cuando tropecé con un banco de madera.
—¿Qué haces? No es buen momento para hacer el tonto, Toni.
—No me encuentro bien, cariño.
—No empieces a quejarte, ni se te ocurra. Ahora no.
—¡Patricia! —Sentía hormigueos en las extremidades del lado izquierdo.
—¿Qué pasa?
—No puedo ir a la cena, me estoy asustando.
Me miré la mano. Temblaba como si hiciera mucho frío. Si intentaba caminar, mis piernas respondían a medias. Patricia me agarró del brazo y tiró de él.
—¿Ya estás otra vez? —Me miró con los ojos muy abiertos.
Me hacía daño—. Pues no es momento para que te pongas hipocondríaco.
Será algo que te han dado en el hospital, hijo.
Si le prestas atención, te domina. Pasa de ello y se te olvidará.
Una vez que hayas tomado un par de vinos en la cena, estarás perfectamente.
Ahora, vamos. —Me apoyé en el respaldo del banco, aterrado—. Pero ¿qué haces?
—No puedo ir a la cena —repetí, muerto de miedo. Miraba a mi alrededor, pero la vida cada vez se me presentaba con más manchas borrosas.
Ella me miró. Estaba desconcertada, rabiosa y nerviosa.
—Vamos a llegar tarde —dijo, llevándose una mano a la frente—. Del Val me va a matar —gimoteó.
Prioridades. Siempre han sido el punto débil de mi mujer.
—Patricia, voy en serio. Yo…
—Toni —me advirtió con un dedo en alto, pero luego cedió un poco y me ofreció una solución de compromiso—. Después de cenar, si sigues raro, iremos a urgencias. Venga, vamos.
Volvió a tirar de mi brazo.
Raro. Yo no me sentía raro, carajo. Me estaba dando un ataque.
Me deshice de su agarre de un tirón.
—¿Vienes o no? —Era un ultimátum, más que una súplica. Cuando tu cuerpo deja de obedecerte, complacer a tu mujer deja de ser la máxima prioridad.
—No voy a permitir que esas películas que te montas me arruinen la cena, Toni. ¡Toni! ¿Qué estás haciendo?
—Me voy a pedir ayuda, Patri. Excúsame frente a tu jefe. Me está pasando algo grave.
—Antonio Galán Martín —dijo Patricia con voz gélida—. Vuelve aquí ahora mismo. O te arrepentirás, te lo advierto.
Le dediqué una última mirada y emprendí el regreso a casa, dejándola allí plantada, con lágrimas en los ojos y el rostro acalorado.
Durante los menos de quinientos metros que me separaban de casa, procuré no pensar en nada en absoluto.
Me limité a poner un pie delante del otro, ignorando a aquellos con los que me cruzaba.
Por cómo me miraban, debía de parecer que iba bebido o drogado.
Traté de formarme una idea de cómo se me veía desde fuera.
Un chico pálido, invadido por sudores fríos, con la mirada perdida y un caminar inestable.
Al cabo de unos minutos por fin llegué al portal.
Un vecino que salía me aguantó la puerta y entré.
Empecé a subir penosamente las escaleras hasta el primero.
Solo cuando estuve frente a la puerta de mi piso me percaté de que me había dejado las llaves dentro, con las prisas.
Todo estaba borroso. Agité los brazos en el aire para activar el sensor de luz, pero no funcionó.
O eso creía yo, desconocedor todavía de que el problema eran mis ojos.
Había empezado a ver el mundo con un filtro opaco y lleno de manchas.
Me volví con las manos por delante para no chocar, caminando torpemente, sin saber qué hacer. Estaba buscando el teléfono móvil de mi caro pantalón cuando pisé el borde de un escalón y caí al vacío.
Ojalá hubiera perdido el conocimiento, porque, de haber sido así, no habría vivido el terror de encontrarme tirado en el descansillo de mi edificio, sin poder enfocar bien y con una pierna dormida desde el tobillo hasta la cintura.
Lloré en soledad. No tuve el coraje de pedir auxilio a gritos. La espera se me hizo larga como una vida entera.
Había recobrado la nitidez en la vista cuando, algunas horas más tarde, Patricia salió del ascensor y me encontró sentado sobre nuestro felpudo, con la espalda apoyada en la puerta y las mejillas cubiertas de lágrimas secas.
No me preguntó qué había pasado. Tampoco me gritó por haberla dejado plantada.
—Venga, entremos en casa. Es tarde —fue lo único que dijo.
No volví a experimentar algo parecido hasta pasados dos meses, cuando, tras despertar completamente ciego, una ambulancia me trasladó al hospital y mi vida cambió para siempre.
—Afrontaremos esto juntos —me dijo entonces. Se ve que, ese día, no tenía ninguna cena de compromiso.
Lo afrontamos juntos. Hoy en día sigo afrontándolo. Solo. Patricia no lo soportó. O tal vez lo nuestro ya estuviera muerto desde antes.
Era una mujer muy guapa, tanto que, a veces, yo no podía evitar preguntarme qué milagro se había obrado para que ella estuviera conmigo.
Al final del matrimonio peleábamos mucho, sin cesar.
Lo bueno de las peleas eran las reconciliaciones.
Después de hacer el amor, en penumbra, ella me abrazaba con fuerza, con su larga y rizada melena derramándose sobre mi torso, y me pedía perdón.
Me susurraba lo mucho que me quería, y yo le contestaba que la amaba y que siempre estaríamos juntos. Los dos lo creíamos de verdad.
¿Qué es lo que más echo de menos de ella? Lo feliz que era al sentir sobre mi pecho su larga y rizada melena pelirroja.