Pack Toni Galán (libros 1-3) 13
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Un día para la emisión del tercer episodio. Interior del Gilmore. Noche.

El establecimiento se llama Gilmore, lo que me recuerda a la antigua serie de televisión protagonizada por una madre y su hija del mismo apellido.

La sintonía empieza a sonar en mi cabeza, como si alguien hubiese pulsado los botones de un tocadiscos automático.

No puedo pararla. Lorelai Gilmore le pinta las uñas de los pies a su hija Rory.

La dulce Sookie prepara un delicioso pastel.

Luke, el tipo duro, pasea su gorra observando la vida con desdén.

Emily Gilmore juzga a su hija con la mirada y Richard, su esposo, se encarga de mantener la fiesta en paz con un elegante gesto de gafas.

Sin duda, la humedad está reblandeciéndome el cerebro.

Es temprano, y eso que he perdido media tarde decidiendo qué ponerme.

¿Qué elige uno cuando acude a una cita falsa con un actor fracasado en un garito deportivo de un barrio de clase alta?

Al final he optado por una camiseta de los Dodgers debajo de mi cazadora de cuero y me he calado una gorra de béisbol en lugar de perder tiempo mojándome la cabeza.

Me encanta esa gorra. Me la regaló Hada en mi último cumpleaños.

El disfraz no es casual. Es como yo me imagino a los exitosos directores de cine de la nueva generación.

Nada que ver con Quincy Jones y los de su quinta, barbudos desgreñados que dirigen repantingados en su silla con una camiseta negra que desvela sus vergüenzas.

Los nuevos cineastas, por lo que he podido observar en el tiempo que llevo aquí, son tan estrellas como los actores principales o los cantantes de pop.

Son marcas personales con patas. Eso incluye la estética, el protocolo frente a las cámaras y el cuidado de sus redes sociales.

Y esta noche, yo tengo que pasar por uno de ellos.

Estimado señor Chase Donovan, permíteme el atrevimiento de tutearte.

El email lo había redactado Hada, más acostumbrada a ese tipo de comunicación. Yo traté de convencerla para que usara un lenguaje más formal, pero ella me dedicó esa mirada suya, tan venenosa y tierna al mismo tiempo, que parecía gritar: «¿quieres confiar en mí?»

Me dirijo a ti con la confianza de que podamos arreglar un encuentro cordial, bla bla bla…

¿Conoces el bar Gilmore? Si no me han engañado mis fuentes, tú creciste cerca, así que es posible que lo conozcas, bla, bla bla…

Pronto iniciaré un ambicioso proyecto en el que creo que encajarías a la perfección. Pero dejemos algo para mañana, si te parece. De lo contrario, se romperá el misterio. Y yo soy un gran amante del mismo…

Lo envié con mi dirección falsa. Creé a Blake Harrison al día siguiente de aterrizar en Los Ángeles, siguiendo un divertido test en un grupo de cinéfilos de Facebook.

• Nombre: la actriz que coincide con el día del mes en que naciste (Blake Lively).

• Apellido: el actor que corresponde con tu mes del año (Harrison Ford).

Lo hice por diversión, pero también movido por la idea de que nunca se sabía cuándo me vendría bien adoptar una identidad más anglosajona.

Al fin había llegado el momento.

Donovan ha contestado esta mañana con un escueto:

Allí estaré, señor Harrison.

Cuatro palabras en un monitor, píxeles negros sobre blanco provenientes de un desconocido, que me han provocado un escalofrío.

Empujo la puerta del Gilmore cuando aún falta un cuarto de hora para las nueve, que es cuando he quedado con Chase Donovan.

El local, oscuro, con pocas ventanas, está iluminado por lamparitas de pantalla verde situadas sobre cada mesa que le dan un toque distinguido y antiguo.

Se oye el golpeteo de tacos en las bolas de billar, el entrechocar de carambolas y algún que otro brindis por encima de la música rock de los noventa.

Pocas cosas más reconfortantes y patriotas que el Whiskey in the jar de Metallica en un garito de la costa californiana.

Mire donde mire, no hay pared sin televisor; todos superarán las cincuenta pulgadas, y cada uno de ellos está emitiendo un partido o deporte distinto. El paraíso del americano medio.

Deambulo entre las mesas y voy directo a la barra, que está más animada.

Me apoyo ocupando uno de los taburetes giratorios.

Estoy tentado de empezar a dar vueltas, pero decido que sería considerado una demostración de inmadurez y no lo hago.

Ante mí, el barman empieza a agitar una coctelera, como queriendo tentarme.

Me distraigo mirando alrededor: hay pocas mujeres.

La clientela se ve salpicada por lo que yo llamo nuevos ricos.

Jóvenes con camisas Dolce bajo, tripón y con dos brazos sonrojados y desnudos por debajo de un chaleco con parches típicos de motorista.

Desde luego, no tiene aspecto de actor. El otro es un tipo alto y desgarbado, con la chaqueta un par de tallas grande por encima de una camiseta rosa.

Bien podría hacer tanto del típico amigo del protagonista en una comedia romántica, como del primero en morir en una invasión zombi.

—¿Chase Donovan? —le grito por encima de la música. Cuando tengo su atención, le estrecho una mano—. Soy Blake Harrison. Es un placer.

Veo que le cambia la expresión de acero al oír mi nombre falso. Con suavidad, apoya el taco en el borde de la mesa y me corresponde el saludo. Acto seguido, se prepara para reanudar la partida, hecho que me confunde.

Huele a gel mentolado, y el pelo moreno aún lo tiene húmedo, como si acabara de salir de la ducha. Viste unos vaqueros rotos y una camisa azul oscuro con el primer botón estratégicamente desabrochado para dejar entrever unos pectorales bronceados y marcados.

Parece mirar la vida con cierta petulancia, como si esta fuese un videojuego trucado.

Pero también tiene un punto afable. Su sonrisa temeraria, una voz un tanto atolondrada y su aspecto descuidado, como si acabara de levantarse, lo hacen más atractivo para el sexo opuesto que los músculos trabajados en el gimnasio o el vello depilado, en contra de lo que él mismo pueda pensar o entender.

Sonrío porque esas son las palabras que usé para describir al personaje que Donovan iba a interpretar, y ahora que lo tengo delante, veo que el equipo de casting eligió bien. Lástima que tuvieran que despedirlo.

—¿Te apuntas? —me pregunta mientras se inclina sobre el paño verde para alinear el taco bajo la barbilla, en postura impecable, repitiendo una y otra vez el vaivén en el ángulo formado por el pulgar y el índice.

Me doy cuenta de que interpreta perfectamente el papel de joven triunfador entregado a la vida.

Juega con calma y habilidad, sereno. Desliza con suavidad el taco entre los dedos, muchas veces, antes de aplicar el golpe hacia la bola adecuada e introducirla en el agujero. Sabe lo que hace.

—Soy nulo al billar —respondo al acto, porque es la verdad. En realidad, lo que pasa es que nunca le encontré el atractivo a golpear bolas con un palo.

—Como quieras. —Se encoge de hombros.

—Tenía la esperanza de que pudiéramos hablar en privado.

A Donovan le basta con una mirada fugaz a sus dos compañeros.

—Estaremos en la mesa del fondo —dice el motero del bigote, captando el mensaje. Su voz suena como si masticase metralla.

—¡Sí, vamos! —confirma el otro, colocándose un mechón en un gesto que habrá realizado millones de veces en su vida.

Nos quedamos solos en torno a la mesa de billar. Pedimos dos bebidas que pago yo. Él sigue golpeando bolas mientras hablamos de nada en concreto. Es algo violento, casi maleducado.

—¿En qué estás trabajando ahora, Chase? —pregunto. No he preparado la conversación, así que iré donde esta me lleve.

—En nada. Me estoy tomando un tiempo sabático. ¿Y tú?