13 #2
Me quedo cortado. No esperaba esa pregunta.
—Estoy preparando una nueva película —digo, saliendo del paso.
—Ah, sí, el ambicioso proyecto que mencionabas en tu email. —No lo conozco lo suficiente para saber si ha ido con ironía, aunque me lo parece.
Asiento en silencio.
—Te confieso que he buscado tu nombre en redes sociales —dice, mientras le da tiza al taco con mucha parsimonia—. No he encontrado nada.
—No estoy en las redes. Por privacidad, ya sabes.
—Tampoco he encontrado trabajos previos.
—Tengo un seudónimo —respondo, haciendo gala de buenos reflejos.
—Bien hecho. En este mundillo de víboras, la privacidad es esencial. ¿Puedo saber tu seudónimo?
Considero que ya basta de ser encantador, y además, por este camino se desvelará mi mentira nada más empezar, así que pongo un toque de hierro en mi voz y afronto el tema de mi interés:
—Escucha, Chase, tengo entendido que te despidieron de tu último trabajo a las primeras de cambio.
Los dos botellines están sobre el borde de la mesa de billar; el suyo, de cerveza; el mío, de kombucha. Él bebe un sorbo del suyo, pensativo.
—No se puede ganar siempre —dice.
—Desde luego. —«A mí me lo vas a decir»—. Aunque no tienes aspecto de ser de los que pierden.
—Hago lo que puedo.
—¿Qué pasó?
De pronto suena el griterío eufórico de aquellos que están pendientes de las pantallas, haciendo retumbar las paredes. Me sobresalto. Alguien ha ganado el partido con un lanzamiento sobre la bocina. Donovan sigue inmóvil, con los párpados un poco entornados, estudiando la posición de las bolas.
—Deberías apuntar más a la izquierda si no quieres colar la blanca —le sugiero, una vez me he recompuesto.
—Sé muy bien dónde tengo que apuntar —dice con frialdad.
Suelta un fuerte latigazo y muchas bolas de la mesa salen disparadas en todas las direcciones. Rebotan y chocan entre sí. Tres de ellas acaban colándose por los agujeros. Un golpe maestro tras el cual Donovan se yergue impasible, como si lo que acaba de hacer fuese de lo más sencillo. Billaristas…
Yo alzo un momento la mirada para encontrar sus ojos. Me observan con tranquila curiosidad. No parece inquieto.
—¿Qué pasó, Chase? —insisto.
—¿Es esto una prueba?
—¿Cómo?
—Que si me estás haciendo una entrevista de trabajo.
Continúo sosteniéndole impávido la mirada. Si la aparto, corro el riesgo de que el pez rompa el sedal y se zambulla de un coletazo.
—¿Nos conocemos de antes? —pregunta ahora Donovan, como si hubiera caído en algo de pronto.
—No lo creo.
—¿Quién demonios eres? La verdad.
—¿La verdad? Ya lo ves —digo, controlando una tímida sonrisa—. Uno que detesta el billar y bebe kombucha.
—¿Me estás vacilando?
—En absoluto.
—No eres director, eso seguro.
—¿Lo dices por lo de internet? Ya te he dicho que…
—Ningún director se mostraría tan interesado en un actor mediocre como yo. Así de sencillo.
Sonrío.
—¿Siempre eres tan brutalmente sincero?
—Solo cuando sospecho que me están engañando. —Entrecierra los ojos—. Ahora que lo pienso, pareces periodista.
Me sobreviene una carcajada. A lo largo de mi vida me han llamado muchas cosas, pero nunca periodista.
—Haz el favor de no insultar.
Él ríe también entre dientes ahora, aunque sin humor.
—Tienes razón —dice—. Las cosas no siempre son lo que parecen.
—Es verdad. No siempre.
—Pero sigues sin aparecer en internet. No conozco a un solo director, productor, actor de esta industria, ni siquiera compositor musical, que no aparezca en decenas de páginas en la red.
No contesto a eso.
—¿Qué quieres de mí? —insiste—. ¿Por qué querías verte conmigo aquí?
Apuro el contenido del botellín.
— El asesino de novias —digo, y una arruga casi imperceptible vibra en las comisuras de sus labios.
—¿Qué pasa?
—Te llamaron para el casting.
Él se ha inclinado de nuevo hacia la mesa con la intención de golpear a la bola, pero no llega a hacerlo; ni siquiera coloca el taco.
—Sí.
—Y te contrataron como actor de reparto.
Vuelve a erguirse.
—Actor secundario, por favor. No hables como esos pedantes de la academia.
—¿Llegaste a leer el guion? —sigo con mis preguntas.
—Pues claro. Hasta llegué a rodar un par de escenas. ¿A qué viene tanta pregunta?
Un poco más de acero en la voz:
—Viene a que creo que te mueres de ganas por vengarte de Evelyn Crowe y su ejército de lacayos.
—Yo, y cientos de personas más en esta maldita ciudad. ¿Qué más da eso? Mira, si lo que quieres es una declaración explosiva contra Crowe, llegas meses tarde, amigo. Toda esa basura ya fue publicada, es de interés público mi aversión hacia esa mujer y todo lo que tiene que ver con la productora.
—Me preguntas que qué más da. Está muriendo gente, y creo que el autor de las muertes es alguien que tiene motivos para destruir la productora desde dentro.
Ahora Donovan me mira de un modo diferente. Como si buscara grietas en la estructura.
—No sé de qué hablas.
—Las muertes que se han producido imitando a Derek Cross en El asesino de novias .
Quiero pillarlo, acorralarlo contra las cuerdas. Espero con mi comentario que palidezca hasta alcanzar su piel el color del marfil de la bola blanca, pero no lo hace. Sin embargo, algo parpadea en su expresión, como una llama tras una cortina.
—No veo la serie —responde.
Tuerzo el gesto.
—El caso está siendo noticia.
—Tampoco veo las noticias. ¿Tú crees que me importa un carajo que hayan matado a dos mujeres en una ciudad de cuatro millones de habitantes?
—Mientes —le ataco.
—Hace un minuto era brutalmente sincero —responde.
—¿Cómo sabes que fueron dos mujeres? —pregunto, ignorando el cínico comentario.
—No se te pasa ni una, ¿eh? Acabas de decir que están imitando al de El asesino de novias . Novias implica mujeres.
—A ti tampoco se te pasa ni una.
Deja escapar el aire.
—Pero digamos que algo he oído.
—¿Dónde estabas cuando mataron a esas chicas?
—¿Ahora me interrogas? Ni siquiera sé cuándo las mataron. —Yo tampoco lo sé—. Se te da mejor el papel de director de cine que el de inspector de policía, capullo. Por un segundo, casi habías conseguido engañarme.
Miro a mi alrededor. Varios tipos se han vuelto atraídos por nuestra acalorada conversación y nos observan con curiosidad. Donovan también se ha fijado. Es lo que no quería.
—Dame una sola razón para no denunciarte a la policía, Chase.
El silencio que sigue entre nosotros, a pesar del revuelo alrededor, es casi desagradable. Donovan ha bajado la vista y mira su cerveza. Al cabo de unos segundos la alza de nuevo, brusco, desafiante.
—No creía que fueras uno de esos. Tenía que haberlo imaginado al decirme que no sabías jugar al billar.
—¿Uno de cuáles?
—De los que se hacen pasar por otros en internet para lograr lo que quieren.
—¿Y de cuáles eres tú?
Otro silencio. Ahora Donovan sonríe con arrogancia.
—De los que van de cara.
—Si fueras de cara me dirías por qué te echaron, por qué no estás trabajando y por qué has contestado con evasivas cuando te he mencionado los asesinatos.
De repente, un tipo grita desde la puerta:
—¡Eh! ¡Tú eres ese actor, el del anuncio!
Más tarde sabré que se refiere a un anuncio de crema facial en el que Donovan salía sonriéndose frente al espejo. Estaba hasta en la sopa.
Pero ahora no tengo tiempo para pensar en eso, porque Donovan me está desafiando con la mirada.
Comprendo que está tramando algo, tal vez aprovechando la intromisión del fan de la puerta, pero lo comprendo demasiado tarde.
El actor toma el taco con las dos manos, y por un segundo creo que piensa golpearme con él.
Un segundo que tardo en reaccionar. Él me lo lanza con delicadeza, como si se tratara de un ramo de rosas.
Instintivamente, alzo los brazos con las manos abiertas.
Atrapo el taco en el aire en medio de exclamaciones de los de alrededor.
Ese segundo lo ha aprovechado él para salir corriendo.
Cuando alzo la vista de nuevo, la puerta del bar ya está entornándose.
Y no veo a Chase Donovan por ninguna parte.
Corro hacia allí, haciendo a un lado al fan, pero el hombretón del bigote está ahora ante mí, interponiéndome el paso. Me arrebata el taco y lo enarbola con fuerza hasta que sus hinchados nudillos palidecen. No necesita hablar para dejarme claro que, si sé lo que me conviene, no seguiré a su amigo.
Por supuesto, me rindo.
Cinco segundos después, apoyado en el marco de la puerta de la taberna, veo a Donovan desaparecer calle abajo.
Cuando vuelvo a entrar al Gilmore, noto los ojos de todos encima de mí. Los míos, sin embargo, buscan instintivamente a Mia Clarke.
Pero ella también se ha esfumado.