Pack Toni Galán (libros 1-3) 7
5%

7

Cinco días para la emisión del tercer episodio. Estudios de grabación. Día.

Mi pesado andar me lleva hasta el edificio de al lado, no sin antes pasar por la cafetería. Tras la incómoda reunión en el despacho de Evelyn Crowe, el vaso de capuchino para llevar me parece insuficiente.

Los estudios de grabación se encuentran en una vasta extensión que hay cruzando la calle, donde una serie de gigantes cajas de zapatos prefabricadas de hormigón se alinean hasta donde se pierde la vista.

Las escenas de interior de El asesino de novias se graban en la caja de zapatos número dos, y hasta un niño podría dar con ella a la primera, pues en la cara frontal de la fachada hay grabado un dos del tamaño de la Casa Blanca.

Resoplo y me adentro. De mi cuello cuelga una tarjeta que me acredita como miembro del equipo. Me dejan pasar.

Como siempre que accedo a ese mundo paralelo reservado a las estrellas y sus súbditos, caigo preso de una especie de ensueño, como si mi mente fuera una cámara desenfocada. Podría tratarse de un nuevo brote, pero esta vez no lo es. Es solo el efecto que este lugar produce en mí.

Me detengo y busco a Quincy Jones con la mirada, pero es como tratar de encontrar una cucaracha en una noche cerrada. Las profundidades del lugar engullen por completo la luz de los focos.

Al fondo, una pared está ocupada por un bar de jazz que resplandece como la luna llena en un cielo despejado; las botellas de distintos licores exhibidas tras una barra brillante por el barniz recién impregnado, los taburetes con asientos circulares de cuero negro…

Todo en el escenario parece pertenecer a otro siglo.

Reconozco la escena. La escribí para el capítulo siete.

Quincy es el director principal de la serie, por lo que deduzco que voy bien encaminado.

Echo a andar por el gran espacio diáfano, lo más en línea recta que me permiten los percheros móviles empujados por los de vestuario, los apresurados y escandalosos chicos de iluminación y los obstáculos (sillas plegables, cajas, mesas con comida, etcétera) que me voy cruzando por el camino.

«El Gran Hombre», ha dicho Evelyn. En el caótico mundo del cine, donde las sombras de los egos suelen ser más largas que las del atardecer en el desierto, así es como Quincy Jones es conocido.

Un título que, según murmuran algunos, le viene grande, y no por la magnitud de sus ataques de ira, precisamente.

El venerable maestro de ceremonias, con más años en el oficio que una cámara de rollo, es famoso por su irritabilidad.

—Ah, el Gran Hombre —suspiró Hada una vez que le pregunté por Jones.

Su sarcasmo era tan espeso que podía cortarse con el mismo cúter que se usa para abrir las cajas de utilería—.

Es un visionario, no cabe duda. Capaz de ver la más mínima imperfección en un plano que, para el resto de los mortales, sería una obra maestra.

—Así que los rumores son ciertos —dije sorprendido, porque uno vive con la esperanza de pensar que los ataques a algunos famosos por parte de un gran sector de la prensa son infundados. Al parecer, este no era el caso.

—¡Los actores están encantados con él! —rió Hada con ganas—.

No hay nada como comenzar el día con un buen sermón sobre la importancia del arte, seguido de un monólogo sobre cómo la incompetencia del elenco casi arruina su visión.

¿Quién necesita un «buenos días» cuando puedes recibir un repaso exhaustivo de tu árbol genealógico?

El relato de Hada dibujaba al Gran Hombre como un coloso de la vieja escuela, una reliquia de esos tiempos en que el cine se hacía con más pasión que presupuesto.

—Pero hay que reconocerle algo —concluyó con una sonrisa que era la antesala de una travesura—.

El viejo cascarrabias tiene un don. Un don para hacerte cuestionar tu carrera, tu talento, y hasta tu existencia.

Y aun así, ahí siguen los muchachos, día tras día, buscando su aprobación.

Porque, al final de la jornada, se sabe que bajo esa fachada de director tirano, hay…

bueno, realmente nadie está seguro de qué hay, pero debe ser algo bueno, ¿no?

—Hablas como si esos muchachos —abrí comillas— vinieran a trabajar por el amor al arte. Pero basta con dos minutos de conversación con alguno de ellos para saber que tienen un concepto de sí mismos mucho mayor que el de Quincy, y habiendo logrado muchos menos méritos que él.

Hablaba en plural, pero estaba pensando en Ethan Pierce.

Y en este instante, como si mi mente tuviera la capacidad de materializar los recuerdos, paso junto a Pierce.

Él no me ha visto a mí. Y si me ha visto, no se ha percatado.

Es sabido por todos: los actores de renombre reaccionan a los guionistas como el que ve pasar una pelota de playa por delante de su toalla.

Va vestido de Derek Cross, el personaje que interpreta, lo cual significa que ha rodado o está a punto de hacerlo: botines altos, pantalones vaqueros, cinturón de gran hebilla a lo cowboy y camisa de cuadros abierta en el primer botón; el sombrero lo ha dejado en el camerino, o se lo ha endosado a alguien de vestuario.

Está charlando con un grupo de muchachos jóvenes y rebosantes de salud.

La mayoría me suenan, bien de haberme cruzado con ellos, bien porque salen en la serie.

Son todos actores. Beben de sus botellas de agua y ríen cada frase que dice Pierce.

—Ese tipo cree que puede ir por ahí matando mujeres como si fuera Derek Cross. —Se lleva la mano a la entrepierna y aprieta con fuerza, siguiendo el movimiento con todo el cuerpo—. ¡Pues puede comerme la verga! —grita, provocando una explosión de risas a su alrededor—. Imitadores a mí…

Sigo caminando sin detenerme, alucinado con el amor que ese hombre se profesa a sí mismo.

Por gente como él, los botes de champú vienen con una sección de instrucciones.

Pensándolo bien, el hecho de que Ethan se muera por ser el personaje que interpreta (y que yo creé) no hace sino que me sienta orgulloso de mi trabajo.

Noto que uno de los tipos que está con él se me queda mirando y me persigue con los ojos hasta que tiene que forzar el cuello. Una vez más, me suena de vista, pero no recuerdo que nos hayan presentado.

Agito la cabeza y procuro no pensar demasiado. O más bien, pensar en otras cosas. Por ejemplo, en encontrar a Quincy Jones, darle el mensaje de Evelyn y salir de ese lugar echando leches.

Vislumbro su nombre antes que a él. Grabado en la tela negra y tirante de la parte trasera de una silla plegable:

MR. JONES

DIRECTOR

Sin verlo venir, en mi cabeza empieza a sonar la canción de los Counting Crows. ¡Ay, qué tiempos los noventa!

Junto a la silla hay otras sillas iguales pero con otros grabados.

A ambos lados, un impresionante juego de cámaras, trípodes, cañones de luces, brazos de micrófonos y enormes difusores de luz que parecen los paraguas de unos gigantes. Revoloteando en torno a todo este equipo, los técnicos de iluminación, sonido y auxiliares de dirección.

Y más allá, el decorado. Visto de cerca, el suelo brilla recién fregado y las botellas son luciérnagas de colores. Pero si se vira la mirada solo un par de metros hacia un lado, el bar de ensueño se transforma en una cortina negra que oculta una pared de hormigón. La magia del cine.

Quincy Jones está compartiendo puntos de vista (por decirlo de una manera sutil) con sus ayudantes frente a la barra.

No me ha visto, pero igualmente se dirige hacia donde yo estoy. Su caminar es pesado.

—Señor Jones —pronuncio con toda la firmeza que me permite la ausencia de saliva en mi garganta.

Se sienta en su silla de director. No me mira a la cara ni me ofrece asiento.

—¿Qué pasa, Galán? —Su voz áspera suena como unos neumáticos viejos sobre una calzada pedregosa.

De pronto me pregunto si debería estar allí. Me pasa cada vez que bajo a este lugar.

—La jefa quiere verte —digo.

—¿Evelyn? —pregunta desdeñoso, casi como si no pudiera soportar una respuesta. Yo asiento. Me gustaría entablar conversación (al fin y al cabo es el director de la serie, un pez gordo), pero entre Hada, Evelyn y Kip, descubro que me he quedado sin ideas—. ¿Qué le pica ahora?

—Está nerviosa por lo ocurrido anoche.

—Joder, pues por aquí vamos retrasados con el episodio.

Eso es lo que debería ponerle nerviosa. Tendría que estar aquí abajo, supervisando, empujando para que sus potrillos se pongan las pilas, y no en el trono de su gran despacho blanco, alimentando el juego de la prensa.

—Sin levantarse, se vuelve hacia la puerta que conduce a la parte trasera y que conduce a las caravanas—.

¿Se puede saber dónde se ha metido nuestra actriz protagonista?

—vocifera a todos y a nadie en concreto—.

Dioses, esa mujer pasa más tiempo en maquillaje que mi esposa en Rodeo Drive.

Lo que necesita esa niña es un buen correctivo.

Normal que Woody Allen la rechazara —masculla entre dientes antes de señalar al primer ayudante que se cruza en su camino—.

¡Tú, chico! Ve a buscar a Mia y dile que mueva su precioso trasero hasta aquí.

Se dice de Mia Clarke que pasa más tiempo en maquillaje y peluquería que en cualquier otro sitio; que cuando se ducha, se atascan los desagües por las toneladas de química que el agua se lleva por delante, como bromeó en cierta ocasión un técnico de luz.

Una broma que nunca entendí, dado que Mia brilla con luz propia sin necesidad de ser espolvoreada. Especialmente en torno a su rostro inmaculado y bañado en pecas, pues es como si sobre su marmórea piel, bajo los ojos, alguien hubiera esparcido canela en polvo.

Marmórea. Un adjetivo muy adecuado, con una salvedad: el mármol puede calentarse bajo el influjo del sol, efecto que, según dicen, no se ha visto en la actriz.

Entonces, como la primera vez, me quedo de piedra al verla.