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Día de emisión del tercer episodio. Apartamento de Toni. Día.
A la mañana siguiente, estoy sentado sobre mi esterilla en mitad del salón, recuperando el resuello y con las axilas goteando sudor, sin saber que en unas horas estaré cruzando la puerta enrejada de una celda.
Con los años —y de las formas más horribles que uno pueda imaginar— he aprendido que la línea que separa la vida de la muerte, la felicidad pura del abismo más oscuro, es fina.
Solo se necesita un segundo para atravesarla.
En un momento la vida parece idílica: estás viviendo en un apartamento moderno y funcional con vistas al Pacífico; trabajas en lo que siempre te ha apasionado y te pagan bien por ello; recibes reconocimiento internacional.
Entonces, ¡pam! , tienes la tele puesta, ves la cara de esas chicas en la pantalla (bellas y radiantes, en la mejor etapa de su vida), y recuerdas lo fina que es esa línea.
—¿Toni?
Es Peter Montgomery. Me vuelvo hacia él. Como siempre, Peter me sonríe. Es una sonrisa maquiavélica.
Resoplo agotado. No recibo ni una pizca de piedad por su parte. Nunca lo he hecho.
—Aún me debes cincuenta flexiones —dice, implacable.
Me lanzo al suelo y empiezo una nueva serie. Ya no veo los rostros de esas chicas, pero los locutores siguen hablando de ellas. Sus comentarios me llenan de rabia. La utilizo para completar mi serie de flexiones.
La gente subestima el poder de esa cálida y reconfortante vela que es la salud, y no se dan cuenta de la oscuridad y el frío que quedan cuando esa vela se apaga.
Hoy es domingo, se supone que Peter no debería estar en casa. Pero el viernes tuvimos que cancelar la sesión debido a la crisis que se me vino encima con todo lo de Evelyn Crowe y la productora, de modo que decidimos mover la sesión al día de hoy.
Da igual cuántas mujeres mueran o si pierdo el empleo de mi vida: las tres sesiones de pesas semanales son innegociables.
—¿Puedes hacer el favor de apagar eso? —le pido, señalando el televisor, mientras recupero el aliento—. No lo soporto.
Él se encoge de hombros y hace lo que le pido. Me observa desde la altura.
—Te veo bien —dice—. ¿Has tenido algún síntoma esta semana?
—No.
—¿Ningún hormigueo?
Meneo la cabeza.
—Bien, eso es que el tratamiento, combinado con nuestras sesiones, funciona.
—Sí.
—¿No deberías mostrar más entusiasmo?
—Por algo la llaman la enfermedad de los síntomas invisibles —explico.
Es lo que no entiende la gente. Cuando tienes un virus digestivo, o problemas respiratorios, o incluso un cáncer terrible, resulta evidente a la vista.
Todos te notan jodido y se apiadan de ti, es automático.
Pero cuando cargas con una enfermedad como la mía, nadie parece darse cuenta.
Te ven aparentemente sano, llevando una rutina normal, y se olvidan de la lucha que combates cada día.
Los hormigueos, los mareos, los calambres o la ceguera transitoria…
no, todo eso no se aprecia a simple vista.
La enfermedad de los síntomas invisibles.
—Quizá te sentaría bien ir a ver a un psicólogo de la fundación —comenta.
Yo vuelvo a negar con la cabeza.
—No necesito un psicólogo, ya me desahogo contigo. Me vale con eso.
—Vamos, las treinta últimas —ordena.
Lo que sea para mantener la vela encendida —aunque ya no sea tan cálida ni tan reconfortante—, ni que sea por unos segundos.
Mientras estoy terminando la última serie de flexiones, siento mi móvil vibrar sobre el mueble del televisor.
—Es Hada —anuncia Peter, comprobando la pantalla.
—Luego la llamo —digo sin resuello. «Tres, dos, uno…»
—¿Cuándo le vas a pedir una cita? —dice, mientras yo doy un buen trago de agua de mi botella.
—Es la secretaria de mi jefa —argumento, como si eso lo explicara todo.
—¿Y qué?
—Además, no la quiero de ese modo. Y a ti no te pago para que metas en mi cabeza ideas maliciosas —contesto.
—Me pagas para que te ponga en forma. —Se sienta a mi lado, en la esterilla—. Las ideas maliciosas son gratis.
Me acerca a la boca una onza de chocolate. Puro, mi preferido.
—Te lo has ganado —dice.
Voy a hincarle el diente, pero, en el último segundo, Peter aleja la onza de mí.
—Solo después de los estiramientos, ya lo sabes.
«Sí, ya lo sé, pedazo de sádico».
—Te odio —gruño.
Es mi ángel de la guarda, pero durante una hora al día, tres veces a la semana, lo odio con todo mi ser.
Realizo los estiramientos bajo su supervisión y me gano el dulce como un perrito que acaba de dar la patita. No me importa. Siento el cacao derritiéndose dentro de mi boca, el delicioso amargor diciéndome que tanto esfuerzo ha merecido la pena, la satisfacción por el trabajo bien hecho.
Y, por un breve momento, la culpabilidad y el desazón por las dos mujeres muertas desaparece. Al menos hasta que, con un estremecimiento de inquietud, recuerdo que solo faltan unas horas para que se emita el tercer episodio.
Estoy en el baño. Peter ya se ha despedido y me dispongo a ducharme. Contemplo mi cuerpo sudado. No soy ningún modelo, pero me conservo en forma. Es inevitable cuando te obligan a abandonar casi todos los vicios y haces ejercicio intenso de manera regular.
Algo bueno tenía que tener esta enfermedad, ¿no?
Me miro a los ojos, desafiante, en espera de que comience la película de mis recuerdos, algún relato de mi vida pasada.
Evoco una tarde nublada de 2019. Ya me ha venido a la memoria muchas otras veces. Podría decirse que es mi recuerdo favorito, solo que en realidad es todo lo contrario.
Ese viernes, los acontecimientos se plantaron en mi puerta y se sucedieron todos a la vez, sin hacer fila siquiera.
Era el día más importante en la vida de Patricia.
Por supuesto, se trataba de una exageración, pero así lo había expresado ella, siempre tan dada a dramatizarlo todo.
Así que fue una inconveniencia que, pese al recordatorio que yo había configurado en mi móvil y el pósit que había pegado en la puerta de la nevera, me olvidara de ello por completo.
Luego estaba lo del manuscrito, que ya debía haber entregado a la editorial y que ocupaba gran parte de mis pensamientos.
Comprobé el número de palabras, me fijé en que lo que había escrito esa mañana había desaparecido y, joder, tuve que escribirlo de nuevo.
Me crecían los enanos. Pero solo necesitaba un esfuerzo más, media hora como mucho, y lo tendría listo para enviar.
Si me concedían un rato en paz, podía tenerlo listo…
si se obraba el milagro y el teléfono se mantenía en silencio…
El teléfono sonó.
—¿Hola? ¿Toni? Llamo de la editorial. El editor quiere saber cuándo nos vas a enviar el manuscrito.
Miré el reloj en la pantalla del ordenador.
—En cinco minutos, Rosa. Ya casi lo tengo. Solo tengo que exportarlo y adjuntarlo.
—Gracias, Toni. Entonces me quedo a la espera. Ciaooooo.
En el mismo momento en que colgué, el teléfono volvió a sonar.
—Cariño —dijo la voz de Patricia—. No te has olvidado, ¿verdad?
Traté de recordar qué era lo que podía haber olvidado.
Me llevé el móvil a la cocina, en busca de algo de comer, para ver si se me refrescaba la memoria.
Encontré todo el frescor que necesitaba en un pósit amarillo pegado en la puerta de la nevera, junto a un imán de Islandia (recuerdo del viaje de novios) y una foto Polaroid de nuestra boda.
—¿Toni? —repitió mientras yo leía el pósit con el sudor subiendo por mi espalda.
—Perdona, Patri. Claro que no me he olvidado. A las nueve en el Leña. ¿Nos vemos allí?
—¿Después de lo de la última vez? Ni de coña. Eres capaz de volver a perderte. —Hizo una pausa—. Y soy Patricia, no Patri, ya lo sabes.
Quise decirle que yo no me había perdido, y que no tenía la culpa de que la avenida se hubiera puesto en obras justo esa semana, obligándome a dar un rodeo en plena hora punta de tráfico, y sin que el navegador del coche estuviera actualizado. Pero me lo pensé mejor y me mordí la lengua.
—Paso por casa a recogerte —dijo Patricia—. Iremos andando desde allí.
—Vale, Patri… —tosí—. Patricia.
—¿Has confirmado la reserva?
—Sí —mentí sin pensármelo. ¿Había que confirmarla? Me detuve a pensar. Si algún día alguien organizaba una competición de despistados, definitivamente yo podría representar a España y haría un digno papel.
En ese momento vi que me llegaba un email a mi servidor de correo.
Era del hospital. Lo leí sobre la marcha.
Era un recordatorio: esa tarde tenía cita con el neurólogo.
La enésima, en la que volverían a repetirme lo mismo respecto a los calambres y mareos: «Tienes que procurar rebajar el nivel de estrés, Antonio.
Y dormir mejor, que duermes muy poco». Mierda para ellos.
Es lo que me gustaría decirles ahora a todos esos listillos. Pero, en fin, qué importa ya.
—¿Y si vienes a buscarme al hospital y quedamos en la puerta? —propuse.
—¿Tienes consulta? —elevó la voz.
—Sí, ya te lo dije.
—Joder, Toni. ¿Justo hoy?
—Yo no elijo las fechas, Patricia.
—Pues no puedo, he cogido cita en la peluquería para lo de esta noche. Nos vemos en casa —dijo, y colgó.
Veinte meses antes, en una joyería del exclusivo barrio Salamanca de Madrid, me había gastado en el anillo de compromiso más dinero de lo que había ingresado por mis dos últimas novelas juntas. Había que joderse.
Vi el recordatorio en el teléfono. Mejor tarde que nunca.
En el mensaje, que yo había escrito unos días antes, había un número de teléfono.
Y había llamado para hacer la reserva, estaba casi seguro.
Pero ¿la había confirmado? Había querido hacerlo, pero el trabajo se había acumulado y tenía tiempo de sobra…
hasta que al final había dejado de tenerlo.
Rosa estaba ahora escribiéndome un chat en la pantalla del ordenador.
Toni, ¿tienes ya el manuscrito?
Ya casi está, Rosa. Dame un segundo, ¿vale?
Terminé de teclear el número y respiré aliviado cuando alguien respondió:
—Restaurante Leña. ¿En qué puedo ayudarle?
—Sí, hola —dije, casi besando el altavoz—. Quería confirmar una reserva para tres, para esta noche.