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Cinco días para la emisión del tercer episodio. Exterior. Atardecer.

Unas horas más tarde, a mi salida del hospital, me encuentro dando un rodeo hasta la playa, entreteniéndome con mis propios pensamientos. Es un hábito que adquirí para los días de tratamiento, una manera de cuidarme a mí mismo.

Un «Estás siendo muy valiente, Toni».

Alguien tiene que decirlo, ¿no?

A veces, incluso me siento en la arena y me dejo llevar hasta que se oculta el sol. California carece de croquetas, la Champions League o el Parque del Retiro, pero tiene unas puestas de sol que quitan el aliento.

Hoy no es uno de esos días. Hoy tengo la cabeza llena de pensamientos que me inquietan y dan vueltas en mi mente sin cesar.

«Rescindiríamos tu contrato de inmediato», ha dicho Evelyn.

Aunque la tarde es cálida, los ecos de su voz me erizan la piel.

De un tirón, me quito el apósito del brazo. Duele un segundo, casi tanto como hace un rato, cuando la enfermera me ha pinchado en la misma zona para colocarme la vía. Es mi nueva rutina, que me acompañará siempre.

«Vida normal».

Sus muertos vida normal.

Me limpio los cristales de las gafas, sacudo los restos de arena de mis manos y me levanto para volver a casa, donde Alfred debe de estar esperándome.

Doblando la calle, veo a lo lejos a un grupo de chavales echando un partidillo en la cancha de baloncesto que hay en la manzana de al lado de mi edificio. Suena rap a través de uno de esos equipos de estéreo portátiles. En esa cancha siempre flota el rap.

Es un escenario habitual a esas horas del día, así que no tendría por qué llamarme la atención.

Pero hoy lo hace, porque uno de esos chavales, la nota discordante, salta a la vista como una amapola en un campo de girasoles.

Camina encorvado, con pasos cortos y apresurados y las muñecas torcidas hacia dentro.

Abandona la verja y se adentra en la cancha («no, chico, pero ¿qué haces?

»), entorpeciendo el lanzamiento de tres puntos del tipo más corpulento de todos y haciéndolo fallar estrepitosamente.

Este se vuelve en el acto. Viste una camiseta de Kobe Bryant (la versión blanca con el dorsal veinticuatro) que le queda grande.

Sus hombros brillan por el sudor y está tan acalorado que parece que va a estallar.

En el brazo de lanzamiento, del codo para abajo, luce un tatuaje de un vikingo (muy original) que se ondula con la curvatura del bíceps, y lleva el pelo recogido en finas trenzas al más puro estilo afroamericano, a pesar de ser blanco como sus antepasados, que un día llegaron en un barco de madera.

Tras ver cómo el balón rebota penosamente en el aro, mira al chico con los ojos inyectados en sangre y pompas de saliva entre los dientes.

Las pocas risas producidas tras el lanzamiento se desvanecen como el humo de un tubo de escape. En el silencio que sigue, casi se puede oír el rumor de la marea, a cuatro manzanas de distancia.

—¡A ver, tú, subnormal! —grita. Le da un empujón. El chico retrocede, pero logra mantener el equilibrio. El Kobe blanco le propina un segundo empujón, más fuerte que el primero, pero el chico tampoco cae.

Otros jugadores forman corro alrededor de él. Le zarandean, le tocan y le gritan. Se ríen de sus gestos, de sus balbuceos y de sus michelines por debajo de la camiseta. Él mira al suelo, asustado. Gime cuando le pellizcan la barriga. Quiere que paren.

—¿Qué te pasa, subnormal? —grita Kobe, agarrándolo fuertemente de la barbilla—. ¿Te crees que puedes jugar con nosotros, o es que te has perdido?

—Fijo que se ha meado encima —dice otro, seguido por una carcajada grupal.

—¡No jodas, qué asco! —Kobe retira la mano como si estuviera sosteniendo una víbora—.

¿Es verdad eso, subnormal? ¿Te has meado en los calzoncillos?

¿O es que te gusto? —Se levanta la camiseta, sus abdominales son como un anuncio de chocolate Valor.

Da un paso adelante y palmea al chico en la entrepierna—.

¿Te has empalmado al verme? ¿Es eso? ¡Fijaos, chicos! ¡A este subnormal se la pongo dura!

El chico no contesta. Solo mira al suelo sin entender nada. Y llora. Llora en silencio.

—¿Conoces a Derek Cross? —sigue el tipo, acercando tanto su cara a la del chico que le salpica con la saliva. Mis puños se cierran—. Pues yo soy su primo peligroso.

Podría decir que pienso que la cosa podría acabar mal para el chico y que por eso echo a correr hacia la cancha, pero estaría mintiendo.

No pienso, solo me dejo llevar. Porque, si pensara, recordaría que tengo un sistema nervioso que no siempre me obedece y unos músculos que tienen vida propia.

Por no hablar de la visión de mi mundo que, debido a la neuritis óptica, es mucho más pequeña y más oscura. Lo llaman «visión túnel».

No soy una persona violenta y tampoco generosa. No colaboro con ninguna ONG ni asociación benéfica. La cosa no va por ahí. La cosa va por un simple hecho que acciona una palanca en mi cerebro: si alguien se mete con un enfermo mental, le partiré la cara.

Así que, sin saber bien cómo, ya estoy allí.

Irrumpo en la cancha y aparto a todos los chavales que pillo a base de empujones.

Mientras lo hago, me acuerdo de una escena que escribí una vez.

Mi protagonista recibía una buena paliza y acababa en el hospital con una ceja abierta por hacerse el héroe.

Pero aquellos eran hombres, depredadores callejeros, y no adolescentes granudos, como es este caso.

Me los quito de en medio como si fuesen molestas telas de araña.

Su líder, el Kobe blanco, es harina de otro costal. Debe de medir más de un metro noventa, pues me saca media cabeza y tiene esa clase de musculatura en la que se marca el sistema circulatorio.

Tampoco me detengo a pensar en eso. Entre las muchas características que he desarrollado en los últimos años, el miedo no es una de ellas.

Cuando llevas decenas de visitas al hospital, cuando te inoculan una y otra vez una química preparada para frenar el desarrollo de tu enfermedad, cuando te acostumbras a mirar directamente a los ojos del médico y comprendes que tu vida está en manos de lo que pone en los papeles que tiene sobre el escritorio de la consulta, entonces el miedo se vuelve tan cotidiano que simplemente desaparece.

En su lugar, ha surgido un desprecio creciente por aquellos que se creen invencibles. Payasos. Me gustaría mirarlos a todos a la cara y decirles que la vida es una lotería. Que nunca sabes si tú serás el siguiente.

Al igual que hice la primera vez que me sometí al Natalizumab, me dejo llevar. Agarro al líder del tirante de su camiseta y, sin darle tiempo a reaccionar, le hundo el puño en la mejilla.

Tiene un mentón duro. La mano me tiembla por el dolor, y solo pienso en la bronca de Peter el próximo miércoles.

Eso, si sobrevivo a este día.

Mi contrincante escupe un coágulo de sangre y se vuelve furioso. Antes de que se lance a por mí, le rodeo con los brazos y nos tiramos al suelo. Intenta revolverse, pero yo coloco mi antebrazo en su cuello y ejerzo presión hasta que sus gritos se convierten en gorgoteos.

Sé que, si sus lacayos participan, no tendré posibilidades, de la misma forma que sé que no lo harán.

Son más jóvenes y yo tengo a la abeja reina.

En mis tiempos del instituto, en Madrid, yo solía ser uno de ellos.

Cuando eres un aspirante a chulo pero te quedas en perdedor, te conformas con reírle las gracias al líder y rezar para que no te caiga ninguna a ti.

No te arriesgas a interceder en una disputa en la que no te juegas nada salvo la reputación.

Y esos muchachos no tienen reputación.

Ejerzo más fuerza con el brazo hasta que temo ir demasiado lejos.

—Es la última vez que pronuncias la palabra «subnormal» —digo. Aflojo el brazo—. Asiente si lo has entendido.

Me mira con los ojos desorbitados. Esto es nuevo para él. Lleva una mano a mi brazo tratando de liberarse. Yo aprieto más.

—¡No puedo respirar!

Las gafas se me caen y todo se vuelve borroso.

—Asiente —repito—. O no volverás a respirar nunca más.

Mi presa asiente con la cabeza. O eso creo, pues ahora solo veo una mancha oscura y poco nítida.

—No volveré a meterme con alguien menor que yo —grito. Vuelvo a aflojar el brazo para que pueda respirar—. Repítelo.

—¡No volveré a hacerlo! ¡Lo juro! ¡Lo juro!

Antes de levantarme, le propino un rodillazo donde más duele.

Se retuerce de dolor, gimoteando como una niña.

No es por sadismo, sino para ganar tiempo.

Me cuesta enfocar y el brazo me duele una barbaridad.

Recojo mis gafas y me doy la vuelta. Tengo que salir de allí ahora que ese tipo aún cree que puedo acabar con él.

—Espero no volver a veros por aquí —los amenazo, poniendo mi voz más dura, mientras me alejo. «Sin pararte pero sin correr, que no piensen que te mueres por desaparecer».

El círculo se rompe a mi espalda y los chavales se alejan en estampida, dando por finalizada la pelea, el partido y la tarde. Al cabo de unos segundos, oigo una voz iracunda marcada por la vergüenza.

—¡Como te pille te mato, hijoputa !

«Seguro que sí», me digo sin atreverme a mirar atrás.

Estoy fuera de la verja que delimita la cancha cuando me acuerdo del chico. Miro a mi alrededor, y aunque vuelvo a llevar las gafas puestas, no lo veo por ninguna parte.

Espero que sea lo bastante listo como para no volver a esta zona de la ciudad.

Al llegar a casa, Alfred acude directo a olfatear mis nudillos. Están despellejados y me escuecen a rabiar. Me lame los restos de sangre con su lengua húmeda y áspera. Voy a pasar otra noche mala, pero no me importa. Me siento bien por haber puesto en su sitio a ese malnacido.

Solo lamento que mi miopía y la maldita visión túnel me privara de disfrutar del todo de su cara de pánico.

Me acuesto temprano. Durante la cena, no he podido reprimir el impulso de poner las noticias por si habían atrapado al asesino de la chica. O por si había vuelto a matar.

Pero ni una cosa, ni la otra.

Me cuesta conciliar el sueño. Desde aquella vez que me quedé momentánea pero completamente ciego, no he vuelto a atreverme a dormir con las luces apagadas.

—¿Estás bien, Toni? —me preguntó alguien en la ambulancia—. Venga, ya queda poco. Hemos llegado al hospital.

Fue una noche, hace mucho tiempo, antes de saber que más de veinte lesiones poblaban mi cerebro.

«Una mala postura», me había dicho, esperando pacientemente a que la extraña sensación desapareciera y la sensibilidad se restaurara por sí sola para poder volver a dormirme.

Solo que, a diferencia de otras veces, la sensibilidad no regresó.

Yo no conseguía recordar qué tenía que hacer para caminar.

La sensación había empezado esa tarde, con unos incómodos hormigueos que subían desde el pie derecho hasta la cintura.

No le había dado importancia, ni siquiera se lo mencioné a Patricia para no asustarla.

Además, esa noche me había acostado con fuertes migrañas y un dolor agudo en la parte superior de la cara.

No le di mayor importancia, me tomé una aspirina y me quedé dormido.

Una pesadilla me despertó a mitad de la noche.

Supe que algo no iba bien cuando no encontré los dígitos de color verde brillante en el despertador.

Intenté levantarme de la cama y moverme para estimular la circulación, pero solo logré tropezar y caer al suelo. También estaba ciego. No es agradable despertar de repente y descubrir que no puedes caminar ni ver, te lo aseguro.

El pánico se apoderó de mí. Desde el suelo del dormitorio, oí con el corazón en un puño que Patricia se despertaba. Yo estaba aterrado por la incapacidad de entender o explicar lo que sucedía.

—¿Qué haces? ¿Qué pasa? —dijo Patricia con un sobresalto en su voz. Cuando encendió la lámpara del dormitorio, yo seguía viendo una única mancha negra.

—¡No veo nada! —grité—. ¡Y no siento la pierna! ¡No la siento, cariño!

Me bajaron de la ambulancia en una camilla. Fue la primera vez que monté en una, y la única que lo hice estando plenamente consciente.

Oía la voz asustada de Patricia a mi alrededor, pero no podía verla. Recuerdo que me aterró pensar que jamás volvería a ver su hermosa cara.

En el hospital, me subieron a una mesa. Me tomaron el pulso y me sometieron a una batería de pruebas diagnósticas.

Me introdujeron en diversas máquinas que Patricia más tarde describió como «de aspecto futurista».

También le llamaron la atención los rostros de los médicos.

Dijo que se iban ensombreciendo a mi alrededor con el paso de las horas.

Yo no entendía nada. Uno solo sabe lo que es el miedo cuando pasa por algo así.

Recuperé la sensibilidad en la pierna esa misma noche. La vista no volvió hasta pasados ocho días.

Mi vida no, esa no llegué a recuperarla nunca.

Más adelante, alguien me explicaría que había sufrido mi primer brote significativo. Vendrían más, como los calambres en el cuello y los hormigueos en las puntas de los dedos.

Aquella noche fue solo el comienzo de todo lo demás.

Desde entonces, siempre dejo una rendija de la ventana abierta y las cortinas semicorridas. Las voces de la noche se cuelan en mi dormitorio, Los Ángeles nunca descansa, y me pregunto si despertaré con el grito desgarrador de alguna otra mujer o el aullido de las sirenas.

Egoístamente, no puedo dejar de pensar en que mi carrera pende de un hilo. Estoy aquí, a miles de kilómetros de mi casa, solo y enfermo. ¿Qué voy a hacer si me despiden? ¿Qué sería de mí?

Son pensamientos basados en el miedo, claro. Al final caigo rendido. Dormiré siete horas del tirón y acudiré a la oficina, donde nadie hablará por lo bajo de un nuevo caso del asesino de novias y donde no tendré que enfrentarme a las amenazas de Evelyn y su perro de presa, Kip Dolan.

La vida volverá a ser normal y hasta llegaré a olvidarme de que una mujer de nueve dedos murió en ese callejón.

Al menos, durante tres tranquilos días.

La calma que precederá a la tempestad.