Pack Toni Galán (libros 1-3) 7 #2
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Aunque los actores van y vienen por los estudios en un flujo continuo, dejándose ver, pavoneándose, Mia Clarke se pasa la mayor parte del día encerrada en su caravana.

He coincidido con ella alguna vez, pero siempre desde lejos: algunas veces paseando por fuera de los estudios en compañía de su agente; otras, en una silla plegable, fingiendo que lee algo para no ser molestada mientras los peluqueros retocan tal o cual mechón, o rodeada de los focos del set de grabación, donde se convierte en la mujer de las mil caras: un día es una chica solitaria preparándose para acostarse y recibiendo una llamada inesperada, con el cepillo de dientes aún en la boca; otro día es una mujer de fuerte personalidad dando largas a algún hombre, tal vez después de que él la haya invitado a cenar.

Hoy será una reportera en acción que busca evidencias que ayuden a resolver un caso importante.

Atraviesa el set con la parsimonia y seguridad de quien da un paseo por el campo en una estupenda tarde primaveral, como si todo un equipo de producción no tuviera sus ojos clavados en ella.

Hay quien hasta resopla impaciente. Ella, sin embargo, no detiene sus ojos en nada ni nadie. Está flotando en su mundo.

A mi lado, casi puedo oír las muelas de Quincy Jones rechinar.

—¡Ya era hora! —grita a la vez que se prepara para grabar la nueva toma—. Venga, todo el mundo a trabajar de una maldita vez.

Mia accede al escenario, sumergiéndose en el humo falso y nebuloso.

Ahora sí, sonríe a los que serán sus compañeros de escena, que parecen derretirse en su presencia.

Es más alta que la mayoría de las mujeres pero no que la mayoría de actrices.

A la luz de los focos, su cabello es una llamarada.

Se lo han peinado hacia atrás a partir del centro de la cabeza, sujeto por una horquilla de plástico desprovista de adornos.

Es un estilo que no favorece sus facciones delicadas, ya que destaca su palidez, su rostro vacío de color.

Sus ojos grises parecen demasiado grandes y la sangre no baña sus labios.

Lleva puesta una blusa blanca por encima de una camiseta azul de algodón fino con el cuello vuelto.

Me digo que los pantalones vaqueros que han escogido desde vestuario no le pegan nada, e inmediatamente me recuerdo que es culpa mía, pues yo puse esos horrendos vaqueros en el guion.

Lo hice antes de saber que Mia Clarke sería la actriz que interpretaría al personaje femenino.

En su rostro hay algo que me recuerda a Patricia, especialmente cuando ladea la cabeza y entorna los ojos como si tratara de ahondar en tus más oscuros secretos, aunque no se parecen en nada.

«Hay melancolía en su mirada, eso es», me digo.

Me acuerdo de cuando Patricia decía que la única ocasión en la que los actores se mostraban tal como eran, era tras perder un premio.

«Fingen, aplauden al ganador y tratan de que no se les note, pero ese vacío en la mirada no se puede ocultar».

Entonces, yo los imitaba en una ridícula actuación y ella se reía a carcajadas.

No he visto a Mia Clarke riéndose a carcajadas de nada.

Quincy Jones grita una orden y el escenario, caótico hasta ahora, se distribuye en un segundo: los técnicos se volatilizan y los actores ocupan sus respectivas posiciones. Yo me camuflo entre las cámaras como una sombra en la oscuridad y simplemente me dedico a deleitarme con lo que tengo delante.

El director de fotografía mueve un brazo detrás de una cámara y el auxiliar de cámara hace chocar la claqueta, en la que se lee: ASESINO DE NOVIAS. EP.8 - ESC. 9 - TOMA 1.

«Espectacular —me digo al verla en acción—. Absolutamente espectacular».

Durante el rodaje de la escena, Mia Clarke presenta una expresión calmada, despreocupada y distante.

Yo estoy seguro de que se encuentra plenamente concentrada, y en cuanto a si está nerviosa, desde luego no se aprecian signos.

Me digo que solo hay una explicación para ello: Mia se las ha ingeniado para alcanzar, después de mucho trabajo, la zona sagrada, ese espacio atemporal en el que no tienen cabida ni el público, ni la retribución, ni el prestigio, ni la escena siguiente, ni la presión, ni las críticas, ni los hombres, ni el pasado o el porvenir.

La zona de Mia es un espacio restringido que solo comprende un escenario, un compañero de escena y las líneas de un guion.

Allí es otra persona; el personaje que debe interpretar. Todo lo demás se desvanece.

Advierto que estoy ante Mia Clarke en su estado más puro.

La Mia Clarke actriz. Nunca la he visto así, a pesar de que ya he rondado los sets de rodaje en otras ocasiones.

Ahora veo a una mujer abducida por su personaje, que la necesita como un parásito necesita a su huésped.

Yo sé bien lo que es eso. También he estado ahí (mi zona abarca un teclado y un bloc de notas), y una parte de mí mismo permanecerá para siempre atrapada en ese mundo.

Resulta reconfortante estar ahí. En muchos aspectos, es el mejor lugar donde uno puede estar.

Patricia se equivocaba. Escribir no es un oficio romántico, es un estilo de vida.

Personalmente he encajado los golpes que me ha asestado la vida, y lo he hecho gracias a la perspectiva y la calma que me proporciona la zona.

De Mia no solo se cuentan chistes sobre el tiempo que pasa en maquillaje.

También se dice que la vida le ha maltratado.

Desde luego, los rumores están ahí, siempre flotando en el aire.

En ese sentido somos almas gemelas, aunque ella no lo sepa.

Es posible que no conozca ni mi nombre. Sin embargo, allí está, con la cabeza bien alta, dominando la escena, haciéndola suya.

¿Cuántas personas son capaces de algo así?

En mi opinión, solo aquellas que tienen una zona y han aprendido a disfrutar de ella.

Quincy grita «¡Corten!» y el director de fotografía vuelve a agitar el brazo, señal de que la escena ha terminado.

Mia levanta la vista hacia el público. Agradece los elogios de sus compañeros de escena y del equipo técnico llevándose la mano al pecho, aunque lo más seguro es que no vea nada por culpa de los cañones de luz que siguen apuntándola directamente.

Continúa en la zona. Lucha por permanecer allí.

Por un instante, sus ojos se cruzan con los míos.

No me sale otra cosa que asentir, sin pretender enviarle ninguna señal que la devuelva a la realidad.

«Quédate en tu zona», pienso. En la zona, ningún desgraciado reproduce el asesinato escrito por un humilde guionista, saboteando un trabajo de meses de dedicación.

Como si me entendiese, se queda anclada en mi mirada un segundo más de lo que podría considerarse normal.

Un segundo en el que el mundo se detiene.

Yo me acaricio con la mano el cuero cabelludo en un gesto nervioso.

Después, Mia Clarke abandona el escenario y vuelve a perderse en las sombras que conducen a las caravanas.

Sonrío. Es una victoria modesta, pero cada cual se conforma con lo que puede.