Pack Toni Galán (libros 1-3) 11
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Dos días para la emisión del tercer episodio. Oficinas de la productora. Día.

La sala está atestada cuando entro en ella. Demasiada gente, pienso. También pienso que, si Evelyn y yo pudiéramos tratar el asunto a solas, nos entenderíamos mejor.

No me lo creo ni yo.

Recorro la sala con los ojos en busca de rostros amigos.

Encuentro pocos, por no decir ninguno. A un lado de Evelyn, Kip se muestra erguido.

Tiene una expresión huraña en el rostro.

Al otro lado, Quincy «El Gran Hombre» Jones, el director de la serie, está desplomado en su silla, imperturbable.

En torno a la mesa, un ejército de ejecutivos y gente exitosa que no conozco.

Todos con ademán hostil. El equipo de dirección, deduzco.

Tengo la repentina impresión de que estoy fuera de lugar aquí, en esta sala, con estos fulanos.

Recuerdo lo que una vez me dijo Hada, a los pocos días de ingresar en la productora.

«Aquí todos son vagos o aduladores», me advirtió.

Al mirar a los hombres sentados en torno a la mesa, me pregunto cuáles serán los vagos y cuáles los aduladores, y creo conocer la respuesta.

Vuelvo a centrarme en Evelyn. Va vestida con un traje de dos piezas de color rojo que, en esa sala tan blanca nuclear, me obliga a pensar en una salpicadura de sangre.

En sus labios, también pintados del mismo color intenso, aflora un principio de sonrisa que puede significar cualquier cosa.

Entre las cuidadas manos de la productora hay un folio impreso y un cuaderno de anillas, ambos perfectamente alineados sobre la mesa.

Hoy el televisor está apagado y pegado a la pared.

Tomo asiento en una de las pocas sillas libres que encuentro. Recibo miradas de reojo cuando hago chirriar las patas contra el suelo al arrimarme a la mesa.

De pronto, Evelyn Crowe toma el folio impreso y comienza a leer en voz alta lo que viene escrito en él. Enseguida me doy cuenta de que se trata de un artículo de prensa.

— Barbara Cole, de 33 años, ha sido encontrada muerta en su propio piso.

Fue Mark Jackson, su marido, quien tristemente la encontró en tal estado a su llegada a casa del trabajo.

—En su boca, ese «tristemente» ha sonado de todo menos triste.

Su tono es solemne, como el que emplearía en la ceremonia de los Oscar—.

El equipo de intervención encontró a la víctima en pésimas condiciones.

Especial interés suscitan los siguientes hechos: Barbara yacía boca arriba, en una posición grotesca, en el suelo de su salón.

Estaba desnuda y presentaba un agujero en el vientre.

Desnuda, salvo por una prenda: una liga de novia en torno a uno de los muslos.

Siento que se me revuelve el estómago, y sé que, si no me hubiera desahogado en la papelera de Hada hace dos minutos, ahora estaría liando una buena delante de los jefazos.

— Además —prosigue Evelyn, cruzando las piernas.

Podría decir que me ponen las mujeres con traje de ejecutivo, pero no sería más que un cliché.

Lo que está claro, aunque odie admitirlo porque se trata de mi insensible jefa, que además tiene edad para ser mi madre, es que Evelyn Crowe está estupenda con ese traje— , la joven tenía el dedo anular derecho cercenado a la altura de la tercera falange.

Ni la extremidad ni la alianza han podido recuperarse en el lugar del crimen .

—Cuando termina de leer, mira al frente, recorriendo algunos pares de ojos, y dice en voz alta lo que todos estamos pensando—: Igualito que en nuestro segundo episodio.

Muchos de los presentes se mueven inquietos en sus asientos, algunos evitando el contacto visual.

—Igualito, salvo por una cosa —interviene Quincy Jones, que no puede estar más tirado en su silla—. Las dos víctimas hasta la fecha son pelirrojas, mientras que en la serie, no.

Los músculos se me tensan.

—Podría ser un minúsculo dato sin importancia —responde Evelyn.

—O podría no serlo —replica Jones.

—¿Creéis que la prensa se hará eco? —pregunto. Todos los ojos se clavan en mí de repente, y yo no puedo evitar encogerme en la silla.

Veo que Evelyn tiene que hacer un esfuerzo para no echarse a reír. De un plumazo, comprendo que esto va a convertirse en una de las mayores noticias del año. La masa presionará y los medios de comunicación se abalanzarán como buitres sobre la carroña.

Ella se vuelve hacia mí con expresión de desdén.

—Sí, Toni, por supuesto que se hará eco. Ya se ha hecho eco. ¿Es que no has visto las noticias?

Las he visto, claro, de lo contrario no habría llegado a la oficina con el estómago convertido en una batidora, pero tengo la esperanza de que esta no sea más que otra noticia pasajera de la que todos se olvidarán pasados los pocos días, y así se lo transmito.

—Eres un ingenuo —me replica—. Esto va camino de convertirse en el caso del mes en todo el país y parte del extranjero.

Harán tertulias sobre el asesino de novias en todos los canales de televisión, y no descarto la emisión de algún documental.

¡Eh, Walter! —grita a un hombre de gran bigote que se mantiene callado y muy tieso al fondo de la mesa—.

Podríamos sacar nosotros ese documental, ¿qué me dices?

—Walter Bean, el director de documentales de la productora, hace un gesto ambiguo y se retuerce la punta del bigote—.

Piénsalo, ¿vale, cielo? —insiste Evelyn antes de lanzar una de sus carcajadas características.

¿De verdad acaba de llamarle cielo? Me provoca un escalofrío que se acrecenta cuando la jefa vuelve a centrar su atención en mí—.

Resumiendo: sí, Toni, mi querido e inocente guionista, esto va a causar sensación.

Entiendo que la reunión va por un camino distinto al que yo había imaginado, y entonces, por primera vez, pienso en el tercer episodio de la temporada, que será el próximo en emitirse. Si nada lo impide, será dentro de dos días. Me entran ganas de vomitar otra vez.

—No podemos seguir con la serie —proclamo. Las palabras me saben a bilis en la boca, pero me obligo a pronunciarlas—. Cancelemos la emisión del tercer episodio hasta que la policía atrape al asesino.

Advierto que Evelyn sonríe con tranquilidad mientras deja el folio impreso donde estaba y pasa a abrir el cuaderno de anillas por la primera hoja. Incluso desde mi lejana posición puedo ver los gráficos y los números en negrita.

—Mírame —me desafía, y como yo no levanto la mirada de la mesa, insiste—. Toni, mí-ra-me.

Lo hago.

—A ver, ¿tengo cara de que me importen tus jodidas opiniones?

Se oye un rumor de risas socarronas en torno a mí, así que guardo silencio. Me noto la cara ardiendo del bochorno y la rabia.

—Ahora hablemos de cifras, que para eso nos pagan —bromea ella, y más de uno ríe, esta vez por compromiso—.

Estos son los números de los dos primeros episodios.

—Me lanza el cuaderno, que se desliza por la pulida tabla hasta llegar a mí—.

Como ves, no fueron lo que esperábamos. El primer episodio tuvo 1,2 millones de espectadores y el segundo apenas alcanzó el millón.

Efectivamente, es lo que refleja la hoja del cuaderno. Alzo la vista hacia Evelyn.

—Pensé que más de un millón de espectadores estaba más que bien para un episodio piloto —digo, y en el acto me arrepiento. Yo y esa manía que tengo de hablar más de la cuenta.

—Gracias por el análisis. ¿Sabes qué nos iría más que bien, Toni?

—No, Evelyn —contesto, y me preparo para un nuevo comentario mordaz.

—Lo que nos iría más que bien, superbién, sería que te pusieras a escribir desde ya la segunda temporada y dejases las opiniones y las audiencias para los mayores.

Nuevas risas en torno a la mesa.

El comentario ha sido más mordaz de lo que esperaba, y noto que el rostro me va a estallar.

—No, señores —ahora se dirige a todos—. Para una serie de estreno con un presupuesto de marketing como El asesino de novias , estos no son números que nos hagan sentir cómodos.

Estamos aquí para producir éxitos como churros, y esos números nos dicen que algo no está resonando.

Al menos, es lo que nos decían hasta que ese fan bruto se puso a matar a diestro y siniestro.

—Vuelve a dirigirse a mí—. Toni, pasa de hoja y lee en voz alta los números grandotes —me pide, burlona.

No me mira al hablar, sino que mantiene la vista fija en un punto aislado de la mesa.

Hago lo que quiere.

—Los datos de ayer fueron los siguientes: 2,8 millones de espectadores en el primer capítulo y 2,5 millones en el segundo —leo.

Un murmullo de alivio recorre la sala.

Kip deja escapar un gemido de satisfacción, de verdadera satisfacción. «Tranquilo, sabueso, todos sabemos que tú elaboraste estos informes para la jefa», pienso. Caramba, se lo ve tan aliviado que casi dan ganas de ofrecerle un cigarrillo.

—Con sumo agrado —repone ella en tono burlón—, me alegra ver que lo has pillado. Si aún no te ha quedado claro, Toni, puedo traer una pizarra o pedir a Kip que te haga una presentación en PowerPoint.

—¿Lo haría con varios colores? —pregunto—. Me encantan los colorines.

Evelyn hace una mueca. Oigo como Kip se atraganta. Se hace el silencio.

En ese momento, Quincy Jones estalla en carcajadas. Tres hombres encorbatados ríen también. Las risas rápidamente se generalizan, y al final, hasta Evelyn se echa a reír.

Mientras tanto, Kip Dolan no aparta los ojos de mí en todo momento. Apuesto a que tiene los puños cerrados por debajo de la mesa.