Pack Toni Galán (libros 1-3) 9
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Tres días para la emisión del tercer episodio. Apartamento de Barbara Cole. Atardecer.

El sol de verano aún cuelga alto sobre el perfil metropolitano, pero en el apartamento de Barbara Cole las sombras ya empiezan a alargarse.

Ella, con su cabello brillando como fuego bajo la última luz del día, se siente por un instante parte de una película clásica: hermosa, radiante y despreocupada.

Aunque está ese leve presentimiento que no consigue descifrar.

Recorre la cocina, preparando la mesa para dos.

Hoy se cumple un mes desde que dijo «sí, quiero» y todavía siente el cosquilleo nervioso del gran momento.

En su dedo anular, una sencilla alianza de oro capta la luz del atardecer, un círculo perfecto que resplandece promesas y pasión.

Mark, que otra vez se ha quedado trabajando hasta tarde, le ha prometido una cena romántica en casa.

A Barbara le decepciona un poco no salir, aunque la idea de una velada tranquila en su nuevo hogar la reconforta.

Una sonrisa traviesa se dibuja en su rostro cuando coloca la aguja sobre el tocadiscos y en el apartamento empieza a sonar Smooth Operator , de Sade. Para Barbara no hay canción más sensual.

Sin embargo, no todo es de color de rosas.

Su corazón no deja de recordar la noticia de la semana, esa joven asesinada en circunstancias horribles.

Se llamaba Lucy O’Brien. Barbara ha seguido su historia con un nudo en el estómago, especialmente después de saber que estaba recién casada.

Se sentía incapaz de apartar la vista de las fotos de la mujer sonriente que ahora solo es un recuerdo.

«No debería afectarme tanto», se dice a sí misma, intentando disipar el miedo que la envuelve cada vez que piensa en ello.

Con la cena servida, las copas llenas de vino y las velas encendidas, Barbara se asoma al balcón para respirar el aire caliente de la ciudad mientras espera a Mark.

El bullicio de Los Ángeles se eleva hasta ella, un murmullo constante de vida y movimiento.

Un escalofrío inesperado recorre su espalda cuando, coincidiendo con el final de la canción, nota un breve silencio, como si la ciudad entera contuviera la respiración.

Decidida a no dejar que un momento de paranoia arruine su noche, se gira hacia el interior.

Mientras regresa a la cocina, la puerta del apartamento se abre con un susurro.

Un viento suave barre el espacio, apagando las velas.

—¿Mark? —llama, con una mezcla de esperanza y nerviosismo.

Ahora son las luces las que se apagan con un ruido mecánico seco, ¡tac! , dejando el apartamento sumido en la penumbra del ocaso.

Barbara deja escapar un gemido agudo.

—¿Cariño?

El silencio que sigue es perturbador. El corazón le late más rápido mientras enciende de nuevo las velas, la luz trémula reflejando el propio temblor de sus manos.

De repente, deja caer el encendedor, que rebota contra la tarima. Una figura se ha materializado en el umbral del salón. No es Mark. El visitante, una sombra incierta, se acerca sin decir palabra. Ella retrocede instintivamente, golpeándose en la cadera con la esquina de la mesa.

—¿Quién… quién eres? —balbucea, su voz casi un susurro.

La visita no responde. Barbara solo atisba dos ojos desconocidos tras un pasamontañas negro.

En ellos se aprecia un brillo frío y calculador.

Barbara intenta correr, pero la sombra es rápida, sorprendentemente rápida.

Antes de que pueda encerrarse en el dormitorio, la atrapa por el brazo, fuerte como el hierro.

En un instante, ella vuelve a pensar en Lucy O’Brien, momento en que es consciente de cuál será su amargo destino.

El pensamiento hace que luche y patalee con desesperación, pero el agarre solo se intensifica.

Ella se retuerce como una serpiente y clava el tacón de su zapato en el empeine de su agresor.

Se oye un grito de dolor y queda libre. El alivio dura poco.

Con un movimiento ágil, el agresor se recompone y la empuja contra la pared.

Ella siente el frío del metal justo antes de ver el brillo de una pequeña hoja.

Grita, un sonido ahogado por el miedo, pero no hay nadie para oírla.

El visitante le agarra de la muñeca y lleva su mano contra la pared, donde ejerce más presión.

Con la precisión de un cirujano, como quien va a colgar un cuadro, incrusta el machete en la pared, seccionando el dedo anular de Barbara.

El shock es inmenso, abrumador; poco a poco, la oscuridad empieza a cerrarse en torno a su visión.

—Por favor —alcanza a susurrar, las palabras mezclándose con lágrimas y sangre.

El otro, sin embargo, no muestra compasión. Cuando atraviesa el abdomen de Barbara con el filo, ella casi pierde el sentido. El agresor recoge la alianza caída y, con un gesto casi ceremonial, deja caer una liga de novia blanca junto a ella, el encaje manchándose lentamente de rojo.

Cuando abre los ojos de nuevo, Barbara yace en el suelo del salón.

Tiene mucho frío, tanto que apenas siente su cuerpo.

Solo vislumbra a la figura alejarse, desapareciendo tan silenciosamente como apareció, dejándola desvanecida y sola mientras su vida se desangra en el suelo frío de su perfecto hogar.

Los últimos pensamientos de Barbara son para Mark, para los sueños que nunca se cumplirán y para un amor que se ha extinguido demasiado pronto. La ciudad de Los Ángeles, juez neutral ante un nuevo crimen, continúa su danza eterna bajo el cielo estrellado.