Pack Toni Galán (libros 1-3) 10
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Dos días para la emisión del tercer episodio. Apartamento de Toni. Día.

Todo lo sucedido desde el hallazgo del cadáver de Lucy O’Brien se me revela como una pesadilla.

La amenaza de despido de la productora, el altercado con los pandilleros en la cancha de baloncesto…

Todo podría ser un mal sueño si no fuera por el dolor que me punza las manos y las heridas en los nudillos que insisten en recordarme la cruda realidad.

También los informativos, que abren hoy con la noticia de un segundo asesinato, obra del llamado Asesino de novias , un apodo macabro que se me ocurrió en un momento de cinismo. La mera idea revuelve mi estómago.

Me tortura pensar que mi creatividad, una vez fuente de orgullo, ahora es el vínculo con estas tragedias.

Cada episodio que escribí, cada línea de diálogo, resuena en mi mente como un eco siniestro de lo que ha ocurrido.

¿Es posible que mis palabras hayan dado forma a un monstruo real?

La idea es absurda, y sin embargo ahí está, acosándome con la persistencia de un fantasma mientras mastico la tostada con aceite de oliva y jamón, ambos productos de importación, de mi desayuno.

Al llegar a los estudios, veo un coche de policía y unidades móviles de la televisión a las puertas del edificio de oficinas.

Una reportera me ha visto apearme del coche en el aparcamiento y me grita una pregunta mientras me abro camino, pero el rumor provocado por el resto de voces se lleva sus palabras.

Una vez en mi planta, varios compañeros me llaman cuando cruzo la oficina, pero tengo demasiada prisa para hacerles caso.

Y muy pocas ganas, para ser sincero. Echaría a correr, pero soy el guionista de la serie, y el guionista debe conservar la dignidad.

Además, no me conviene llamar demasiado la atención. No más de lo que lo estoy haciendo.

Me refugio en el baño, cierro con pestillo, abro el grifo y, con un sorbo de agua en el cuenco de las manos, ingiero una aspirina para el dolor de cabeza. Al salir, una náusea súbita me golpea sin aviso. No llego a volver al baño y termino vomitando en la papelera más cercana.

Consigo rehacerme y me limpio el mentón con la mano.

Con paso incierto, esquivo el rebaño de pufs decorativos que invitan a permanecer en pie y me acerco al despacho de Hada, que tiene la puerta abierta.

Este es un anexo del de Evelyn, mucho más reducido pero también más colorido y personal.

Las vistas son las mismas, pero desde aquí se me antojan, por alguna razón, más cálidas.

Algo que agradezco en una mañana turbulenta como la de hoy.

—Siento que hayas tenido que ver eso —me disculpo, secándome el sudor frío de la frente.

Hada, con los dedos rozando el teclado del Mac —mecanografía con la delicadeza de una pianista de la sinfónica—, me ofrece una risa cómplice. Una taza humeante emana un fuerte olor a jengibre desde la esquina del escritorio. Hada es adicta a ese brebaje al que llama té.

—No te preocupes. Eres el tercero al que veo vomitar en la papelera hoy, y aún no son ni las nueve —dice con un tono que roza la complicidad.

Se levanta y me ofrece una caja de pañuelos. Tomo uno y me dejo caer en la silla auxiliar, agradecido por el gesto.

—Yo que tú no me pondría demasiado cómodo —advierte, arrugando el gesto de una forma que, por algún motivo, me hace sentir desgraciado.

—Más malas noticias no, por favor —suplico.

Pero ya se sabe lo que se dice de los problemas: nunca vienen solos.

—Evelyn acaba de encerrarse en su despacho con la flor y nata.

—¿La flor y nata?

—Los peces gordos: la junta, los de marketing, el director… solo falta el guionista principal. —Si sus ojos pudieran hablar, me dirían «lo siento»—. Te espera dentro.