6 #3
—Por favor… —Ellos continúan mirándome como miraba Smith a Chris Rock en la ceremonia de los Oscar del veintidós, justo antes de levantarse y cruzarle la cara—. ¿Cómo voy a tener yo algo que ver? ¿Acaso tengo cara de asesino?
—Más te vale que así sea, porque como se descubra que estás mínimamente relacionado con el asesino o la víctima, estarás jodido. —Evelyn me señala; su dedo es corto y afilado—. Como el asesino sea, no sé, un primo lejano tuyo, estarás jodido. Y como vuelva a matar, entonces sí, estarás…
—¿Jodido?
No tenía que haber dicho eso.
—Es usted un imbécil, Galán —murmura Kip. Hasta la jefa se vuelve sorprendida. Imbécil. Todo un atrevimiento para Don Pudor.
Emito un bufido burlón sin siquiera mirarlo a la cara.
Kip contrae el rostro enrojecido y se yergue aún más, seguramente para ofenderme de nuevo, pero Evelyn lo detiene haciendo un gesto con la mano.
La jefa vuelve a ocupar su asiento tras la mesa.
—Hoy a primera hora he estado reunida con la junta directiva —dice, retomando un tono de voz más calmado—. Por el momento parece que estamos salvando los muebles con este escándalo. La policía ya está investigando, pero por ahora siguen sus propias pesquisas y no han centrado su mirada en nosotros.
—¿Lo ves? No hay de qué preocuparse —digo, porque solo quiero salir de allí, aunque no me creo mis propias palabras.
Evelyn hace un gesto negativo con la cabeza pero sin dejar de sonreír.
—El domingo se emite el segundo episodio. Si después de la emisión ese hombre volviera a matar, si de verdad se creyese el auténtico Derek Cross, estaríamos hablando de un caso de asesinatos en serie.
En realidad, según la definición oficial, se requieren un mínimo de tres crímenes para que pueda hablarse de asesinato en serie, pero dudo que ella lo sepa.
—Como en la serie —interviene Kip.
Vuelvo a mirar la pantalla. Trisha sigue congelada con la misma expresión de terror.
—Como en la serie —repite ella, obligándome a volver—.
La prensa y la calle se nos echarían encima.
La policía pararía sus escandalosos coches en nuestro aparcamiento.
Y si todo eso llegara a pasar, tendríamos un serio problema.
¿Qué crees que pasará cuando la masa vea las noticias y empiece a relacionar la serie con un asesinato real?
Se producirá una marea imparable de habladurías y rumores, y ya sabes cómo es esto; intentarán boicotearnos.
—Y seguro que le suena de algo lo de estar jodido. Verdaderamente jodido —añade Kip en tono burlón—. A propósito, ¿qué tal el tratamiento?
Tengo que morderme la lengua. Podría decirle que él es diez años mayor que yo y que, con todas las grasas saturadas y refrescos gaseosos que ingiere, por no hablar de su adicción al tabaco, no vivirá muchos más para contarlo, pero no quiero que me despidan.
—Si llegamos a ese punto, es posible que tengamos que cancelar la serie asumiendo pérdidas millonarias —sentencia Evelyn—. Y no queremos eso, ¿verdad?
—A nadie le gusta perder millones de dólares. —Me encojo de hombros.
—Puto listillo —masculla Kip.
—Y tú no vuelvas a mencionar mi problema de salud —le replico.
Él enarca las cejas y se ríe como un memo.
—¡Calmaos los dos! —exclama ella, sumiendo la sala en el más absoluto silencio. Me mira y se recrea en mi expresión—. El caso es que parece que a ti te gustaría menos que a nadie, Toni —retoma.
La miro y trago saliva. No me gusta el cariz que está tomando la reunión.
—Evelyn, me parece que…
—Rescindiríamos tu contrato de inmediato.
Ahí está, el veneno de la serpiente.
—La hipotética situación y su contrato nos los permiten —apostilla Kip—. Estaríamos hablando de un trabajador de la productora involucrado en una investigación policial. En ese caso, el despido sería perfectamente procedente y cien por cien legal.
Resoplo tan fuerte como puedo.
—Pues supongo que no queda mucho más que decir —digo, esperando que se me note la rabia en la voz.
—Lo siento mucho. Ahora, puedes irte.
Kip Dolan está sonriendo cuando me levanto y me despido cordialmente con la mirada. Me siento como un ternero camino del matadero.
—Ah, Galán —me llama Evelyn—. Baja a los estudios y dile a Quincy que venga.
—¿Quincy Jones?
—¿A cuántos Quincys conoces aquí? ¡El Gran Hombre, por supuesto! —Hace un gesto con la mano para que me volatilice—. Venga, aire, Galán.
Me pregunto, no por primera vez, qué hago allí, por qué la jefa me ha llamado realmente.
Yo no soy un Kip Dolan, dispuesto a aplaudir sin ningún criterio las locuras de Evelyn e inflar su ego.
La jefa hará lo que le venga en gana, como ha hecho siempre, y nada de lo que yo diga a partir de ahora tendrá importancia.
Mi lugar está en la oficina. Más aún, en mi apartamento.
Siempre sobre un escritorio ordenado, mi teclado y un compromiso de tranquilidad.
Pero no siempre es posible estar en el lugar que uno quiere, como estoy a punto de comprobar. Resignado, doy media vuelta y emprendo el camino hacia el epicentro de la vanidad, la excentricidad y las puñaladas por la espalda: los estudios de grabación.