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Le doy las gracias y me encamino hacia allí.
La reunión con la directiva me ha dejado aún peor cuerpo que con el que había llegado, pero también me ha dado una idea.
Evelyn ha dicho: «Solo escribiste un buen guion y un fanático loco, que se cree el mismísimo Derek Cross, se ha puesto a matar mujeres casadas».
Ha repetido el término «fanático» en varias ocasiones.
Puede que mi voto no valga nada entre todos esos hombres trajeados y la arpía de Evelyn Crowe, pero no pienso quedarme de brazos cruzados mientras espero a que una tercera mujer muera de una forma terrible.
Nada más acceder al estudio de grabación, cruzando la calle, Ethan Pierce y sus fieles acólitos me dan alcance. Dios, el día mejora por momentos.
—Eres el guionista, ¿no? El español.
Paso rozándolo. Él me sigue.
—Tengo que felicitarte —insiste Pierce, y yo me detengo intrigado por el motivo de su felicitación.
Al fijarme en su rostro, entiendo por qué Hada lo llama Ethan Caracaballo, y hasta relincha por lo bajo cuando lo ve llegar.
Ethan Pierce es un «guapo estándar»: cabello oscuro y ondulado, cara de cantante de banda juvenil frustrado, complexión fuerte y siempre vestido en plan moderno pero casual, un poco a lo Jerry Maguire.
Pero mirándolo más de cerca queda claro que no es nada del otro mundo, aunque, tal como dijo Hada una vez, «es guapo cuando lo ves tras el filtro de la cámara, lo que llaman la magia de la televisión ».
Ethan lleva en el lóbulo de la oreja un aro dorado que le queda ridículo—.
Gracias a ese friki, nuestros asesinatos por pantalla lo están petando.
A la gente le está encantando la serie desde que tiene su réplica en la vida real. ¿Alguna vez ha ocurrido algo parecido?
Retomo el paso. El olor de su colonia me llega como un tufo pasteloso y dulzón. Es el aroma de la vanidad.
—Me temo que no estoy de acuerdo —respondo después de sortear un canuto de gruesos cables—. Los espectadores tienen un mínimo de ética, a diferencia de algunos actores que conozco.
La sonrisa se le ha agriado como la leche en mal estado, aunque tiene la decencia de sonrojarse.
—¿Te crees mejor que yo, Galán? —Su voz es ahora un trueno grave y vibrante. Tiene el rostro congestionado de rabia.
Estoy a punto de soltar otra agudeza, pero me trago las palabras. No es el momento de enfrentarme a una de las estrellas del espectáculo. Demasiados enemigos me he ganado ya.
Él se detiene, y mientras yo me alejo, grita:
—¡Eres igual que todos nosotros, tío! Por muy digno que pienses que eres, todo esto te está viniendo de perlas para hacerte un nombre.
Pero la triste realidad es que, si en el futuro acabas recibiendo algún premio, en el fondo sabrás que todo es gracias al asesino de novias.
¡Tus éxitos, como los de todos nosotros, siempre estarán manchados de sangre, Galán!
Me doy cuenta de que tiene razón. Lo quiera o no, estoy sacando provecho de unos asesinatos. Nunca me he sentido tanto como un político en toda mi vida.
Enfadado por ello, levanto el brazo y le dedico mi dedo corazón sin volver la mirada siquiera, con la esperanza de que el gesto ponga punto final a la conversación. Los duelos verbales me colman la paciencia.
Él no responde a la ofensa, y la parte de mí que no puede resistirse a un poco de melodrama se siente algo decepcionada.
Por otra parte, ahí ha estado otra vez, esta vez en boca del actor.
Pierce se ha referido al asesino como «friki».
Y, como decía, antes Evelyn ha repetido la palabra «fanático» en reiteradas ocasiones.
A nadie le ha llamado la atención. En cierto modo, es normal.
Si pensamos en ello, la primera conclusión nos lleva a que el asesino ha tenido que ver la serie antes de perpetrar los crímenes.
Es de lógica, ¿no? Tal vez no sea un fanático, ni un friki, pero, desde luego, sí que hablamos de un espectador.
Uno de los más de dos millones de espectadores que relucen en el cuaderno de anillas de Evelyn Crowe.
Sin embargo, hay otra posibilidad en la que nadie ha reparado.
Es remota, pero plausible. ¿Y si el asesino de novias no es un espectador?
¿Y si ni siquiera necesitó ver los capítulos para reproducir los asesinatos?
En ese hipotético caso, solo alguien con una característica muy concreta podría haberlo logrado.
Alguien que conociera el guion.
Entonces, es muy probable que el asesino esté ahora entre las mismas cuatro paredes que yo. Y solo confío en una persona para que me ayude a dar con él.
La identifico fuera, en el parking , saliendo de la caravana de cierto actor secundario. Porta su tablet, que la acompaña a todas partes. Ella sonríe al verme, los rayos de sol incidiendo directamente en sus ojos hasta ofenderla, aunque puedo percibir su confusión cuando me detengo frente a ella.
—¿Ya estás mejor del estómago, blandengue? No tienes buena cara.
—Acabo de intercambiar unas palabras con Cross.
—¿La superestrella? —pregunta con sarcasmo desmedido. De inmediato, se pone a relinchar como un caballo y estalla en carcajadas, pero esta vez yo no la acompaño.
—¿Se puede saber qué te pasa? —me increpa.
—Hada, necesito tu ayuda.