Pack Toni Galán (libros 1-3) 12
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Dos días para la emisión del tercer episodio. Apartamento de Toni. Atardecer.

Cae la tarde. Estoy en casa, repasando una y otra vez los episodios de la primera temporada, tanto los emitidos como los ya grabados, por si encuentro algo que se me esté escapando y que pueda darme alguna pista, cuando Hada llama a la puerta.

Me sonríe cuando abro. Una sonrisa sincera es algo que se agradece en un día así.

Alfred se restriega en sus rodillas y ella le acaricia la cabeza.

Me fijo en que sostiene un folio entre sus manos.

—¿Has encontrado algo? —pregunto cuando la dejo pasar.

—He conseguido cierta información que podría resultar interesante.

Hada accede al salón, y de repente todo se acelera. Es lo que ella provoca. Tiene una pasión y una energía que la convierten en una entidad viva y dinámica imposible de ignorar.

—Por fin algo de luz. ¿De qué se trata?

—Dos actores que salieron mal de la productora. Uno de ellos, Tom Sanders, fue despedido hace unos dos años. Tú aún no estabas aquí, pero se formó un gran revuelo porque tenía un papel importante en una serie del género western .

—¿Qué serie? —pregunto por curiosidad.

—No la conoces, no llegó a emitirse. El escándalo fue tan sonado que acabó echándola por tierra.

—¿Y sabes qué fue de él?

Hada asiente.

—Está muerto.

—Vaya. —Siento que el globo de mi estado de ánimo vuelve a desinflarse—. Eso no aporta nada de luz.

—Es que hay más.

—¿Más?

—Las circunstancias que rodean su muerte son… —se muerde el labio inferior— confusas.

Ladeo la cabeza.

—¿Confusas?

—Según parece, Tom Sanders se suicidó hace ocho meses.

—¿Cómo?

—Esa es la parte confusa del asunto. Él y su esposa estaban pasando el fin de semana en su casa de Santa Bárbara. Una tarde cogió su coche y se tiró por un acantilado, o algo así.

Noto que empiezo a espabilarme.

—¿Qué? Me tomas el pelo.

—No. Todavía no he conseguido reunir todos los detalles. El Los Angeles Daily News solo sacó una nota breve al respecto. —Hada esboza una sonrisa y me tiende la fotocopia de un recorte de periódico atrasado—. Lee esto.

El titular reza: TRAGEDIA MORTAL.

«Menuda economía de palabras», pienso. Sigo leyendo.

El actor Tom Sanders murió la pasada madrugada al sufrir un grave accidente cuando su vehículo descapotable se salió de la carretera y cayó contra las rocas del acantilado de More Mesa.

El cuerpo de Sanders, conocido por sus papeles en varias películas de acción de bajo presupuesto, aún no ha sido encontrado.

Según fuentes de la policía local, el accidente ocurrió aproximadamente a las 7:45 p.m., cuando el coche de Sanders se salió de la carretera en una curva cerrada. Todo apunta a que Sanders se quitó la vida.

La jefa de policía de Santa Bárbara, Elena Rodríguez, indicó que «las condiciones meteorológicas eran favorables y no parece haber factores externos que hayan contribuido al accidente.

Estamos investigando las causas del siniestro, pero la nota de culpa que le dejó a su mujer no deja mucho lugar a la interpretación.

En cuanto a la ausencia del cuerpo, es todo un misterio; todo indica que fue arrastrado por la corriente, en cuyo caso, la recuperación del cadáver será una misión complicada».

Releo la noticia dos veces.

— El cuerpo de Sanders aún no ha sido encontrado —leo en voz alta—. Huele a chamusquina.

Hada asiente.

—¿Podemos hablar con la mujer?

—Lamentablemente, falleció el mes pasado. Un infarto se la llevó. Estaba con antidepresivos.

Sacudo la cabeza con el entrecejo fruncido.

Así que no hay cadáver y tampoco testigos.

Las preguntas que acuden a mi mente resultan obvias: ¿es posible que Tom Sanders siga con vida?

¿Cabe la posibilidad de que simulara su propia muerte con el fin de fraguar su venganza?

¿Venganza contra quién? ¿Contra la productora que lo despidió?

¿Y por eso se dedica a matar a mujeres inocentes?

Resulta un tanto infantil, pero no puede descartarse.

En tal caso, ¿por qué ha esperado dos años?

Ciertamente, El asesino de novias acaba de estrenarse.

Es sabido que la productora tiene muchas esperanzas depositadas en ella, pero aun así…

Por no hablar de que, en vista de los índices de audiencia, es posible que al final todo esto esté favoreciendo a Evelyn Crowe, lo que significaría que Sanders estaría obteniendo el resultado inverso al deseado.

—No creo que él tenga nada que ver —digo.

Ella me mira con mirada confusa.

—¿Y eso?

—Fue despedido hace dos años. Antes de que me contrataran a mí. Y por supuesto, antes de que yo empezara a escribir el guion.

—Bueno, pero trabajó aquí y conoce la empresa —apostilla—.

Puede que más tarde se colara en las oficinas y robara una copia.

Por otro lado, tal vez no necesite conocer el guion de antemano.

Tal vez sea un hombre vengativo que simplemente está reproduciendo los asesinatos después de verlos emitidos por televisión.

Reflexiono sobre lo que me dice. Todo tiene sentido, y al mismo tiempo nada lo tiene.

—Oye —digo, levantando la vista hacia Hada—. Podrías haberme contado todo esto por teléfono. No era preciso que viajaras hasta aquí.

—¿A qué demonios viene eso? —me espeta—. Me apetecía pasar a verte y contártelo en persona. Se me ha ocurrido que podría resultar interesante. ¿Te importa?

—En absoluto. Solo era un comentario.

—¡A veces eres tan borde!

—¡De acuerdo, de acuerdo! —Levanto las manos en gesto de rendición—. Olvida lo dicho.

Ella gruñe por lo bajo. Odio cuando hace eso.

Tiempo atrás, antes de irme de España, me invitaron a un congreso.

No me suelen gustar los congresos, no me gusta viajar ni me gusta demasiado la gente.

No es nada personal. Algunas personas sí me gustan mucho, pero digo en general.

En fin, las fiestas de dos… esas sí que me gustan.

El caso es que, de vez en cuando, solía ir a congresos de escritores y disfrutaba hablando con algunas personas.

Se aprende mucho. Una vez descubres lo tremendamente ignorante que eres, resulta sencillo saber que tienes millones de cosas por aprender.

Por eso es tan importante rodearse de gente inteligente.

Y tener mentalidad de niño. Prueba a hablar con un niño.

Simplemente pregúntale cómo ve el futuro.

Es mágico. Lo proyectan de una manera tan optimista y con tanta ilusión, que prefiero mil veces preguntarle a un niño cómo ve el futuro que a un adulto. Casi todos los adultos son un coñazo.

Yo no tengo hijos y no creo que llegue a tenerlos. En Santa Mónica hay pocos críos, y una productora de cine es el lugar menos indicado para buscar uno, pero Hada es lo más parecido a un niño que he encontrado. Y no pienso soltarla nunca.

—¿Y qué hay del otro? —pregunto.

—¿Qué otro?

—Antes has dicho que había dos actores que habían salido por la puerta de atrás. Hemos hablado de Sanders, pero aún queda el otro.

—Chase Donovan. —Pronuncia su nombre como si fuese un producto descatalogado.

Es un nombre que no significa nada para mí, pero tampoco me resulta del todo ajeno. Se trate de quién se trate, quedó sepultado en mi memoria, junto a las funciones trigonométricas, la tabla periódica y la fecha de cumpleaños de Patricia (ya, voy yo y me lo creo).

—Entró en el casting de El asesino de novias de los primeros, pero duró poco —continúa Hada—. Apenas alcanzó a rodar un par de escenas del episodio piloto.

—¿Llegaste a conocerlo?

—Más su currículum que a su persona. Me cruzaría con él un par de veces, poco más. Su currículum era mediocre, por cierto.

—¿Por qué lo echaron?

—No llegué a saberlo, se mantuvo todo con un hermetismo total. En esos casos, suele deberse a algún tipo de escándalo que no quieren que llegue a la prensa.

—¿Sabes dónde vive?

Agita la cabeza.

—En esa época se alojaba en una habitación de hotel que la productora ofrecía a los nuevos a un precio reducido. Su dirección actual la desconozco, aunque recuerdo que era de aquí, del barrio de Sherman Oaks. —Me observa con curiosidad—. ¿Piensas que él mató a las chicas?

—Eso es mucho decir. Digamos que me gustaría hacerle una visita y charlar con él.

Se queda en silencio.

—¿Qué ocurre? —le pregunto.

—¿Por qué tiene que ocurrir algo?

—Conozco esa cara. Hay algo que te molesta.

Se ríe porque la conozco demasiado bien. Resulta entrañable cuando reacciona así.

—No es eso —dice—. Es solo que… ¿no crees que estás yendo demasiado lejos?

El comentario me ofende.

—¿Demasiado lejos? Hoy han amenazado con despedirme si el asesino sigue matando y la prensa y policía siguen acechando a la productora.

¿Qué haría entonces? Mira esto. —Accedo a mi móvil y, después de una rápida navegación por mi historial, le muestro el panel de ventas de mis libros—.

Por si fuera poco, estos últimos días mi catálogo de novelas ha visto reducidas sus ventas drásticamente porque mi nombre ya ha empezado a relacionarse a nivel internacional con los crímenes.

No puedo quedarme de brazos cruzados, Hada. Mi carrera y mi futuro están en juego.

—Está bien, de acuerdo —asiente—. En ese caso, te ayudaré en todo lo que pueda, ya lo sabes. ¿Puedo usar tu baño? —dice de pronto—. Tengo una emergencia.

—No tienes ni que preguntarlo.

Hada desaparece por el pasillo. Yo decido darme un respiro y saco un paquete de galletas Oreo del armario. Son cerca de las ocho de la tarde, esa hora en la que el sol baña de naranja mi salón a través de las rendijas que dejan los estores, cuando Hada vuelve al salón. Lleva su móvil en la mano.

—Mañana echan el partido en el Gilmore —informa.

—¿Y qué?

—El Gilmore es un sports bar frecuentado por actores y artistas de perfil bajo, en su mayoría hombres, ubicado en Sherman Oaks. Puede que me falle la memoria, pero Chase Donovan era un fanático del baloncesto.

—¿Crees que estará allí?

—No me jugaría las joyas por ello, pero es todo cuanto puedo decirte.

Le acerco el paquete de las Oreo.

—¿Una galleta?

Lo rechaza. Yo sí cojo otra, pero me contengo de chupar la crema blanca, haciendo gala de inmensa madurez.

—¿Tienes su correo electrónico? —le pregunto.

—Supongo que no me costaría buscarlo. ¿Puedo usar tu portátil? —Tarda menos de diez segundos desde que le doy permiso hasta que me enseña la pantalla con los últimos emails enviados por [email protected].

—Son todos hostiles y amenazantes hacia la productora, especialmente contra Evelyn Crowe —observo, incapaz de controlar mi lado cotilla y adicto al drama—. ¿Cómo es que tienes tú estos emails?

—Soy la secretaria de Evelyn, ¿recuerdas? Voy en copia de casi todo lo que llega a ella, especialmente lo que tiene relación con los empleados.

Asiento en silencio. Tiene sentido.

—Pues sí que es verdad que no se fue muy contento, precisamente —digo, repasando los emails.

Los términos «indemnización», «demanda» y «abogado» se repiten a lo largo de estos, en todo momento aderezados con palabras fuera de tono y en un lenguaje más bien burlón.

Casi podría tratarse de un escritor, pienso—. Parece que era una joya.

—¿Por qué estás apuntando su dirección de correo? —me pregunta Hada al ver que estoy escribiendo en mi cuaderno.

—Voy a enviar un email a Chase Donovan, citándolo en ese bar. A ver si cuela.

—¿Y crees que quedará contigo, así por las buenas?

—Tengo una idea para convencerlo.

Hada se pone a olisquear.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Vuelve a inhalar sonoramente.

—Me huelo una absoluta pérdida de tiempo —contesta.

Pero su olfato se equivoca.